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miércoles, 13 de junio de 2012

La falacia ad hóminem de Juan Gabriel Vásquez

Escribió Juan Gabriel Vásquez en su columna en El Espectador, dos artículos titulados “¿La familia según quién?” en los cuales arremete contra la Libertad de Expresión de los obispos, ejemplificada en la Carta Pastoral “Unidos por la Vida y la Familia” y las declaraciones a los medios de Mons. Juan Vicente Córdoba, Obispo de Fontibón y Secretario de la CEC. La columna mezcla ideas varias sin hilo conductor aparente y al final, parece que la tesis principal del autor es:

Eso es lo que son José Vicente Córdoba y los sacerdotes que, de su mano, se han lanzado como fieras contra los homosexuales que quieren adoptar un niño: son gente que decidió no tener familia. Lo ignoran todo al respecto: no saben lo difícil que es vivir con alguien, no saben cuánta energía cuesta, cuánto desgasta y cuánto hay que superar; no saben lo que es tener un hijo, acompañar con ansiedad el embarazo de una mujer, perder el sueño y la paciencia y el equilibrio vital cuando ese hijo nace, ni saben lo que es ver a un hijo enfermar o sufrir por la razón que sea, ni conocen el peso inverosímil que siente quien es responsable de otro como lo son los padres de su hijo. No saben lo que es trabajar para que funcione una relación de largo aliento, ni lo intolerablemente complejo que es educar a un niño propio (y lo fácil que es educar a los ajenos), ni se imaginan la cantidad de ajustes que la paternidad obliga a hacer, la cantidad de cambios y distorsiones que introduce en la vida de la gente. Por no saber, no saben ni siquiera lo que es ganarse la vida para mantener a una familia, esa obligación que saca lo mejor y también lo peor de nosotros.

Mala cosa que tan reputado literato acuda a tan evidente falacia ad hóminem. No entraré, como el profesor Támara, a explicar la falacia, sino que me limitaré a señalar lo absurdo de pretender refutar una afirmación simplemente descalificando a quien la dice. Además del segundo absurdo de pretender que los sacerdotes por, ser célibes, desconocen la realidad familiar, algo que sólo puede venir de la ignorancia de quien nunca se ha detenido a oír a un sacerdote hablando del tema (Aprovecho el espacio para promocionar el libro de sexología escrito por Juan Pablo II: Amor y Responsabilidad).

Subrayo además el tercer absurdo del columnista: Pensar que los obispos expresan su opinión en temas de familia. Si los obispos hablan, como obispos, lo hacen en nombre de la Iglesia, que incluye a célibes y casados, y representa el pensar y el sentir de una gran mayoría de los colombianos. Lo que resulta extraño es que alguien de la talla (Por lo menos mediática) de Juan Gabriel Vásquez incurra en tal pretensión. Me cuesta creer que incurrió en tal falacia sin darse cuenta, más aún cuando la columna aparentaba haber tocado el núcleo de la cuestión:

Los fallos que mencioné más arriba tienen algo en común: en ambos se habla, en el fondo, de un enfrentamiento entre modelos de familia.

En efecto esta es la cuestión alrededor de la cual gira todo el tema del “matrimonio” homosexual, la sustitución de un concepto de familia por otro. Por eso es que no hay que caer en la trampa de creer que en nada nos afecta que dos homosexuales se casen. Nos afecta profundamente, en tanto que impone una teleología completamente nueva a la familia reconocida por el Estado, y a partir de ella, los derechos y privilegios de las familias, y de sus miembros particulares, tendrán que ser completamente reinterpretados.

Y es que Vásquez incurre en la doble militancia de los constructivistas en la Ideología de Género, como puede verse, que en una parte dice:

Y eso está bien, claro: lo normal es que la sociedad vaya definiendo lo que entiende por esa palabra, y lo normal es que lo haga mediante el conflicto.

Y en otra:

lo que rechazo no es la opinión de un individuo, sino el intento de una mayoría religiosa de imponer sus creencias a los demás mediante la legislación o el ministerio público.

Porque si, como él dice, “la sociedad debe definir lo que entiende por esa palabra”, lo lógico sería abogar por un referéndum donde se someta a consideración la interpretación del artículo 42 de la Constitución, es decir, preguntarle directamente a la sociedad lo que entiende por esa palabra. Y sin embargo, de su segunda frase es fácil deducir que no le agrada mucho eso de consultar directamente a la sociedad. Y es que no es difícil adivinar el resultado cuando “La canción colombiana del Siglo” dice textualmente:

Y luego cuando somos dos,
luchando por un ideal,
Formamos un nido de amor,
Refugio que se llama hogar,
Y empezamos otra etapa en el camino:
Un hombre una mujer, Unidos por la fe
y la esperanza.

Los frutos de la unión que Dios bendijo,
Alegran el hogar con su presencia,
A quien se quiere más sino a los hijos,
Son la prolongación de la existencia,

Me atreveré a intuir en Vásquez la “solución práctica” de todo constructivista de la Ideología de género: Una vuelta al despotismo ilustrado, “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. Hoy viene siendo algo así como “La Corte Constitucional sabe mejor que la sociedad, lo que la sociedad realmente quiere y piensa. La sociedad ha cambiado, sólo que no se ha dado cuenta.” ¿Cómo justificar ese concepto tan peculiar de democracia? Fácil: declarando “injusta e irracional” a la Iglesia Católica, es decir a la gran mayoría de los colombianos. De ahí que Vásquez acuda a la falacia ad hóminem, pretende descalificar al grueso de la sociedad colombiana con algo tan sutil como descalificar a los obispos.

Y es que además Vásquez llega a decir que

Pero pasemos esto por alto y digamos una obviedad: se puede hablar de delincuencia sin ser criminal porque la sociedad se ha puesto de acuerdo moralmente sobre este tema y todos consideramos (eso se llama contrato social) que el crimen no es aceptable.

Pasando por alto que en el mismo contrato social, es decir la Constitución, se reconoce a la familia cómo “núcleo fundamental de la sociedad” y al matrimonio como entre un hombre y una mujer. De lo cual se deduce necesariamente que la Corte Constitucional no sólo está modificando, reinterpretando dicen ellos, unilateralmente el Contrato social, sino que además lo está haciendo en algo que no fue originado por el contrato, sino meramente reconocido: La familia y el matrimonio son realidades preexistentes al Estado, por lo tanto están fuera de su competencia.

Coincido pues, con Vásquez en que lo que subyace a las decisiones de la Corte Constitucional es el enfrentamiento entre dos conceptos de familia: Por un lado el concepto de familia de la sociedad, la historia, la naturaleza, la razón objetiva y la Iglesia Católica, y por el otro, el concepto de las burocracias internacionales, los lobbies sexuales, las élites del poder global, y unos cuantos magistrados. Me pregunto quién está imponiéndose a la fuerza. 

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