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martes, 8 de mayo de 2012

El anti-Evangelio, por Germán Mazuelo-Leytón



Artículo de Germán Mazuelo-Leytón en su blog Agere Contra.
Las acciones del Presidente de los Estados Unidos respecto del aborto, los «derechos sexuales y reproductivos» y temas anejos, se encaminan hacia un enfrentamiento abierto con la Iglesia Católica en comunión con el Papa. En una política abiertamente inquisitorial, también otros estados con la presión y el financiamiento de diversos lobbies, están implementando leyes y desarrollando acciones que tratan de impedir la predicación del Evangelio, con argumentos calificados como «antidiscriminatorios», que resultan ser más bien un atentado a la libertad religiosa.
Desde hace ya muchos años, estamos viviendo un período de gran apostasía en la que los gobiernos toman decisiones sin contar con los preceptos divinos. Está anunciado en las Escrituras que una apostasía generalizada ha de preceder a la victoria definitiva del Reino de Cristo. 
El 18 de abril próximo pasado, la Congregación para la Doctrina de la Fe hizo pública la intervención a la Leadership Conference of Women Religious (LCWR), una asociación de la que forman parte la mayoría de las superioras religiosas norteamericanas, y en la que «militan monjas que hicieron posible que el presidente Obama pudiera financiar abortos con dinero público».
Desde 2008, la Santa Sede, ha venido evaluando la actuación de la LCWR y ha llegado a la conclusión de que «la situación doctrinal y pastoral actual de la LCWR es grave, y una cuestión de gran preocupación». La agenda cuestionada por la Santa Sede se refiere a los vínculos de la LCWR con las organizaciones afiliadas, y las posturas doctrinales de la entidad supra-congregacional que constituyen «un rechazo de la fe» y son «una grave fuente de escándalo». La LCWR disiente también con la Iglesia entre otros aspectos acerca de la ordenación mujeres. «Si bien estas religiosas son grandes defensoras de temas de justicia social, se han mantenido en silencio sobre el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, que para los católicos debe ocupar un lugar de privilegio en el debate público». 
A sus discípulos Cristo les presenta dos caminos: el verdadero, el del Evangelio, que se recorre con la cruz y que lleva a la vida, y el sendero falso de un falso Evangelio, que intenta eludir la cruz y que lleva a la muerte: «Ahí están los dos bandos con los que a diario nos encontramos: el de Jesucristo y el del mundo» (Montfort, Carta a los amigos de la Cruz). También en estos tiempos marcados por la confusión, la indisciplina, la división y la persecución. 
Cuando miramos al hombre de hoy y su actuación, todo nos indica que Dios ya no está en el corazón de las personas, y por tanto, tampoco en el de la familia ni puede permanecer en la sociedad, y donde no está Dios, comienza el infierno, porque lo bueno sólo puede germinar del bien, y sólo Dios es bueno.
La expulsión de Dios de los corazones de las personas, del mundo que las rodea y de la sociedad, genera un espacio vacío, desierto y sin sentido, que muchas veces vienen a llenarlo el ocultismo, las sectas, las ideologías, que convierten a las personas en parásitos de la fe, «porque de creyentes sólo tienen la apariencia externa, mientras que interiormente son ateos».
Algunas sectas y corrientes han surgido a la sombra del Cristianismo, pero se fueron deslizando cada vez más hacia una aparente religiosidad, como es el New Age (Nueva Era). Ninguna amenaza religiosa para la Verdadera Fe es más seductora que este movimiento. La Nueva Era es la religión del Nuevo Orden Mundial, que coloca al hombre en el centro del Universo, al hombre como deidad, con la misma mentira de siempre: «serás como dios» (Génesis 3, 5). 
San Juan alerta a los fieles contra el Seductor que pretende alejarnos de la Sana Doctrina: «Si alguien llega a ustedes y no trae esta doctrina, no lo reciban en su casa ni siquiera le saluden. Porque el que lo saluda se hace cómplice de sus malas obras» (2 Jn, 10). Las dificultades no provienen sólo de la debilidad en la fe de una comunidad, sino también de lo que San Pablo llama «el misterio de la iniquidad, que ya está actuando» (2 Tes 2), encarnado en el cuerpo político dotado de inmensos poderes.
El principal deseo de Satanás es alejarnos de Dios. «¿Existen señales, y cuáles, de la presencia de la acción diabólica? –se preguntaba Pablo VI–. “Podremos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda; donde la mentira se afirma, hipócrita y poderosa, contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (1 Cor 16,22; 12,3); donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido; donde se afirma la desesperación como última palabra» (15-XI-1972). 
El discípulo de Cristo renuncia deliberadamente a apoyarse en los medios materiales humanos –las «armas carnales»- y acude a las«armas de Dios», las únicas eficaces en el combate apostólico y cristiano. Por eso, los cristianos no tenemos miedo a nada, ya que vivimos «bajo el amparo del Altísimo»  (Salmo 90).

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