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domingo, 20 de mayo de 2012

Una buena madre, por Luis Ignacio Amorós

Artículo de Luis Ignacio Amorós en su blog en InfoCatólica.

Alrededor del mediodía del lunes 14 de mayo apareció en la puerta de una guardería de la población almeriense de El Ejido una bolsa deportiva con una niña de pocas horas de vida. Acompañaba una nota manuscrita presumiblemente por su madre que decía: “Por favor, ruego la cuiden y la lleven al hospital para reconocerla. Nació hoy 14/5 a las 6 de la mañana. No tengo ni casa ni trabajo, y su padre me abandonó nada más saber del embarazo, y no sé nada de él. Por favor no me juzguen pues es lo más duro que he hecho en mi vida”. Una breve nota, tan sencilla como desgarradora.

La noticia en Antena 3, diario El País, diario ABC y Diario de Sevilla.

El bebé, de rasgos amerindios, fue trasladado por la policía local al Hospital de Poniente de El Ejido, donde se certificó su buen estado de salud. La niña presentaba signos de haber nacido en una casa particular, pues el cordón umbilical estaba atado con una media, había restos de sangre sin limpiar y en vez de pañal llevaba una compresa.

La Junta de Andalucía se ha hecho cargo de ella y le buscará una familia de acogida mientras la policía nacional investiga la identidad de su madre. La noticia ha sido muy divulgada, y ha provocado diversos tipos de reacciones en muchos particulares, sobre todo solicitando a la niña para adopción, pero también proporcionando ayuda a la madre, como un empresario de Badajoz que le ha ofrecido trabajo e incluso un vivienda temporal.

Pide la madre de esta niña que “no se le juzgue” por lo que ha hecho. En realidad, lo que pide que no se le condene. Ciertamente, nadie puede juzgar su corazón, salvo Dios, que es el único que conoce lo que en él hay. Sin embargo, como seres morales que somos las personas, sí podemos juzgar el acto en sí. Es obvio que no conocemos en detalle las circunstancias que rodean a este abandono, pero sí sabemos algunas, suponiendo cierto lo que la nota cuenta.

La historia de esta mujer es muy común en nuestros días, tanto entre españolas como inmigrantes. Se emparejó a un hombre, buscando tal vez cariño, o protección. Como tantas otras, no unió el sentimiento al amor verdadero que proporciona el compromiso, ni incluyó a Dios como parte fundamental de su unión, por medio del sacramento matrimonial. No quiso o no supo seguir las enseñanzas cristianas que sin duda sus mayores sí habían tenido en cuenta.

Y como tantas otras historias, cuando la cópula tuvo su consecuencia natural y de la unión apareció una nueva vida (porque la sexualidad acaba generando aquello para lo que está naturalmente ordenada), su “pareja” demostró qué poco amor había en aquella relación, y huyó para seguir manteniendo su irresponsabilidad.

Lo que debería haber sido la mayor alegría y la mejor de las bendiciones, el traer al mundo una nueva vida (carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre) a través del amor conyugal, se convirtió en una condena, en un lastre, en un infierno. En plena crisis económica quedó sin trabajo, sin el falso amor de un hombre y con un niño a su cargo en camino. Así pues, sí podemos juzgar un acto. Ella se dejó arrastrar por su sentimiento, por su deseo, y probablemente engañada por toda una cultura de la relación hombre-mujer superficial e incomprometida (falsamente llamada “amor libre”, pues ni es amor, ni es libre) se instaló en el concubinato, construyendo su relación sobre la arena de la filosofía modernista, en vez de sobre la roca sólida del amor cristiano.

Pero esta mujer, bien por su formación o creencias, bien simplemente por esa base de ley natural que en la conciencia de todo ser humano reside, aunque no haya conocido el mensaje liberador de Cristo, supo que lo que crecía en su vientre era una persona, unida a ella, pero independiente,un hijo que merecía la vida y el amor de unos padres. Conociendo la sociedad en que vivimos, no hemos de tener duda que sabía perfectamente los medios que existen, que son ofertados continuamente, y presentados como algo éticamente aceptable, para matar al fruto de su vientre: pastillas, abortorios y métodos mecánicos estaban al alcance de su mano. El demonio, disfrazado de feminismo mentiroso (pues la verdadera dignidad de la mujer no se halla en ideologías antinaturales), sin duda le susurró al oído, diciéndole que se “deshiciera del error”, para que todo volviera a ser como antes, unida otra vez a su hombre, sin los sacrificios económicos y vitales que exige un hijo, con las posibilidades de encontrar trabajo que a una mujer embarazada se le cierran (¡qué sociedad más egoísta y suicida hemos creado!), sin las burlas y los desprecios de sus conocidos por “haber dejado que la preñaran”.

Mas ella rechazó esos cantos de sirena. Llevó adelante su embarazo (sin duda en secreto, pues de no ser así hubiese parido en un centro sanitario) y entendió que su primer error no se solucionaba con un error aún mayor, que el pecado no se resuelve con un crimen. No pudiendo hacerse cargo de ella, prefirió entregarla para que otros la cuidaran, aunque fuera lo más duro que había hecho en su vida. Sabía que en nuestro medio su hija abandonada no iba a ser maltratada, sino que iba a tener todo aquello que ella no le podía dar, desde protección a cuidados materiales. Todo, salvo su madre auténtica.

¿Juzgarla? Sí, me atrevo a juzgar su acto al abandonar a su bebé a la puerta de una guardería. Me atrevo a juzgar a una mujer, débil como todos nosotros, que planteó equivocadamente su vida conyugal, pero tuvo la valentía de poner por encima de todo el mayor regalo que le hacía a su hija, la vida. Gracias a su acción, esa niña tiene un futuro por delante. Tendrá unos padres adoptivos que la querrán, tendrá una buena educación, una vida para vivir, una oportunidad, gracias a que su madre se negó a matarla, aunque el uso social, y hasta la ley, le alentaban a ello. Aunque para Dios no hay nada imposible, es probable que nunca pueda tener junto a sí a su padre natural, pero tal vez en el futuro su auténtica madre pueda volver para estar con ella, y darle aquello que no pudo darle cuando la trajo al mundo.

Una mujer pecadora y débil, como todos lo somos, sí, pero valiente. Lo sepa ella o no, con su gesto ha entendido que la Redención es posible, que Cristo vino a sanar a los pecadores, y que la misericordia de Dios es infinita. No quiso tapar su primera equivocación, que tiene remedio, con el asesinato de su hijo, que ya no tiene remedio. ¡Cuántas mujeres hoy en día, más de cien mil cada año sólo en nuestro país, no tienen tal gesto de amor hacia sus hijos! Todas ellas, aunque lo políticamente correcto les justifique, aunque nadie más que su conciencia sepa lo que han hecho, han obrado con mayor egoísmo, cobardía y pecado que esta madre que abandona a su hija para que pueda tener una opción.

No es una madre óptima, pero sí es una buena madre.

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