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martes, 18 de octubre de 2011

Carlos Novoa S.J. ante Juan Pablo Magno

Reproduzco un artículo de La Esfera y La Cruz en InfoCatólica.

Infocatólica nos cuenta que Carlos Novoa, sacerdote jesuita colombiano, ha asegurado en una entrevista que el aborto terapéutico es ético. Normalmente no tengo interés en considerar los argumentos de cualquier abortista que se me cruza por delante, ni siquiera cuando quien los profiere es un sacerdote de la Iglesia. Pero cuando dicha persona osa ampararse bajo la obra de un Papa santo, como Juan Pablo Magno, simplemente se han superado mis límites de tolerancia.

Con razón Luis Fernando Pérez se pregunta qué hemos hecho para merecer esto.
Hay muchas cosas que se podrían decir, partiendo por esa estúpida dicotomía entre desaprobar el aborto como católico y respetar la decisión que lo permite como ciudadano, pero tal vez sea mejor comenzar por una de las pocas área donde tengo entrenamiento formal, es decir, cuando Carlos Novoa habla de los delitos y las penas.

Como sacerdote y al mismo tiempo como hombre de ciencia, resumiría la situación del debate sobre el aborto diciendo que estamos cargando las tintas donde no hay que cargarlas…
–¿Por qué?
Porque el problema del aborto no se soluciona con la prohibición ni encarcelando a nadie. No podemos manejar de cualquier manera lo que implica ese drama, ni podemos asimilarlo a un homicidio que se comete con premeditación y alevosía.

Es fácil ver lo absurdo que son los argumentos abortistas, cuando cambiamos la palabra “aborto” por cualquier otro delito.
“El problema del homicidio no se soluciona con la prohibición ni encarcelando a nadie".
Llevamos miles de años sobre este azul planeta matándonos los unos a los otros por sexo y poder, y por ese mismo tiempo hemos establecido las sanciones más duras, incluso la muerte, a quien injustamente toma la vida de un ser humano. A diez mil años de historia humana debemos rendirnos a lo evidente: esa es una “política fracasada” para lidiar con el carácter violento e irracional de nuestra especie. Entonces ha llegado el tiempo de probar nuevas estrategias y permitir un número bajo de homicidios (que sabemos que de todas formas van a ocurrir) y proporcionar apoyo psicológico y social a los homicidas, que seguramente han actuado bajo terribles presiones y sin saber lo que hacían realmente.
¿Es esto razonable?
¡No y mil veces no! Por ese camino yace la locura y la ley de la selva.
Bajo la influencia cristiana, las sociedades de la cultura occidental han escuchado esos planteamientos y los han encontrado razonables, pero no han decidido por ello declarar chipe libre en los primeros 50 homicidios del año. Por el contrario hemos reafirmado el carácter inviolable de la vida, que encabeza toda declaración de derecho humanos, al tiempo que se admiten reducciones de la sanción cuando se demuestra que una persona no ha actuado con total libertad.
Entonces, ¿podemos asimilar el aborto a un homicidio? ¡Claro que sí! Eso no implica ignorar el drama que implica el aborto para la mujer, y el negocio millonario que representa para los que hacen profesión de destruir la vida más indefensa. Ambos podrán acceder a las atenuantes y agravantes genéricas que el derecho occidental ha previsto para conjugar la defensa irrestricta de la vida con las particularidades del caso concreto. Para esto están los jueces, y no meras máquinas que aplican las penas.
Cuando el Estado prohibe una conducta, no espera que con eso el problema se termine, sea que lo prohibido es el aborto, el homicidio o el tráfico de drogas. Los políticos suelen venderles a los votantes que todo se solucionaría con una ley que mande que los pobres ganen más y los ricos menos, pero la realidad no funciona así, y un profesor universitario lo sabe. Por eso esta apelación a la supuesta ineficacia de las leyes contra el aborto es, al menos, deshonesta.
Sigamos con los dichos del sacerdote:

–Esa afirmación en labios de un sacerdote católico suena fuerte. ¿Es su opinión personal o tiene un fundamento teórico que lo sustente?
Claro que sí: de nadie más ni nadie menos que Juan Pablo II. En su encíclica Evangelium vitae (Evangelio de vida, N° 17) dice textualmente: “Las opciones contra la vida —entre ellas el aborto, añado yo— proceden, a veces, de situaciones difíciles o incluso dramáticas de profundo sufrimiento, soledad, falta total de perspectivas económicas, depresión y de angustia por el futuro. Estas circunstancias pueden atenuar incluso notablemente la responsabilidad subjetiva y la consiguiente culpabilidad de quienes hacen estas opciones en sí mismas moralmente malas“. Así que desde la concepción de Juan Pablo II no se puede ver el drama del aborto simplemente con soluciones de cárcel, de penalización o de castigo.

¿Puede ignorar don Carlos Novoa que Juan Pablo Magno se refiere en este párrafo a la culpabilidad moral de las personas y no a la penalización estatal de la conducta? Yo diría que no, pues al parecer es doctor en Ética y profesor en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. ¿Cómo entender entonces que se haga aparecer al Papa como partidario de despenalizar el aborto? Prefiero dejar esta pregunta sin respuesta para no pecar contra la caridad.
En el fondo no parece un análisis profundo, sincero y humilde a las directrices de la Iglesia, de una situación dramática y compleja, sino un permanente buscar excusas para justificar lo que ya se ha decidido apoyar.
Sus actitudes desmienten lo que sus palabras proclaman con grandilocuencia. Dicen deplorar del aborto, pero en realidad no lo ven como alto tan grave, una “opción menos óptima", como quien gusta del reggaetón en vez de Mozart, o quien opta por quedarse en casa en vez de ir a misa el domingo (pecado mortal, por cierto).
No han rendido su voluntad a la verdad científica, que nos dice que desde la concepción estamos ante un individuo de la especie humana único, y a la verdad ética que dice que nunca es legítimo procurar la muerte de un ser humano inocente. No se necesita un grado universitario en ética y teología para comprender esto, pero al parecer si se necesita uno para negarlo y convertirlo en una gran masa de confusiones.

–¿Cómo así que la vida humana no es un bien absoluto?
Un absoluto ético es aquel horizonte contra el cual yo no puedo actuar jamás. Los absolutos éticos en el consenso mínimo universal son la base de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Personales y Sociales de 1948: la dignidad de la persona humana y la solidaridad. Nadie puede actuar en contra de esos absolutos. En cuanto a la vida humana, debo protegerla, pero hay ciertos momentos en que puedo actuar contra ella. Por ejemplo, en legítima defensa personal. O en el ejercicio del monopolio de las fuerzas por parte del Estado, aunque ajustado, claro está, al Derecho Internacional Humanitario. O por una causa superior, como la de Jesucristo, que puso en peligro su propia vida por la humanidad. En esos momentos surge un paradigma ético que consiste en la ponderación de los bienes morales, en este caso, el de la vida del cigoto y el de la vida de la madre. Prima el de la madre.

Punto uno: Los absolutos éticos ¿surgen del consenso mínimo universal? ¡Tonterías! Si así fuera, bastaría con que la ONU pasara una resolución diciendo que es lícito privar de su vida y sus bienes a los checoeslovacos para que ningún profesor de ética tuviera nada que decir al respecto.
Segundo: siguen una suma de conceptos errados y confusos, inapropiados para un profesor de ética que intenta transmitir algo de verdad y no hacer una campaña a favor del aborto. La legítima defensa personal no me habilita para actuar contra la vida de otro, si quien me agrede actúa legítimamente. La fuerza legítima del Estado no le autoriza para actuar contra la vida humana inocente, nunca. Una “causa superior” o “el bien de la humanidad” es la más horrorosa carta blanca para disponer de la vida de los que no pueden defenderse. Y acusar de eso a NSJC simplemente no tiene nombre.
Finalmente, si hay casos en que se produce un conflicto entre la vida de la madre y la de su hijo (porque si existe una madre es porque hay un hijo, no un cigoto) no se explica porqué debe primar la vida de la madre. Parece que algunos no aprendieron que no hay seres humanos intrínsecamente superiores a otros, todavía creen ser parte de la aristocracia de la humanidad.
No pedimos nada del otro mundo, no es esta una exigencia de un comportamiento moral o religioso controlado por el Estado, sólo queremos que se respete el único principio que nos separa de la barbarie: que el más fuerte no pueda destruir al más débil a su arbitrio.

–¿Es éticamente aceptable que una mujer violada quiera abortar?
En ese caso nos encontramos con las situaciones límite de que nos habla Juan Pablo II. Yo la invitaría, la comprendería y le pondría terapia psicológica para que se quede con la vida. Le proporcionaría soluciones de última instancia, como la adopción. Pero en última instancia es ella quien tiene que decidir en conciencia lo que va a hacer. Lo dice el Concilio y lo dice la Constitución de Colombia.

Cada vez que este sujeto menciona al Papa, me duele el corazón.
¿"Es ella quien tiene en conciencia que decidir lo que va a hacer"? ¿Son estas las palabras de un sacerdote? “Es ella quien decidirá si comete un pecado que clama al cielo por venganza y que la condenará al infierno". Se dirá que esa mujer está tan presionada por las circunstancias, que no ve otra salida más que abortar. Pero si son las circunstancias las que deciden, entonces ella no tampoco es libre, y no es su decisión, sino la de los que la rodean y, primero la embarazaron, y ahora le dan la espalda.
Entonces ¿de quién es la libertad que estamos protegiendo? ¿De la mujer a la que estamos obligando a abortar? Parece que ahí no hay mucha libertad ¿o será la libertad de los que no queremos saber nada de ella y su hijo?

–Un médico católico común y corriente, que trabaja en un hospital público, ¿cómo debe actuar cuando llega una mujer para que le practique un aborto?
Debe examinar, oír a su conciencia y decidir.
–¿Cómo se decide en conciencia?
Cuando yo respeto la dignidad humana y cuando soy sinceramente solidario, todos mis comportamientos se orientan a las opciones que se toman en conciencia. Evidentemente si el médico es católico no va a creer que el aborto es el camino ideal, pero podrá evaluar si está ante una mujer que —parafraseando a Juan Pablo II— se encuentra en “una situación difícil o incluso dramática, de profundo sufrimiento, soledad, falta total de perspectivas económicas, de presión y de angustia por el futuro". Esas circunstancias pueden atenuar “incluso notablemente la responsabilidad subjetiva y la consiguiente culpabilidad” del médico frente a esa tragedia

Ahora no es sólo la mujer la que recibe esta falsa comprensión, ¡También el médico puede adquirir una conciencia tranquila para cometer un pecado mortal!
Es como si un médico viajara por una zona desértica, cuando se encuentra un hombre moribundo en el camino. Se detiene, lo examina, y le limpia las heridas, le espanta las moscas ¡y se va, dejándolo abandonado! Feliz, seguramente de haber cumplido con su deber cristiano de dejar a todos un poco mejor de cuando se encontró con él.
No sigo, porque ya no vuelve a mencionar al Juan Pablo Magno, pero al parecer hay mucho más de donde vino todo esto. Ven pronto, Señor Jesús

Pueden encontrar el original en este link..

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