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martes, 31 de julio de 2012

Diócesis de Santa Rosa de Osos en Colombia continúa campaña "Dile sí a mi vida"

Campaña del Niño 2012.jpgSanta Rosa de Osos (Martes, 31-07-2012, Gaudium Press) Con el objeto de generar espacios de formación en tema referentes con la defensa de la vida humana continúa en la Diócesis de Santa Rosa de Osos, en Colombia, la campaña del Niño por Nacer 2012 "Dile sí a mi vida".

La iniciativa, promovida por la Delegación de Pastoral Infantil de la diócesis colombiana, se viene desarrollando desde el pasado mes de marzo y en agosto continuará con un particular énfasis en actividades formativas para las comunidades parroquiales, fieles y, especialmente madres que han abortado o están en riesgo de aborto.

"Convocar a la comunidad, a las madres gestantes de la parroquia junto con sus esposos, (si los tienen) y las mujeres que por alguna razón tomaron la decisión de decir no a la vida. En un espacio de una hora para compartir temores y esperanzas, esto en un encuentro fraterno, solidario y cercano que permita unir la comunidad parroquial y celebrar el don de la vida con los niños y niñas que van a nacer", son los objetivos propuestos por la Diócesis de Santa Rosa de Osos para la campaña durante el mes de agoto.

Desde que fue puesta en marcha la campaña, ella se viene realizando con la finalidad de sensibilizar a la comunidad sobre el valor de la vida humana naciente para que la vida "sea respetada y defendida, anunciando el Evangelio del amor y reconociendo a Dios como único Señor de la vida", según expone la diócesis en la información de la iniciativa.

La propuesta ha tomado como modelo a la Santísima Virgen María quien invita a celebrar la vida con su testimonio. "A pesar del miedo y la confusión que le produjo la noticia del ángel, dijo: Sí, al reto de dar vida y ser la madre del Hijo de Dios", agrega la diócesis.

Durante este 2012 la jurisdicción colombiana ha promovido diversas actividades dentro de las comunidades parroquiales para incentivar el respeto por la dignidad y la vida humana. Entre ellas se destaca las eucaristías por la vida celebradas en marzo en varias de las parroquias de Santa Rosa de Osos con las madres gestantes, ocasión en la que se bendijo la vida y se consagraron los vientres.

Durante el mes de la Virgen María, en mayo, se promovió en las comunidades y familias el rezo del Santo Rosario por la Vida, donde se oró especialmente por el valor de la vida humana y se pidió, "bajo el manto de la Virgen María", por la protección de los bebés por nacer.

Como dice la diócesis, desde la Pastoral Infantil, la campaña por la vida también es una ocasión para que las comunidades parroquiales se unan en torno a temas vitales como es la promoción y defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural.

"La Pastoral Infantil de la Diócesis le dice sí a la vida de los niños y niñas, haciendo un llamado a toda la comunidad parroquial para que nos unamos en la promoción y defensa de la vida, acoger a las madres que han dicho no y brindarles un apoyo y acompañamiento, ‘para que todos tengamos vida y vida en abundancia'", destaca la Diócesis de Santa Rosa de Osos.

Con información de la Diócesis de Santa Rosa de Osos.

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lunes, 30 de julio de 2012

Proyecto de Acto Legislativo 16 de 2012 Cámara (Aborto)

El pasado 20 de Julio, la bancada del Polo Democrático junto a la Representante Ángela María Robledo presentaron un Proyecto de Acto Legislativo para introducir el aborto en la Constitución. El proyecto ha tomado el número 016/2012 Cámara y se Titula “POR MEDIO DE LA CUAL SE ADICIONA EL ARTICULO 11 DE LA CONSTITUCION POLITICA” (Interrupción del Embarazo)", En esta entrada iremos registrando los movimientos del proyecto, textos y ponencias.
El texto del proyecto es el siguiente:
PROYECTO DE ACTO LEGISLATIVO 016 DE 2012 CÁMARA.
por medio del cual se adiciona el artículo 11 de la Constitución Política.
El Congreso de Colombia
DECRETA:
Artículo 1°. Adiciónese el siguiente inciso al artículo 11 de la Constitución Política.

Artículo 11. El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte.
La interrupción voluntaria del embarazo podrá realizarse en los casos señalados por la ley.
Artículo 2°. El presente acto legislativo rige a partir de su promulgación. De los honorables congresistas,
H.R. WILSON NEBER ARIAS CASTILLO, H.R. IVAN CEPEDA CASTRO, H.R. HERNANDO HERNANDEZ TAPASCO, H.R. CARLOS GERMAN NAVAS TALERO, H.R. ALBA LUZ PINILLA PEDRAZA, H.R. ANGELA MARIA ROBLEDO GOMEZ
H.S. - ALEXANDER LOPEZ MAYA, H.S. - GLORIA INES RAMIREZ RIOS , H.S. - JORGE E. ROBLEDO, H.S. - PARMENIO CUELLAR B.



Este proyecto puede ser una gran oportunidad, en tanto que obligará a los Representantes a la Cámara a tomar partido y asumir una posición clara. De este modo sabremos a ciencia cierta quién es quién con miras a las elecciones de 2014. Todo lo que ocurra al respecto lo estaremos informando.
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Proyecto de Acto Legislativo 16 de 2012 Cámara

“Por medio del cual se adiciona el artículo 11 de la Constitución Política.”

Proyecto Original (20 de Julio) – Gaceta (461/2012)
Autores:  H.R. WILSON NEBER ARIAS CASTILLO, H.R. IVAN CEPEDA CASTRO, H.R. HERNANDO HERNANDEZ TAPASCO, H.R. CARLOS GERMAN NAVAS TALERO, H.R. ALBA LUZ PINILLA PEDRAZA, H.R. ANGELA MARIA ROBLEDO GOMEZ
H.S. - ALEXANDER LOPEZ MAYA, H.S. - GLORIA INES RAMIREZ RIOS , H.S. - JORGE E. ROBLEDO, H.S. - PARMENIO CUELLAR B.

Primer Debate en la Comisión I de Cámara

Audiencia Pública realizada. (24 de Septiembre de 2012): Abrumadora manifestación pro-vida, 25 intervenciones pro-vida frente a 2 abortistas.
 
Ponencia Primer Debate (3 de Octubre): Germán Navas Talero y Alfonso Prada Gil. – Gaceta (664/12)
Ponencia –Negativa– Primer Debate (8 de Octubre): Carlos Augusto Rojas – Gaceta (667/12)
Ponencia –Negativa- Primer Debate (9 de Octubre) Miguel Gómez Martínez – Gaceta ()
 
Proyecto Archivado (13 de Noviembre)
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jueves, 26 de julio de 2012

Pluralismo, pluralidad y pensar, por Carlos Daniel Lasa

Artículo de Carlos Daniel Lasa en Argentinos Alerta.

Carlos Daniel LasaEl pluralismo de principio, al igual que todo dogmatismo, oblitera el acto de pensar y condena al hombre a un pragmatismo del cual él mismo, a la postre, resulta ser la principal víctima. Pensar es el «acto de la mente humana que se da por y con la asunción de cualquier entidad por parte de la mente misma»[1]. La realidad es pensada cuando es convertida en objeto, ya no externo, sino real presencia objetiva. Al objetivarse algo, aparece el problema y éste exigirá una respuesta.

El pensar es el signo distintivo del ente inteligente finito que es el hombre, pero el pensar de suyo es problemático, porque supone plantear interrogantes y saberse a distancia de las respuestas –y tener conciencia de esta distancia–. Por eso el pensar humano es discursivo, dialéctico: él procede de la potencia al acto, de lo conocido a lo desconocido. Y dado que existe una distancia entre la pregunta y la respuesta, es posible el error.

Es error la respuesta que no responde, que no resuelve, que equivoca. Ahora bien, dado que toda respuesta correcta constituye, para el hombre individual y para la humanidad, un crecimiento histórico en tanto paulatina adquisición de la verdad, todo aquello que oblitere el pensar cerrará la puerta al verdadero progreso de la humanidad que es progreso en la verdad.

El pensar es crítico, situándose tanto a distancia del escepticismo como del dogmatismo. El hombre, al plantearse un problema, confía en su capacidad cognoscitiva para resolverlo. Incluso cuando la verdad alcanzada sea parcial, cuando se presente humildemente en la conciencia de sus límites, sin embargo es verdad, al fin de cuentas.

Ha sido precisamente el escepticismo el que ha generado el pluralismo de principio, ya que sostiene que frente al problema –que surge por la capacidad abstractiva de la inteligencia humana–, todas las respuestas dadas valen lo mismo. En esta postura subyace un marcado escepticismo dado que, si todas las respuestas valen de igual modo, ninguna tiene valor porque ninguna responde en definitiva al problema. Por lo tanto, no tiene sentido plantearse problemas porque la respuesta siempre resulta inhallable y, en consecuencia, se declara el acta de defunción al pensar. Y, dado que la verdad de las cosas resulta inaccesible para la inteligencia humana, entonces sólo debemos interesarnos por su utilidad. Por ello, en un mundo en el cual todo se valida en tanto y en cuanto es útil, la persona humana pierde su dignidad esencial, no siendo ya considerada como fin sino como medio.

El pluralismo de principio priva al hombre, ab initio, de toda posibilidad de encontrar la verdad, y por ello se traduce en un feroz pragmatismo que sólo tiene ojos para lo útil. En este escenario hace su epifanía el hombre–anguila, ese homúnculo que resulta difícil de ser retenido entre las manos debido a la condición resbaladiza de su alma–piel. Su virtuosismo en el arte de “acomodarse” según las circunstancias no tiene límites, aunque ciertamente los efectos son calamitosos para la república (y, tarde o temprano, para el mismísimo devoto de dicha lógica). Resulta paradójico que el pluralismo de principio, pretendiendo asegurar la diversidad, termine negándola y cosificando al hombre.

Preferiríamos evitar el término pluralismo por cuanto todo “ismo” indica la absolutización de lo que el término designa y, en consecuencia, promueve la negación de otros aspectos de lo real que necesariamente deben ser tenidos en cuenta. Todo «ismo», pues, supone la afirmación de un momento de la inteligencia humana, cual es el momento analítico, en detrimento del acto por excelencia del espíritu, que es la síntesis. Así, entonces, todo «ismo» absolutiza la dimensión analítica de la inteligencia (propiamente diríamos: analitismo), obliterando el dinamismo propio de la misma que es esencialmente dialéctico e integrativo. Por eso, en lugar de pluralismo preferiríamos hacer uso del vocablo «pluralidad». De este modo, la pluralidad, al destacar la importancia fundamental para la persona humana del acto de pensar, pone toda su energía en asegurar que dicho acto pueda ejercerse, lo cual supone su libre ejercicio. El respeto irrestricto por el libre ejercicio de las potencias humanas supone la afirmación de la pluralidad (pluralidad ética).

Es preciso, entonces, distinguir el pluralismo de principio de lo que hemos denominado pluralidad ética, exigida, ésta, por la naturaleza misma de la persona humana la cual debe desarrollarse de modo libre –la primera, en cambio, lejos de asegurar la pluralidad, la niega y ello porque atenta contra aquella realidad que hace efectiva la verdadera pluralidad en la sociedad política: el acto de pensar–.

Nota:

[1] Maria Adelaide Raschini, Concretezza e astrazione, Venezia, Marsilio, 2000, seconda edizione, p. 27.

Publicado originalmente en ¡Fuera los Metafísicos!

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miércoles, 25 de julio de 2012

Proyecto de Ley 37 de 2012 Cámara - 244 de 2013 Senado (Víctimas de la Violencia Sexual)

El día 25 de julio se radicó en la Cámara de Representantes el Proyecto de Ley “Por el cual se modifican algunos artículos de las leyes 599 de 2000, 906 de 2004 y se adoptan medidas para garantizar el acceso a la justicia de las víctimas de violencia sexual, en especial la violencia sexual con ocasión al conflicto armado, y se dictan otras disposiciones” que recibió el número 37/12. El Proyecto tiene como objeto la adopción de medidas para garantizar el derecho de acceso a la justicia de las víctimas de violencia sexual, en especial de la violencia sexual asociada al conflicto armado interno. El objeto no es problemático, pero a lo largo de todo el proyecto abunda el lenguaje de los derechos sexuales y reproductivos propio de la ideología de género que entiende el aborto como primera solución a un caso de violación.

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Proyecto de Ley 37 de 2012 Cámara – 244 de 2013 Senado

“Por el cual se modifican algunos artículos de las leyes 599 de 2000, 906 de 2004 y se adoptan medidas para garantizar el acceso a la justicia de las víctimas de violencia sexual, en especial la violencia sexual con ocasión al conflicto armado, y se dictan otras disposiciones”

Autores: Carlos Andrés Amaya, Wilson Neber Arias, Nancy Denise Castillo, Iván Cepeda Castro, Gloria Stella Díaz, Hernando Hernández Tapasco, Germán Navas Talero, Alba Luz Pinilla, Alfonso Prada Gil, Guillermo Abel Rivera, Ángela María Robledo, Juan Valdés Barcha, Alexander López Maya, Félix Varela, Gilma Jiménez, Gloria Inés Ramírez, Iván Name Vásquez, John Sudarsky Rosenbaum, Jorge Enrique Robledo, Jorge Londoño Ulloa, Luis Carlos Avellaneda, Mauricio Ospina y Parmenio Cuellar Bastidas.

Proyecto Original (25 de Julio) – Gaceta (473/12)

Primer Debate en la Comisión I de Cámara

Ponentes en la Comisión Primera de la Cámara:

H.R. ALFREDO BOCANEGRA VARON,
H.R. CARLOS EDWARD OSORIO AGUIAR,
H.R. CARLOS GERMAN NAVAS TALERO,
H.R. HERNANDO ALFONSO PRADA GIL,
H.R. JORGE ENRIQUE ROZO RODRIGUEZ,
H.R. JOSE RODOLFO PEREZ SUAREZ,
H.R. JUAN CARLOS SALAZAR URIBE,
H.R. VICTORIA VARGAS VIVES,
H.R. GUILLERMO ABEL RIVERA FLOREZ,

Ponencia primer debate (28 de agosto) – Gaceta (567/12)

Aprobado en Primer debate (20 de Noviembre)

Texto Aprobado en Primer debate (3 de Diciembre) – Gaceta (908/12)

Segundo Debate en la Plenaria de la Cámara de Representantes

Ponentes en la Plenaria de la Cámara:

H.R. JUAN CARLOS SALAZAR URIBE,
H.R. JOSE RODOLFO PEREZ SUAREZ,
H.R. JORGE ENRIQUE ROZO RODRIGUEZ,
H.R. HERNANDO ALFONSO PRADA GIL,
H.R. GUILLERMO ABEL RIVERA FLOREZ,
H.R. CARLOS GERMAN NAVAS TALERO,
H.R. CARLOS EDWARD OSORIO AGUIAR,
H.R. ALFREDO BOCANEGRA VARON,
H.R. VICTORIA VARGAS VIVES,

Ponencia para Segundo Debate (3 de Diciembre) – Gaceta (908/12)

Concepto del ICBF (5 de Febrero de 2013)

Aprobado en Segundo Debate (17 de Abril de 2013) – Gaceta (236/13)

Tercer Debate en la Comisión I del Senado

Ponentes en la Comisión Primera del Senado: HH.SS.: Jhon Sudarsky (Coordinador), Juan Manuel Galán, Armando Benedetti, Luis Carlos Avellaneda, Roberto Gerlein y Doris Clemencia Vega.

Ponencia para Tercer Debate (20 de Agosto) – Gaceta (652/13)

Aprobado en Tercer Debate (20 de Noviembre) – Gaceta (21/2014)

Cuarto Debate en la Plenaria del Senado

Ponentes en la Plenaria del Senado: Jhon Sudarsky Rosenbaum (Coordinador), Juan Manuel Galán Pachón, Armando Benedetti Villaneda, Luis Carlos Avellaneda Tarazona, Roberto Gerléin Echeverría y Doris Clemencia Vega Quiroz

Ponencia para Cuarto Debate (10 de abril de 2014) – Gaceta (138/14)

Aprobado en Cuarto Debate (6 de mayo) – Gaceta (201/14)

Informe de Conciliación (13 de mayo) – Gaceta (219/14)

Ley 1719 del 18 de Junio de 2014

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Democracia, Laicismo, Moral, por P. Pablo Cabellos Llorente

Artículo del P. Pablo Cabellos Llorente en la revista ConoZe.com.

A partir de Descartes comienza un proceso en el pensamiento occidental que pasará por etapas diversas —quizá las principales son la Ilustración y el marxismo— , y que, aun simplificando mucho, deja al hombre solo, como afirmó Juan Pablo II en su obra «Memoria e identidad». El ser humano queda solo como creador de su propia historia y civilización, solo como quien decide por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo, como quien existe y actúa et si Deus non daretur, como si Dios no existiera. Y así seguimos en buena parte del pensamiento actual, con el enorme riesgo de que si la persona plantea de este modo su existencia y, en consecuencia, las sociedades y las leyes, si el hombre decide lo bueno y lo malo, puede disponer, por ejemplo, que un grupo de seres humanos sea aniquilado, incluso legalmente, como ya ha sucedido; puede decidir anular los derechos humanos, como sucede, al ser desposeídos de su fundamento.

Pienso en todo esto mientras releo algunas consideraciones hechas por Benedicto XVI a los obispos suizos. Dice con sencillez el Papa que ha reflexionado mucho sobre el hecho de que la sociedad moderna no es sencillamente inmoral, sino que ha dividido la moral en dos partes: por un lado, aparecen como incuestionables —al menos teóricamente— temas como la paz, no violencia, justicia para todos, ecología, etc. Por otra parte, hay aspectos de la moral —con gran reflejo en las legislaciones— que son abandonados o directamente vulnerados: tantos asuntos relativos a la vida —aborto, eutanasia, ingeniería genética e investigación con embriones—, los relacionados con el matrimonio y la familia y, por supuesto, el campo de la sexualidad. Todo procede de una concepción de la libertad «vista como facultad de elegir de forma autónoma sin orientaciones predefinidas, como no discriminación; por tanto, como aprobación de cualquier tipo de posibilidad» (Benedicto XVI).

Se sigue pensando que para, edificar la ciudad democrática, es necesaria esa autonomía del hombre. O por decirlo de otro modo: una sociedad pluralista postularía el abandono del pensamiento cristiano porque —así se entiende— sólo sobre el laicismo y el relativismo puede edificarse esa sociedad plural. Digamos, de entrada, que así se construye una sociedad laicista, pero no plural. Tiene ya una marca que, además, suele exhibirse y aplicarse sectariamente. Recuerda la doctrina social de la Iglesia que la negación de la ética natural conduce a la anarquía moral, cuya consecuencia obvia es la opresión del más fuerte sobre el débil, no conduciendo nunca a un legítimo pluralismo, sino a la voladura de las bases de la convivencia humana.

El pensamiento que ha hecho del mundo occidental un foco de cultura y libertad efectivamente es cristiano, porque esta fe lo ha acrisolado y depurado. Pero su concepción sobre el hombre y, por tanto, sobre su conducta, es algo natural, enraizado en el ser mismo de la persona. No es casual la evolución que acontece cuando la filosofía comenzó a ocuparse de los seres en la medida en que son contenidos en la conciencia, y no en cuanto existentes fuera de ella. La realidad no se acoge y se estudia, se fabrica. Tampoco es casual —Juan Pablo II lo narra en la obra citada— que las purgas más inmediatas del régimen comunista polaco fueran dirigidas contra los filósofos realistas. Ahora las purgas son mucho más sutiles, pero la cultura dominante —que cambiará— sigue pensando de modo parecido: no hay verdad, ni naturaleza, ni libertad. Y precisamente sólo desde ahí —sin imposiciones, con respeto— puede existir una democracia que no sea sólo formal, y un Estado de derecho que respete al hombre.

Lo paradójico es que todo se edifica, al menos aparentemente, con el hombre como centro. Pero un hombre que ha dejado de serlo, un hombre que desconoce su esencia, que no se enfrenta con las preguntas más serias de su existencia. Ese hombre no es centro de nada; es una marioneta perfectamente manipulable por los centros de poder, en vez de ser una persona libre que se mueve con conciencia. Y para tener «una conciencia recta —se lee en «Veritatis Splendor»—, el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad».

Ya sé que no todos tenemos la misma concepción del hombre y de la verdad. Pero no por eso cesa la obligación de buscarlas, ni el relativismo es el terreno más fértil para cultivarlas. Tampoco lo es el fundamentalismo laicista excluyente de todo lo que huela a cristiano y, por tanto, a libertad. Tal vez por eso esta palabra se menciona más bien poco, aunque lo peor es que se viva poco y superficialmente. «La fe cristiana —en cambio— no achica el ánimo, ni cercena los impulsos nobles del alma, puesto que los agranda, al revelar su verdadero y más auténtico sentido». Esa es su gran osadía: «proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios». (Es Cristo que pasa). Y eso, libre y gratuitamente.

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martes, 24 de julio de 2012

«Géneros» a la carta, por Germán Mazuelo-Leytón

Artículo de Germán Mazuelo-Leytón en la revista ConoZe.com

Desde hace unos años, nos han irrumpido unos términos acuñados por los promotores de las ideologías liberal, laicista, marxista, comuno-progresista, feminista, relativista.

Hoy los más jóvenes y no tan jóvenes, emplean indistintamente –por ejemplo entre otros vocablos– la palabra pareja cuando se refieren a su cónyuge, novio/a, concubino/a o amante; se ha ido sustituyendo gradualmente las expresiones retiro espiritual por convivencia, autocrítica en vez de examen de conciencia, rol sustituyendo a vocación; últimamente se escucha con fuerza las expresiones patriarcal / despatriarcalización, y así, hay quienes piensan que la palabra género es sólo un equivalente, un sinónimo, y hasta únicamente un vocablo técnico empleado para sustituir a la palabra sexo.

Se ha esparcido como reguero de pólvora la denominada ideología de género, producida ésta, desde el feminismo radical, y partiendo de la tesis de que la mujer ha sido explotada por el hombre a lo largo de la historia mediante la imposición de roles y estereotipos sociales totalmente injustos y arbitrarios que la han mantenido apartada de la vida pública, privada de derechos y recluida en el ámbito familiar.

La ideología de género, logró imponerse a nivel mundial en la tristemente famosa Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1995, celebrada en Beijing (Pekín): los lobbies consiguieron imponer a los países miembros el compromiso de incorporar la «perspectiva de género en todas sus políticas y medidas legislativas» -como lo explana María Lacalle- y es en esa cumbre, ante la confusión generada por las propuestas, que muchos delegados solicitaron a la directiva de la Conferencia patrocinada por la ONU una clarificación de esa perspectiva nueva.

Emergió entonces una perturbadora definición desde la dirigencia del evento, en la siguiente declaración: El género se refiere a las relaciones entre mujeres y hombres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo.

La novedosa interpretación del término género, tuvo además el acotamiento siguiente: El sentido del término género ha evolucionado, diferenciándose de la palabra sexo para expresar la realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio.

Quedaba claro pues que los partidarios de la perspectiva de género proponían algo mucho más temerario como, por ejemplo que "no existe un hombre natural o una mujer natural, que no hay conjunción de características o de una conducta exclusiva de un sólo sexo, ni siquiera en la vida psíquica.

Detrás de esa expresión se esconden una ideología y una agenda, promovidas rabiosamente, principalmente por las feministas de género y otros lobbies, ideología que desarrolla una agenda imponiéndose en las leyes y las políticas de los estados, en tres ámbitos legislativos clave: la identidad personal, la familia y la educación, las leyes antidiscriminatorias y de derechos sexuales y reproductivos son sus mejores armas para destruir el orden natural, ya que, la vida moral del hombre no se guía tanto por las leyes de la naturaleza, sino por la ley natural que es distinta de aquellas. La ley natural trasciende las leyes de la naturaleza y se eleva sobre ellas tanto como la persona humana supera cualitativamente todo el mundo de los seres no-libres. Por tanto, en el mundo de los hombres, la aplicación concreta de las leyes de la naturaleza está siempre subordinada a la guía superior de la ley natural, es decir, de la moral. Y así como es posible conocer las leyes de la naturaleza, es también posible conocer la ley natural, que obligue ciertamente a las personas humanas en conciencia. (El matrimonio en Cristo, P. José María Iraburu).

Pues bien, contrariamente a este principio, recientemente la Australian Human Rights Commission(AHRC) está desplegando una nueva arremetida en contra del orden natural, a fin de profundizar la imposición de la ideología de género en ese país, a través de una campaña que busca hacer aprobar su proyecto para extender la legislación anti discriminatoria», proponiendo ampliar las «orientaciones sexuales para que éstas sean protegidas de la discriminación, nada menos en que más de veinte identidades de género.

Catherine Branson, presidenta de AHRC, en su propuesta (llamada documendo de trabajo), recoge, entre otras, las novedosas identidades de género siguientes: transgender, trans, transsexual e intersex, androgynous, agender, cross dresser, drag king, drag queen, genderfluid, genderqueer, intergender, neutrois, pansexual, pan-gendered, third gender, y third sex.

Identidades de género en las que se incluyen asimismo las peculiaridades culturales de los pueblos originarios propugnadas por el nuevo orden mundial, mismas que al parecer, surgen de las prácticas de los aborígenes australianos, así como de los nativos de las islas Torres Strait, tales como sistergirl y brotherboy.

Veinte y más, porque habría que incluir las sub categorías transexuales, que denuncia en Mercator net, la también australiana Babette Francis, pero en su caso defensora de la cultura de la vida, y que ha tenido un papel descollante en la ONU con acciones pro vida, estas neo identidades –según la AHRC- serían: a) los que están en espera de tratamiento; b) los que han tenido tratamiento hormonal; c) los que han tenido tratamiento hormonal y quirúrgico; d) los que fueron tratados con hormonas y cirugía, pero no son felices y quieren revertir esos procedimientos.

Alguien escribió en un blog: Ven pronto Señor no tardes, me sumo a esa súplica.

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jueves, 19 de julio de 2012

Ay de vosotros, políticos, por Bruno Moreno

Artículo de Bruno Moreno Ramos en su blog en InfoCatólica.

Este blog trata temas de religión y filosofía y en él no se habla de política, excepto cuando un tema político está directamente relacionado con la religión o con temas de gran calado. Como en esta ocasión: Quiero dejar constancia de que la medida aprobada recientemente de suprimir la paga extra de Navidad de los funcionarios me parece repugnante, injusta y vergonzosa.

En primer lugar, porque, en tiempos de crisis,siempre debe rebajarse el sueldo de los puestos altos antes de rebajar el sueldo de los puestos bajos. Antes de quitar la paga extra a maestros, administrativos o secretarias, habría que haber suprimido el sueldo entero de ese mes de todos los cargos políticos de España, de Director General para arriba. Empezando por aquellos que toman la decisión en cuestión. Es muy simple: si los que deciden son los primeros en sufrir las consecuencias de sus decisiones, tendrán mucho cuidado de no causar sufrimientos excesivos con esas decisiones.

En segundo lugar, porque para un funcionario que cobra mil doscientos euros al mes, la paga extra es fundamental para sobrevivir. En cambio, para quien cobra cinco mil, la medida apenas se nota. Es decir, es una medida injusta, que afecta más precisamente a aquellos que están más necesitados.

En tercer lugar, porque son medidas de cara a la galería, que apenas suponen beneficio para el país y en cambio son un gran perjuicio para los afectados. El prestigio y la credibilidad de los gobernantes se compra con el sufrimiento y las lágrimas de los que tienen menos.

En cuarto lugar, porque la forma razonable de ahorrar no es perjudicar a los que menos tienen, sino suprimir las innumerables estupideces innecesarias que pagan todos los gobiernos de este país, nacionales, autonómicos y locales, empezando por reducir drásticamente la numerosísima casta política y sindical que vive en buena parte del cuento. Lo que no es razonable es ahorrar en los sueldos de gente que trabaja para seguir gastando ese dinero en tonterías.

Como católico, éste es mi mensaje para los políticos:

Ay de vosotros, gobernantes, que imponéis cargas abrumadoras sobre las espaldas de los pobres y vosotros ni las tocáis con el dedo.
Ay de vosotros, poderosos de este mundo, que creéis que podéis hacer lo que queráis, sin asumir las consecuencias, como si estuvierais por encima de la ley y la justicia.
Ay de vosotros, dirigentes, que buscáis los primeros puestos, salir en la televisión y que la gente os admire y os rinda pleitesía, en lugar de servir humildemente a vuestros conciudadanos, diciendo “siervos inútiles somos”.
Ay de vosotros, políticastros, que estáis más preocupados de ser reelegidos que de vuestro deber para con el país.
Ay de vosotros, administradores injustos, que sois hábiles para buscar vuestro bien y torpes para buscar el bien de los demás.

Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Os aseguro que ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Dad, pues, frutos dignos de conversión, y no andéis diciendo en vuestro interior: “Hemos sido elegidos democráticamente”, porque os digo que de nada os servirá eso si sois arrojados, con todos vuestros votos, al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

¿Qué debéis hacer? No exijáis más de lo que os está fijado y no hagáis leyes injustas, a la medida de quienes os pagan o apoyan, sino buscando ser justos con todos. No hagáis extorsión a nadie, defended al débil, a las viudas, a los huérfanos y a los que aún no han nacido. No uséis el dinero público como si fuera vuestro o de vuestro partido. No hagáis denuncias falsas contra vuestros enemigos políticos. No busquéis enriqueceros, sino contentaos con vuestra soldada, y compartid las estrecheces que imponéis a los demás. El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo.

Dichosos seréis si, por ser sinceros y justos, perdéis el apoyo de empresas que os patrocinan, de los sindicatos que os apoyan o de los lobbies que os tiranizan.
Dichosos vosotros, si preferís la verdad a la propaganda y las consignas de vuestro partido, aunque no vuelvan a nombraros para ningún cargo.
Dichosos vosotros si sufrís en vuestra carne los recortes antes de imponérselos a los que apenas tienen nada.
Dichosos seréis si por defender a los niños no nacidos perdéis los votos que sean menester.
Dichosos vosotros, si edificáis vuestra política sobre la ley natural, la verdad y la justicia y no sobre las encuestas.
Dichosos vosotros si reconocéis vuestros errores, en lugar de pretender que tenéis siempre razón y que la culpa es de los otros.
Dichosos vosotros si tenéis presente en todo momento que la política es un deber, un servicio a todos los hombres, especialmente a los más débiles, y una vocación de Dios.
Dichosos vosotros si buscáis primero el Reino de Dios y su justicia, porque todo lo demás se os dará por añadidura.

Entonces escucharéis las palabras de Cristo: “Siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor”. Grande será vuestra recompensa en el cielo y allí os recibirán Santo Tomás Moro, San Luis Rey, San Francisco de Borja y tantos otros que supieron convertir la política en un camino para servir a Dios y a los hombres.

Que el Espíritu Santo os ilumine, os fortalezca en el cumplimiento de vuestro deber y os guíe por caminos de verdad y vida eterna. Amén.

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martes, 10 de julio de 2012

Arquidiócesis de Barranquilla, en Colombia, conmemoró su 80º aniversario

Barranquilla (Martes, 10-07-2012, Gaudium Press) Más de 2 mil personas participaron el pasado sábado 7 de julio en la celebración eucarística que se realizó en la Catedral Metropolitana María Reina en Barranquilla, Colombia, para conmemorar el 80º aniversario de la Arquidiócesis colombiana.

Arquidiocesis de Barranquilla.jpgLa celebración eucarística estuvo presidida por el Cardenal Pedro Rubiano Sáenz, Arzobispo emérito de Bogotá; y concelebrada por el Nuncio Apostólico en Colombia, Mons. Aldo Cavalli; el Arzobispo de Barranquilla, Mons. Jairo Jaramillo Monsalve; el Obispo Auxiliar de Barranquilla, Mons. Víctor Tamayo Betancourt, además de otros obispos procedentes de varias partes de Colombia y sacerdotes de la Arquidiócesis.

En el marco de la Santa Misa, Mons. Cavalli, por ocasión de los 80 años, dio un especial regalo a la Arquidiócesis de Barranquilla, que consiste en una reliquia que contiene una gota de sangre del Beato Juan Pablo II, quien en 1986 visitó la ciudad colombiana.

En entrevista con El Heraldo, diario local, el Nuncio Apostólico en Colombia habló sobre la reliquia: "Trajimos de Italia una gota de sangre auténtica del papa Juan Pablo II, como reliquia a Barranquilla, que significa el deseo profundo de entrar en relación con él, que está con el señor y reza por nosotros".

Al finalizar la celebración eucarística los fieles salieron en procesión hacia la nueva Plaza de la Paz Juan Pablo II, que será finalizada e inaugurada en octubre. En la ocasión, como regalo también para la ciudad y los fieles de Barranquilla el Nuncio Apostólico en Colombia bendijo la Plaza, que ha sido construida justamente en memoria de la visita que el Beato Pontífice realizó hace 26 años.

Plaza Barranquilla.jpgSobre el lugar y recordando la visita apostólica de Juan Pablo II a Colombia, también habló Mons. Cavalli: "la Plaza de la Paz Juan Pablo II es un espacio donde el Beato vino hace 26 años y es interesante ver que esta semana en Colombia no se disparó un arma. Esta ha sido una semana de paz y blanca".

Además de la Santa Misa y la bendición de la Plaza, también fue inaugurada la Galería Histórica Arquidiocesana, que tiene por objeto recrear cómo ha sido la historia de la jurisdicción eclesial en los últimos 80 años. El evento tuvo lugar en la parroquia San Nicolás con la participación de los obispos y sacerdotes de Barranquilla, así como autoridades civiles y medios de comunicación.

Como parte del aniversario, el Arzobispo de Barranquilla, también recibió, de manos del Gobernador del Departamento colombiano del Atlántico, José Antonio Segebre, la medalla "Puerta de Oro de Colombia", que fue entregada para exaltar la labor de la Arquidiócesis con la comunidad local.

Con información de la Arquidiócesis de Barranquilla y El Heraldo.

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¿Qué está ocurriendo en EEUU?, por Elige la Vida

Artículo sobre la guerra de la Administración Obama contra la Iglesia Católica, en el blog Elige la Vida.

En mi opinión, lo que está ocurriendo en EEUU tiene un nombre: tiranía. El presidente Obama está resultando ser lo que muchos nos temíamos, un tirano al servicio del Nuevo Orden Mundial; en otras palabras, un esclavo del dinero que lo mantiene en el poder.

Los obispos norteamericanos llevan tiempo denunciando la política de la administración Obama, que pretende obligar a instituciones católicas a financiar seguros médicos que cubran prácticas contrarias a la doctrina de la Iglesia, como son la anticoncepción, la esterilización, el aborto o la fecundación in vitro.

Para denunciar la inmoralidad de esta política, los obispos lanzaron la campaña "Fortnight for freedom" (Quincena por la Libertad), que comenzó el 21 de junio, víspera de la fiesta de los santos John Fisher y Tomás Moro, y concluyó simbólicamente el 4 de julio, día de la Independencia de Estados Unidos. La campaña pretendía ser un periodo de oración, sacrificio y testimonio público por la causa de la libertad religiosa.

Para contrarrestar la actuación de los obispos, la asociación laicista Freedom from Religion Foundation (FRF) acaba de producir un anuncio televisivo en el que la actriz Julia Sweeney dice textualmente: "Hola, soy Julia Sweeney y soy culturalmente católica. Ya no soy creyente, e incluso he escrito una obra al respecto titulada Dejando que Dios se vaya. Quiero explicaros que los obispos están planteando su oposición a la cobertura anticonceptiva como un asunto de libertad religiosa. Pero la verdadera amenaza para la libertad son los obispos, que quieren ser libres para imponer su dogma a gente que no lo desea".

Los obispos norteamericanos están dispuestos a cerrar colegios, centros asistenciales y hospitales de la Iglesia antes que abandonar su compromiso con el Evangelio de la Vida.

Os recomiendo este vídeo que lleva ya unos meses circulando por la Red. En él, Daniel Jenky, obispo de Peoria (Illinois), expresa la necesidad de heroísmo por parte de los católicos de nuestro tiempo, y afirma que, igual que la Iglesia sobrevivió en otro tiempo a todo tipo de persecuciones, sobrevivirá ahora al odio de Hollywood, a la maldad de los medios de comunicación, a la corrupción actual y al régimen tirano y abortista del presidente Barack Obama. A muchos políticos españoles católicos no les vendría mal escuchar las palabras del Obispo Jenky: "Que Dios tenga misericordia de las almas de aquellos políticos que pretenden ser católicos en la iglesia, pero que en su vida pública, como Judas Iscariote, traicionan a Cristo por la forma en que votan y por cooperar voluntariamente con el mal".

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jueves, 5 de julio de 2012

La pluralidad de partidos católicos, por Luis María Sandoval

Comparto un artículo de Luis María Sandoval en la revista Arbil.

La pluralidad de partidos católicos

por Luis María Sandoval

El artículo se estructura tratando los siguientes contenidos lógicos: El régimen de partidos; La democracia y los católicos; El error de eludir la política; Partidos confesionales; Riesgos falsos y verdaderos; Autonomía de los partidos católicos; Genuino interés político; Pluralidad de partidos; La larga marcha de los partidos católicos

La pregunta previa a cualquier cuestión sobre los partidos católicos es si los partidos, en sí mismos, son lícitos y buenos.

Porque conviene recordar que la crítica al régimen partitocrático ha sido un elemento continuo de buena parte del pensamiento político católico de los siglos XIX y XX.

Ya fuera por tradicionalismo –entendido como intento de continuidad perfectiva del régimen cristiano subsistente antes de las revoluciones- o por respuesta contrarrevolucionaria -es decir por reacción ante la realidad agresiva que han sido las democracias reales, es decir, las liberales- lo cierto es que buena parte del pensamiento político católico se ha mostrado, durante dos siglos, contrario, o muy reticente, ante los partidos políticos.

También es cierto que a favor del régimen de partidos no sólo han estado los liberales católicos, aquellos que a la hora de la verdad son esencialmente liberales y adjetivamente católicos, sino también los democristianos, en el sentido de aquellos católicos que de buena fe han procurado hacer política aceptando las estructuras existentes.

Una segunda verdad es que, en estos dos siglos, TODOS los grupos católicos sin excepción se han organizado, siempre que han podido, bajo la forma de partidos políticos. Esto último no es de extrañar puesto que la mentalidad cristiana es abierta, nada partidaria del disimulo, lo esotérico y lo conspirativo, y además es realista y reformista por principio, rehuyendo el ideologismo que es la fuente de los maximalismos.

Esas constataciones meramente históricas no prueban de suyo nada, puesto que la doctrina católica no procede del consenso, ni de los usos de pocos o muchos fieles, pero sí son orientativas.

Un análisis de la partitocracia, de sus principios y sus realidades, nos llevaría a desviarnos de nuestro verdadero tema, así que nos limitaremos a resolver estas cuestiones previas sin argumentarlas.

 

La democracia y los católicos

La doctrina social de la Iglesia acepta todos los regímenes y formas de gobierno, con tal de que sean aptos para procurar el bien común, el cual, en su concreción, también depende de los usos propios de los lugares y de las épocas. Ahora bien: el que varios sistemas y formas de gobierno sean aceptables no significa que sean iguales, como el que no sean óptimos no significa que sean ilícitos. Dentro del margen de lo aceptable sigue siendo opinable cual de ellos sea el mejor, tanto en abstracto como en concreto.

En realidad, con las formas de gobierno sucede que sólo son superiores a las otras en orden a cierto aspecto de las características que convienen a la acción de gobierno... pero a costa de no serlo tanto respecto de otra u otras. Cuál de los elementos precisos para el gobierno se deba primar depende de la tradición, de las necesidades del país, de las ideas corrientes en la época y, en último término, de las preferencias de los legisladores.

La democracia es una forma de gobierno conocida y teorizada desde la antigüedad, que la Iglesia acepta perfectamente, con tal –como todas las demás- que no pretenda ser la única forma de gobierno compatible con la Fe cristiana (esta condición es parte nuclear de la enseñanza de S. Pío X en su encíclica Notre charge apostolique, 1910). Y dentro de las democracias, la de partidos, con todos los defectos de éstos, es hoy la más ensayada.

Desde Pío XII en la Benignitas et humanitas (1944) a Juan Pablo II, la Iglesia se ha mostrado dispuesta a aceptar la democracia con tal de que no sea moralmente relativista, ni se crea –como no debe hacerlo ningún gobierno- fuente de moralidad, pero no ha puesto el requisito negativo de la exclusión de los partidos, ni como aparatos gobernantes, ni aún menos de la existencia legal.

Es concebible un régimen democrático de partidos que se turnan en el gobierno según los resultados de las elecciones y que en su conjunto acepte la soberanía última de Cristo (y eso constituye la confesionalidad del mismo rectamente entendida). No por eso desaparecerían los defectos intrínsecos al régimen de partidos, cierto, pero todo régimen los tiene, y poseería la legitimidad cristiana fundamental.

Permítaseme decir que, hoy en día, la existencia de los medios de comunicación social hace que las cuestiones de gobierno estén tan a la vista de todos que es imposible impedir que se formen opiniones; y hay que admitir que, salvo para los verdaderos especialistas, los conocimientos –no la preparación- sobre los más varios asuntos están más nivelados entre las distintas clases sociales que en otras épocas.

Con lo dicho queda claro que, siendo el régimen de partidos lícito en principio, los católicos pueden participar activamente en él, tanto los que no pretenden alterarlo como los que aspiran a sustituirlo, aunque plantea dudas el que estos últimos, los más politizados, fueran susceptibles de adaptarse personalmente a un régimen, entronizado por ellos mismos, en que la mayor parte de las cuestiones de gobierno se decidiera al margen de la opinión pública, incluida la suya.

Importa mucho hacer una reflexión importante: los puristas que han denunciado más acerbamente el régimen de partidos han sido los primeros en constituirse bajo forma de tales, a pesar de sus enrevesadas disquisiciones de que ‘los movimientos’ no son comparables a los partidos, pese a que es evidente que, llámense como se llamen, participan de las características esenciales de agrupar individuos exclusivamente por motivos ideológicos y de combatir a otros conjuntos análogos de distinta opinión por el poder.

 

El error de eludir la política

Parece evidente que la idea de cristianizar el orden social (y el mínimo imprescindible de encuadrarlo en el Derecho Natural) no debe hacer excepción con la cabeza política de la sociedad civil, y ello por celo apostólico y por pretensión de eficacia.

A las anteriores afirmaciones conviene añadir una argumentación por reducción: hoy en día la oposición a que los católicos actúen en partidos (todavía no hemos llegado a que constituyan partidos propios) no dejaría a los católicos, en buena lógica, más opciones que éstas:

- buscar la recristianización del orden social exclusivamente por medios subversivos (la fuerza golpista o insurreccional);

- esperar, sin motivo comprensible, que una política efectuada por principio sólo por no católicos o todo lo más por bautizados no consecuentes (puesto que se parte de que lo consecuente es no participar en partidos) termine satisfaciendo -¿por qué milagro?- las elevadas exigencias de una política cristiana;

- o limitarse a padecer, permitiéndose todo lo más alguna lamentación, la política cada vez más inmoral que nos quieran infligir los no católicos y los anticristianos.

En cambio, la que no se sostiene lógicamente, siendo la más cotizada, es la idea de que una acción puramente social, pero que se detiene ante el umbral de la política –que es propia de los partidos-, pueda, no ya cambiar aquélla, sino ni siquiera subsistir, sin ser una y otra vez saboteada y desmontada por el poder político. Debe recomendarse muy vivamente la lectura del artículo de Maurras "Las campanas de Suresnes".

No se conocen ejemplos de mozárabes que hayan subvertido por pura presión social la tiranía mahometana, sino que han descaecido bajo ella. Sólo se conocen casos en que la persecución ha cesado y se ha invertido por obra de una conversión milagrosa, como la de Constantino, aunque el camino natural para la preservación de la vida cristiana ha sido el de Don Pelayo.

¿Acaso nos está prohibido poner medios naturales? ¿y nos es lícito tentar a Dios, forzándole al milagro?

Frente a la utopía meramente ‘social’ debemos denunciar sin tregua la mentalidad, seguramente subconsciente, de estos cristianos que se asustan mucho del desorden social y quieren trabajar por el orden cristiano... pero sin entrar en la política propiamente dicha y en los partidos, que al presente son sus actores.

Sin saberlo, son hijos de la mentalidad ambiental del 68 vestida de escrúpulos cristianos: lo único prohibido es prohibir; no cabe imponer, sólo proponer; ni castigar, sólo amonestar. Afirmaciones éstas cuya verdad depende del campo al que se refieran: en el orden religioso la Fe, ciertamente, no se impone, y aún así el Derecho Canónico, dentro de la Iglesia, castiga; en cuanto al gobierno civil, puede incluso que no deba ser predicador y educador, pero sí debe imponer y castigar conductas, llegado el caso, para no perpetrar la enorme injusticia de proteger el desorden con la impunidad.

Si los católicos a los que aludíamos entran en algún partido ‘corren el riesgo’ de llegar a gobernar, ocasión donde no cabe subterfugio para impedir que se vea prevalecer el criterio del gobernante, ni castigar las transgresiones de las normas por él dictadas (y dictadas por tenerlas por buenas). Como retroceden ante esa posibilidad –que más bien debe ser la aspiración natural de quien actúa en política- se refugian en el apoliticismo, y ésa, y no otra, es la raíz subyacente, de la impotencia cristiana en la política del siglo XXI vestida de espiritualismo.

Con inculcar bien la anterior idea, repitiéndola abundantemente, se justificaría de sobra hoy cualquier artículo.

Sin embargo, conviene seguir presentando las grandes líneas del cómo han de ser los partidos de los católicos, resuelta al cuestión de que la participación en ellos les es lícita.

Nos detendremos en cuatro grandes cualidades. Han de ser confesionales, autónomos, genuinamente políticos y, sobre todo, plurales.

 

Partidos confesionales

Recientemente un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, enormemente valioso por otra parte, ha acumulado reticencias sobre la palabra ‘confesional’. En otro lugar nos hemos referido a ello ("Deberes de los católicos en política. Un recordatorio vaticano" en Arbil nº 66 y en "Relanzamiento de la política católica" en Verbo nº 141-142).

Pero la noción, que es lo importante, sigue siendo válida por argumentos de magisterio, de razón y de experiencia.

Cuando el Concilio Vaticano II enseña que "deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo" (Dignitatis Humanae 1,3) el plural de "sociedades" no sólo se refiere a todos los estados del mundo, sino a toda la escala de las sociedades de las más pequeñas a las más grandes.

Para quienes conocen la doctrina de las encíclicas Immortale Dei y Quas primas (de León XIII y Pío XI) la tienen bien presente, y aspiran, naturalmente, a que el Estado español vuelva a ser, como debe, confesionalmente católico, la confesionalidad de los partidos de los católicos es mucho más evidente. Pero para todos deber ser menos objetable, puesto que son asociaciones voluntarias. Cabe entender el falso reparo acerca de la confesionalidad católica del estado, pero no que una agrupación voluntaria de católicos repudie el ser católica.

La colaboración con los no cristianos de buena fe –excusa esgrimida para ello- no debe olvidarse, cierto, pero (con ser caso más teórico que práctico) puede realizarse perfectamente en ámbitos comunes más amplios que salvaguarden la existencia de ambientes puramente católicos, donde los fieles se alienten recíprocamente en vez de correr el peligro de entibiarse y dejar de reconocer, con la práctica de omitir la referencia a Cristo, quién es lo fundamental.

El deber de confesar a Cristo como Señor, de Quien aspira a seguir -a pecadores trompicones- sus enseñanzas, es común a todo cristiano, solo o asociado, en cualquier terreno. Todo en nuestra vida debe hacerse para Gloria de Dios. Y el confesarse públicamente cristiano, individual o socialmente, es un acto de adoración que atrae, a su vez, particulares gracias del Cielo.

Por otra parte, como enseña el Catecismo, la confesionalidad católica es la perfección sobrenatural de un imperativo natural: toda sociedad es, explícita o implícitamente, confesora de un orden de valores al cual se remite (CEC §§ 2244 y 2257).

Finalmente, de la existencia de sociedades que pretenden ser católicas se derivan bienes insustituibles para la Iglesia, los fieles, y las almas en general.

En suma: la confesionalidad de las sociedades es un deber, y para los fieles es un derecho poder organizarse confesionalmente para promover el cumplimiento de ese deber.

Frente a todas estas razones persiste la ‘sapientísima’ receta de organizar (siempre con cristianos como punto de partida) asociaciones, y hasta partidos, que satisfagan las exigencias cristianas pero no confiesen abiertamente su dependencia del Dios del Cielo y Encarnado. Creen que de ese modo atraerán a gente ajena, de otro modo mal predispuesta, aunque más bien parece, en realidad, que sólo pretenden evitar al máximo el atraerse descalificaciones y persecuciones. Ojeriza que, pese a ello, padecen igualmente, por católicos, por mucho que nieguen ser galileos.

Ante esta idea, originalísma y prudentísima, de la confesionalidad implícita, todo recuerdo del deber cristiano de confesar a Cristo socialmente según la doctrina tradicional, toda argumentación de que, a la postre, el derecho natural requiere en nuestro estado de naturaleza caída una guía positiva y negativa externa, la Revelación y el Magisterio, y todas las ventajas inherentes son obviadas. O no se citan, o se conceden de dientes para fuera para centrarse en el acto únicamente en sus desventajas (nunca se pesan en la balanza siquiera ventajas e inconvenientes).

Su argumento nuclear es que un partido confesional compromete a la Iglesia a los ojos de todos, por lo que parará –al parecer indefectiblemente- en mal. Eso sin contar con que conceden igualmente, como si fuera intrínsecamente necesaria, la deriva cesaropapista o hacia la tiranía religiosa de la recta política confesional.

Esta aversión a la confesionalidad, no ya de los estados, sino aun de los propios partidos de los católicos, debe rebatirse no sólo afirmando los argumentos de autoridad y razón, sino redarguyendo con fuerza.

Un partido perfectamente cristiano en su contenido, pero sin la confesión explícita de su Fe es, a más de una fantasía, un cristianismo sin Cristo, es decir, un reconocimiento de que Cristo es superfluo, y la confesión de que el cristianismo es concebido como ideología conjugadora de doctrinas y virtudes benevolentes, a cuyo desarrollo lógico se supedita todo, incluso el dato revelado. Por el contrario, debemos creer –con auténtica Fe- que Cristo sabe muy bien lo que hace, y no vulnera la más perfecta tolerancia cuando exhorta a bautizar a todas las gentes en nombre de la Santísima Trinidad, en vez de conformarse con que cada cual adore lo que quiera, con tal de que sea filantrópico y tolerante.

Los que promueven esa confesionalidad implícita de los partidos no comparten en su alma semejante postura blasfema, aunque sus actitudes externas sólo sean lógicas conclusiones respecto de tal premisa. No meditan mucho sobre ello, y les guía una pasión bastante más superficial.

Cuando afirman que partidos políticos católicos desacreditarían la Iglesia y la Fe, no pueden pensar, sin imprudente injusticia, en que los católicos que en ellos formarían serían necesariamente corruptos, incluso en mayor medida de la que pueda ser considerada usual entre pecadores, bautizados o no.

En el fondo, piensan que todo gobierno, el cual, para regir la sociedad, adopta una línea de pensamiento y urge el cumplimiento de unas normas a tenor del mismo, IMPONE su conciencia a otros y, a la postre, ¡CASTIGA sensiblemente! Y ambas cosas les parecen escandalosamente anticristianas. Retornamos al contagio del espíritu ácrata del 68, firmemente arraigado en la generación nacida entonces y criada en esa atmósfera.

No es tan cierto que rehuyan la responsabilidad del gobierno –y rehuir responsabilidades por principio tampoco es bueno- sino la impopularidad.

Frente a ellos, es preciso recordar que la elección entre posibilidades incompatibles es una necesidad natural, que la persuasión no es suficiente para todos, y que la verdad social es la mejor norma, aunque algunos no la acepten. Suprimir el divorcio –en orden de principio- es un bien según la enseñanza divina, por lo que negarles la posibilidad de divorciarse a los que lo desean, y dicen no ver la natural indisolubilidad del matrimonio, no es infligirles una privación injusta. Claro que hace falta para todo esto un mínimo de sana filosofía y un elevado grado de Santa Fe.

Existe un importantísimo argumento a favor de los partidos confesionales que no se debe omitir.

La estrategia aconfesional se viene ensayando en España desde la transición y es la que ha fracasado y nos ha conducido a la negra situación presente (y sus aún más oscuras perspectivas).

La aconfesionalidad, la confesionalidad implícita, no son novedades maravillosas, sino antiguallas gastadas.

En la época de Tarancón los obispos españoles desdeñaron la importancia de la confesionalidad de la constitución y frenaron positivamente el intento de crear partidos cristianos, incluso de los más tibios democristianos. Las consecuencias visibles son que una mayoría de diputados cristianos alumbró una Constitución que no deja lugar a Dios, pero sí para que el órgano que la propia Constitución prevé para ser interpretada autorizadamente sentencie que en ella cabe el aborto legal.

Y cuando un partido ha llegado sostenido por el voto de los cristianos más practicantes, incluso mostrado como mal menor y bien posible, tras la implantación del aborto, ese partido no tiene ni siquiera una corriente cristiana en su interior, y no ha hecho ni la más mínima intención de hacer retroceder los males morales legalizados, ni de contener los nuevos, sino más bien la de unirse moderadamente a ellos.

La experiencia reciente es una maestra inolvidable de la política. Lo que hemos tenido no ha funcionado. ¿Cuándo llega la hora de permitir que se prueben otras recetas?

Son ya veinticinco años de vida constitucional sin que se prediquen ni respalden partidos confesionales. ¿Cuántos harán falta para reconocer el fracaso de la táctica (además de errónea doctrina) de la confesionalidad innecesaria o implícita? ¿Un siglo entero? Esperemos que baste la desaparición de todos los que fueron sus fautores para que los ojos limpios de los que observen la realidad y la doctrina se orienten sin el prejuicio de sostenella y no enmendalla .

 

Riesgos falsos y verdaderos

Hay, ciertamente, peligros que evitar. Algunos de modo muy simple.

Que un partido sea constitutivamente católico (y no de católicos, como no es lo mismo un colegio católico que un colegio con profesores y alumnos mayoritariamente católicos) no implica ni requiere que se titule tal en su nombre (a tenor del canon 216 todos los fieles tienen el derecho de promover con iniciativas propias –y las políticas no están excluidas- la actividad apostólica con tal de que no se atribuyan el nombre de católicas).

Por lo demás la confesionalidad es una declaración que admite infinidad de grados, maneras y expresiones. Si en un tiempo la expresión ‘inspiración cristiana’ sirvió para desvirtuar la firmeza del compromiso público con la doctrina cristiana, hoy, en sí misma y en nuestras circunstancias, puede ser signo de compromiso público con la Fe de Cristo, su Doctrina, su Iglesia y su Magisterio.

El otro grave peligro es que un partido oficialmente católico se sirva de la Iglesia en vez de servirla. La rectitud de intención es la que califica aquí el comportamiento de los interesados y sólo Dios la escruta en su intimidad.

Pero externamente, la Congregación para la Doctrina de la Fe nos ha regalado un reciente documento donde nos fija criterios muy claros:

Los legisladores cristianos –políticos surgidos de los partidos- "tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana". Esa obligación, para ellos y para todos los fieles, se extiende a no participar en campañas de opinión favorables a semejantes leyes. Por supuesto, "a ninguno de ellos [los legisladores] les está permitido apoyarlas con el propio voto", caso particular del deber que tiene todo católico: "la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral".

Acerca de estos mínimos, negativos y tajantes, cabe notar que si la atención primera de la Santa Sede se sitúa en el ‘evangelio de la vida’, a continuación se añade que las "exigencias éticas fundamentales e irrenunciables" que los motivan no se reducen a ese campo, y tampoco sólo al familiar, con expresa referencia de oposición a "las leyes modernas sobre el divorcio", sino que se extiende a otros puntos fundamentales como la libertad de los padres en materia de enseñanza, la libertad religiosa y la alusión a una economía justa.

Sí se sirven de la Iglesia los políticos que procuran atraerse el voto católico sólo en tiempo de elecciones, pese a un comportamiento legislativo negligente o adverso el resto del cuatrienio. Para justificarse apelaban antes al mal menor y hoy, con más descaro, al bien posible.

En este punto debemos ser muy intransigentes con el lenguaje: el mal menor es un mal, se reconoce como tal, y, por lo tanto, obliga siempre en conciencia a salir de él cuanto antes; el bien posible, en cambio, es ontológicamente un bien, y podemos contentarnos con él aunque aspiráramos a otro mayor.

Es preciso no permitir la confusión: entre el más ínfimo de los males y el más pequeño de todos los bienes pasa la importantísima línea de lo que es grato a los ojos de Dios y lo que no.

La confusión en cuestión se aprovecha de un equívoco del lenguaje: ‘bien’ puede ser sustantivo o adverbio. Como hecho, como situación o como ley, un mal menor no puede confundirse con ningún bien, en tanto que la acción de reducir un mal y sustituirlo por otro menor sí puede ser un comportamiento bueno y meritorio; pero aquí el mérito del agente no puede confundirse con la bondad de la cosa.

Resumamos: un partido católico ha de serlo constitutivamente por el reconocimiento de Cristo y el serio propósito de atenerse a su ley, que la Iglesia nos transmite. En eso consiste ser confesional. Y las dificultades que se presentan contra su existencia no son concluyentes.

 

Autonomía de los partidos católicos

Aunque el Concilio diera énfasis especial a la afirmación de la autonomía del orden temporal, esa ha sido la doctrina constante de la Iglesia siempre.

Un partido católico no debe ser un partido del clero. Es entonces cuando compromete a la Iglesia de verdad y no cumple su verdadera misión.

Entre los católicos tentados de ‘espiritualismo’ está muy difundida la noción de que un partido católico –¡ése que al mismo tiempo quieren definir como aconfesional!- debe tener por única misión estar al servicio de la Iglesia. No es así.

Un partido católico debe estar al servicio de Dios en lo que es propio a la política, que es el bien común temporal. Debe configurar dicho orden de modo que satisfaga los divinos designios al respecto. Luego, también debe contribuir más directamente a preparar los caminos del Evangelio y amparar y favorecer a la Iglesia, pero después.

El gobierno concreto de las sociedades, que es muy distinto del puro enunciado de sus principios morales rectores, y en particular de sus límites negativos (que sí son de incumbencia de la Iglesia), permite muchas soluciones. No es competencia de los clérigos, que tienen las propias, intervenir en ello, ni corresponde a los laicos permitirlo. Y es una particular indignidad para los mismos reducirlos a ejecutores de las decisiones ajenas, a veces, incluso, responsables para asumir el pasivo de la acción de gobierno, pero no libres para fijar la más mínima decisión de gobierno.

Lo peor del riesgo de clericalismo es que ha sido interiorizado por muchos laicos, sobre todo si piensan que el orden temporal no tiene consistencia propia, ni merece su propia atención amorosa. Si todo se reduce a servir a la Iglesia, es muy fácil pensar que la Iglesia docente debe indicar en cada momento al detalle lo que quiere. Y esto es un error, pues a veces los laicos pueden dar generosamente lo que los clérigos no se atreverían a pedir, y otras deben rechazar por prudencia solicitudes inoportunas.

Conviene ver, incluso, que la preparación espiritual del sacerdote es inadecuada para el gobierno civil.

El sacerdote es ministro de la misericordia divina, y no sólo nos imparte repetidamente su perdón sino que tiene que exhortarnos todo lo posible a la indulgencia recíproca.

En cambio, no siendo la mira específica de la política ni íntima ni eterna, debe trazar límites claros a las conductas que se sancionen con castigos condignos. La justicia humana sin la espada en la mano sería ineficaz objeto de todas las burlas.

No convendrá que un sacerdote sea implacablemente riguroso, pero tampoco que un gobernante sea indulgente por sistema. La necesidad de una energía de tipo disuasorio en la política interior y exterior es otro motivo adicional para la autonomía de los partidos católicos respecto del clero (desde el menor de los predicadores a los obispos y el Papa).

También es inmediato el riesgo de clericalismo cuando se plantea la existencia de un único partido político católico. Por ser único y pretender representar a todo el laicado, es más fácil que la Jerarquía vele sobre sus decisiones tan de cerca, a causa de su trascendencia para toda la Iglesia, que lo convierta en un satélite.

Todos queremos doctos predicadores y santos confesores, pero ni siquiera a ellos les consultaríamos nuestras preferencias legítimas en materia de vivienda o finanzas. Incluso en materias muy delicadas, como la educación de los hijos, resulta inaceptable pensar que la oportunidad concreta de un premio o un castigo, y cual haya de ser, se ponga en manos del sacerdote. Otro tanto puede decirse de muchas otras esferas, política incluida.

Puesto que no podemos delegar nuestra responsabilidad personal, tampoco como gobernantes, mantenemos siempre nuestra libertad, máxime cuando las cuestiones de soluciones concretas, acatados los principios católicos, pueden ser discutibles... porque son libremente opinables.

Los partidos católicos deben atenerse a la Doctrina de la Iglesia, pero dentro de este marco no deben someterse al criterio personal de los clérigos, y ni siquiera a la propia política institucional de la Jerarquía.

 

Genuino interés político

La política rige la polis. Y la polis deriva de la familia. Y la familia, construida sobre el matrimonio, es una institución natural, anterior al cristianismo y a la Iglesia, aunque Cristo elevara aquel a la dignidad de sacramento.

Del mismo modo, la política es una actividad natural que debe ser cristianizada, pero que posee una entidad anterior a la Encarnación.

Se equivocan quienes piensan que una política debe ser católica por todo contenido, que es mérito para un partido ser ‘sólo’ católico, que basta como programa la Doctrina Social de la Iglesia.

Por el contrario, los partidos católicos deben poseer un genuino interés político, ser manifestación de una pasión política rectamente ordenada.

Es este asunto simple pero muy importante.

La Doctrina Social marca principios y límites, pero no indica contenidos, así que no puede ser un programa. Sin propósitos concretos que orientar, los principios no pueden llegar a manifestarse, y lo más claro que restan son los límites intransgredibles.

Con lo que resulta que un partido sólo católico es el partido del ‘no’ y sólo del ‘no’. No al aborto, no a la reproducción asistida, no a la clonación, no a la eutanasia, no a la juridización de las parejas de hecho, no a los pretendidos matrimonios homosexuales, no al divorcio, no ...

Tal programa no es el de una política, sino el de una oposición. Y no es particularmente atractivo, desde luego.

La Religión católica no ha desdeñado nunca lo natural, que salió valde bona de las manos de Dios. La atracción por una política concreta, por determinada propuesta de medidas, debe ser el elemento natural que contribuya a acrecentar la fuerza de los partidos católicos.

Toda vocación debe estar servida –no dominada- por la pasión correspondiente, para que se lleve a plenitud y no se cumpla decorosa pero fríamente como compromiso (Víd Catecismo de la Iglesia Católica § 1770). La política católica deben encabezarla laicos con pasión política y genuino interés por la política, con tal de que quieran mantenerse dentro de lo que la Ley de Dios pide, aunque, por supuesto, es mejor si desean sobrenaturalizarla haciéndola, en lo que puede, instrumento de evangelización.

Si un partido político existente de identidad marcada (republicano, por poner un ejemplo) decidiera a partir de un momento dado ser y actuar como católico, debería ser recibido con alborozo por todos los hijos de la Iglesia, y no cabría exigirle que renunciara a un pensamiento político discutible pero lícito. ¿Cómo, entonces, rechazar a un partido que nace católico porque sus promotores le dan una identidad opinable determinada? Sólo si se teme la descalificación de los ajenos y no se entiende lo que es la encarnación en el mundo.

Es curioso y tristísimo que para los partidos católicos se desconfíe de los que tienen vocación política de perfiles definidos.

La medicina y la enfermería con profesiones aptísimas para ejercer el apostolado cristiano de la caridad; y sin embargo nadie recomendaría a un chico o chica que desean hacer de su vida un ejercicio particular de caridad y apostolado el hacerse médico o ATS si no manifestara una atracción singular por esa actividad. En orden a constituir la propia familia, el considerar que en ella se comparta la vida religiosa debe ser una prioridad; pero nadie recomendaría iniciar un matrimonio indistintamente con cualquier éste o aquella con tal de que fueran buenos cristianos, sin mayor atracción recíproca.

Sin embargo, perteneciendo la política originariamente al mismo orden natural que la profesión o la familia, eso mismo es lo que se hace cuando quieren promover una política cristiana aquellos que reconocen que sólo les interesa de ella revocar los pecados institucionalizados y servir a la Iglesia (sin darse cuenta de que cosa tan material como una buena política de vivienda coopera a la fundación de matrimonios, y que una justa política de empleo y salarial facilita la natalidad). Esa es la perspectiva en que pueden parar muchas iniciativas políticas nacidas de los movimientos apostólicos.

Por el contrario, lo cierto es que los partidos católicos deben encabezarlos políticos vocacionales y poseer identidades definidas, cada una de las cuales supondrá un factor de atracción natural de cierta categoría de gentes para una postura católica.

Que los partidos católicos posean su propia identidad puramente política, y una visión de conjunto de la cosa pública no es sólo conveniente y debido, sino ineludible.

No basta definirse con posturas sobre cuestiones sectoriales, por importantes que sean: antes o después los partidos existentes, incluso cuando no gobiernen, habrán de apoyar o rechazar iniciativas ajenas a esos campos. El ejemplo de los ‘verdes’, que de intereses puramente parciales se han convertido en algunos países en opciones de conjunto no refuta cuanto decimos, sino que lo confirma: los verdes han recurrido al fondo izquierdista (y sobre todo de sus ‘antis’) del que procedían sus integrantes.

Los partidos que niegan poseer una visión de conjunto enmarcable en determinada escuela no dejan de tenerla realmente. Lo lamentable es que esa visión, sobre ser inconsciente, es la que dominaba –máximamente vulgarizada- en la infancia de sus gobernantes. No sólo se maneja sin conocimiento pleno, sino que está anticuada y falta de rigor.

Un partido político católico meramente sectorial, sin posiciones políticas de conjunto definidas, las tiene implícitas, pero al mismo tiempo devaluadas y hurtadas a la crítica. Y así, puede darse el caso de que un partido que sólo exija rechazar el aborto y otros atentados contra la vida, diciendo no hacer distinciones de procedencia religiosa o política, termine considerando como causa de exclusión de su seno la aprobación de la Constitución de 1978.

La identidad política es necesaria e ineludible. Mejor es que sea pública y bien perfilada.

 

Pluralidad de partidos

Llegamos al punto fundamental, a inculcar hoy en día, repitiéndolo hasta crear un ambiente: la pluralidad de partidos católicos.

Cada vez que alguien sugiera lo mal que está el orden político en orden a la vida cristiana debemos decirle "hacen falta partidos católicos", y cada vez que alguien diga "haría falta un partido católico" debemos corregirle sin demora "harían falta partidos católicos". Unas veces debe dejarse dicho de paso, otras debe marcarse la corrección, y otras detenerse en ella con todo tipo de argumentos, pero esta insistencia en el plural es capital para que el renacer que se anuncia no se frustre.

No tenemos ninguno y ya queremos varios. ¿No es eso dividir por anticipado? De ningún modo, es pensar en lo verdadero y a lo grande. Y evitar peligros ciertos.

El partido católico único es el que verdaderamente queda identificado con la Iglesia ante los ojos del público, por lo que mueve a los Pastores a controlar hasta sus pasos más modestos. Un partido político único sí que compromete a la Iglesia y sí que tiende al clericalismo.

Con un partido católico único se acaba la libertad política de los católicos. Para estar abierto a todos debe ser poco definido, no fundarse en una identidad sugestiva sino en mínimos, ser el partido unido en las negaciones.

Los católicos con propósitos políticos positivos –naturalmente diferentes y divergentes- serían todos por igual sometidos a los católicos sin vocación política, a sus ideas pobres, a su falta de pasión, y a su escasa aptitud para la maniobra y el combate.

Parece que un partido único es malo si es ‘fascista’ pero es buenísimo y obligado para los buenos católicos. Idea demasiado sospechosa de poco democrática y poco cristiana.

El partido único coarta la libertad en lo opinable para siempre. Antes del triunfo porque hay que unirse para conquistar el gobierno, y después porque si nos dividimos lo perderemos.

Y ¿quién imperará en ese partido para siempre? La táctica de los que primero hayan levantado la bandera de un partido ‘sólo católico’, si antes no hemos conseguido divulgar la noción de pluralidad de partidos confesionales pero con identidades políticas diferenciadas.

Un partido único cristiano es un canonizador de las estructuras presentes: siempre será extremismo intentar cambiarlas, lo común es aceptar lo existente como punto de partida. Y si un católico discrepa de las autonomías, del bicameralismo o de esta monarquía, por ser católico habrá de renunciar a ello.

La unidad necesaria ante algunas leyes inicuas (que no para todo) o para las campañas electorales puede conseguirse por medio de alianzas. En ese aspecto nos vemos favorecidos por un sistema electoral bastante proporcional que no impone inexorablemente el bipartidismo o la bicandidatura (en cambio la existencia de listas cerradas es contraria a los partidos monotemáticos). La pluralidad de partidos políticos católicos puede generar el beneficioso efecto para la democracia de auténticas primarias para la composición de listas de coalición, en vez de la reproducción indefinida de la cúpula partitocrática.

Anotemos también que la unidad de disciplina es una exigencia marcial de tiempos de guerra. Es la que reclamaron –infructuosamente- los obispos de Vitoria y Pamplona a los católicos del PNV cuando estalló la Cruzada. Pero no es lícito regir permanentemente una sociedad –en este caso los partidos católicos- bajo una permanente ley marcial.

Pero sobre todo cuando no se conduce una confrontación, sino el apaciguamiento por sistema. Es vergonzoso apelar a la ley marcial y negar que se está en guerra, reprimiendo a los que desean obrar en consecuencia con la existencia de abierto enemigos de la cristiandad en el orden de la política.

La pluralidad de partidos católicos respeta las legítimas opciones concretas de los fieles en cuanto ciudadanos. Depura la participación política de los cristianos de aquellos líderes y tácticas que pierden apoyo. Y permite presentar una imagen anticipada de lo que sería un régimen democrático cristiano: aquel en el que hubiera diversidad de partidos, turnantes según los votos obtenidos dentro de un marco moral intangible, el de los mínimos de la confesionalidad católica.

Lo que se exige para que lleguemos a ver esto es la insistencia machacona en el plural: partidos políticos cristianos. Y la concepción de que debe existir un marco de reconocimiento y entendimiento mutuo entre esos partidos que debe auspiciar la Jerarquía. No se trata de primar a los más numerosos, ni de mimar a los menos comprometedores, sino de que todo el que sea confesionalmente católico, por pobre o discrepante en lo opinable que sea, sea reconocido y tratado como partido hermano.

¿Reconocería su partido como católico a otro minoritario? ¿o le impondría la absorción?

¿Y a otro programáticamente republicano? ¿sería eso provocador en nuestra España o muestra de apertura a la izquierda?

¿Y a un partido tradicionalista o de estirpe franquista? ¿o éstos, aunque sean católicos, deben ser proscritos para no contaminar, pese a que nunca han dejado de promover todo el mínimo –y mucho más- del Evangelio de la vida y la familia, mientras otros aún no habían despertado a la necesidad de custodiar el orden social natural y cristiano desde la política?

Ante esas preguntas podemos encontrarnos quienes de hecho añaden requisitos puramente humanos (y muy discutibles) a los de la Ley de Dios para reconocer a sus hermanos cristianos en política. Lo peor es que desde la concepción de un partido católico único, los que no formen en él no serán buenos católicos. Lo cierto es que el partido católico aconfesional y apolítico ha sido siempre sumamente intolerante para con los católicos que en política eran confesionales y predicaban opciones definidas.

La larga marcha de los partidos católicos

Desde luego, esta doctrina frustra por anticipado la visión de los que creen que algún día todos los que van a Misa, movidos por todos los párrocos, votarán a un mismo partido. De ese modo se hacen unas felicísimas cuentas de la lechera. Sueñan. Y sueñan por no sufrir enfrentándose a la verdad del ascenso penoso, peldaño a peldaño.

Y es que implícitamente se añade subrepticiamente al concepto de partido católico una nota espúrea: ha de ser un partido de inmediatas posibilidades de triunfo, cuyo voto sea útil desde un principio, un partido que se hurte a las leyes de la naturaleza política y que no haya de afrontar la lenta implantación y la dura travesía del desierto.

Uno de los motivos del énfasis en la unidad de partido católico, aparte de los errores ya mencionados, es el miedo a la soledad y a lo arduo; y unos promotores medrosos no son los mejores caudillos.

Concluyamos:

- hemos de predicar cuanto antes la pluralidad de partidos confesionalmente católicos

- se han de fomentar nuevas iniciativas, así como relanzar las de quienes no dejaron nunca de pensar en política cristiana

- y hemos de empezar a sondear relaciones de fraternidad y alianzas.

De otro modo el futuro de los católicos españoles, tras una ausencia global de veinticinco años de la política, se delinea con mucha probabilidad tras algún partido meramente sectorial, no político ni confesional, que primero se ponga a hacer campaña en los ambientes católicos (¡tan reafirmado en ser aconfesional como en presentarse comovoto católico!); que será, mientras dominen las erróneas nociones de partido sólo católico y aconfesional el que recomienden los sacerdotes y movimientos a los fieles que se interesen por un partido al que votar que no sea al PP; y que será el que conduzca a los cristianos a todos los atolladeros de la política aconfesional, conducente a una política a medias y una satisfacción de nuestra religión a medias.

Es esta una cuestión que reclama ya que se abra un franco debate en los medios católicos. Por lo mismo que ha de ser la nuestra una larga marcha debe planearse bien y debe comenzarse ahora mismo.

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Luis María Sandoval

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Secretario Adjunto del Episcopado Colombiano invita a sacerdote a contemplar la imagen "viva, alegre, joven, comprometida" de la Iglesia

P. Mercado.jpgBogotá (Jueves, 05-07-2012, Gaudium Press) Gran "perplejidad" manifestó esta semana el Secretario Adjunto del Episcopado Colombiano, padre Pedro Mercado Cepeda, por el artículo "Me duele la Iglesia", publicado en el diario El Tiempo el pasado 1º de julio, de autoría del sacerdote Alfonso Llano, en el que hace algunas críticas a la excomunión, al celibato, sobre algunos modelos de santidad y otras posturas de la Iglesia.

En carta dirigida al Padre Llano, el Secretario Adjunto del Episcopado Colombiano expresa que está "convencido de su recta intención, también, de la necesidad de llevar a cabo una renovación permanente de nuestra Iglesia. Me pregunto, sin embargo, si el medio y el modo utilizados para invitarnos a la reflexión hayan sido los más adecuados y oportunos".

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Sobre lo cual también cuestiona si "algunas de las inquietudes planteadas" en el artículo hacen justicia a los esfuerzos y transformaciones del Santo Padre, la Santa Sede y la Iglesia colombiana para proclamar con coherencia el Evangelio. "¿Dónde están las actuales excomuniones? ¿Dónde la oposición a la ciencia? ¿Dónde el estilo esotérico y señorial?", indaga el Padre Mercado.

Refiriéndose a la labor de la Iglesia Católica en las últimas cinco décadas, tiempo en el que se "ha demostrado querer establecer con el mundo un diálogo abierto y fructífero" -como asegura el Padre Mercado-, el Secretario debate con el sacerdote sobre porqué no menciona en su artículo la labor que la Iglesia realiza con los pobres y menos favorecidos, la cual -afirma-, "lejana a moralísimos retrógrados, ha querido acercarse a todos los hombres y mujeres, sea cual sea su condición de vida, para alentarlos en el camino del encuentro con Jesucristo".

En este sentido, cuestiona porqué en el artículo se muestra una imagen de la Iglesia "que vive ‘cerrada sobre sí misma y de espaldas a la realidad'", e invita al Padre Llano a contemplar la Iglesia en toda su realidad.

"Salga usted de su convento y de sus ideas teológicas preconcebidas. Visite las parroquias, las familias, los grupos de jóvenes, los movimientos y las misiones. Escuche las verdaderas inquietudes de los fieles sencillos y piadosos, y no sólo los requerimientos de esa élite de teólogos veteranos y quejumbrosos", expresa el Padre Mercado.

Más adelante, continúa manifestando al sacerdote jesuita que sólo de esta manera "contemplará, la imagen auténtica de una Iglesia que, a pesar de los pesares, se mantiene viva, alegre, joven, comprometida con su misión".

Dice además al sacerdote, que con este método muchas de sus inquietudes serán resueltas y "podrá así, ayudar a otros a resolver sus posibles dudas de fe e interrogantes de vida... más que profundizarlos".

El Padre Mercado concluye: "A mí la Iglesia no me duele. Por el contrario, me regocija, me colma, me llena de esperanza. Creo en ella, Una, Santa, Católica y Apostólica, con todas las fuerzas de mi alma y espero poder servirla siempre con fidelidad y coherencia".

Para leer la carta completa, clic aquí: http://votocatolico-col.blogspot.com/2012/07/carta-al-padre-llano-por-p-pedro.html

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