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martes, 18 de octubre de 2011

Aborto vs Sentido Común

Reproduzco un texto del filósofo español Julián Marías que encontré en la página de Perú defiende la Vida.

Julián-Marías Una visión antropológica del aborto

Estado de la cuestión

La espinosa cuestión del aborto voluntario, que en los últimos años ha adquirido una amplitud des­conocida, hasta convertirse en una de las cuestiones más apremiantes en las sociedades occidentales, se puede plantear de maneras muy diversas. Entre los que consideran la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso. Por supuesto, es una perspectiva justificada y aceptable, pero restringida. Se suele responder que, para los cristianos (a veces, de manera más es­trecha, para los católicos), el aborto puede ser ilícito, pero que no se puede imponer a una sociedad entera una moral «particular» Es decir, los argumentos fundados en la fe religiosa no son válidos para los no creyentes.

Rara vez se mira si los argumentos así propues­tos, aun procediendo de una manera cristiana de ver la realidad, no tienen fuerza de convicción in­cluso prescindiendo de ese origen, el hecho es que todo el que no participa de esa creencia se desen­tiende de ellos y considera que no le pueden decir nada. Y los hechos deben tenerse en cuenta.

Hay otro planteamiento que pretende tener va­lidez universal, y es el científico Las razones bioló­gicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, enteramente fidedignas, concluyentes para cualquiera. Por supuesto esas razones tienen muy alto valor, y se deben tomar en cuenta, pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten por fe (se entiende, por fe en la ciencia, por la vigencia que ésta tiene en el mundo actual)

Hay otro factor que me parece más grave res­pecto al planteamiento científico de la cuestión, de­pende del estado actual de la ciencia biológica, de los resultados de la más reciente y avanzada inves­tigación. Quiero decir que lo que hoy se sabe, no se sabía antes. Los argumentos de los biólogos y gene­tistas, válidos para el que conoce estas disciplinas y para los que participan de la confianza en ellas, no lo hubieran sido para los hombres y mujeres de otros tiempos, incluso bastante cercanos.

Una visión cercana al tema: la división entre cosa y persona

Creo que hace falta un planteamiento elemental, ligado a la mera condición humana, accesible a cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que pocos poseen. Es menester plantear una cuestión tan importante, de conse­cuencias prácticas decisivas, que afecta a millones de personas y a la posibilidad de vida de millones de niños que nacerán o dejarán de nacer, de una manera evidente, inmediata, fundada en lo que todos viven y entienden sin interposición de teorías (que en ocasiones impiden la visión directa y provocan la desorientación)

Esta visión no puede ser otra que la antropológi­ca, fundada en la mera realidad del hombre tal co­mo se ve, se vive, se comprende a sí mismo. Hay, pues, que intentar retrotraerse a lo más elemental, que por serlo no tiene supuestos de ninguna ciencia o doctrina, que apela únicamente a la evidencia y no pide más que una cosa, abrir los ojos y no volverse de espaldas a la realidad.

Se trata de la distinción decisiva entre cosa y persona. Sin embargo, dicho así puede parecer cosa de doctrina. Por verdadera y justificable que sea, evitémosla. Limitémonos a algo que forma parte de nuestra vida más elemental y espontánea, el uso de la lengua.

Todo el mundo, en todas las lenguas que conoz­co, distingue, sin la menor posibilidad de confusión, entre qué y quién, algo y alguien, nada y nadie. Si entro en una habitación donde no está ninguna persona, diré” «no hay nadie», pero no se me ocurrirá decir’ «no hay nada», porque puede estar llena de muebles, libros, lámparas, cuadros. Si se oye un gran ruido extraño, me alarmaré y preguntaré «¿qué pasa?» o «¿qué es eso?» Pero si oigo el golpe de unos nudillos que llaman a la puerta, nunca pre­guntaré «¿qué es?», sino «¿quién es?» A pesar de ello, la ciencia y aun la filosofía llevan dos milenios y medio preguntando «¿Qué es el hombre?», con lo cual han dibujado ya el marco de una respuesta errónea, porque sólo muy secundariamente es el hombre un «qué», la pregunta recta y pertinente se­ría. «¿Quién es el hombre?», o, con mayor rigor y adecuación. «¿Quién soy yo?»

Por supuesto, «yo» o «tú» o «él» siempre que se entienda de manera inequívocamente personal. Es significativo que los pronombres de primera y se­gunda persona (yo, tú) tienen una sola forma, sin distinción de género, mientras que el de tercera persona admite esa distinción, e incluso con tres géneros (él, ella, ello) El que habla y a quien se ha bla son inmediatamente realidades personales, y su género es evidente en la acción misma, mientras que no lo es cuando se habla de alguien no presente (y, además, se puede hablar de algo).

El hijo es alguien

Se preguntará qué tiene esto que ver con el aborto Lo que aquí me interesa es ver qué es, en qué consiste, cuál es su realidad. El nacimiento de un niño es una radical innovación de realidad: la aparición de una realidad nueva. Se dirá tal vez que no propiamente nueva, ya que se deriva o viene de sus padres. Diré que es cierto, y mucho más de los padres, de los abuelos, de todos los antepasados; y también del oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno, el carbono, el calcio, el fósforo y todos los demás ele­mentos que intervienen en la composición de su or­ganismo. El cuerpo, lo psíquico, hasta el carácter viene de ahí, y no es rigurosamente nuevo.

Diremos que lo que el hijo es se deriva de todo eso que he enumerado, es reductible a ello. Es una «cosa», ciertamente animada y no inerte, diferente de todas las demás, en muchos sentidos única, pero al fin una cosa. Desde este punto de vista, su des­trucción es irreparable, como cuando se rompe una pieza que es ejemplar único. Pero todavía no es esto lo importante.

Lo que es el hijo puede «reducirse» a sus padres y al mundo, pero el hijo no es lo que es. Es alguien. No un qué, sino un quién, alguien a quien se dice tú, que dirá en su momento, dentro de algún tiempo, yo. Y este quién es irreductible a todo y a todos, desde los elementos químicos a sus padres, y a Dios mismo, si pensamos en él. Al decir «yo», se enfrenta con todo el universo, se contrapone polarmente a todo lo que no es él, a todo lo demás incluido por supuesto, lo que es.

Es un tercero absolutamente nuevo, que se aña­de al padre y a la madre. Y es tan distinto de lo que es, que dos gemelos univitelinos, biológicamente indiscernibles y que podemos suponer «idénticos», son absolutamente distintos entre sí y cada uno de todo lo demás, son, sin la menor restricción ni duda, «yo» y «tú»

Cuando se dice que el feto es «parte» del cuerpo de la madre se dice una insigne falsedad, porque no es parte, está alojado en ella, mejor aún, implan­tado en ella (en ella, y no meramente en su cuerpo) Una mujer dirá, «estoy embarazada», nunca «mi cuerpo está embarazado» Es un asunto personal por parte de la madre.

Pero además, y sobre todo, la cuestión no se re­duce al qué, sino a ese quién, a ese tercero que viene, y que hará que sean tres los que antes eran dos. Para que esto sea más claro aún, piénsese en la muer­te. Cuando alguien muere, nos deja solos, eramos dos y ya no hay más que uno. Inversamente cuan­do alguien nace, hay tres en vez de dos (o, si se quiere, dos en vez de una).

Las mentiras  y la hipocresías

Esto es lo que se vive de manera inmediata, lo que se impone a la evidencia sin teorías, lo que re­flejan los usos del lenguaje. Una mujer dice: «voy a tener un niño», no dice «tengo un tumor» (Cuan­do alguna mujer se cree embarazada y resulta que lo que tiene es un tumor su sorpresa es tal, que muestra hasta qué punto se trata de realidades radicalmente diferentes.)

El niño no nacido aún es una realidad viniente, que llegará si no lo paramos, si no lo matamos en el camino. Pero si se miran bien las cosas, esto no es exclusivo del niño antes de su nacimiento: el hom­bre es siempre una realidad viniente, que se va haciendo y realizando, alguien siempre inconcluso un proyecto inacabado, un argumento que tiende a un desenlace.

Y si se dice que el feto no es un «quién» porque no tiene una vida «personal», habría que decir lo mismo del niño ya nacido durante muchos meses (y habría que volver a decirlo de un hombre duran­te el sueño profundo, la anestesia, la arteriesclero­sis avanzada, la extrema senilidad, no digamos el estado de coma).

A veces se usa una expresión de refinada hipo­cresía para denominar el aborto provocado; se dice que es la «interrupción del embarazo» Los partida­rios de la pena de muerte tienen resueltas sus dificultades. ¿para qué hablar de tal pena, de tal muer­te? La horca o el garrote pueden llamarse «inte­rrupción de la respiración» (y con un par de minutos basta), ya no hay problema. Cuando se provoca el aborto o se ahorca no se interrumpe el embarazo o la respiración, en ambos casos se mata a alguien.

Y, por supuesto, es una hipocresía más conside­rar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses de esa etapa de la vida que se llama nacimiento va a ser sorprendido por la muerte.

Consideremos otro aspecto de la cuestión. Con frecuencia se afirma la licitud del aborto cuando se juzga que probablemente el que va a nacer (el que iba a nacer) sería anormal, física o psíquicamente. Pero esto implica que el que es anormal no debe vi­vir, ya que esa condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma al que llega a ser anormal, por accidente, enfermedad o vejez. Si se tiene esa convicción, hay que mantener­la con todas sus consecuencias, otra cosa es actuar como Hamlet en el drama de Shakespeare, que hie­re a Polonio con su espada cuando está oculto de­trás de la cortina. Hay quienes no se atreven a herir al niño más que cuando está oculto —se pensaría que protegido— en el seno materno, lo cual añade gravedad al hecho en una época en que cuando se encuentra a un terrorista con una metralleta en la mano, todavía humeante, junto al cadáver de un hombre acribillado a balazos, se dice que es «el pre­sunto asesino», la mera probabilidad de una anor­malidad se considera suficiente para decretar la muerte del que está expuesto al riesgo de ser más o menos anormal. Esta actitud no es nueva; ya se ha aplicado, y con gran amplitud, en la Alemania hitle­riana, hace medio siglo, con el nombre de eugene­sia práctica.

Lo que es el aborto

Lo que aquí me interesa es entender qué es abor­to. Con increíble frecuencia se enmascara su reali­dad con sus fines. Quiero decir que se intenta iden­tificar el aborto con ciertos propósitos que parecen valiosos, convenientes o por lo menos aceptables: por ejemplo, la regulación de la población, el bie­nestar de los padres, la situación de la madre solte­ra, las dificultades económicas, la conveniencia de disponer de tiempo libre, la mejora de la raza. Se podría investigar en cada caso la veracidad o la jus­tificación de esos mismos fines (por ejemplo, se ha hecho campaña abortista en una región de América del Sur de 144 000 kilómetros cuadrados de extensión y 25 000 habitantes, es decir, despoblada). Pero lo que quiero mostrar es que esos fines no son el aborto.

Lo correcto es decir: para esto (para conseguir esto o lo otro) se debe matar a tales personas. Esto es lo que se propone, lo que en tantos casos se hace en muchos países en la época en que vivimos. Ésta es la significación antropológica de esa palabra tan traída y llevada, que se escribe más veces en un solo día que en cualquier otra época en un año.

Y una prueba más de cómo se plantea el tema del aborto, eliminando arbitrariamente la condi­ción personal del hombre, el carácter de quién en que consiste, es que en muchas legislaciones sobre este asunto —sin ir más lejos, en la que se propone actualmente en España— se prescinde enteramente del padre. Se atribuye la decisión exclusiva a la ma­dre (la palabra no parece enteramente propia, sería más adecuado hablar de la hembra embarazada), sin que el padre tenga nada que decir. Esto es, que aun en el caso de que el padre sea perfectamente conocido y legítimo, por ejemplo si se trata de una mujer casada, es ella y sólo ella la que decide, y si su decisión es abortar, el padre no puede hacer na­da para que no maten a su hijo.

Esto, por supuesto, no se dice así; se tiende a no decirlo, a pasarlo por alto, para que no se advierta lo que ello significa. En una época en que se habla tanto de la «mujer objeto» —no sé si alguna vez ha sido vivida así; sospecho que siempre se la ha visto como «sujeto» (o «sujeta»)—, se ha abierto camino en la mente de innumerables gentes la interpreta­ción del niño-objeto, del niño-tumor, que se puede extirpar como un crecimiento enojoso. Se trata de obliterar literalmente el carácter personal de lo hu­mano. Para ello se habla del «derecho a disponer del propio cuerpo».

Pero, aparte de que el niño no es el cuerpo de la madre, sino que es alguien corpo­ral implantado en la realidad corporal de su madre, es que ese supuesto derecho no existe. A nadie se le permite la mutilación: si yo quiero cortarme una mano de un hachazo, los demás, y a última hora el poder público, me lo impiden; no digamos si se la quiero cortar a otro, aunque sea con su consenti­miento. Y si me quiero tirar por una ventana o des­de una cornisa, acuden la policía y los bomberos, y por la fuerza me impiden realizar ese acto, del cual se me pedirán cuentas.

El núcleo de la cuestión es la negación del ca­rácter personal del hombre. Por eso se olvida la pa­ternidad; por eso se reduce la maternidad al estado de soportar un crecimiento intruso, que se puede eliminar. Se descarta todo posible uso del quién, de los pronombres tú y yo. Tan pronto como aparecen, toda la construcción elevada para justificar el abor­to se desploma como una monstruosidad.

¿No se tratará acaso de esto, precisamente? ¿No estará en curso un proceso de despersonalización, es decir, de deshominización del hombre y de la mu­jer, las dos formas irreductibles, mutuamente nece­sarias, en que se realiza la vida humana?

Si las relaciones de maternidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres que­da reducida a una mera función biológica sin per­duración más allá del acto de generación, sin ningu­na significación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y se generaliza, si a fines del si­glo xx la humanidad vive de acuerdo con estos principios, ¿no se habrá comprometido, quién sabe hasta cuándo, esa misma condición humana?

Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acon­tecido en este siglo que se va acercando a su final.

Fuente: MARÍAS, Julián, Sobre el Cristianismo, Planeta, Barcelona, 1997, pp. 100-108.

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