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miércoles, 25 de julio de 2012

Democracia, Laicismo, Moral, por P. Pablo Cabellos Llorente

Artículo del P. Pablo Cabellos Llorente en la revista ConoZe.com.

A partir de Descartes comienza un proceso en el pensamiento occidental que pasará por etapas diversas —quizá las principales son la Ilustración y el marxismo— , y que, aun simplificando mucho, deja al hombre solo, como afirmó Juan Pablo II en su obra «Memoria e identidad». El ser humano queda solo como creador de su propia historia y civilización, solo como quien decide por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo, como quien existe y actúa et si Deus non daretur, como si Dios no existiera. Y así seguimos en buena parte del pensamiento actual, con el enorme riesgo de que si la persona plantea de este modo su existencia y, en consecuencia, las sociedades y las leyes, si el hombre decide lo bueno y lo malo, puede disponer, por ejemplo, que un grupo de seres humanos sea aniquilado, incluso legalmente, como ya ha sucedido; puede decidir anular los derechos humanos, como sucede, al ser desposeídos de su fundamento.

Pienso en todo esto mientras releo algunas consideraciones hechas por Benedicto XVI a los obispos suizos. Dice con sencillez el Papa que ha reflexionado mucho sobre el hecho de que la sociedad moderna no es sencillamente inmoral, sino que ha dividido la moral en dos partes: por un lado, aparecen como incuestionables —al menos teóricamente— temas como la paz, no violencia, justicia para todos, ecología, etc. Por otra parte, hay aspectos de la moral —con gran reflejo en las legislaciones— que son abandonados o directamente vulnerados: tantos asuntos relativos a la vida —aborto, eutanasia, ingeniería genética e investigación con embriones—, los relacionados con el matrimonio y la familia y, por supuesto, el campo de la sexualidad. Todo procede de una concepción de la libertad «vista como facultad de elegir de forma autónoma sin orientaciones predefinidas, como no discriminación; por tanto, como aprobación de cualquier tipo de posibilidad» (Benedicto XVI).

Se sigue pensando que para, edificar la ciudad democrática, es necesaria esa autonomía del hombre. O por decirlo de otro modo: una sociedad pluralista postularía el abandono del pensamiento cristiano porque —así se entiende— sólo sobre el laicismo y el relativismo puede edificarse esa sociedad plural. Digamos, de entrada, que así se construye una sociedad laicista, pero no plural. Tiene ya una marca que, además, suele exhibirse y aplicarse sectariamente. Recuerda la doctrina social de la Iglesia que la negación de la ética natural conduce a la anarquía moral, cuya consecuencia obvia es la opresión del más fuerte sobre el débil, no conduciendo nunca a un legítimo pluralismo, sino a la voladura de las bases de la convivencia humana.

El pensamiento que ha hecho del mundo occidental un foco de cultura y libertad efectivamente es cristiano, porque esta fe lo ha acrisolado y depurado. Pero su concepción sobre el hombre y, por tanto, sobre su conducta, es algo natural, enraizado en el ser mismo de la persona. No es casual la evolución que acontece cuando la filosofía comenzó a ocuparse de los seres en la medida en que son contenidos en la conciencia, y no en cuanto existentes fuera de ella. La realidad no se acoge y se estudia, se fabrica. Tampoco es casual —Juan Pablo II lo narra en la obra citada— que las purgas más inmediatas del régimen comunista polaco fueran dirigidas contra los filósofos realistas. Ahora las purgas son mucho más sutiles, pero la cultura dominante —que cambiará— sigue pensando de modo parecido: no hay verdad, ni naturaleza, ni libertad. Y precisamente sólo desde ahí —sin imposiciones, con respeto— puede existir una democracia que no sea sólo formal, y un Estado de derecho que respete al hombre.

Lo paradójico es que todo se edifica, al menos aparentemente, con el hombre como centro. Pero un hombre que ha dejado de serlo, un hombre que desconoce su esencia, que no se enfrenta con las preguntas más serias de su existencia. Ese hombre no es centro de nada; es una marioneta perfectamente manipulable por los centros de poder, en vez de ser una persona libre que se mueve con conciencia. Y para tener «una conciencia recta —se lee en «Veritatis Splendor»—, el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad».

Ya sé que no todos tenemos la misma concepción del hombre y de la verdad. Pero no por eso cesa la obligación de buscarlas, ni el relativismo es el terreno más fértil para cultivarlas. Tampoco lo es el fundamentalismo laicista excluyente de todo lo que huela a cristiano y, por tanto, a libertad. Tal vez por eso esta palabra se menciona más bien poco, aunque lo peor es que se viva poco y superficialmente. «La fe cristiana —en cambio— no achica el ánimo, ni cercena los impulsos nobles del alma, puesto que los agranda, al revelar su verdadero y más auténtico sentido». Esa es su gran osadía: «proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios». (Es Cristo que pasa). Y eso, libre y gratuitamente.

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