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sábado, 1 de septiembre de 2012

Relación entre ley y conciencia, por P. Pedro Trevijano Etcheverria

Artículo del Padre Pedro Trevijano Etcheverria en InfoCatólica.

Uno de los objetivos que todos hemos de tratar de conseguir es ir madurando como personas, lo cual supone de modo especial tratar de formar adecuadamente nuestra conciencia. Podemos decir que la maduración de ésta lleva consigo la exigencia deinteriorizar la ley, de tal modo que actuemos realmente convencidos de lo que hacemos. Si el hombre debe hacer el bien y evitar el mal, el conocimiento acerca de lo que es bueno o mal debe estar inscrito en su interior, de tal modo que esa ley moral, por la que uno reconoce cuáles son sus derechos y deberes fundamentales, debe poder ser conocida con la ayuda de nuestra razón. El hombre necesita descubrir en su propia conciencia la razón y el alcance de la norma exterior, ya que ésta debe ser para él principio de libertad y no sólo imperativo de la conciencia. Concretamente hoy la Moral se preocupa sobre todo del problema de la responsabilidad, tratando de sustituir lo más posible la presión externa por el convencimiento interior, dando a la conciencia la primacía entre los imperativos morales.

La interiorización de la ley deberá traer consigo el enraizamiento de la norma en el sujeto, con el doble beneficio que la norma no se quede en la letra, es decir sea algo rígido e infecundo, sino que sea principio de vida, y además que la ley tenga solidez en el corazón humano para resistir los embates del mal y mover verdaderamente al bien. 

Consecuencia de los diversos niveles de interiorización son los diversos grados de exigencia que encontramos en el comportamiento humano: hay quienes tratan de tender a la perfección de sus posibilidades morales, mientras otros se contentan con una cómoda mediocridad y otros, finalmente, no dudan en saltarse a la torera los más sagrados imperativos morales. La bondad moral supone mantener una continuidad y coherencia entre el imperativo conocido por la conciencia y la decisión tomada. Pero además la conciencia moral del creyente no se inspira simplemente en la razón, sino en la fe y en la apropiación de la voluntad divina como norma suprema de conducta.

Es evidente en consecuencia que se da una relación entre ley y conciencia, relación que se rige por los siguientes principios:

  1. La conciencia es el juicio práctico o dictamen de la razón con el cual uno juzga qué es lo que debe ser hecho aquí y ahora en cuanto es bueno y qué debe ser evitado en cuanto es malo;
  2. El papel de la conciencia es el de un dictamen práctico, no el de un maestro de doctrina;
  3. La conciencia no es una ley en sí misma y al formar la conciencia propia uno debe guiarse por las normas objetivas morales, incluyendo la auténtica enseñanza de la Iglesia (Gaudium et Spes 50);
  4. Las circunstancias particulares que rodean un acto objetivamente malo, aunque no pueden convertirlo en bueno, sí pueden hacerlo menos culpable o incluso que se trate del mal menor;
  5. En el análisis final la conciencia es inviolable y el hombre no debe ser forzado a actuar de forma contraria a su conciencia, como atestigua la tradición moral de la Iglesia.

La relación entre ley y conciencia ha sido expresada así por el Concilio Vaticano II con este texto que conviene recordar y que es ya clásico:

“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado” (GS 16).

Podemos por tanto decir que la búsqueda de la Verdad y el Bien es el primer imperativo de la conciencia y que el creerse, como hacen los subjetivistas, relativistas y positivistas, que quien decide lo que está bien o está mal soy yo mismo o el Estado, es decir el gobernante de turno, es una aberración en la que se acaba defendiendo toda clase de crímenes y delitos, como el aborto, la eutanasia, la eugenesia o la ideología de género, así como llevarse para el bolsillo propio todo el dinero que se pueda, puesto que al fin y al cabo el dinero público no es de nadie, como dijo alguien en cierta ocasión. Las consecuencias las estamos pagando ahora.

Pedro Trevijano, sacerdote

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