Suscríbete a nuestro Boletín Semanal




Voto Católico Colombia necesita tu ayuda

$750.000
0% Alcanzado
$0 Donados
Días que faltan
0 Patrocinadores

Únete a Voto Católico Colombia

lunes, 23 de enero de 2012

Católicos y Política, por P. José María Iraburu

Me he decidido a reunir en un sólo documento, la serie completa de artículos del Padre José María Iraburu acerca del tema de la participación de los católicos en la política publicada en su blog en InfoCatólica. Si quieren el documento en formato PDF lo pueden encontrar Aquí.

Católicos y política.

Por José María Iraburu, Sacerdote

I. Reforma o apostasía

La actividad política es nobilísima.Entre todas las actividades seculares, la función política es una de las más altas, pues es la más directamente dedicada al bien común de los hombres. Así lo ha considerado siempre el cristianismo, como podemos comprobarlo en la enseñanza de Santo Tomás de Aquino. Y el concilio Vaticano II ha exhortado con especial insistencia a los cristianos para que trabajen «por la inspiración cristiana del orden temporal» (+LG 31b; 36c; AA 2b, 4e, 5, 7de, 19a, 29g, 31d; AG 15g, etc.). Pablo VI, en la encíclica Populorum progressio (1967), hacía una llamada urgente:

«Nos conjuramos en primer lugar a todos nuestros hijos. En los países en vías de desarrollo, no menos que en los otros, los seglares deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal[…] Los cambios son necesarios; las reformas profundas, indispensables: deben emplearse resueltamente en infundirles el espíritu evangélico. A nuestros hijos católicos de los países más favorecidos, les pedimos que aporten su competencia y su activa participación en las organizaciones oficiales o privadas, civiles o religiosas, dedicadas a superar las dificultades de los países en vías de desarrollo» (81).
Todos los Papas de los últimos tiempos, como León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII, inculcaron con gran fuerza en los católicos su deber de colaborar al bien común de su pueblo, valorando en alto grado la actividad política y social, y encareciendo su necesidad.
Los mayores males del mundo actual han sido causados principalmente por la actividad política. Esta afirmación no es contradictoria con la anteriormente establecida, sino que más bien la confirma: corruptio optimi pessima (la corrupción de lo mejor es lo peor). La perversión de la política moderna es la causa principal de la degradación social de la cultura y de las leyes, de las costumbres, de la educación y de la familia, de la filosofía y del arte. Sin la actividad perversa de los políticos, el pueblo común nunca hubiera llegado por sus propias tradiciones e inclinaciones a legalizar la eutanasia, a reconocer el aborto como un «derecho», o a considerar «matrimonio» la unión de homosexuales. Más aún, la apostasía de las naciones occidentales de antigua filiación católica, aunque se deba principalmente a causas internas a la vida de la Iglesia –herejías, infidelidades, aversión a la Cruz, mundanización creciente, etc.–, ha tenido en las coordenadas políticas de los últimos tiempos uno de sus condicionantes más decisivos.
Es muy escaso el influjo actual de los cristianos en la vida política de las naciones de Occidente, todas ellas de antigua filiación cristiana. Son muchos los católicos que ven con perplejidad, con tristeza y a veces con resentimiento hacia la Jerarquía pastoral, cómo la presencia de los laicos en la res publica nunca ha sido tan valorada y exhortada en la Iglesia como en nuestro tiempo, y nunca ha sido tan mínima e ineficaz como ahora. No pocas naciones actuales de mayoría cristiana, desde hace más de medio siglo, han ido avanzando derechamente hacia los peores extremos del mal, conducidos por una minoría política perversa y eficacísima. Esta minoría, en una y otra cuestión, con la complicidad activa o pasiva de políticos cristianos, ha ido imponiendo siempre sus objetivos y leyes criminales, como si la gran mayoría católica no existiera, y ¡apoyándose principalmente en sus votos! «Además de cornudos, apaleados»… Así ha logrado arrancar las raíces cristianas de muchas naciones, ha ignorado y calumniado su verdadera historia, ha encerrado el pensamiento y la vida moral de esas sociedades en unas mallas férreas cada vez peores y más constrictivas.
En el artículo (19) de este blog contemplaba yo la historia de la humanidad como una batalla incesante de Cristo y la Iglesia contra Satanás y «los dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6,12), que ciertamente terminará con la victoria final de Cristo (20-21). Pues bien, si nos atenemos al criterio fundamental de discernimiento que nos enseña Cristo –«por sus frutos los conoceréis»–, parece evidente que el pensamiento y la actividad del pueblo católico en la vida política exige hoy una reforma profunda, en el criterio y en la acción, pues de otro modo seguirá creciendo laapostasía de las naciones.
Reforma o apostasía. Sería absurdo esperar que este pobre blog ofreciera soluciones concretas a una cuestión tan enorme y compleja, en la que personas de Iglesia muy valiosas piensan en modos tan diversos. Mi intento se limita a señalar patentes errores y deficiencias, y a recordar los grandes principios católicos sobre la política, sin pretensión alguna de promover soluciones concretas de validez universal. De este modo las pocas fuerzas de este blog se unen otras fuerzas mayores que en la Iglesia de hoy están clamando ¡reforma! acerca de la inserción de los católicos en la vida política.
No vamos bien, es decir, vamos mal. Es urgente para la Iglesia discernir en todo, y concretamente en la acción de los cristianos en la vida política: verificar si los pensamientos y caminos que se están siguiendo son de Dios o más bien son de los hombres (Is 55,8-9). En la historia cristiana no pocas veces un Sínodo o Concilo se ha reunido para superar un grave mal de la Iglesia, respondiendo a un clamor reformationis, y sin conocer de antemano cuáles han de ser los modos concretos más convenientes para conseguir esas reformas necesarias. Para eso justamente se reúnen los sucesores de los Apóstoles en su intento reformador, para conseguir luz y fuerza del Espíritu Santo, el único que puede «renovar la faz de la tierra». Reforma o apostasía.
Nadie ponga principalmente su esperanza en la política. Sería un pelagianismo pésimo. La acción política, de hecho, es con frecuencia la causa principal de los males que sufre el pueblo. Desde luego, aún peor sería una total anarquía. Pero el pecado original, que deteriora tanto el ser y la acción de los humanos, obra con especial fuerza en los políticos, en los «poderosos» que tienen gobierno en las cosas de este mundo. Hemos de considerar esto en otro artículo con más detenimiento. Pero digamos ya, viniendo al campo cristiano, que aquellos políticos que, sin referencia a Dios, prometen grandes bienes al pueblo, y lo mismo aquellos que ponen su esperanza en ciertos hombres, partidos o grupos políticos, son infieles a la esperanza cristiana. Son más o menos pelagianos.
«Asi dice Yavé: “Maldito el hombre que en el hombre pone su confianza, y aleja su corazón del Señor. Será como un arbusto reseco en el desierto. Bienaventurado el hombre que confía en el Señor, y en Él pone su esperanza”» (Jer 17,5-7). Alguna literatura postconciliar, sobre todo por los años 70-80, sin referencia alguna a la necesaria ayuda de nuestro Salvador Jesucristo, encarecía la acción política en la vida de los cristianos o ensalzaba los poderes salvíficos de ciertos partidos o movimientos en unos modos evidentemente pelagianos. Revistas y panfletos, grandes escenarios espectaculares, formidables megafonías y medios audiovisuales, slogans mesiánicos, VOTAR MMNN = VOTAR LIBERTAD Y PROGRESO, abundancia de flores y palomas echadas al vuelo, todos estos entusiasmos colectivos organizados son ridículos, y ningún cristiano debe participar con fe y esperanza en tales actos de culto.
Es cierto que la providencia de Dios misericordioso suscita a veces en un pueblo una vida política noble y benéfica: el rey San Fernando, Isabel la Católica, Gabriel García Moreno. Pero sólo los santos gobernantes, dóciles al Espíritu Santo y completamente libres de los condicionamientos negativos del mundo secular, son capaces por la gracia de llevar adelante un gobierno político santo y santificante. Y santos de éstos suelen darse pocos en la historia.
El número de los necios es infinito. Resulta duro decirlo, pero es la verdad. Hoy, quizá por soberbia de especie humana, por democratismo adulador del pueblo, buscando sus votos, o por lo que sea, esta verdad suele mantenerse silenciada. Sin embargo, no por eso deja de ser verdadera. Y son muchos los que la conocen, aunque la silencien. La misma razón natural la descubre fácilmente. Basta con abrir el periódico de cada día o con hojear las páginas de cualquier libro de historia. Pero además esta verdad está confirmada por la misma Palabra divina: «el número de los necios es infinito» (Ecl 1,15); «ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que por ella entran» (Mt 7,13). Los autores espirituales, como Kempis, lo han dicho siempre: «son muchos los que oyen al mundo con más gusto que a Dios; y siguen con más facilidad sus inclinaciones carnales que la voluntad de Dios» (ImitaciónIII,3,3).
El mismo Santo Tomás, tan bondadoso y sereno, señala la condición defectuosa del género humano como algo excepcional dentro de la armonía general del cosmos: «sólo en el hombre parece darse el caso de que lo malo sea lo más frecuente (in solum autem hominibus malum videtur esse ut in pluribus); porque si recordamos que el bien del hombre, en cuanto tal, no es el bien del sentido, sino el bien de la razón, hemos de reconocer también que la mayoría de los hombres se guía por los sentidos, y no por la razón» (STh I,49, 3 ad5m). Ésa es la realidad, y por eso «los vicios se hallan en la mayoría de los hombres» (I-II,71, 2 præt.3). Y con harta frecuencia en los políticos. Y todo esto tiene consecuencias nefastas para la vida política de la sociedad humana, pues «la sensualidad (fomes) no inclina al bien común, sino al bien particular» (I-II,91, 6 præt.3).
El imperio de la mediocridad causa grandes males en la vida política. Los hombres «muy buenos», así como los «muy malos», son muy pocos. Lo que abunda y sobreabunda es la mediocridad. La misma palabra nos hace ver que corresponde al nivel medio de los conjuntos humanos. Ahora bien, la mediocridad intelectual, moral y operativa en un político, en un gobernante, es una mediocridad mala, maligna, cuya expresión política, sea en el régimen que sea, ha de causar grandes males. Un neurocirujano, dada la extrema delicadeza de su acción, ha de ser bueno o muy bueno, porque si es mediocre en sus conocimientos y habilidades, o si es malo, es muy malo, y hace estragos. Lo mismo hay que decir de los políticos, responsables principales del bien común de la sociedad, entre los cuales, obviamente predomina la mediocridad.
En otro orden de cosas, pero en clara analogía de doctrina, San Juan de la Cruz pone en guardia sobre los grandes males que causan los directores espirituales incompetentes. No siendo idóneos, se atreven a dirigir a las personas. Y les recuerda, con gran severidad, que «el que temerariamente yerra, estando obligado a acertar, como cada uno lo está en su oficio, no pasará sin castigo, según el daño que hizo» (Llama 3,56). Son ciegos que guían a otros ciegos, y que con ellos caen en el hoyo (Mt 15,14).
Los hombres están muy deteriorados, y los políticos también, o más. Hago notar, de paso, que hablar mal del hombre está permitido, e incluso está de moda en la cultura moderna, en el cine y la literatura, en filosofía y psicoanálisis, en pintura o teatro. Es incluso una nota progresista. Queda prohibido, por el contrario, a la teología cristiana hablar mal de la especie humana, y de la absoluta necesidad que tiene de la gracia de Cristo para sanarse y llegar a la salvación. Es decir,todos pueden hablar mal del hombre menos los teólogos.
La razón de esta situación absurda está en que la teología ve la defectuosidad tremenda del ser humano en términos de pecado y de posible castigo eterno, y en referencia a la fuerza salvadora desbordante de la gracia de Cristo. Y el pensamiento mundano no quiere hoy reconocer el mal congénito del hombre, ni menos aún quiere saber nada de una posible perdición eterna; y tampoco admite la necesidad de una salvación por gracia, por don sobre-humano y gratuito de Dios. Le parece humillante.
 

II. Virtudes y Condiciones

–Si la política es tan valiosa y necesaria, y tan recomendada por la Iglesia a los laicos ¿yo también he de meterme en política?
–Usted, usted concretamente, con cuidar bien de su familia y de su trabajo tiene más que de sobra.
Ya vimos que la actividad política, entre todas las actividades seculares, es una de las más altas, pues es la más directamente dedicada al bien común de los hombres. Y cómo la Iglesia, especialmente en los últimos tiempos, exhorta a los fieles laicos a que participen en ella, pues es parte de su propia vocación secular. En todo caso,varias virtudes y condiciones importantes son necesarias para que los cristianos puedan dedicarse a la actividad política concreta.

1.– Vocación. Todos los cristianos, sin duda, están llamados por Dios a colaborar políticamente al bien común, cada uno en su familia y su trabajo, como ciudadanos activos y responsables, actuando de cuantos modos les sean posibles. Pero es también indudable que para dedicarse más en concreto a la labor política el cristiano requiere una vocación especial, que sólo unos pocos reciben de Dios. Esta verdad se olvidó un tanto en los decenios postconciliares, cuando la exaltación del compromiso político de los cristianos fue máxima. Por eso Maritain vió la necesidad de recuperar la verdad perdida en este punto:
«No basta decir que la misión temporal del cristiano es de suyo asunto de los laicos. Es preciso decir también que no es asunto de todos los laicos cristianos, ¡ni mucho menos!, sino sólamente de aquéllos que, en razón de las circunstancias, sienten a este respecto eso que se llama una vocación próxima. Y convendrá añadir todavía que esa llamada próxima no es bastante: que se requiere también una sólida preparación interior» (Le paysan de la Garonne, Desclée de Brouwer, París 1966, 7ª ed., 70).
2.– Virtud. Efectivamente, una sólida preparación interior. Por muchas razones evidentes «el que gobierna debe poseer las virtudes morales en grado perfecto» (Santo Tomás, Política I,10, 7). Quien se dedica a la vida política necesita tener de modo eminente virtudes decisivas que posibiliten el ejercicio honrado de su ministerio: abnegación, caridad, sabiduría, veracidad, fortaleza, justicia, prudencia, etc. Las necesita, pues, si no las tiene, su trabajo político causará necesariamente enormes daños. Necesita, pues, el político cristiano de todas estas y de otras virtudes porque en la función gubernativa 1.-representa en su medida al Señor, de quien viene toda autoridad; 2.-porque de sus actos se siguen con frecuencia muy importantes consecuencias para todo el pueblo; y 3.-porque en el desempeño de su alta misión ha de resistir tentaciones especialmente graves de soberbia, falsedad oportunista, enriquecimiento injusto, complicidades y silencios criminales, etc.
En las consideraciones que siguen hablo a veces con cierta dureza de los políticos cristianos; pero en el fondo han de ser vistos más bien con mucha compasión. Sirven muchas veces un oficio que les viene grande, y para el cual no han sido ni siquiera rudimentariamente preparados –también hay culpas de omisión en quienes no les han dado la doctrina católica sobre su altísimo ministerio–. Y les faltan las virtudes personales necesarias. Es posible que un zapatero, aunque no sea muy virtuoso, desempeñe su oficio dignamente. Pero un político cristiano, si no es muy virtuoso, ciertamente cumple su oficio de un modo indigno y gravemente perjudicial para el mundo, y sobre todo para la Iglesia. Los mayores males que vienen sobre ésta proceden muchas veces de los malos políticos cristianos.
Algo semejante le ocurre, como ya vimos, p. ej., a un neurocirujano: o es muy bueno o es muy malo. Pero aún más elocuente analogía la hallamos en la vocación del sacerdote. Su ministerio es tan alto y sagrado, es una colaboración tan importante en la obra del Salvador del Mundo, que si no la cumple muy bien, probablemente la cumplirá muy mal, al menos en algunos aspectos.
3.–Amor a la Cruz, es decir, espíritu martirial, que hace posible vivir libres del diablo y del mundo. No me alargaré en este punto, porque ya lo he tratado en varias ocasiones, por ejemplo en (19). La historia humana es una incesante y tremenda batalla entre las fuerzas de Cristo y las del Maligno, entre la luz y las tinieblas. En esta situación el cristiano, y el político de un modo especial, ha de elegir entre militar bajo la bandera de la Luz divina o militar bajo la bandera de la Mentira diabólica, imperante en el mundo, asociándose en este caso «con los dominadores de este mundo tenebroso, con los espíritus malos» (Ef 6,12). La opción es obligada, inevitable. Y no caben opciones intermedias. «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6,24), y menos si están en guerra.
Pues bien, el cristiano político que no tiene fuerza espiritual para tomar la cruz y seguir a Cristo, el que es incapaz de dar al mundo el testimonio de la verdad, el que está decidido a guardar su propia vida, tiene obligación gravísima de abandonar su profesión, pues si la sigue, se perderá ciertamente en la vida presente y posiblemente en la vida eterna. Por muchas que sean las argucias mentales que elabore para justificarse –no le faltarán ayudas–, su vida política es falsa y diabólica, pues se hace cómplice de quienes pretenden matar a Cristo en la sociedad y destruir su Iglesia. No es una casualidad insignificante que el patrono de los políticos católicos, Santo Tomás Moro, sea mártir.
Vende su alma al diablo, expresión popular muy profunda, el político cristiano que no pone en primer lugar el Reino de Dios y su justicia, sino la prosperidad de sí mismo y de su familia. Así no se puede servir a Cristo Rey. El que quiere guardar su vida, ciertamente la perderá. El que no se niega a sí mismo, el que no toma su cruz cada día, también en el ejercicio de la profesión política, no puede seguir a Cristo (Lc 9,23-24). Traiciona a Cristo y a la Iglesia. Vende su alma al diablo, y éste, cumpliendo el contrato, le da dominio y poder sobre su mundo. No son falsas las palabras del diablo, padre de la mentira, cuando le dice al cristiano lo que le dijo a Cristo: «te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, pues todo me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Por eso si tú te postras ante mí, todo eso será tuyo» (Lc 4,6-7).
4.–Posibilidad histórica. Para que el cristiano pueda servir en el nobilísimo oficio de político necesita, pues, vocación y virtud; pero necesita también posibilidad histórica concreta. En los primeros siglos de la Iglesia, por ejemplo, apenas era posible que los cristianos, estando proscritos por la ley romana, pudieran servir en la política al bien común. Se dieron en esto algunas excepciones, pero en campos políticos reducidos y en zonas periféricas del Imperio. Y actualmente estamos en condiciones bastante semejantes.
Cuando Platón explica por qué los sabios se abstienen de los negocios públicos, acude a este símil.
Un sabio observa cómo en la calle la multitud se empapa bajo una tremenda lluvia. Por un momento piensa en salir de casa para persuadir a la gente de que se ponga a cubierto. Pero renuncia al intento, considerando que si la multitud aguanta bajo la lluvia, ello indica su estupidez, y que esa insensatez hace prever que rechazarán el consejo razonable. Decide, pues, no ir a mojarse con ellos inútilmente, y se queda en casa (República VI,496).
Santo Tomás Moro (1477-1535), años antes de llegar a ser Canciller del Reino, describe en su obra Utopía (1516) el fin que le corresponde a quien pretende afirmar políticamente la verdad y el bien donde predomina en gran medida la mentira y el mal. En el libro I de la obra, pone prudentemente su pensamiento en labios del navegante Rafael, el cual, aunque conoce la sabiduría de los utopianos, se niega a aceptar cargos políticos, alegando:
–«si dijera esto y otras cosas semejantes, a los encarnizados partidarios de métodos totalmente opuestos, ¿no sería como hablar a los sordos?». Moro lo reconoce en parte, pero arguye:
–«Aunque no podáis desarraigar las opiniones malvadas ni corregir los defectos habituales, no por ello debéis desentenderos del Estado y abandonar la nave en la tempestad porque no podáis dominar los vientos… Hace falta que sigáis un camino oblicuo, y que procuréis arreglar las cosas con vuestras fuerzas, y, si no conseguís realizar todo el bien, esforzaos por lo menos en menguar el mal». Estas palabras –la aspiración habitual de ciertas políticas: el mal menor– no convencen a Rafael:
–«De esta manera, sólo puede acaecer que, al dedicarme a cuidar la locura de los demás, me vuelva loco como ellos. Cuando deseo decir verdades, se me hace necesario decirlas. No sé si el decir mentiras sea propio de un filósofo, pero ciertamente no lo es para mí. Si debemos pasar en silencio, como si se tratase verdaderamente de cosas raras y absurdas, todo lo que las pervertidas costumbres de los hombres hacen considerar inoportuno, será preciso que ocultemos de los ojos de los cristianos la mayor parte de lo que Cristo enseñó y prohibió, todas aquellas cosas que Él susurró a oídos de los suyos, mandándoles que las proclamasen desde las azoteas. La mayor parte de ellas difiere mucho de la manera de vivir actual.
«En verdad, parece que los predicadores, gente sutil, siguieron vuestros consejos: viendo que los hombres se plegaban difícilmente a las normas establecidas por Cristo, las han acomodado a las costumbres, como si éstas fuesen una regla de plomo, para poder conciliarlas de alguna manera. Pero no veo que con ello se haya adelantado nada, a no ser que se pueda obrar el mal con mayor tranquilidad.
«Tampoco sería yo de ninguna utilidad en los consejos de los príncipes, ya que si opinase de manera diferente de la mayoría sería como si no opinase; y si opinase de igual manera, sería auxiliar de su locura. No distingo el fin de vuestro camino oblicuo, según el cual decís que hay que procurar, a falta de poder realizar el bien, evitar el mal por todos los medios posibles. No es aquel [el Consejo del Rey] lugar para disimulos, ni es posible cerrar los ojos. Se hace preciso aprobar allí las peores decisiones y suscribir los decretos más pestilentes. Y pasa por espía, por traidor casi, quien no hace elogio de medidas malignamente aconsejadas. Así pues, no hay ocasión de realizar ninguna acción benéfica, ya que es más probable que el mejor de los hombres sea corrompido por sus colegas [políticos], que no que les corrija, ya que el perverso trato con éstos o bien le deprava o le obliga a disfrazar su integridad e inocencia con la maldad y la necedad ajenas. Tan lejos está, pues, de obtener el resultado propuesto con vuestro camino oblicuo» (56-61).
Tomás Moro escribía esas reflexiones en 1516, describiendo anticipadamente su propia muerte. Recordemos algunas fechas. Fue nombrado Lord Canciller de Inglaterra en 1529. Dimitió de su cargo y se retiró al campo en 1532, queriendo marginarse de las decisiones perversas del rey Enrique VIII, en las que no quería comprometer su conciencia. Y finalmente, en 1535, su santa cabeza, por ser incapaz de aprobar los crímenes del rey, fue violentamente separada de su cuerpo en la Torre de Londres. San Juan Fisher(1469-1535), Obispo de Rochester y Cardenal, le precedió unos días antes en el mismo camino del martirio. Los demás Obispos ingleses, antes que ser mártires y dejar a su pueblo sin Pastores sagrados, prefirieron tomar el camino del cisma y de la herejía, conservando así, de paso, su cabeza y sus bienes.
5.–Conocimientos. Para ser un buen político no bastan las virtudes morales, sino que se requieren una serie de conocimientos históricos, religiosos y jurídicos, sociales y económicos, así como otras habilidades prácticas, que no pueden darse por supuestos. Aunque en la vida política muchas veces se estime otra cosa, no vale aquella norma de que en el combate «la falta de armas se suplirá con valor».
He dicho antes que el político necesita tener en alto grado las virtudes; pero no se olvide aquí que la posesión de un hábito virtuoso no implica necesariamente la facilidad para ejercitarlo, ya que pueden darse factores extrínsecos que impiden ese ejercicio o pueden faltar aquéllos que son necesarios (STh I-II,65, 3). Por muy virtuoso que sea un cristiano, mal podrá servir la acción política si no sabe expresarse bien, si le falla la salud, o sobre todo si carece de la formación suficiente. Necesita poseer un nivel suficiente de conocimientos y de cualidades personales.
6.–Conocimiento de la doctrina política de la Iglesia, y fidelidad a ella. Los políticos cristianos, por otra parte, para servir realmente al bien común de la sociedad, impregnándola cuanto sea posible de Evangelio, necesitan conocer y seguir la doctrina católica acerca de la vida política. Si en su pensamiento y en su actividad política se guían por los criterios del siglo, ellos serán sin duda alguna los más eficaces aliados del diablo, Príncipe de este mundo.
De estos seis puntos quiero destacar el tercero, el amor a la Cruz, al Crucificado salvador: es lo único que puede hacer a los políticos libres del diablo, del mundo y de sí mismos, y servidores fieles de Cristo y de los hombres. Actualmente, en los niveles más altos de la política, la evitación semipelagiana del martirio (63) ha llegado a frenar casi totalmente la acción propia de los políticos católicos. Concretamente, en las naciones de Occidente de antigua filiación cristiana nunca la Iglesia ha tenido menos influjo que hoy en la configuración política de leyes y gobiernos.

 

III. Principios doctrinales

Los laicos que se implican especialmente en la vida política deben conocer bien la doctrina de la Iglesia sobre la política ¡y vivirla con fidelidad! Si en tema tan grave y complejo se guían por los criterios del mundo, ellos vendrán a ser, sin duda, los principales y más eficaces aliados del diablo, el Príncipe de este mundo. Habrán vendido su alma al diablo.

La Iglesia católica tiene una excelente doctrina política, que es ignorada no poco en nuestro tiempo. Es verdad que en los últimos decenios ha sido escasamente predicada, y como «la fe es por la predicación» (Rm 10,17), eso explica que sea ignorada incluso por buenos católicos
También es verdad que después del Vaticano II apenas se han producido grandes documentos de la Iglesia sobre la doctrina política. Si consultamos, por ejemplo, los Documentos políticos del Magisterio eclesial, publicados por la Biblioteca de Autores Cristianos (1958, nº 174), comprobamos que esta antología, en un período de unos cien años (1846 -1955), es decir, entre Pío IX y Pío XII, incluye 59 documentos, de los cuales una buena parte son encíclicas. En cambio, durante la segunda mitad del siglo XX y hasta hoy la Iglesia apenas ha publicado documentos políticos.
En nuestro tiempo el Magisterio apostólico ha publicado numerosos documentos sociales, llamando también al compromiso político de los cristianos. Pero aparte de algún discurso ocasional –en la ONU, por ejemplo–, se ha propuesto muy escasamente la doctrina política de la Iglesia católica. Algunas verdades se han recordado al paso, por ejemplo, en la encíclica Centesimus Annus (1991: 44-48). Y también al paso Juan Pablo II, en la encíclica Evangelium vitæ (1995: 20-24, 69-77), reafirma varios principios doctrinales de política, hoy muy olvidados, e incluso negados, por los católicos que viven en regímenes democráticos. El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (24-XI-2002), es una Nota breve, que se limita a «recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas». También han de tenerse en cuenta las precisiones que Benedicto XVI hace en su encíclica Deus caritas est (2005) sobre las relaciones entre política y fe, entre justicia y caridad (n.28-29)
Los Pastores sagrados enfrentan hoy con frecuencia cuestiones morales concretas de la vida política. Educación, divorcio, justicia social, medios de comunicación, moralidad de ciertas leyes, etc., son objeto frecuente de su ministerio docente. Otras cuestiones concretas hay en las que la iluminación de la Iglesia resulta insuficiente, y a veces incluso contradictoria entre unos y otros Obispos: objeción de conciencia, participación de los fieles en grandes partidos liberales, o apoyo a partidos mínimos de inspiración cristiana, obediencia o resistencia a leyes injustas, dar o no la comunión eucarística a políticos católicos infieles, etc. Falta al pueblo cristiano con relativa frecuencia una respuesta clara y unánime a cuestiones a veces muy graves. No hay criterios claros y unánimes sobre cómo el pueblo cristiano debe vivir políticamente en Babilonia. Más aún: son muchos los que aún no se han enterado de que estamos viviendo en Babilonia. Quieren mantener a toda costa una actitud positiva y optimista ante el mundo moderno, al que no le niegan, ciertamente, «algunos errores». Pero en definitiva, no quieren estar en una oposición radical, sino con el gobierno o como alternativa de gobierno.
Por el contrario, el juicio pastoral explícito del mismo sistema político vigente suele ser escaso. Esto es así sobre todo cuando se trata de regímenes democrático liberales, pues sobre los gobiernos totalitarios suele hacer la Iglesia discernimientos más fuertes y claros. Quizá los Pastores, al no haber coincidencias suficientes en el juicio de las democracias modernas, en cuanto tales, prefieren mantenerse en el silencio. En todo caso, parece evidente que tanto entre los Pastores como en el pueblo católico falta hoy en las cuestiones políticas la unidad suficiente de pensamiento, que haría posible una acción unitaria y eficaz.
Por eso muchos pensamos que la doctrina política de la Iglesia, elaborada de mediados del siglo XIX a mediados del XX, está urgentemente necesitada 1.-de confirmación y 2.-de desarrollo. Eso exigiría grandes Encíclicas, más de una, y probablemente la celebración de un Concilio. Recordaré aquí, «mientras tanto», unos cuantos principios fundamentales de la doctrina católica sobre la política, señalando también los errores que la impugnan. Son principios que deberían estar incluidos en los Catecismos para niños y adolescentes. Si no los conocen, de mayores pensarán como sus padres, que en gran parte piensan sobre estos temas según el mundo, no según Dios (Mc 8,33).
1º.–La autoridad política de los gobernantes viene de Dios, esté ella constituida por herencia dinástica, por votación mayoritaria de una democracia orgánica o partitocrática, por acuerdo entre clanes o siguiendo otros modos lícitos. No hay autoridad que no provenga de Dios, pues cuantas existen por Dios han sido establecidas. Consecuentemente, la obediencia a las autoridades políticas legítimas debe prestarse «en conciencia» (Rm 13,1-7; 1Pe 2,13-17).
2º.–Las leyes civiles tienen su fundamento en la ley natural, en un orden moral objetivo, instaurado por Dios, Creador y Señor de toda la creación, también de la sociedad humana. De otro modo, es inevitable el positivismo jurídico, propio del liberalismo, que lleva necesariamente al relativismo moral. Ese árbol malo solo produce frutos podridos: tantas leyes actuales perversas, caminos de perdición, la interna división de los pueblos en trozos partidos contrapuestos, el bien ganado menosprecio de los gobernantes y de sus leyes. Muchas encuestas nos aseguran que los políticos son hoy los profesionales menos apreciados de todos los gremios de la sociedad.
El liberalismo niega totalmente esos dos principios. Todos los derivados políticos del liberalismo son hijos naturales suyos –democracia liberal, totalitarismos socialistas o comunistas, nazis o fascistas, dictaduras de un partido único o de líderes populares, etc.–, todos, como bien advirtió Pio XI (Divini Redemptoris 1937). Y todos, el liberalismo y todos sus hijos, aunque en modos diversos, niegan frontalmente que la autoridad política venga de Dios, y que las leyes positivas solamente sean válidas si se fundamentan en el orden moral natural.
En mi opinión, el término de liberalismo, consagrado por el Magisterio apostólico, debe mantenerse –y se mantiene (38)–, porque es más exacto que otros equivalentes. El naturalismo es palabra sin sentido en los sistemas modernos que niegan un orden natural. Hablar de política racionalista es inadecuado, cuando quienes la propugnan niegan a la razón el poder de llegar a conocimientos objetivos de la verdad. Y el laicismo es término muy equívoco, pues laicos son precisamente los católicos.
El liberalismo fundamenta la autoridad de los gobernantes exclusivamente en el hombre, en su libertad –la soberanía popular, la mayoría de los votos, el partido único o el gran jefe popular o dinástico–. Las leyes, igualmente, se apoyan sólo en el hombre –«seréis como dioses, conocedores [determinadores] del bien y del mal» (Gén 3–), en una mayoría de votos, en un partido carismático, en lo que sea, pero siempre en un positivismo jurídico absoluto, en un relativismo cambiante que rechaza la soberanía de Dios y a veces su misma existencia, y que no mantiene sujeción alguna a los presuntos valores morales de un orden natural objetivo.
El liberalismo es, pues, un ateísmo práctico (León XIII,1888, Libertas: 1,11,24). Ya en 1864 describía el papa Pío IX este ateísmo político y moral, según el cual «la razón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal; es ley de sí misma; y bastan sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (Syllabus 3).
Por el contrario, numerosos documentos de la Iglesia, especialmente entre 1850 y 1950, rechazan esa doctrina y, con toda exactitud, comprobada históricamente en nuestro tiempo, anuncian las nefastas consecuencias que traerá consigo su aplicación práctica. En ese mismo sentido, el concilio Vaticano II afirma que es completamente falsa «una autonomía de lo temporal que signifique que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia a Dios» (GS 36). En efecto, hay que «rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión» (LG 36).
Juan Pablo II, en la encíclica Evangelium vitæ, denuncia que «en la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como normal», sea ello lo que fuere.
Según esto, «la responsabilidad de la persona se delega en la ley civil, abdicando de la propia conciencia moral, al menos en el ámbito de la acción pública» (69). La raíz de este proceso está en el relativismo ético, que algunos consideran «como una condición de la democracia, ya que sólo él garantiza la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría; mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia» (70). «De este modo [por la vía del relativismo liberal] la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental» (20). Y a él ha llegado ya, pues «en los mismos regímenes participativos la regulación de los intereses se produce con frecuencia en beneficio de los más fuertes, que tienen mayor capacidad para maniobrar no sólo las palancas del poder, sino incluso la formación del consenso. En una situación así, la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía» (70).
«Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge, pues, descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover» (71; cf. también Nota 2002, 2-4).
La batalla de Benedicto XVI contra el relativismo comenzó en el mismo inicio de su pontificado. Y la mantiene hasta hoy: «todos los hombres están llamados a reconocer las exigencias de la naturaleza humana inscritas en la ley natural y a inspirarse en ella para formular leyes positivas, que rijan la vida en la sociedad. Si se niega la ley natural, se abre el camino al relativismo ético y al totalitarismo» (16-VI-2010).
Los católicos liberales son círculos cuadrados. Muchos políticos cristianos de Occidente han aceptado el ateísmo práctico del liberalismo en la vida política, primero como hipótesis prudencial de gobierno, y hace ya tiempo como tesis. Y a pesar de que profesan «la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión» (LG 36), sin embargo, se atreven incluso a fundamentar su posición anti-cristiana en la doctrina del Vaticano II. Pero el concilio enseña justamente lo contrario: enseña «el deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo» (DH 1). Y manda, sobre todo a los fieles católicos, que «en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede sustraerse al imperio de Dios» (LG 36).
Los católicos que militan en un partido liberal, aunque tenga éste cierta inspiración cristiana, jamás pronuncian en público la palabra Dios, que viene a ser el Innombrable, algo próximo al Inexistente. Toda alusión a Dios debe ser evitada sistemáticamente en la moderna vida política, pues es contraria a la unidad y la paz entre los ciudadanos, y es causa probable de separación y enfrentamientos. El bien común político, por tanto, ha de ser procurado «como si Dios no existiera». Y la fe personal que puedan tener los políticos cristianos debe quedar silenciada y relegada absolutamente a su vida privada.
La Constitución Española de 1978 es agnóstica, y por tanto liberal. Ya en su mismo inicio establece que «la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado» (Constitución española, 1978, art. 1,2). Esa soberanía popular puede entenderse de muchos modos, pero en su significación más obvia puede hacer lícito y constitucional el aborto, el divorcio rápido sin causa, el «matrimonio» homosexual, la eutanasia, la poligamia y todo aquello que los poderes del Estado, fundamentados en la soberanía del pueblo español, estimen en cada momento conveniente para el bien común, pues prescinde por sistema de toda referencia a Dios, a la ley natural y también a la tradición histórica nacional.
Don Marcelo, Cardenal González Martín, antes del referéndum sobre la Constitución, advertía que el texto, en temas de suma importancia –matrimonio, familia, aborto, divorcio, educación, medios de comunicación, etc.– quedaba abierto, o insuficientemente cerrado, a enormes crímenes legales, destructores de la nación (28-XI-1978). Y sus previsiones se han cumplido. Y seguirán cumpliéndose.
«Estimamos muy grave proponer una Constitución agnóstica a una nación de bautizados, de cuya inmensa mayoría no consta que haya renunciado a su fe. El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo». Un silencio que explica «la falta de referencia a los principios supremos de ley natural o divina. La orientación moral de las leyes y actos de gobierno queda a merced de los poderes públicos turnantes». Y advierte finalmente: «Cuando por todas partes se perciben las funestas consecuencias a que está llevando a los hombres y a los pueblos el olvido de Dios y el desprecio de la ley natural, es triste que nuestros ciudadanos católicos se vean obligados a tener una opción que, en cualquier hipótesis, puede dejar intranquila su conciencia»: si la aceptan, por ir contra la conciencia; y si la rechazan, por verse como causas de división. Pero «la división no la introducen ellos, sino el texto presentado a referéndum».
Quienes, por gracia de Dios, colaboramos un tiempo, aunque breve, con Don Marcelo sabemos bien que no le importaba nada quedarse solo en algunas cuestiones. En este caso concreto, tenía claro que el Magisterio de la Iglesia estaba con él. Pocos años antes, en 1961, había escrito el papa Juan XXIII en la Mater et Magistra (217):
«La insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamento indispensable, o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios; y querer exaltar la grandeza del hombre cegando la fuente de la que nace y se alimenta, esto es, obstaculizando y, si fuera posible, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios. Los acontecimientos de nuestra época, sin embargo, que han cortado en flor las esperanzas de muchos y arrancada lágrimas a no pocos, confirman la verdad de la Escritura: “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 127,1)».

IV. Doctrina de la Iglesia

Los paganos tienen mucha más verdad que los cristianos apóstatas. Y esto podría expresarse con la ayuda de una parábola.
A un perro muy listo, por medio de una operación cerebral maravillosa, le es infundido el espíritu humano, y llega así a la inteligencia de la razón y a la libertad de la voluntad. Un día, sin embargo, abrumado por las responsabilidades propias de su nueva condición inteligente y libre, exige que le retiren el espíritu humano. Pero entonces no recupera sus habilidades animales: ya no distingue por el olfato si un alimento es bueno o no, ya no sabe encontrar el camino de regreso a la casa de su amo… Viene a ser un animal excepcionalmente tonto, porque habiendo sido llamado a vivir según la razón, ha renunciado a ésta, y ahora no le funciona ni la razón, ni el instinto animal.

De modo semejante, la razón del pagano se ilumina al máximo cuando por la la fe alcanza la vida cristiana, llegando a ser «nueva criatura» (2Cor 5,17; Ef 2,15). Pero si se hunde voluntariamente en la apostasía, viene a ser un hombre excepcionalmente imbécil, que habiendo renunciado a la luz de la fe, apenas tiene uso de razón. Eso explica, por ejemplo, que la filosofía haya muerto en Occidente.
Los Estados modernos, antes cristianos y ahora apóstatas, han quedado idiotizados, y generan continuamente leyes gravemente injustas, peores que las de los Estados paganos. No se rigen por la fe, pero tampoco por la razón, pues se les ha atrofiado. «Alardeando de sabios, se hicieron necios» (Rm 1,22). Cuando consideramos el pensamiento de los antiguos filósofos paganos –Platón, Aristóteles, Cicerón, Marco Aurelio– vemos que, aunque no libres de errores, tenían uso de razón, pensaban y enseñaban doctrinas filosóficas y morales incomparablemente más verdaderas que las que hoy rigen los naciones apóstatas. Corruptio optimi pessima. Éstas han llegado a cumbres de imbecilidad e ignominia nunca alcanzadas por los pueblos paganos. El Derecho Romano era más justo, más conforme al sentido común y a la naturaleza humana, que el que hoy rige las naciones modernas. Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.), por ejemplo, llega a conocer y a enseñar que hay una ley eterna, que rige al mundo por la ley natural, en la que ha de fundamentarse toda ley positiva promulgada por los hombres:
«La opinión de los hombres más sabios ha sido que la Ley no es un producto del pensamiento humano, ni una promulgación de los pueblos, sino algo eterno, que rige el universo entero mediante su sabiduría, que manda y prohíbe» (De legibus 2.4.8). Unas leyes dictadas por el pueblo (plebs), si se oponen a ese orden supremo permanente, «no merecen más ser llamadas leyes que las reglas acordadas por una banda de ladrones en su asamblea» (2.5.13). «El colmo de la estupidez es creer que todo lo que se halla en las costumbres o en las leyes de las naciones es justo» (1.14.42).
Se apagaron estas luces en el mundo de la apostasía occidental moderna. Ya los políticos no tienen uso de razón, y «resisten a la verdad, como hombres de entendimiento corrompido» (2Tim 1,7). Generan cada vez más leyes, y cada vez peores. Y los cristianos liberales dedicados a la política, haciéndose sus cómplices, silencian sistemáticamente a Dios y al orden natural –si es que los conocen–, y entran así con ellos en la densa oscuridad del poder de las tinieblas. ¿Qué habrán de hacer entonces los cristianos ante las leyes perpetradas por el gran Leviatán de los Estados modernos, sean totalitarios, sean liberales?
3º.–Las leyes injustas deben ser resistidas. El hombre se perfecciona obedeciendo las leyes lícitas de las autoridades civiles legítimas, porque con esa obediencia cívica «obedece a Dios» (1Pe 2,13-17; Rm 13,1-7) y colabora al bien común de los ciudadanos. Por el contrario, cuando el ciudadano obedece leyes criminales se embrutece y degrada, se hace cómplice de graves maldades, y para evitar el martirio, la cruz de la verdad, vende su alma al diablo, y da culto idolátrico a los hombres malvados que le están sujetos. De este modo, «sirve a las criaturas, en lugar de al Creador, que es bendito por los siglos. Amén» (Rm 1,25).
La Iglesia ofrece en su historia un gran ejemplo tanto de obediencia cívica, en cuanto ella es debida, como de resistencia pasiva hasta la muerte, en el caso de los mártires, cuando la obediencia se hace iniquidad. En efecto,son innumerables los ejemplos de los mártires cristianos, que antes que ser infieles a su Señor y a su conciencia, han resistido y resisten heroicamente las leyes injustas, arrostrando la cárcel, el destierro, el despojamiento de sus bienes o la muerte. Y no olvidemos que de los 70 millones de cristianos que han sido mártires en la historia de la Iglesia, 45,5 lo fueron en el siglo XX, un 65% (Antonio Socci, I nuovi perseguitati. Indagine sulla intolleranza anticristiana nel nuovo secolo del martirio, Piemme 2002, 159 pgs.)
La Iglesia católica siempre ha mandado que no sean obedecidas las leyes injustas. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «el ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio» (2242). Estas enseñanzas se han multiplicado, lógicamente, desde la Revolución Francesa, desde la apostasía de las naciones de antigua filiación cristiana, al iniciarse los Estados liberales y posteriormente de los Estados totalitarios, unos y otros anticristianos, sin Dios y sin orden natural.
–Contra los modernos Estados liberales recuerdo la doctrina de León XIII:
«Todas las cosas en las que la ley natural o la voluntad de Dios resultan violadas no pueden ser mandadas ni ejecutadas… pues “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Mt 22,21). Y los que así obran no pueden ser acusados de quebrantar la obediencia debida, porque si la voluntad de los gobernantes contradice la voluntad y las leyes de Dios, los gobernantes rebasan el campo de su poder y pervierten la justicia. Ni en este caso puede valer su autoridad, porque esta autoridad, sin la justicia, es nula» (1892, Nôtre consolation 17; cf. 1881, Diuturnum illud 11; 1888,Libertas 10, 21; 1892, Au milieu des sollicitudes 31-32).
–Contra los modernos Estados totalitarios, recuerdo la enseñanza de Pío XI, sobre todo las grandes encíclicas Mit brennender Sorge (1937), contra el nazismo, y la Divini Redemptoris (1937), sobre el comunismo ateo. La enseñanza pontificia contra el nazismo tiene hoy especial vigencia en el marco de aquellas democracias liberales que invaden la sociedad, produciendo una tras otra leyes criminales:
Ha de considerarse siempre el «derecho natural, impreso por el mismo Creador en las tablas del corazón humano, y que la sana razón humana, no oscurecida por pecados y pasiones, es capaz de descubrir. A la luz de las normas de este derecho natural puede ser valorado todo derecho positivo, y consiguientemente la legitimidad del mandato y la obligación de cumplirlo. Las leyes humanas que están en oposición insoluble con el derecho natural adolecen de un vicio original que no puede subsanarse» con nada (Mit brennender 35).
Concretamente, las leyes acerca de la educación que estén «en contradicción con el derecho natural son íntima y esencialmente inmorales» (37). «Es deber de todo creyente separar claramente su responsabilidad de la parte contraria, y su conciencia de toda pecaminosa colaboración en tan nefasta destrucción» (48).
Es preciso, pues, que los ciudadanos resistan las leyes injustas, «si es que no se quiere que sobrevenga una ingente catástrofe o una decadencia indescriptible» (22)… las consecuencias del nazismo, y hoy de las democracias liberales. «Fomentar el abandono de las directrices eternas de una doctrina moral objetiva para la formación de las conciencias y para el ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, es un atentado criminal contra el porvenir del pueblo, cuyos tristes frutos será muy amargos para las generaciones futuras» (34).
En este marco socio-político tan degradante, el Papa expresa su gratitud y admiración por aquellos cristianos que, por ser fieles a su conciencia, «se han hecho dignos de sufrir por la causa de Dios sacrificios y dolores» (17). «Con presiones ocultas y manifiestas, con intimidaciones, con perspectivas de ventajas económicas, profesionales, cívicas o de otra especie, la adhesión de los católicos a su fe –y singularmente la de algunas clases de funcionarios católicos– se halla sometida a una violencia tan ilegal como inhumana. Nos, con paterna emoción, sentimos y sufrimos profundamente con los que han pagado a tan caro precio su adhesión a Cristo y a la Iglesia; pero se ha llegado ya a tal punto, que está en juego el último fin y el más alto, la salvación o la condenación» (24).
Santo Tomás de Aquino enseña que las leyes criminales, al ir contra Dios y el orden natural, son pseudo-leyes, no son propiamente leyes: «son más violencias que leyes, porque, como dice San Agustín, “la ley, si no es justa, no parece que sea ley”» (STh I-II,96). Obedecer esas pseudo-leyes podrá salvar nuestro cuerpo, nuestros intereses temporales, pero perderá nuestra alma. Deben ser en conciencia desobedecidas, resistidas, sin darles cumplimiento, pues de otro modo nos haríamos cómplices de maldades criminales. Veámoslo en algunas situaciones concretas.
Las obligaciones legales no eximen a los cristianos de sus obligaciones morales de conciencia, cuando son obligaciones que se contraponen. Pongo solamente dos ejemplos:
Un Jefe del Estado no debe en conciencia firmar una ley criminal sobre el aborto, aunque esté obligado a ello por la Constitución. Con su acción estaría colaborando en la producción de un mal gravísimo de forma voluntaria, directa y premeditada. La obligación legal que tiene de hacerlo de ningún modo le exime de la obligación moral personal a la hora de firmar una ley homicida y repugnante.
Un médico de ningún modo debe procurar un aborto, aunque la ley le obligue a hacerlo. Ya sabemos –en este caso segundo con más certeza–, que la misma ley canónica de la Iglesia considera gravemente inmoral la participación de médicos y enfermeras en abortos, y la obligación legal que pudiera exigirles esa acción criminal, no les exime de la excomunión automática, latæ sententiæ. Algo semejante, mutatis mutandis, habrá que decir de funcionarios obligados legalmente a celebrar «matrimonios» homosexuales, de maestros y profesores obligados legalmente a enseñar doctrinas falsas, gravemente nocivas, etc.
Y no basta con desobedecer las leyes injustas; hay que combatirlas con todas las fuerzas, procurando su derogación en todos los modos posibles: reuniones de oración, campañas de opinión, actos legítimos de desobediencia civil, manifestaciones públicas, recogida de firmas para un referéndum, publicación de artículos en los medios de comunicación, huelgas, congresos y actos que tengan difusión mediática, etc. Y aún más:
Los cristianos no deben dar su voto a partidos políticos que producen leyes criminales o que las mantienen vigentes, pudiendo derogarlas. Y menos aún deben militar en esos partidos, aunque ello les prive de grandes ventajas sociales y económicas. Por el contrario, ellos están obligados a denunciar la inmoralidad de esos partidos, deben combatirlos, desenmascararlos –si están disfrazados– y desprestigiarlos por todos los medios lícitos y legales. La Nota doctrinal ya aludida de la Congregación de la Fe (24-XI-2002) lo enseña claramente:
«La conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral… El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad… Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona. Éste es el caso de las leyes civiles», sigue diciendo la Nota, en materias como aborto y eutanasia, falsificación grave del matrimonio y la familia, educación de los hijos, tutela de menores, esclavitud, libertad religiosa, economía al servicio de la justicia social, el valor de la paz (4).
Todos los gobiernos son «intrínsecamente perversos» si prescinden de Dios y del orden moral natural y objetivo. Cuando trate yo de los diversos regímenes políticos, comprobaremos que esa perversión puede darse y se da en totalitarismos comunistas o nazis, en democracias liberales, en dictaduras de partidos únicos o de líderes populares. A todas esas formas de gobierno son aplicables las palabras que Pío XI refiere al comunismo marxista:
«Procurad, venerables hermanos, con sumo cuidado que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso (“communismus cum intrinsecus sit pravus”), y no se puede admitir que colaboren con el comunismo en terreno alguno los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana» ¡y el bien común de los pueblos! Y aún Pío XI añade una profecía, que ha tenido y tiene cumplimiento: «Cuanto más antigua y luminosa es la civilización creada por el cristianismo en las naciones en que el comunismo logre penetrar, tanto mayor será la devastación que en ellas ejercerá el odio del ateísmo comunista» (1737, Divini Redemptoris 60).
También la guerra puede ser lícita para combatir leyes y gobiernos injustos, que llevan a un pueblo a la degradación moral y a la ruina. Pío XI en la encíclica Firmissimam constantiam, dirigida a los Obispos de México, siguiendo la doctrina tradicional, enseña que «cuando se atacan las libertades originarias del orden religioso y civil, no lo pueden soportar pasivamente los ciudadanos católicos» (1937: Denzinger nn.3775-3776). Y en ese texto indica las condiciones necesarias para que sea lícita una resistencia activa y armada. Es la enseñanza actual que expone el Catecismo de la Iglesia Católica:
«La resistencia a la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las condiciones siguientes: 1) en caso de violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; 2) después de haber agotado todos los otros recursos; 3) sin provocar desórdenes peores; 4) que haya esperanza fundada de éxito; 5) si es imposible prever razonablemente soluciones mejores» (2243).
Es indudable, por ejemplo, que un gobierno que promueve y financia cientos de miles de abortos, y que convierte en «derecho» esos asesinatos, comete «violaciones ciertas, graves y prolongadas de derechos fundamentales de los ciudadanos», concretamente de los más pobres e inválidos, de los más necesitados de protección legal. Y también es indudable que pueden darse y se han dado circunstancias históricas en las que el pueblo cristiano debe en conciencia levantarse en armas y «echarse al monte», como los Macabeos, arriesgando con ello sus vidas y sus bienes materiales por la causa de Dios y por el bien común de la nación. Pero actualmente, por el contrario, casi nunca pueden darse en las naciones las otras condiciones exigidas para un lícito levantamiento del pueblo en armas. Son naciones tan sujetas al gobierno del Príncipe de este mundo, Satanás, que es casi imposible que se den en ellas las condiciones 3ª y 4ª.
Continúo exponiendo los principios fundamentales de la Iglesia en su doctrina sobre la política. Lógicamente la síntesis que presento se apoya sobre todo en los documentos que tratan del tema con mayor fuerza magisterial: encíclicas monográficas –todas anteriores al último Concilio–, Vaticano II, Catecismo de la Iglesia y otros documentos actuales importantes. Ya he expuesto que 1º,–la autoridad política de los gobernantes viene de Dios; 2º.–que las leyes civiles tienen su fundamento en la ley natural, en un orden moral objetivo (97), y que 3º.–hay que desobedecer las leyes injustas y combatirlas (98). Sin embargo, la doctrina política de la Iglesia tiene también en cuenta

4º.–el principio de la tolerancia y del mal menor. No siempre es posible lograr una coincidencia entre el orden moral y el orden legal de la ciudad secular, sobre todo en aquellas naciones en las que la mayoría de los ciudadanos, al menos en cuestiones políticas, son culturalmente liberales, y se rigen sin referencia alguna a Dios y al orden natural. Cuando se produce históricamente esta realidad socio-política lamentable, los cristianos no deben conformarse de modo derrotista con los males vigentes, como si fueran éstos insuperables, pero tampoco deben pretender una cristianización total e inmediata de la sociedad, en la que sólo se admitan aquellas leyes perfectamente conformes con la razón natural y el Evangelio. Los cristianos, con sano realismo, han de procurar el bien común con todas sus fuerzas, pero al mismo tiempo deben reconocer el principio de la tolerancia en ciertas cuestiones.
Una formulación precisa del principio católico tradicional de la tolerancia y del mal menor la hallamos en Santo Tomás, que enseña la razón más profunda de ese principio:
“Dios, aunque es omnipotente y sumamente bueno, permite que sucedan males en el universo, pudiéndolos impedir, para que no sean impedidos mayores bienes o para evitar males peores. De igual manera, los que gobiernan en el régimen humano rectamente toleran algunos males para que no sean impedidos otros bienes o para evitar males peores". Y cita a San Agustín, que consideraba prudente no eliminar la prostitución (STh II-II,10,11). Los burdeles han sido llamados “casas de tolerancia".
En la encíclica Libertas (1888, n.23) reafirma León XIII ese mismo principio, y añade:
«Cuanto mayor es el mal que a la fuerza debe ser tolerado por un Estado, tanto mayor es la distancia que separa a este Estado del mejor régimen político. De la misma manera, al ser la tolerancia del mal un postulado propio de la prudencia política, debe quedar estrictamente circunscrita a los límites requeridos por la razón de esa tolerancia, esto es, el bien público. Por este motivo, si la tolerancia daña al bien público o causa al Estado mayores males, la consecuencia es su ilicitud, porque en tales circunstancias la tolerancia deja de ser un bien…
«En lo tocante a la tolerancia, es sorprendente cuán lejos están de la prudencia y de la justicia de la Iglesia los seguidores del liberalismo. Porque al conceder al ciudadano en todas las materias una libertad ilimitada [leyes, p. e., que legalizan el divorcio, el aborto, las parejas homosexuales, la eutanasia], pierden por completo toda norma y llegan a colocar en un mismo plano de igualdad jurídica la verdad y la virtud con el error y el vicio» (23).
–El principio de la tolerancia es mal entendido cuando se aleja del sano realismo, antes aludido, y entra de lleno en un realismo morboso, que no solamente produce leyes imperfectas, sino que origina leyes injustas, criminales, contrarias a Dios, al orden natural y al bien común de los hombres. La ley inicua, en ese caso, «ya no será ley, sino corrupción de la ley» (iam non erit lex, sed legis corruptio: STh I-II,95,2).
Algunos hay que no entienden bastante que las leyes corruptas son corruptoras. Así como las leyes buenas son caminos que ayudan al pueblo a caminar hacia el bien, las inicuas le llevan a la perdición, no necesariamente, por supuesto. Muchas leyes inicuas de los actuales Estados liberales –democráticos o totalitarios– son caminos de perdición para el pueblo, están totalmente privadas de auténtica validez jurídica, y conducen a la degradación moral y cultural de una nación, a su disminución demográfica, a su debilitación y sujeción a otros pueblos más fuertes. Es muy difícil considerarlas en conciencia como males menores que deben ser tolerados.
–Los católicos deben aplicar el principio de la tolerancia con un discernimiento cuidadoso, que ha de estar libre de los condicionamientos mundanos, que son falsos, sutiles, continuos y muy poderosos. Puede iluminarnos en esta cuestión tan delicada la enseñanza concreta que da Juan Pablo II al tratar de las leyes reguladoras del aborto. En la encíclica Evangelium vitæ, de 1995, comienza por advertir que «en la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como moral» (69).
Rechaza el Papa estas doctrinas, y afirma que «la raíz común de todas estas tendencias es el relativismo ético que caracteriza muchos aspectos de la cultura contemporánea. No falta quien considera este relativismo como una condición de la democracia, ya que sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y ala intolerancia» (70).
Reconoce Juan Pablo II, sin embargo, que «ciertamente, el cometido de la ley civil es diverso y de ámbito más limitado que el de la ley moral […] En efecto, la función de la ley civil consiste en garantizar una ordenada convivencia social en la verdadera justicia, para que todos “podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1Tim 2,2)» (71).
Pero las leyes más criminales, como ya vimos (98), deben ser no solamente desobedecidas, sino combatidas con fuerza, ya que nunca pueden ser toleradas en razón del mal menor. Concretamente, sigue diciendo el Papa, «el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cf. Rm 13,1-7, 1 P 2,13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas “no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños” (Ex 1,17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: “las parteras tenían temor de Dios” (ib.)…
«En el caso, pues, de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto.
«Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación […] En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos» (73).
Queda claro, pues, este principio doctrinal: la tolerancia del mal menor en cuestiones políticas y en otras es moralmente lícita, y a veces es un deber de conciencia, cuando el cristiano se ve en la obligación de elegir entre dos males, uno mayor y otro menor. Aunque, tratándose de opciones políticas, puede también a veces ser lícita la abstención del voto. Y nunca la tolerancia o la abstención eximen del grave deber de combatir las leyes injustas, procurando su derogación.
Los partidos malminoristas, sin embargo, corrompen el principio de la tolerancia del mal menor cuando lo convierten en la estrategia sistemática de su actividad política. Javier Garisoain lo explica bien en su artículo Doctrina y táctica del mal menor. Entendemos aquí por partido malminorista (P.Mm) al partido que sea cristiano-liberal, es decir, aquel que, teniendo alguna filiación cristiana –por eso alcanza a ver el mal como mal–, y adoleciendo también de una visión liberal –por eso ve el mal como menor–, considera sistemáticamente el mal menor como tolerable, de tal manera que no se empeña realmente en combatirlo y superarlo con el bien. Su idea de la tolerancia no es la de la doctrina de la Iglesia, sino la del liberalismo, la del relativismo o la de filósofos como John Locke, Carta sobre la tolerancia (1689).
Un partido malminorista puede canalizar indefinidamente los votos de los católicos, poniendo buen cuidado en que no se organicen para actuar con fuerza en el campo político. Quizá –sobre todo si andan eclesiásticos de por medio– justifique su posición alegando que hay que evitar un enfrentamiento de la Iglesia con el mundo moderno. De este modo colabora no solamente a la degradación del mundo secular, sino también a la debilitación progresiva de la Iglesia.
–El malminorismo ni combate el mal, ni promueve con eficacia el bien común. No combate con todas sus fuerzas el mal, ni el menor ni el mayor. Hace del mal menor un supuesto histórico necesario, continuo, progresivo, irreversible, insuperable. Y a lo largo de los años, optando una y otra vez por el mal menor entre los diversos males ofrecidos como opciones políticas por los enemigos de Dios y del hombre, va retrocediendo siempre, va descendiendo por una escalera de males menores, cada vez mayores. El malmayorismo y el malminorismo son como el acelerador y el freno de un mismo coche, y ambos están de acuerdo en la dirección que el volante señala.
De este modo, el malminorismo se deja conducir por los malos, que llevan siempre la iniciativa, y colabora a que el pueblo sea conducido al Mal mayor, al Mal común, a la corrupción de la vida social, a la degradación de los pensamientos y de las costumbres. Pasará por todo antes de verse hundido en el sehol de la marginación política. Está dispuesto a pagar cualquier tributo con tal de mantenerse en las instituciones políticas, si es posible en el poder, y si no, al menos, en una oposición cuantitativamente considerable. Será una oposición que no se opone, y que aun alcanzando el poder, mantiene las leyes pésimas establecidas antes por los malos. Se comprende bien que el idealismo de los jóvenes católicos no halle atractivo alguno en un partido que, renunciando a procurar eficazmente el bien, se limite a reducir en lo posible el mal. Un partido así podrá atraer sobre todo por las ventajas que ofrece en el campo económico, social y profesional.
–La tolerancia malminorista lleva a un pacifismo extremo. Ignora que las leyes injustas de los Estados monstruosos deben ser no sólo desobedecidas, sino también combatidas en cuanto sea posible.
1. Las batallas armadas, es cierto, como ya señalé (98 in fine), casi nunca pueden hoy reunir las condiciones exigidas para una guerra justa. Pero estos tolerantes pacifistas se avergüenzan hasta de aquellas guerras que fueron justas y necesarias, como las que defendieron Europa de la invasión del Islam –Poitiers, Navas de Tolosa, Lepanto–. Si por ellos hubiera sido, hoy estaría Europa llena no de catedrales, sino de mezquitas. Pero hay más.
2. Las batallas culturales, tan decisivas, tampoco son dadas por el malminorismo, que renuncia a presentar combate real en el Congreso, en los medios de comunicación, en escuelas y universidades, en el campo de la sanidad. Aunque alcance el poder político, estas batallas de la cultura seguirán perdidas, pues ni siquiera las combate pudiendo hacerlo. No se atreve a decir la verdad, supuesto que la conozca. Se conforma si es el caso con elevar recursos al Tribunal Constitucional, con organizar un Congreso académico o una manifestación –todo lo cual está bien–, y con aducir en el debate político débiles argumentos que, al silenciar la verdad verdadera, están de antemano condenados al fracaso. Piensa quizá que en formas más combativas haría en política un flaco servicio a la Iglesia, enfrentándola con el mundo relativista imperante, y que pondría tensa división allí donde hay pacífica unanimidad social en el error liberal-relativista… Qué sé yo qué errores y horrores piensa. Pero es cierto y comprobable que:
–el malminorismo se niega a dar el testimonio de la verdad, y eso le hace impotente para procurar el bien, que ni siquiera intenta. «Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad», dice Cristo (Jn 18,37), y ésa es la vocación de todo cristiano. Pero un partido político que no se atreve a decir públicamente la verdad, que no se atreve a afirmar con fuerza el vínculo necesario que sujeta el mundo creado a su Creador (Vat. II, LG 36), que se autoprohibe incluso mencionar el nombre de Dios, exilándolo de la vida política, que se abstiene de aducir los argumentos potentísimos del orden natural y de las tradiciones nacionales, y que, por el contrario, durante decenios se orienta por la tolerancia del mal menor, limitándose a aceptarlo –primero quizá como hipótesis posibilista–, y finalmente a apoyarlo –como tesis liberal que asimila–, es un partido que en realidad se somete a la dictadura del relativismo, propia de una democracia liberal. Es para la nación una peste.
De este modo el malminorismo colabora a que el voto de los católicos ayude a la ruina acelerada de la nación, consigue la anulación total de los católicos en la vida política de los pueblos, y pone a la especie del político católico en grave peligro de extinción. Hace unos años la representante de un partido malminorista respondía a los periodistas que le preguntaban por qué su partido se oponía a una ampliación de los supuestos legales para el aborto: «Pensamos que no hay para ello una verdadera demanda social». Inefable… Los políticos católicos incapaces de dar testimonio de la verdad irán –ya han ido– al «basurero de la historia» (Trostky).
Todo esto que digo puede verificarse, por ejemplo, en la legalización del «matrimonio» homosexual. Las leyes pro-gays han venido siempre posibilitadas socialmente por previas batallas culturales sucesivas, en las que se integraban escritores, cantantes, partidos políticos de izquierda, actores, cine, televisión, prensa. Las conquistas-derrotas habidas en el campo legal han sido siempre precedidas por victorias-derrotas en el campo socio-cultural. Ante este proceso obvio, normalmente los malminoristas no combatían de frente ni unas ni otras batallas. Casi ni se daban por enterados.
–El lobby gay, con acciones propias y con las colaboraciones aludidas, ha ido imponiendo la mentira: la unión homosexual es tan natural y sana como el matrimonio, es simplemente una alternativa sexual. De este modo, consigue en pocos años la inscripción civil, la consideración jurídica de «matrimonio», el derecho a la adopción, las leyes de educación que exijan la enseñanza de sus errores y horrores a todos los niños y adolescentes, y la proscripción social y legal –absolutamente intolerante– de maestros, escritores, sacerdotes y políticos que afirmen públicamente que el ejercicio de la homosexualidad es una desviación morbosa, que va contra natura. La intolerancia gay es absoluta: esas personas, que ellos llaman homófobas, pueden ser multadas, depuestas de sus cargos, castigadas con cárcel. Para conseguir la no-discriminación de los gays, se ha logrado introducir en la legislación discriminaciones totalmente abusivas, que sobre todo afectan a políticos (como Rocco Buttiglione), sacerdotes (como Obispo Léonard, pastor Kreutzfeld), profesores, etc.
–El partido político malminorista comienza por silenciar la verdad: no menciona a Dios, que condena los actos de homosexualidad, no se atreve siquiera a defender el orden natural, afirmando que mientras la unión heterosexual es sana, fecunda, buena para la sociedad, conforme con la naturaleza, la unión homosexual, por el contrario, es morbosa, insana, estéril para el bien común y contraria a la naturaleza. Podría argumentar esto con mucha fuerza, porque es de sentido común y hay estudios científicos que lo demuestran de modo irrefutable (ver, p. ej., los mayores de 18 años, Miguel Calvis, Las prácticas homosexuales). Sucede, sin embargo, que no estima políticamente correcto aducir estas verdades en un debate político, ni presentar con fuerza una verdadera batalla cultural. Una vez más el malminorismo retrocede, pierde la batalla que no ha dado, acepta de hecho el mal menor, que aquí es mayor, y adoptando una actitud débil-tolerante frente a la posición fuerte-intolerante del lobby gay, da por perdida la causa, y deja que el pueblo sea inducido por las leyes a avanzar por caminos de perdición y de ruina.
Los católicos deben negar sus votos a partidos malminoristas, pues ni tienen fuerza para promover el bien, ni para resistir al mal. Son estos partidos en realidad liberales, relativistas, pesimistas, cómplices activos o pasivos de los enemigos de Cristo y de su Iglesia, secuestradores del voto católico, obstáculos especialmente eficaces para impedir todo influjo real de los católicos en la vida política, y en fin, son semipelagianos, pues, fieles a su “evitación sistemática del martirio” (63), quieren en política mantener a cualquier costo que «la parte humana» sea numerosa y respetada por el mundo moderno, para poder así co-laborar con la acción de Dios en la procuración del bien común… De los partidos políticos malmayoristas y malminoristas, libera nos, Domine!
Las objeciones previsibles a todo esto son tan innumerables como previsibles: «ese diagnóstico conduce a la abstención o al voto inútil». Pero sobre éstas y otras cuestiones trataré al final de esta serie, cuando, con la ayuda de Dios, considere qué podemos y debemos hacer hoy los católicos en la política.
La unidad nacional de los Obispos en cuestiones políticas es muy deseable y benéfica, pero no siempre logran discernimientos unánimes. Son muy difíciles. Gran verdad afirma Juan Pablo II cuando dice: «sin la ayuda de la gracia, los hombres no sabrían “acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava” (1991, enc. Centesimus annus 25)» (Catecismo 1889). Sólo Dios puede iluminar las conciencias cristianas en cuestiones políticas, mostrando cuándo deben tolerarse como mal menor situaciones perversas o cuándo hay que resistirlas, denunciarlas y combatirlas de todos los modos posibles. Y suelen ser los Santos quienes aciertan en estos problemas históricos.
Se dan a veces acuerdos unánimes en el discernimiento. Los Obispos polacos se mantuvieron unánimes ante el poder invasor comunista, y también los españoles de 1936 ante el mismo peligro.Pero la división de opiniones es frecuente. Los Obispos colombianos de finales del XIX veían la peligrosidad del liberalismo entre los católicos, pero no todos lucharon contra él como el Obispo de Pasto, San Ezequiel Moreno (+1906), que si no dimitió, al verse tan desasistido, fue por orden personal de León XIII. En el alzamiento de la Cristiada mexicana (1926-1929), no todos los Obispos apoyaban a los cristeros, aunque algunos sí, como San Rafael Guízar (+1938). Todos los Obispos alemanes entendían que el nazismo perseguía al cristianismo, pero no todos lo combatieron abiertamente, como el Obispo de Munster, el Beato Cardenal Clemens von Galen (+1946). Cuando Francia fue ocupada por Alemania, algunos Obispos colaboraron con el régimen de Vichy, sometido a los nazis, otros no; y el General De Gaulle, llegado a la presidencia, hizo dimitir a todos los Obispos colaboracionistas. A la Constitución española agnóstica de 1978 se opuso el Cardenal Primado, Mons. Marcelo González Martín con unos pocos Obispos más; la mayoría estimó que convenía aceptarla como mal menor.
Y también hoy se dan entre los Obispos discernimientos prudenciales diferentes en cuestiones políticas –esto es obvio–, pues unos consideran como un mal menor tolerable, aquello que otros estiman un mal mayor intolerable. Estas diferencias de opinión, que tantas veces se han producido en la historia, hoy se hacen más frecuentes y profundas al ser insuficientes en la Iglesia la actualización y el desarrollo de su doctrina tradicional política.
En el siglo pasado, al final de los años 80, cuando se derrumbó la Bestia comunista, varios Obispos ortodoxos hubieron de dimitir por haber colaborado activa o pasivamente con el gobierno marxista. Otros en cambio no colaboraron, se mantuvieron distantes o estuvieron en campos de concentración. También un día, cuando se derrumbe la Bestia liberal, con el favor de Dios, se distinguirá entre aquellos Obispos que la resistieron y combatieron con mayor o menor fuerza, y aquellos otros que optaron por colaborar con ella, al menos pasivamente, salvando la doctrina, por supuesto, pero tolerando muchas injusticias como males menores, disuadiendo a los católicos de combatirla frontalmente, y renunciando sobre todo a denunciarla como un sistema “intrínsecamente perverso", sin Dios y sin orden natural, y por tanto, corrupto y corruptor.
¿Qué debemos, pues, hacer hoy los católicos ante la Bestia apocalíptica de los Estados liberales, que ignoran a Dios y al orden moral natural, y que engendran una tras otra leyes inicuas? En cada nación se dan circunstancias y posibilidades diversas. Yo he expresado mi pensamiento, que es el de muchos católicos –de ellos lo he aprendido–, aunque no lo es ciertamente de la mayoría. Danos, Señor, tu luz y tu verdad.
Continuamos con los principios fundamentales de la doctrina política de la Iglesia.
5º–La Iglesia es neutral en cuanto a la forma de los regímenes políticos. Éste es un principio doctrinal que siempre ha sido enseñado y practicado por la Iglesia. En él se fundamenta tanto la libertad de la Iglesia ante el Estado, como el legítimo pluralismo político entre los cristianos. En efecto, la Iglesia «en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico o social» (Vat. II,GS 42d).

Pío XI: «la Iglesia católica, no estando bajo ningún respecto ligada a una forma de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse con las diversas instituciones políticas, sean monárquicas o republicanas, aristocráticas o democráticas» (1933, enc. Dilectissima Nobis 6). Vaticano II: «las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su estructura fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser diferentes, según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia» (GS 74f; cf. Juan XXIII, 1963, Pacem in terris 67; Catecismo 1901).
La Iglesia, en cambio, no es neutral en cuanto a las ideologías políticas que pueden cristalizarse luego en diversas formas de Estado. El Vaticano II y el Magisterio apostólica posterior han continuado enseñando la doctrina ya claramente expresada en las grandes encíclicas monográficas del siglo XIX y primera mitad del XX: 1878, Quod apostolici muneris (contra el socialismo laicista); 1888, Libertas præestantissimum (contra el liberalismo); 1937, Mit brennender sorge (contra el nazismo); 1937, Divini Redemptoris (contra el comunismo), etc. Es evidente que algunas ideologías políticas son conciliables con el orden natural y la fe católica, pero otras son inconciliables, y la Iglesia no es neutral ante ellas, sino que las denuncia y combate.
La Iglesia sabe bien que puede haber Estados monstruosos, verdaderas Bestias apocalípticas, que aunque guarden formas estructuralmente legítimas, son corruptos y corruptores. El Catecismo enseña que «la autoridad sólo se ejerce legítimamente si busca el bien común del grupo en cuestión y si para alcanzarlo emplea medios moralmente lícitos. Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia. “En tal situación, la propia autoridad se desmorona por completo (plane corruit) y se origina una iniquidad espantosa” (Juan XXIII, Pacem in terris 51)» (1903).
Monarquía, aristocracia y democracia, son los tres tipos fundamentales de autoridad política. En todos los regímenes políticos se dan, combinados de uno u otro modo, los tres principios: monarquía –uno–, aristocracia –algunos–, y democracia –todos–. La diversidad de combinaciones posibles de estos tres elementos en la constitución de los Estados es innumerable, y apenas admite un intento de clasificación. Puede haber reinos en los que el Rey no tiene prácticamente poder alguno. Puede haber democracias –como la de los Estados Unidos– cuya constitución dé al Presidente un máximo de autoridad personal, desconocido en los demás Estados, fuera de aquellos que son totalitarios.
–El régimen político ideal es mixto. Como enseña Santo Tomás, «la óptima política es aquélla en la que se combinan armoniosamente la monarquía, en la que uno preside, la aristocracia, en cuanto que muchos mandan según la virtud [la especial calidad personal], y la democracia, o poder del pueblo, ya que los gobernantes pueden ser elegidos en el pueblo y por el pueblo» (STh I-II,105,1;cf. De Regno lib. I, caps. 1-2).
De hecho, en una u otra proporción, todos los Estados tienen un principio monárquico (rey, presidente, primer ministro, sha, gobernador, regente, califa, emperador), un elemento aristocrático (consejo real, consejo de ministros, nobles, partido único, diputados y senadores) y un componente democrático (elecciones periódicas, asamblea nacional, representantes de tribus, de regiones, de etnias, de gremios).
–Debe elegirse la forma concreta de gobierno «según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia» (Vat. II, GS 74f), teniendo en cuenta su tradición, su cultura y también sus circunstancias. En situaciones, por ejemplo, de guerra, de grandes calamidades o de una descomposición caótica de la nación, causada a veces por un poder democrático mal ejercitado, puede convenir por un tiempo una forma de gobierno fuerte y personalista, necesaria mientras la crisis se supera, pero que no debe prolongarse en exceso o hacerse dinástica. Si ha de salvarse un barco envuelto en una tormenta terrible, los modos asamblearios de gobernarlo en ese caso no valen, porque se hundiría la nave durante los debates. Es la hora de las órdenes rápidas y unipersonales. Por el contrario, en tiempos de paz suele ser muy conveniente una amplia participación de los ciudadanos, que procure el bien común.
Los cristianos deben aceptar el régimen político de su nación, dando al César lo que es del César (Mt 22,21), como ya vimos (97). Es el mandato de Cristo y también de los apóstoles: «sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no proceda de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas» (Rm 13,1). Cuando San Pablo mandaba esto imperaba Nerón. Un ejemplo elocuente podemos encontrarlo en la Francia posterior a la Revolución. Media docena de regímenes se fueron sucediendo en unos pocos decenios, y siempre fueron reconocidos por la Iglesia. León XIII lo recuerda:
Es preciso «aceptar sin reservas, con la lealtad perfecta que conviene al cristiano, el poder civil en la forma en que de hecho existe. Así fue aceptado en Francia el primer Imperio al día siguiente de una espantosa y sangrienta anarquía; así fueron aceptados los otros poderes, tanto monárquicos como republicanos, que se han ido sucediendo hasta nuestros días… Por estos motivos, Nos hemos dicho a los católicos franceses: aceptad la República, es decir, el poder constituido y existente entre vosotros; respetadle, obedecedle, porque representa el poder derivado de Dios» (1892, cta. Notre consolation 10-11). Ya traté (98 in fine) de casos extremos de tiranía o anarquía, en los que una guerra está justificada.
Todas las formas políticas se pueden pervertir, cuando es perverso el espíritu que las rige. La monarquía absoluta puede hacerse tiranía, el régimen predominantemente aristocrático puede degradarse en una oligarquía injusta y opresora, así como las formas democráticas pueden dar en la demagogia o incluso en ciertas modalidades encubiertas de totalitarismo. La corrección formal de un Estado o de su Constitución no garantiza en absoluto la bondad de las leyes que se generen.
León XIII: «en un régimen cuya forma sea quizás la más excelente de todas, la legislación puede ser detestable, y, por el contrario, dentro de un régimen cuya forma sea la más imperfecta puede hallarse a veces una legislación excelente» (1892, enc. Au milieu des sollicitudes 26). La Constitución española, en su art. 32, establece que “el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio” (el hombre y la mujer: matrimonio: ¿está claro, no?). Y la Constitución de Argentina dice en su Preámbulo que todo lo que hace y dispone lo hace «invocando a Dios, fuente de toda razón y justicia». En ambos casos, sin embargo, pisando un artículo o pisando el principio del preámbulo, se ha llegado a la aberración del “matrimonio” homosexual.
La Iglesia no debe ligarse a ningún régimen político concreto, como si él fuera de suyo el mejor, el que ella prefiere, independientemente de la cultura, tradición y circunstancias de una nación. San Pío señalaba que «hay un error y un peligro en enfeudar, por principio, el catolicismo en una forma de gobierno» (1910, cta. Notre charge apostolique 31).Y cuando por un tiempo una Iglesia local o una parte del pueblo cristiano ha incurrido en ese error, se han seguido muy graves males. No hay que sacralizar la monarquía, ni satanizar la república. Tampoco hay que adorar la democracia, y mucho menos la democracia liberal pluripartidista, ni deben ser consideradas ilícitas las otras formas de gobierno.
Cuando se consagra una forma concreta de gobierno, aunque no sea en la doctrina, pero sí en la práctica, sobrevienen muchos errores de pésimas consecuencias: –hay naciones y organismos internacionales que intentan imponer a un pueblo un régimen político que le es extraño; –un gobierno es juzgado no por los contenidos buenos o malos de sus leyes e instituciones, sino por su régimen político constitucional; –puede incluso darse que una Iglesia local apoye un régimen «políticamente correcto», que produce leyes perversas, y que se oponga a otro proyecto político que estima «incorrecto», aunque sea promotor de leyes justas (!); –se crean divisiones muy dañinas entre los cristianos connacionales. Todo esto sucede cuando se olvida que «el cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes» (Vat. II, GS 75e).
Otra cosa distinta es que los cristianos de una nación, o la mayoría de ellos, en unas determinadas circunstancias históricas, se inclinen por una forma política determinada y la promuevan. Es, pues, urgente recuperar este principio fundamental de la doctrina política de la Iglesia, tal como lo expresa A. Desqueyrat:
«La Iglesia nunca ha condenado las formas jurídicas del Estado: nunca ha condenado la monarquía –absoluta o moderada–, nunca ha condenado la aristocracia –estricta o amplia–, nunca ha condenado la democracia –monárquica o republicana–. Sin embargo, ha condenado todos los regímenes que se fundamentan en una filosofía errónea» (L’enseignement politique de l’Église, Spes 1960, Inst. Cath. de Paris, I,191).
¿Prefiere hoy la Iglesia la democracia a las otras diversas formas de gobierno?Circunscribo la pregunta, por simplificar, al marco de las naciones desarrolladas de Occidente. Y comienzo por decir que hoy la Iglesia mantiene como siempre su neutralidad hacia las diversas formas de gobierno. En los textos que siguen puede comprobarse que lo que la Iglesia ciertamente aprecia es la participación de los ciudadanos en la vida socio-política. Pero los textos que cito, y otros semejantes, no afirman claramente que la democracia liberal pluripartidista –tal como se da en Occidente– sea una verdadera democracia, y que esa participación política de los ciudadanos que la Iglesia propugna sea en ella ciertamente mayor que en otras formas existentes o posibles de gobierno. Más bien lo ponen en duda o lo niegan.
–Vaticano II: «es necesario estimular en todos la voluntad de participar en los esfuerzos comunes. Merece alabanza el modo de obrar de aquellas naciones en las que la mayor parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida pública» (GS 31c). «Con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el deseo de participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política» (73c).
–Juan Pablo II: «La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica–. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado» (1991, enc. Centesimus annus 46).
«Si hoy se advierte un consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un positivo “signo de los tiempos”, como también el Magisterio de la Iglesia ha puesto de relieve varias veces (cf. … Pío XII, Radiomensaje 24-XII-1944). Pero el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve… En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles “mayorías” de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto “ley natural” inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil». Por eso, cuando «el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático se tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos… En una situación así, la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía» (1995, enc. Evangelium vitæ 70).
–Benedicto XVI ha advertido con frecuencia que una democracia sin valores cae en el relativismo, y que éste conduce rectamente al totalitarismo. Aludiendo al santo Cura de Ars, recordaba que vivió en el ambiente de una Francia post revolucionaria: «Si entonces había una dictadura del racionalismo, ahora se registra en muchos ambientes una especie de dictadura del relativismo» (5-VIII-2009). O dicho en otras palabras: «cuando la ley natural y la responsabilidad que ésta implica se niegan, se abre dramáticamente el camino al relativismo ético en el plano individual y al totalitarismo del Estado en el plano político» (16-VI-2010).
Hoy la Iglesia no prefiere ciertamente una democracia liberal, agnóstica y relativista, sustentada por una pluralidad de partidos alternantes, a cualquier otro régimen de gobierno que se fundamente mejor en Dios, en el orden natural y en las tradiciones propias de cada pueblo. Y hay que reconocer que hoy la gran mayoría de las democracias en Occidente son liberales, agnósticas y relativistas.
Afirmemos, en fin, sencillamente que una democracia liberal y relativista no es propiamente una democracia, sino una falsificación, una corrupción de la democracia. No pocas veces ha sido denunciada esta realidad por el reciente Magisterio apostólico de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Sus advertencias actuales para que se dé una democracia verdadera vienen a ser las mismas exigencias que indicaba hace años Pío XII (1944, radiom. Benignitas et humanitas).
El tema es muy grave, y espero, con el favor de Dios, poder tratarlo más ampliamente en mi próximo artículo, en el que precisamente he de considerar 5º.–el principio de subsidiariedad y, su contrapartida, el totalitarismo de Estado en cualquiera de sus variadas formas, también, por supuesto, en la democracia liberal. En todas ellas la participación real de los ciudadanos en la procuración del bien común es mínima. Está secuestrada por el Estado totalitario, gestionado abusivamente por los partidos que están en el poder, por el partido único o por el jefe popular carismático.
Continuamos con los principios fundamentales de la doctrina política de la Iglesia.
6º–El principio de subsidiariedad, contrario a cualquier forma de totalitarismo de Estado, es uno de los fundamentos de la doctrina política de la Iglesia. Como enseña el Catecismo, «según el principio de subsidiariedad, ni el Estado ni ninguna sociedad más amplia deben suplantar la iniciativa y la responsabilidad de las personas y de las corporaciones intermedias» (1894). Es verdad que la complejidad tan grande de las sociedades más desarrolladas exige que el Estado regule muchos campos de la vida social, equilibre desigualdades, favorezca a los pobres, enfermos, subsidie a los parados y a los jubilados, y acometa obras importantes que no podrían ser llevadas adelante por la iniciativa privada. Pero nunca debe intervenir más allá de lo debido, y la tentación totalitaria del Estado moderno –comunista, socialista, democrático, dictatorial– es muy grande.

Para todos los ciudadanos, pero especialmente para el pueblo cristiano –que no es de este mundo–, es un derecho primordial que ningún Estado sujete bajo la regulación de su autoridad cuestiones morales, educativas, sanitarias, económicas, culturales, religiosas, que puedan ser desarrolladas libremente por la persona, la familia, el municipio y otros cuerpos sociales intermedios. Este principio está en el corazón mismo del pensamiento y de la tradición de la cultura católica, y es fundamental para asegurar los derechos y libertades reales de la persona y de la sociedad.
El Estado debe promover, estimular y ayudar la iniciativa privada de los ciudadanos, pero en modo alguno debe suprimirla, alegando una inexistente autoridad política anterior al hombre y superior a él. En los últimos siglos sobre todo, la Iglesia ha proclamado incesantemente la participación de los ciudadanos en la prosecución del bien común, respetando el principio de subsidiariedad. Y de este modo siempre ha defendido al pueblo de los ataques de los sistemas totalitarios o de las agresiones encubiertas de las democracias liberales.
León XIII: «no hay por qué inmiscuir la providencia de la república [del Estado], ya que el hombre es anterior a ella y, consiguientemente, debió tener por naturaleza, antes de que se constituyera con unidad política alguna, el derecho de velar por su vida y por su cuerpo» (1891, enc. Rerum novarum 6). Este principio se ha reiterado continuamente en la doctrina política de la Iglesia: Quadragesimo anno (1931), Mit brennender Sorge (1937), Divini Redemptoris (1937), Benignitas et humanitas (1944), Mater et magistra (1961), Pacem in terris (1963), Populorum progressio (1967), concilio Vaticano II, etc., hasta llegar a nuestros días.
Benedicto XVI: «el Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática… Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que solícitamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales, y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de ayuda» (2005, enc. Deus caritas est28b).
El Catecismo de la Iglesia explica el principio de subsidiariedad al tratar de La comunidad humana. Enseña que el hombre, por naturaleza, «necesita la vida social» (1879). Y afirma que «una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas» (1880). Pero reconoce que «algunas sociedades, como la familia y la ciudad, corresponden más inmediatamente a la naturaleza del hombre. Le son necesarias. Con el fin de favorecer la participación del mayor número de personas en la vida social, es preciso impulsar y alentar la creación de asociaciones e instituciones de libre iniciativa “para fines económicos, sociales, culturales, recreativos, deportivos, profesionales y políticos, tanto dentro de cada una de las naciones como en el plano mundial” (Juan Pablo II, 1991, enc. Centesimus annus16)» (1882).
«La socialización también presenta peligros. Una intervención demasiado fuerte del Estado puede amenazar la libertad y la iniciativa personales. La doctrina de la Iglesia ha elaborado el principio llamado de subsidiariedad. Según éste, “una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común” (Centesimus annus 48) (1883). «El principio de subsidiariedad se opone a toda forma de colectivismo. Traza los límites de la intervención del Estado. Intenta armonizar las relaciones entre individuos y sociedad. Tiende a instaurar un verdadero orden internacional» (1885). Es cierto que «la familia debe ser ayudada y defendida a través de medidas sociales apropiadas»; pero «en conformidad con el principio de subsidiariedad, las comunidades más amplias deben abstenerse de privar a las familias de sus propios derechos y de inmiscuirse en sus vidas» (2209). El principio de subsidiariedad es universal y ha de aplicarse en todos los campos: educación, sanidad, moral, cultura, economía, vivienda, deportes.
El principio de subsidiariedad pretende en la vida social y política –que las iniciativas personales o asociadas y las actividades de corporaciones intermedias sean promovidas, y en su caso subsidiadas, por el Estado; –que se guarde en todo la primacía y la libertad de la persona y de la familia; –que las iniciativas privadas y las públicas colaboren armoniosamente en la producción del bien común; –que todo ciudadano, y concretamente el pueblo cristiano, se vea libre en su vida personal y familiar de una injerencia excesiva del Gobierno político, y pueda desarrollar, incluso con la ayuda del Estado, su forma propia de vida personal, familiar, religiosa y asociada; –que no genere el Estado un acrecentamiento morboso de funcionarios, asistentes, inspectores, comisiones fiscalizadoras, en un control y asistencialismo agobiante; –que no potencie más y más su poder económico y administrativo, multiplicando los impuestos contributivos, el número de leyes y normas, los organismos estatales, sujetándolo todo a su control, a sus licencias, autorizaciones y subsidios, distribuidos a su arbitrio; –que se promueva la descentralización conveniente, el pluralismo cultural, social y político, el respeto de los grupos minoritarios, etc.
La participación cívica en el bien común, la defensa de la subsidiariedad y la lucha contra el absolutismo del Estado, se dé en formas totalitarias o democrático-liberales, han sido siempre uno de los empeños principales de la Iglesia en la política. La Iglesia siempre ha combatido toda forma de absolutismo de Estado, aunque se dé en formas encubiertas de la democracia liberal. Al paso del tiempo, ella ha sido la primera, y a veces la única, en condenar el liberalismo, el nazismo, el comunismo, la democracia relativista, etc. Siempre ha afirmado la primacía original de la persona, de la familia y del orden natural. Siempre ha procurado la armoniosa colaboración en política de la esfera privada y la pública.
Pío XII: «Una sana democracia, fundada sobre los inmutables principios de la ley natural y de las verdades reveladas, será resueltamente contraria a aquella corrupción que atribuye a la legislación del Estado un poder sin freno ni límites, y que hace también del régimen democrático, a pesar de las contrarias y vanas apariencias, un puro y simple sistema de absolutismo» (1944, radiom. Benignitas et humanitas 28). Juan Pablo II: «una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia» (1991, enc. Centesimus annus 46); y entonces «la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía» (1995, Evangelium vitæ 70).
En la Edad Media cristiana la subsidiariedad era mucho más fuerte en la sociedad que en los tiempos modernos. Y consecuentemente era menor el peligro del totalitarismo de Estado invasor. En el milenio medieval de Cristiandad, más o menos del año 500 al 1500, la doctrina política es todavía sana, y aunque, por supuesto, no elimine totalmente injusticias, crímenes y abusos, éstos se dan en contra de la doctrina católica. Los Reyes cristianos –entre los cuales hubo no pocos santos y beatos– tenían un poder muy controlado por la Iglesia, los nobles, las Cortes, los gremios y estamentos sociales, así como por las leyes y fueros jurados, por los usos y costumbres. El campo de su autoridad política era incomparablemente menor que el de los gobernantes modernos.
Es ésta una realidad que, por ejemplo, el P. Alfredo Sáenz, S. J., comprueba con datos ciertos en su obra La Cristiandad, una realidad histórica (cp. 3º, El orden político de la Cristiandad: Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2005). En este libro se ve hasta qué punto, a partir del Renacimiento, ha sido calumniada y falsificada la vida social y política europea de la Edad Media. Las obras de Régine Pernaud –como ¿Qué es la Edad Media?, Para acabar con la Edad Media, La mujer en el tiempo de las catedrales– pueden ser también para muchos un descubrimiento de la verdad social y política, cultural y estética de la Edad Media cristiana.
El Estado moderno se ha ido formando como un Leviatán monstruoso a partir del Renacimiento. Desde entonces ha ido configurando poderes absolutos y totalitarios, que arrasan cada vez más el principio político de la subsidiariedad. Lutero comienza por someterse a los príncipes alemanes, las Monarquías nacionales se hacen absolutas, los Reyes liberales, a través de sus ministros masónicos, gobiernan para el pueblo (?), pero sin el pueblo. El Josefinismo sujeta la Iglesia al Estado. El mundo del poder político se va haciendo cada vez más oscuro y anticristiano: la Revolución francesa, la dictadura napoleónica, los Imperios, las guerras innumerables, el nazismo y el fascismo, los horrores de la Unión Soviética y de China, y de las naciones que les estaban sujetas, las guerras civiles, las naciones partidas en partidos contrapuestos, los partidos internacionales… Este Orden mundial injusto, dirigido por pensadores siniestros, lleva derechamente al siglo XX, el más homicida, sin duda alguna, tanto por las guerras como por el aborto, de todos los siglos de la historia.
Todos los horrores aludidos proceden de errores gravísimos en la filosofía política. Y puede afirmarse que el abandono de la tradición política y social de la cultura católica conduce al atropello sistemático del principio de subsidiariedad, y al consecuente surgimiento de la Bestia política moderna, cada vez más poderosa. Recordaré sólo algunos de los pensadores más influyentes en el totalitarismo de la política moderna. Comprobaremos así que los horrores históricos modernos no se producen a pesar de la doctrina política sana, sino a causa principalmente de doctrinas falsas.
–Nicolás Maquiavelo (1469-1525), florentino, a quien se debe el nombre de «Estado», en su obra El Príncipe (1513), separa la vida política del respeto a Dios y al orden natural, y por medio de la «razón de Estado» potencia a los gobernantes, quitando límites a sus decisiones. –Thomas Hobbes (1588-1679), inglés, en su libro Leviatán (1651), muy contrario a la Iglesia y al cristianismo, es considerado uno de los principales fundadores del absolutismo político moderno. –Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), en El contrato social (1761), sujeta la persona al Estado por la vía del contractualismo político. La persona se debe al Estado y al voto mayoritario, ya que «la voluntad general no puede errar». –Juan Fichte (1762-1814), filósofo idealista, con sus Discursos a la nación alemana (1806), está en el origen del nacionalismo germánico, y obras suyas, como Los caracteres de la Edad contemporánea (1806), dan fundamento al Estado totalitario: «en nuestra edad, más que en todo otro tiempo precedente [en esto dice gran verdad], cada ciudadano, con todas sus fuerzas, está sometido a la finalidad del Estado, está completamente penetrado por él y se ha convertido en su instrumento».
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich (1770-1831) lleva al extremo el absolutismo totalitario del Estado, y con una fundamentación filosófica más amplia y coherente, viene a identificar al Estado con Dios:
«El ingreso de Dios en el mundo es el Estado» (Filosofía del Derecho, apéndice). El Estado es un «dios en el mundo», es decir, un dios inmanente a la realidad social política. «Todo lo que el hombre es lo debe al Estado, y solamente en el Estado tiene su esencia. Todo valor, toda realidad espiritual la tiene el hombre solamente por medio del Estado». El Estado, pues, considerado como algo divino «debe» sujetar a él todas las realidades de la nación y de cada persona.
Algunas Antiutopías, describiendo situaciones sociales de control absoluto, alertan contra los Estados totalitarios, comunistas, socialistas, liberales, dictatoriales. Cito dos solamente. –Aldous Huxley (1894-1963), en su obra Un mundo feliz (1932), deja a todos los individuos bajo el absoluto poder científico y conductista de Ford, que los controla mediante el soma, alimento-medicina-estimulante. –Y George Orwell (1903-1950), en su novela 1984 (1949), describe el gobierno del Gran Hermano, que sirviéndose de una omnipresente policía del pensamiento, controla la mente y la conducta de todo el pueblo.
Los sueños siempre parten de una realidad. Estos sueños-pesadillas acerca de sociedades sometidas a Poderes totalitarios tienen de fondo una realidad histórica verdadera: el Leviatán, los Estados modernos monstruosos, prepotentes, invasores. En el milenio de la Cristiandad estas pesadillas nunca fueron soñadas.
Con el favor de Dios, tendré que seguir con el tema.
Continúo considerando el principio de subsidiariedad y el totalitarismo de los Estados modernos que tiende a suprimirlo. Me fijo sobre todo en los países desarrollados de Occidente.
El intervencionismo político es semejante en los Estados totalitarios y en las democracias liberales. Y al parecer esto es ignorado por muchos, también por muchos eclesiásticos y políticos católicos. Es necesario conocer que el espíritu del Leviatán político viene a ser el mismo en unos y otros Estados, aunque se encarne con modalidades diversas. Quizá un Estado abiertamente totalitario prohíba, por ejemplo, tener más de uno o dos hijos, y un Estado liberal no se permita una ley semejante. Pero es posible incluso que los Estados liberales, en algunos mandatos y prohibiciones, sean aún más intervencionistas que los abiertamente totalitarios.

Puede darse en Estados liberales una política lingüística opresiva, que obliga a aprender un lenguaje regional o a usarlo con preferencia al nacional en educación y comercio, en administración y medios de comunicación. Puede un Estado liberal retirar de la enseñanza o de la judicatura a quien estime contra natura el ejercicio de la homosexualidad, y puede cerrar un instituto de adopción que se niega a entregar niños a parejas homosexuales. Puede imponer a los padres adoptivos la obligación de revelar su condición al niño cuando cumple los doce años. Puede imponer en los colegios la educación mixta, puede prohibir la actividad escolar con separación de sexos, y proscribir por traumáticos los exámenes de fin de asignatura. Puede prohibir el tabaco, las corridas de toros, ciertos usos vestimentarios correspondientes a algunas minorías y tantas cosas más. En las cuestiones citadas como ejemplo no tiene el Estado por qué suprimir un pluralismo benéfico en favor de un uniformismo injusto, ideológico y arbitrario.
El Estado moderno puede imponer su ideología en los ciudadanos no solo por medio de leyes y prohibiciones, sino también por la política de nombramientos, licencias y subvenciones, por las que se potencian unas iniciativas y se impiden o dificultan otras. Una Democracia liberal, a través de planes escolares obligatorios, películas y series televisivas financiadas, y por muchos otros medios, puede, por ejemplo, imponer a niños y adolescentes una educación que estimule la actividad sexual infantil, la masturbación y la fornicación, la anticoncepción y el aborto, lo mismo que el aprecio por la homosexualidad y la rebeldía ante padres y maestros. De hecho, hay Ministerios o bien Institutos de la Juventud en Estados democráticos liberales que vienen a operar como el komsomol de las juventudes comunistas en la Unión Soviética o como la Hitlerjugend, en las Juventudes hitlerianas del nazismo. Y lo hacen a veces con métodos más eficaces.
Por otra parte, no olvidemos que ese intervencionismo estatal compulsivo se triplica a veces, cuando es ejercitado por las autoridades nacionales, regionales y municipales –o bien por las autoridades federales, estatales y locales–. Inevitablemente se produce entonces una multiplicación innumerable de leyes, normas y reglamentos, y también se genera un cáncer burocrático, siempre en aumento, de políticos, secretarios, escoltas, chóferes, funcionarios, comisiones, institutos, comisiones de control y policías. Todos ellos sostenidos por los ciudadanos contribuyentes, que pagan a sus carceleros.
La Bestia liberal es «intrínsecamente mala», porque prescinde de Dios y del orden moral natural, y afirma, en la doctrina y en la práctica, la autonomía soberana de la libertad. Pío XI afirmó que «el comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana» (1937, enc. Divini Redemptoris 60). Ha de decirse lo mismo del Estado democrático liberal, mutatis mutandis, pues es totalitario, interviene en todo, mucho más allá de sus competencias reales, causa o permite muchos millones anuales de homicidios por el aborto y por la pobreza, propugna el matrimonio temporal, el consumismo, el hedonismo, el relativismo, la lujuria, la anticoncepción, la homosexualidad, la pornografía, la división del pueblo en partidos contrapuestos, la ruptura con la tradición nacional, la falsificación de la historia de la patria, y de este modo promueve la irreligiosidad y la apostasía (Vat. II, GS 20). Aquello que el Catecismo anuncia del Anticristo, cuando dice que ha de presentarse «bajo la forma política de un mesianismo secularizado, intrínsecamente perverso» (676), se puede aplicar a los Estados totalitarios y demócrata-liberales.
El Estado moderno nos hace pensar en las Bestias políticas del Apocalipsis. Esta preciosa obra del apóstol San Juan es una teología de la historia, un libro de consolación dirigido a las Iglesias perseguidas por el mundo, y nos muestra con especial claridad cómo la perfección de los cristianos fieles se consuma de forma martirial en la cruz del mundo secular. A comienzos del siglo XXI no es un juicio temerario reconocer una encarnación más de las Bestias sucesivas del Apocalipsis en esa larga serie de Estados modernos monstruosos, que usurpan el poder de Dios y de su Cristo, que niegan y pisotean el orden natural, que mandan sobre la mente y la conducta de los individuos, y que crean un orden social perverso.
¿Podrá haber, pues, educación familiar cristiana o ascesis de perfección que no enseñe a resistir a la Bestia mundana, negándose a recibir su marca en la frente o en la mano, aunque esa resistencia impida a veces «comprar y vender» en el mundo (Ap 13,16)? ¿Podrán los cristianos de hoy ser fieles a su vocación y llegar a la bienaventuranza celeste si, viviendo en la Gran Babilonia, ignoran, desoyen o incluso desprecian la voz de Cristo, que les manda: «salid de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas» (Ap 18,4)? No se trata, como dice San Pablo, de «salirse de este mundo» (1Cor 5,10), sino de mantenerse dentro de él, fieles a «los pensamientos y caminos» de Dios (Is 55,8-9), bien conscientes de que el vino nuevo del Espíritu Santo ha de guardarse en odres nuevos, en formas nuevas de vida personal y comunitaria, porque de lo contrario se pierden el vino y los odres (Mt 9,17).
Pero la muchedumbre de los bautizados mundanizados «sigue maravillada a la Bestia» (Ap 13,1). No solamente no mira con horror la Bestia moderna ateizante, cuyas cabezas visibles están siempre adornadas de «títulos blasfemos» (13,1), sino que la sigue fielmente en sus pautas mentales y conductuales… Reforma o apostasía.
Jacques Maritain, en su obra Le paysan de la Garonne. Un vieux laïc s’in-terroge à propos du temps présent (París 1966), escribía: «la crisis presente tiene muchos aspectos diversos. Uno de los más curiosos fenómenos que apreciamos en ella es una especie de arrodillamiento ante el mundo, que se manifiesta de mil maneras». El caso es que «en amplios sectores del clero y del laicado, aunque es el clero el que da el ejemplo, apenas la palabra “mundo” es pronunciada, brilla un fulgor de éxtasis en los ojos de los oyentes». Palabras como presencia en el mundo, o mejor aún, apertura al mundo, suscitan estremecimientos de fervor. Por el contrario, «todo lo que amenaza recordar la idea de ascesis, de mortificación o de penitencia es naturalmente apartado. Y el ayuno está tan mal visto que más vale no decir nada de él, aunque por el ayuno se preparó Jesús a su misión pública» (extractos de pgs.85-90).
La Bestia liberal es hoy para los cristianos de Occidente mucho más peligrosa que la Bestia romana de los primeros siglos. El mundo moderno, resabiado contra el cristianismo que ha rechazado, es mucho más cerrado y hostil al Evangelio. Y mucho más seductor y peligroso. La misma grandeza que adquirió Europa en sus siglos cristianos le ha llenado de soberbia, y ahora desde sus riquezas económicas y culturales, desprecia a Cristo Salvador. Es la infidelidad terrible de Israel, la esposa de Yavéh, tal como la describe Ezequiel 16: «Fuiste mía, te lavé con agua, te quité de encima la sangre, te ungí con óleo, te vestí con telas preciosas… Pero te envaneciste de tu hermosura, y te diste al vicio». Ya se comprende que, en principio, un mundo que abandona a Cristo, que habiéndole conocido, le vuelve la espalda, es mucho peor que otro que aún no le ha conocido ni recibido (2Pe 2,20-21).
–El Estado pagano antiguo era religioso, rendía culto a los dioses, e incluso perseguía a los cristianos por ateos. No se complacía, como hoy, en destrozar el orden natural –apreciaba, por ejemplo, la virginidad, el respeto a los padres y gobernantes, la estima del Derecho–, sino que lo conocía mal y lo realizaba muy torpemente, «porque todavía no era creyente y no sabía lo que hacía» (1Tim 1,13). Y aunque este mundo del Imperio cayera a veces en el culto al César, divinizando una persona humana, no divinizaba, como ahora, al hombre, reconociéndolo como «señor» único de la creación –la soberanía popular–, como diciendo: «el mundo es nuestro, sólo nuestro, y podemos hacer con él lo que queramos, sin sujeción alguna a los dioses».
–El Poder político entonces, además, era incomparablemente menor que el del Estado moderno, totalitario o liberal. Hoy la Bestia, aunando poder y dominio, por la educación y los medios de comunicación, por la fabricación inteligente de ideologías y modas, por la directa administración económica de una mitad de la riqueza nacional, es infinitamente más fuerte y seductora que la del Imperio antiguo. Los súbditos del Imperio, según los casos, sentían el peso de la Autoridad romana en impuestos, servicio militar, construcción de calzadas y otras obras públicas y poco más. Pero las naciones integradas en el Imperio, y eran muchas, permanecía libres para pensar y seguir las creencias y costumbres propias de su tradición nacional. Por el contrario, el Leviatán moderno tiene un control incomparablemente mayor sobre la mente y la conducta de sus súbditos.
–Todavía los políticos romanos, en algún grado, tenían uso de razón. Cuando los primeros apologistas cristianos –Justino, Atenágoras, Tertuliano–, componían sus Apologías del cristianismo, aún albergaban una cierta esperanza de que sus destinatarios, el emperador a veces, podrían atender a razones, deponiendo su hostilidad. Hoy es casi imposible creer en la racionalidad de unos políticos que, por ejemplo, reconocen el «derecho» al aborto o que equiparan el matrimonio verdadero con la unión homosexual.
Y es que los poderosos del mundo eran entonces paganos, pero no apóstatas. Los actuales, en cambio, vienen de vuelta del cristianismo, y saben bien que gracias precisamente a que no creen o a que callan en la política su fe en Cristo están donde están. Han elegido postrarse ante el Príncipe de este mundo, el mismo que le dijo a Cristo: «te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, pues todo me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Si tú te postras ante mí, todo será tuyo» (Lc 4,6-7). Y ellos se han postrado ante la Bestia, que ha recibido del diablo todo su poder y su gloria.
El Imperio romano era una pobre Bestia, comparado con los Estados modernos. El Imperio era para los cristianos un perro de mal genio, con el que se podía convivir a veces, aunque en cualquier momento podía morder. Pero era poca cosa, comparado con el tigre del Bloque comunista o más aún con el león poderoso de los Estados occidentales apóstatas, cifrados en la riqueza y en una libertad humana abandonada a sí misma por el liberalismo (Ap 13,2.11). Podemos medir la ferocidad de cada una de las Bestias citadas; basta apreciar la fuerza histórica de cada una de ellas para combatir y para vencer a los santos, llevándolos a la apostasía. «Por sus frutos los conoceréis».
La persecución romana contra la Iglesia se nos muestra hoy sumamente torpe e ineficaz. Apenas tenía fuerza alguna dialéctica o seductora. En la mayoría de los casos no hacía apóstatas, sino mártires –o lapsi (caídos), que muchas veces, pasada la persecución, se convertían y reintegraban a la Iglesia–. Hoy en cambio, el Dragón infernal, dando poder a la Bestia, combate mucho más eficazmente a «los que guardan los mandatos de Dios y tienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17), y le ha sido concedido, en medida mucho mayor que en otros siglos, «hacer la guerra a los santos y vencerlos» (13,7).
Pues bien, éste es «el mundo» en su versión presente, apóstata y seductor, ante el que tantos cristianos permanecen arrodillados, recibiendo su marca, con orgullo y gratitud, en la frente y en la mano. «Por fin el mundo nos admite a los cristianos. Para ello, sin duda, ha sido preciso silenciar o negar una buena parte del evangelio de Cristo. Pero ha merecido la pena».
La Bestia del mundo moderno ha de ser conocida y temida, evitada y combatida, siguiendo exactamente las normas que nos dieron Cristo y sus Apóstoles. Si los intérpretes del Apocalipsis han reconocido generalmente los rasgos de la Bestia mundana en el Imperio romano y en otros poderes mundanos semejantes de la época, ¿cómo nosotros, cristianos del siglo XXI, no descubriremos la Bestia diabólica en los Estados modernos, empeñados en construir una Ciudad sin Dios y tantas veces contra Dios?
Los modernos Estados democráticos liberales son monstruosos, pero la mayoría no lo advierte. Por eso su monstruosidad es muy insuficientemente denunciada y combatida. Todavía muchos, también entre los católicos, hacen discernimientos completamente absurdos: «nosotros que vivimos en un régimen libre», «que pueda suceder algo tan horrible viviendo en democracia»… No entienden nada. No cumplen la exhortación del Apóstol: «daos cuenta del momento en que vivís» (Rm 13,11).
Llegamos ya al último y al más importante principio de la doctrina política de la Iglesia, la realeza de Jesucristo. Es universal, evidentemente, pero limitaré mis observaciones a las naciones de filiación cristiana.
7º.– Cristo es «el Rey de los reyes de la tierra» (Ap 1,5), el Rey de la humanidad. Lo dice el ángel: «su Reino no tendrá fin» (Lc 1,33). Y lo afirma Él mismo: «me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18); «yo soy Rey» (Jn 18,37). Es la fe de la Iglesia, que confiesa que Jesucristo «subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin». Y ahora ya, en el tiempo presente, «vive y reina por los siglos de los siglos».

Jesucristo es Rey en un sentido metafórico, ya que a la luz de su verdad han de pensar, caminar y vivir todos los hombres, porque Él es «camino, verdad y vida» de la humanidad. Pero lo es también en un sentido propio, y por tres títulos: por ser el eterno Hijo de Dios; por ser «el Primogénito de toda criatura, ya que en él fueron creadas todas las cosas, y todo fue creado por él y para él» (Col 1,13-20); y por ser el Redentor de los hombres: Él rescató a la humanidad, cautiva del demonio, y quitando el pecado del mundo, la adquirió no con oro y plata, sino «al precio de su sangre» (1Pe 1,18-19).
Por su muerte y resurrección, «le fue dado un Nombre sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús, toda rodilla se doble en los cielos, la tierra y los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9-11). A Él «le fue dado el poder, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su Reino no será destruido» (Dan 7,14; cf. Ap 5,12; 5,13; 11,15).
«Es preciso que Él reine, y cuando el universo entero le sea sometido, será Dios todo en todas las cosas» (1Cor 15,25-28). Sólo el reinado social de Cristo, Rey de las naciones, puede lograr el bien común de la humanidad. Las aplicaciones políticas derivadas de este principio podrán ser cambiantes en la historia de los pueblos, como veremos, pero el principio doctrinal es indiscutible. Y la misión grandiosa de la Iglesia es extender el Reino de Cristo a todos los pueblos. Así lo expresaba Benedicto XVI en una Jornada mundial de las misiones:
«“Las naciones caminarán a su luz” (Ap 21,24). La luz de que se habla es la luz de Dios, revelada por el Mesías y reflejada en el rostro de la Iglesia. Es la luz del Evangelio, que orienta el camino de los pueblos y los guía hacia la formación de una gran familia, en la justicia y la paz, bajo la paternidad del único Dios. La Iglesia existe para anunciar este mensaje de esperanza a toda la humanidad». Ella sabe que su misión es «anunciar el reino de Dios. Este reino ya está presente en el mundo como fuerza de amor, de libertad, de solidaridad, de respeto a la dignidad de cada hombre, y la comunidad eclesial siente con fuerza en el corazón la urgencia de trabajar para que la soberanía de Cristo se realice plenamente» (18-X-2009).
«Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 5,5). Sin la verdad y la gracia de Cristo ni se salvan los hombres, ni las naciones. «Nosotros hemos oído y conocido que éste es el verdadero Salvador del mundo» (Jn 4,42), tanto de las personas, como de los pueblos. Y esa salvación se refiere no sólo a la vida eterna, sino también a la vida temporal. «En ningún otro nombre [sino es en el de Jesús] hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvados» (Hch 4,12). Cualquiera que espere el bien común temporal de las naciones –unión, paz, justicia– de otras personas, partidos, organismos internacionales o sistemas políticos reniega de la fe católica: es un pelagiano, un apóstata.
Cristo enseñó a distinguir entre el poder espiritual y el poder político, verdad ignorada por gran parte de los pueblos antiguos, también por Israel. La Iglesia aprendió esta verdad no de la Ilustración, sino del mismo Cristo, desde el principio: «dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). Y siempre ha predicado esa doctrina, enseñando la obligación de obedecer a los gobernantes legítimos.
León XIII, en 1885: «Dios ha repartido el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, que están definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo» (enc. Immortale Dei 6; ver 2-9).
Vaticano II, 1965: la autoridad civil y la autoridad religiosa, «la comunidad política y la Iglesia, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas» (GS 76).
La realeza de Cristo es a un tiempo espiritual y temporal. El reino de Cristo es principalmente un reino espiritual de verdad y de amor, de justicia y salvación, de gracia y de paz. Cuando algunos judíos, entusiasmados por sus milagros, quisieron hacerle rey, no lo aceptó y se retiró al monte Él solo (Jn 6,15). Y a Pilatos le declara abiertamente: «mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Ni Jesús, ni su reino, son de este mundo. Son «de arriba», son del cielo (15,19; 17,16).
Pero eso no significa que Cristo no tenga poder temporal, pues la voluntad de Dios ha de hacerse en la tierra como en el cielo. Ejercerá Cristo Rey su autoridad a través de los poderes políticos que se abran a su influjo, pues a Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Él es «el Rey de los reyes», y todos los hombres, también los gobernantes, le deben obediencia. Por eso la misión principal de la Iglesia es difundir el Reino de Dios entre los hombres y las naciones; y no sólo en la intimidad de sus conciencias o de su vida familiar, sino también en todas sus instituciones sociales y políticas, económicas y culturales.
Cristo Rey y su Esposa iluminan, fortalecen y ayudan los poderes políticos seculares, y en modo alguno disminuyen su actividad. Benedicto XVI, para superar los recelos y suspicacias de los laicistas, así lo advierte con toda claridad:
«El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones… Pero ¿qué es la justicia?… La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y puesto también después en la práctica. La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales… La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política… El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos» (2005, enc. Deus caritas est, extractos 28-29).
Así las cosas, ante Cristo Rey sólo caben dos opciones, pues no es posible una neutralidad ambigua. O se le reconoce como Rey y Señor, o se rechaza su autoridad sobre los hombres. No hay más opciones. Los que no están con Él, están contra Él (Lc 15,23).
–1. «Es preciso que Él reine» sobre personas y pueblos (1Cor 15,25). Quien cree en Cristo Salvador, y lo reconoce como Rey, ora y procura con toda su alma: «venga a nosotros tu reino». Sabe bien que «el reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17). Por la fe y por la experiencia histórica sabe bien que en la medida en que Cristo reina en la mente y el corazón de los hombres, también en los gobernantes, se cumple la voluntad de Dios «en la tierra como en el cielo». Y entonces entra cielo en la tierra: toda clase de bienes espirituales y materiales entran en el mundo presente, en las personas y en las naciones, en la filosofía, la economía, el arte, la vida social y cultural.
Es verdad que el Reino de Dios no vendrá en su plenitud hasta la segunda venida de Cristo en la parusía, al fin de los tiempos. Pero ya en el tiempo presente queremos los cristianos que Cristo reine más y más en las realidades temporales, «a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo» (Misal romano, pleg. IV). Si no lo quisiéramos y no lo pretendiéramos por la oración y el trabajo, no seríamos cristianos, no podríamos rezar el Padrenuestro.
Sí, es preciso que Cristo reine sobre las naciones, pues sin su luz y su gracia las naciones no alcanzan su bien temporal y eterno. Sin embargo, aunque la Iglesia procure la implantación y el crecimiento del Reino de Cristo entre los hombres, no pretende imponer una especie de sariah cristiana a una sociedad mayoritariamente no cristiana. Como nos ha dicho Benedicto XVI, «ni puede, ni debe».
–2. «No queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14). Ésta es la otra opción contraria, la que encamina a las naciones hacia su completa perdición. Se puede formular esta actitud en varias claves, hermanas entre sí. Pero todas ellas coinciden en que las sociedades no deben regirse por Cristo, pues Él es causa de división, enfrentamientos y guerras. Deben regirse por la razón, que es común a todos los ciudadanos, creyentes o no; deben regirse por la libertad, por la voluntad general, que no puede equivocarse. Racionalismo, naturalismo, liberalismo, relativismo, comunismo, socialismo, no quieren de ningún modo que Cristo reine sobre los pueblos. La Iglesia es la única que lo quiere. La política anti-Cristo se apoya en otros fundamentos.
Bto. Pío IX: «la razón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal; es ley de sí misma, y basta por sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (1864, Sílabo 3: Denz 2903). Puede la política, por esta vía, legalizar el «matrimonio» homosexual, el aborto y lo que sea. Puede el poder político, abandonado a sí mismo, lograr una cierta unanimidad del pueblo en el error y el pecado.
Juan Pablo II: «en la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la misma mayoría reconoce y vive como moral». Según esto, lógicamente, se «considera este relativismo como una condición de la democracia, ya que sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia» (1995, enc. Evangelium vitæ 69-70).
Cardenal Ratzinger: «Es verdad que hoy existe un nuevo moralismo, cuyas palabras claves son justicia, paz, conservación de lo creado. Pero, sin los necesarios valores morales esenciales, este moralismo se queda en vaguedades y se desliza, casi inevitablemente, a la espera político-partidista… Esta Europa, desde el Renacimiento, y de modo más acabado desde la Ilustración, ha desarrollado una racionalidad científica que, en cierto sentido, es uniforme para todo el mundo. En la estela de esta forma de racionalidad, Europa ha desarrollado una cultura que, de manera desconocida hasta ahora por la Humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, bien negándolo del todo, bien juzgando su existencia no demostrable, incierta y, por tanto, perteneciente al ámbito de las opciones subjetivas, algo en todo caso irrelevante para la vida pública». En esta mentalidad, sigue diciendo, el texto proyectado de la Constitución europea estima que «sólo la cultura ilustrada radical podría ser constitutiva de la identidad europea. Junto a ella pueden coexistir diferentes culturas religiosas con sus respetivos derechos, a condición de que –y en la medida en que– respeten los criterios de la cultura ilustrada y se subordinen a ella» (1-IV-2005, Disc. Monasterio de Subiaco).
Estos enormes errores, que pervierten especialmente a las naciones antes cristianas, poniéndolas en peligro de extinción, son profesados también, al menos en la práctica, por la mayoría de los cristianos políticos, de tal modo que ya no son políticos cristianos. Han asimilado en el pensamiento, o al menos en la práctica, las doctrinas de los enemigos de Cristo. Y han traicionado a Cristo Rey con un agravante: alegando que están guiados por el Concilio Vaticano II y el actual Magisterio apostólico…
El desfallecimiento postconciliar de la acción misionera y política es patente. Pero yerra gravemente quien atribuye ese hundimiento al mismo Concilio. El Vaticano II enseñó, como todos los Concilios, la verdad de Cristo: lo que estimaron conveniente el Espíritu Santo y los Padres conciliares (Hch 15,28). Son las falsificaciones masivas postconciliares, en materias doctrinales, pastorales y litúrgicas, las culpables de tales desviaciones. A causa de ellas, misiones y política se han secularizado notablemente en un proceso horizontalista simultáneo.
Misiones. El decreto conciliar Ad gentes impulsa la evangelización con toda claridad y firmeza. Envía a los misioneros como Cristo envió a San Pablo: «yo te envío para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia de los consagrados» (Hch 26,18).
Por eso, si en el tiempo postconciliar ha decaído más y más la acción evangelizadora, hasta el punto de que la beneficencia material se hace no pocas veces el fin prevalente y casi único de las misiones católicas, nada tiene eso que ver con el Concilio. Como decía Juan Pablo II, «la misión específica ad gentes parece que se va parando, pero no ciertamente en sintonía con las indicaciones del Concilio y del Magisterio posterior» (1990, Redemptoris missio 2).
Política. Algo semejante hay que decir de la cesación casi absoluta de la acción política católica. Este fenómeno, profundamente negativo, nada tiene que ver con el Concilio.
El Vaticano II enseñó con especial insistencia en muchos de sus documentos que los laicos están llamados a «evangelizar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de modo que su actividad en este orden sea claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres» (Apostolicam actuositatem 2). «Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (7). «A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43). El Concilio enseña incluso que «los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios» (GS 34). La fórmula consecratio mundila toma el Concilio de Pío XII (5-X-1957, Aloc. II Congreso Mundial del Apostolado Laico).
Quienes rechazan a Cristo Rey, gobiernan el mundo sin atenerse a Dios ni al orden natural. No quieren en modo alguno que «la ley divina quede grabada en la ciudad terrena». En cuanto ello es posible, roban el mundo a Dios, su Creador y Señor natural, sustrayéndolo de todo influjo de Cristo Rey. Sólo se atienen a la razón –en el mejor de los casos–, o a la voluntad de la mayoría –previamente manipulada–, o simplemente a sus intereses e ideologías. Todo este horror se da lógicamente en ateos y agnósticos.
Pero el horror más nefasto es que muchos católicos, políticos, teólogos, asociaciones apostólicas e incluso eclesiásticos, no quieren que Cristo Rey reine sobre las naciones. En la gran solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, que culmina el Año litúrgico, resultan increíbles ciertas homilías, empeñadas en «desengañar» a los fieles, que todavía creen obstinadamente en Cristo Rey. Estos cristianos-liberales, en versión progre o conservadora, distanciándose años luz del Vaticano II, propugnan en la acción política justamente lo contrario de lo que enseñó el Concilio, fiel a la tradición del Magisterio apostólico anterior. Cómplices objetivos de los enemigos de Cristo Rey, han preferido regirse en la vida política por los principios democrático-liberales, naturalistas y relativistas, considerando que son los más convenientes para el bien común del pueblo –o para su ventaja personal y profesional–.
La Iglesia quiere hoy, como siempre, que Cristo sea reconocido como Rey y Salvador, y que todos los hombres y naciones caminen a su luz, reconociendo en él la Verdad, el Camino que lleva a la Vida. La Iglesia pide orante cada día: «ven, Señor Jesús. Venga a nosotros tu Reino». Y el intento del Apóstol, «instaurar todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10), sigue siendo la norma de la Iglesia católica. Recientemente Benedicto XVI afirmó que «el Pontificado de San Pío X ha dejado un signo indeleble en la historia de la Iglesia, caracterizado por un notable esfuerzo de reforma, sintetizada en su lema Instaurare Omnia in Christo, renovar todas las cosas en Cristo» (18-VIII-2010).
Nos quieren hacer creer que la confesionalidad católica de los Estados es de suyo mala, o que al menos es siempre inconveniente. Pues bien, que digan eso los enemigos de la Iglesia, se entiende. Pero que nos vengan hoy unos teólogos, unos curas, unos laicos ilustrados, unos políticos católicos malminoristas, diciendo que de suyo el Estado confesional es malo, y que encima fundamenten su herejía alegando que ésa es la enseñanza del Concilio Vaticano II, es algo que no estoy, no estamos, dispuestos a consentir. Eso equivale a condenar lo que durante quince siglos o más ha sido historia de la Iglesia y enseñanza continua del Magisterio apostólico. Argumentaré en defensa de la verdad, primero, con el apoyo de la experiencia histórica, y en seguida, con la exposición de la doctrina de la Iglesia.
La gran Europa fue construida por Reinos confesionalmente cristianos, que reconocían a Cristo como Rey. Durante el milenio de Cristiandad, más o menos entre el 500 y el 1500, se formó la cultura europea, la que había de extenderse con mayor universalidad por los cinco continentes. Bajo Reyes cristianos, que reinaban «por la gracia de Dios», se construyeron las catedrales, y sus ábsides y pórticos de entrada estaban siempre presididos por el Pantocrator, el Señor del universo, nuestro Señor Jesucristo, Rey de las naciones de la tierra. La filosofía y la teología, la vida social y el arte, el derecho, la agricultura, las ciencias, fueron floreciendo un siglo tras otro. Comparados aquellos siglos con la época moderna, hay que reconocer que fueron siglos pacíficos, incomparablemente menos bélicos y homicidas. El número crímenes, de abortos y divorcios, de enfermedades psíquicas, de adicciones a la droga y de suicidios, era incomparablemente menor.
«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados», afirmaba León XIII con toda verdad. El milenio de la Cristiandad europea fue una realidad histórica, y no pocas de sus huellas permanecen vivas y hermosas. Ahora bien, la calidad de un árbol se juzga por sus frutos (Mt 7,16-20).
«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su virtud divina, había compenetrado las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, impregnando todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le corresponde, florecía en todas partes secundada por el agrado y adhesión de los príncipes y por la tutelar y legítima deferencia de los magistrados. Y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad en amigable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de ellos y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer» (1885, enc. Immortale Dei, 9).
La Europa cristiana, bajo Cristo Rey, formó los siglos más altos de la historia humana, a pesar de todas las miserias que en ella se dieron, que nunca faltarán en este valle de pecadores. En nuestra época de apostasía predominante, aunque se hayan superado ciertos males –siempre con impulsos procedentes del cristianismo–, se dan males mayores, y no se alcanzan los grandes bienes que aquellos Estados confesionalmente católicos consiguieron para la gloria de Dios y el bien común temporal y eterno de los hombres. Señalo unos pocos libros que fundamentan con datos ciertos lo que afirmo yo aquí gratuitamente:
Dom Prosper Guéranger, Jésus-Christ, Roi de l’histoire, Association Saint-Jérôme 2005; Alfredo Sáenz, S. J., La Cristiandad, una realidad histórica, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2005; Francisco Canals Vidal, Mundo histórico y Reino de Dios, Scire, Barcelona 2005; Thomas Woods, Jr., Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental, Ciudadela, Madrid 2007; George Weigel,Política sin Dios. Europa y América, el cubo y la catedral, Cristiandad, Madrid 2005; Luis Suárez,La construcción de la Cristiandad europea, Homolegens, Madrid 2008.
Y recordemos que, con una u otra forma de gobierno, las naciones de Europa fueron confesionalmente cristianas desde el 380 hasta el siglo XIX, al menos. Todavía la Constitución española de 1812, la constitución liberal de Cádiz, vigente por poco tiempo entre «todos los españoles de ambos hemisferios» (Art. 1), en su Capítulo II, De la religión, establece que «la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas» (Art. 12).
Un buen número de Reyes cristianos fueron santos, y al mismo tiempo fueron hombres espirituales, laboriosos y prudentes, que gobernaron sus naciones de modo excelente, ayudados por Cortes compuestas de clérigos y nobles, pueblo, gremios y representantes de regiones. Conviene que la tropa actual de políticos anticristianos y cristianos malminoristas se enteren de ello. Reyes como San Luis de Francia, San Fernando de Castilla y San Esteban de Hungría, fueron incomparablemente mejores que los más prestigiosos gobernantes de la moderna política sin Dios.
Recordemos que en la Edad Media fueron muy numerosos los laicos canonizados por la Iglesia, muchos más que ahora, sobre todo si descontamos los beatificados hoy a causa del martirio. Eran laicos un 25 % de los santos canonizados en los años 1198-1304, y un 27% en 1303-1431 (A. Vauchez, La sainteté en Occident aux derniers siècles du moyen âge, Paris 1981). Y señalemos también que entre ellos hay un gran número de santos y beatos que fueron reyes y nobles. Y éste es un dato de la mayor importancia, si pensamos en el influjo que en aquel tiempo tienen los príncipes sobre su pueblo.
Recordaré algunos nombres. En Bohemia, Santa Ludmila (+920) y su nieto San Wenceslao (+935). En Inglaterra, San Edgar (+975), San Eduardo (+978) y San Eduardo el Confesor (+1066). En Rusia, San Wlodimiro (+1015). En Noruega, San Olaf II (+1030). En Hungría, San Emerico (+1031), su padre San Esteban (+1038), San Ladislao (+1095), Santa Isabel (+1031), Santa Margarita (+1270) y la Beata Inés (+1283). En Germania, San Enrique (+1024) y su esposa Santa Cunegunda (+1033). En Dinamarca, San Canuto II (+1086). En España, San Fernando III (+1252). En Francia, su primo San Luis (+1270) y la hermana de éste, Beata Isabel (+1270). En Portugal, Santa Isabel (+1336). En Polonia, las beatas Cunegunda (+1292) y Yolanda (+1298), Santa Eduwigis (+1399) y San Casimiro (+1484). También son muchos los santos o beatos medievales de familias nobles: conde Gerardo de Aurillac (+999), Teobaldo de Champagne (+1066), San Jacinto de Polonia (+1257), Santa Matilde de Hackeborn (+1299), Santa Brígida de Suecia (+1373) y su hija Santa Catalina (+1381), etc.
Puede decirse, pues, que en cada siglo de la Edad Media hubo varios gobernantes cristianos realmente santos, que pudieron ser puestos por la Iglesia como ejemplos para el pueblo y para los demás príncipes seculares. Pero dejando ya la historia, vengamos a los argumentos doctrinales. Y comencemos por el Catecismo de la Iglesia Católica:
«El deber de rendir un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Ésa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (Vat. II, DH 1c). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única religión verdadera, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica. Los cristianos están llamados a ser luz del mundo. La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas [se cita aquí: León XIII, enc. Immortale Dei; Pío XI, enc. Quas primas]» (2105).
El Concilio, como vemos, expresamente, mantuvo íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades, también de los Estados, para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo. Que una nación concreta esté o no en condiciones de cumplir con ese deber moral es una cuestión histórica cambiante; y a esa situación deberá la Iglesia ajustarse prudentemente. Pero si un Estado, por su tradición y por la condición religiosa de su pueblo, está en condiciones de cumplir con ese deber, debe cumplirlo, según el Concilio, pues ciertamente favorece así el bien común temporal y espiritual de la nación.
Niega la doctrina de la Iglesia quien considera que de suyo la confesionalidad cristiana de una nación es ilícita o siempre inconveniente. Y sin embargo, muy lamentablemente, ésta es hoy la opinión más común en los católicos, pastores y fieles. Es una tesis falsa, contraria a la enseñanza del Magisterio tradicional y del Vaticano II. En el Concilio, la Comisión redactora de la declaración Dignitatis humanæ sobre la libertad religiosa, precisando a los Padres conciliares el sentido del texto que habían de votar, afirmó que: «Si la cuestión se entiende rectamente, la doctrina sobre la libertad religiosa no contradice el concepto histórico de lo que se llama Estado confesional… Y tampoco prohíbe que la religión católica sea reconocida por el derecho humano público como religión de Estado» (Relatio de textu emmendatu, en Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani II, Typis Polyglotis Vaticanis, v. III, pars VIII, pg. 463). El Vaticano II, por tanto, no prohíbe ni exige la confesionalidad del Estado, cuya conveniencia dependerá de las circunstancias religiosas de cada país.
La colaboración entre el Estado y la Iglesia debe ser verdadera y asidua. Éste es un principio fundamental de toda la doctrina católica y también del Vaticano II: «La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio campo. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo» (GS 76c). Esta colaboración Iglesia-Estado puede tomar formas constitucionales muy diversas. Concretamente, “en atención a las circunstancias peculiares de los pueblos", dice el decreto conciliar Dignitatis humanæ, aunque no se llegue a la confesionalidad, puede darse “a una comunidad religiosa determinada un especial reconocimiento civil en el ordenamiento jurídico de la sociedad” (6).
Es cierto que hoy la confesionalidad del Estado será muy rara vez conveniente, dado el pluralismo cultural y religioso de las sociedades actuales, y los errores naturalistas y liberales que han llegado a predominar en ellas. Por eso Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Ecclesia in Europa, escribe que «la Iglesia no pide volver a formas de Estado confesional. Y al mismo tiempo deplora todo tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas» (117). En efecto, fuera de algún caso muy singular –la República de Malta, por ejemplo–, hoy la confesionalidad cristiana de un Estado sólo podría imponerse con grandes violencias morales o físicas, y no podría mantenerse: «nihil violentum durabile». Sería por tanto gravemente perjudicial tanto para la Iglesia como para la sociedad civil. Pero otras formas, en cambio, de colaboración pueden ser convenientes, como los Concordatos, los Acuerdos o las leyes que establecen ciertos privilegios en favor de la Iglesia. Y también aquí, sobre esto último, se hace preciso verificar una gran verdad negada:
Los privilegios de la Iglesia en una nación cristiana son lícitos y convenientes. Dar al privilegio un sentido siempre peyorativo es falso, es un error que procede de otro error: de la mentalidad igualitaria, que en toda diferencia ve injusticia. Privilegium significa simplemente lex privata, una ley que el Estado dispone para un sector de la sociedad. No es fácil, por otra parte, distinguir netamente entre derechos y privilegios. La misma disposición legal que en un Estado es un privilegio puede en otro Estado ser un derecho, si la ley positiva lo reconoce para todos los ciudadanos. O por ejemplo, en unos Acuerdos Iglesia-Estado, en los artículos sobre la enseñanza, puede el poder civil reconocer unos derechos a la Iglesia y concederle unos privilegios en orden al bien común, sin que en cada caso sea siempre fácil distinguir lo uno de lo otro.
En todo caso, es justo, equitativo y saludable que se concedan derechos o/y privilegios a familias numerosas, discapacitados, viudas de guerra, ciertas minorías étnicas, fundaciones y organizaciones benéficas, etc., y por supuesto, a la Iglesia. Ciertamente, los privilegios, lo mismo que las leyes comunes, pueden establecerse en formas injustas y abusivas. Pero la evitación sistemática de privilegios constituiría en sí misma una grave injusticia, porque obligaría a dar tratos iguales a personas o grupos desiguales. Reconocer derechos propios o conceder ciertos privilegios, por ejemplo, al matrimonio y la familia es justo y necesario, especialmente cuando la disminución demográfica constituye un grave peligro. Dar a la unión homosexual los mismos derechos y privilegios que al matrimonio es una patente injusticia.
Es, pues, perfectamente justo que la Iglesia disponga en el Estado de ciertos privilegios, al menos en naciones con gran número de cristianos –subvenciones, exención de algunos impuestos, ayudas para la construcción de templos, etc.–. El lema «la Iglesia no quiere privilegios; solo necesita libertad», aunque suene bien, es una enorme estupidez. Es una falsedad y una injusticia. Si todos los grupos que tienen un verdadero valor social deben ser favorecidos por el Estado, la Iglesia es en no pocas naciones la comunidad social más numerosa y más benéfica. Esto lo entiende, por ejemplo, Nicolás Sarkozy (La República, las religiones, la esperanza, Gota a gota, Madrid 2006), pero no lo entienden los políticos cristianos malminoristas, una especie a extinguir.
Por otra parte, el Concilio declara que la Iglesia «no pone su esperanza en privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición» (GS 77e). Es una decisión indudablemente prudente y necesaria, considerando la situación actual de la sociedad y de las instituciones políticas. Pero que no cambia en nada la doctrina católica sobre la legitimidad y posible conveniencia de los privilegios. Sigue la Iglesia considerando que aquellos privilegios ocasionalmente renunciados, eran derechos legítimamente adquiridos, y en su tiempo positivos y fecundos. Y por supuesto, sigue creyendo que algunos de ellos también son hoy justos, necesarios y benéficos en determinadas naciones.
Los políticos católicos deberán, pues, procurar hoy para la Iglesia aquellos derechos y privilegios que en su nación sean convenientes, si es que quieren de verdad que Cristo reine sobre la nación, aunque sea en forma injustamente limitada. Han de conseguir para la Iglesia y sus miembros condiciones especialmente favorables en diversos campos –templos y otros locales apropiados, colegios y universidades privadas, asociaciones benéficas, fundaciones no lucrativas, ayuda personal y material a países pobres, actividades familiares educativas y recreativas, medios de comunicación, etc.– Un entreguismo derrotista y vergonzante lleva en ocasiones a que, por ejemplo, la Iglesia sea peor tratada por el Estado que ciertos colectivos minoritarios e ideológicos.
Cito un caso penoso y bien significativo. La Democracia Cristiana de Italia, en casi cincuenta años de gobierno, nunca encontró el momento adecuado para conseguir una ley que financiara la educación privada. Y en esta gravísima cuestión no se trataba de conseguir un privilegio, sino un mero y simple derecho de los padres a no pagar dos veces para dar enseñanza católica a sus hijos; una vez al Estado y otra al Colegio o a la Universidad de su elección. Y es que los cristianos políticos que no procuran para la Iglesia los privilegios que merece y necesita, tampoco consiguen los derechos que se le deben. Ni lo intentan.
El Estado laico y el Estado laicista. La Iglesia siempre ha enseñado que el poder religioso y el poder civil son distintos, y que ambos deben colaborar asiduamente, pues los dos están al servicio del hombre y de la sociedad. La descristianización progresiva de las naciones en Occidente fue llevando, de hecho primero, y por convicción después, a estimar la separación del Estado y de la Iglesia como un valor positivo. Sin embargo, en la realidad histórica, esa separación vino de hecho a entenderse unas veces como no-colaboración, y otras como oposición, es decir, como laicismo. No obstante, se ha ido imponiendo entre los católicos liberales –hoy casi todos lo son en materias políticas– la convicción de que, dentro del pluralismo cultural de las sociedades actuales de Occidente, hay que promover el Estado laico, rechazando, eso sí, el Estado laicista. La «sana laicidad» se contrapone así al «laicismo». Pero esta afirmación ha de ser precisada en dos puntos principales.

–1º. El «Estado laico» nunca se ha propuesto como ideal en la doctrina política de la Iglesia. Y la expresión «sana laicidad» se ha empleado siempre en contraposición al «laicismo hostil». No ha sido integrada sistemáticamente, por medio de encíclicas o documentos monográficos importantes, en la doctrina política de la Iglesia. Más bien se ha usado de modo ocasional en actos civiles y diplomáticos. Pero la doctrina política de la Iglesia no hay que buscarla en discursos pontificios de cortesía, o en el saludo a un Presidente, o en la breve alocución del Papa en un aeropuerto.
Como es lógico, sin embargo, los políticos católicos liberales malminoristas, es decir, casi todos los católicos políticos, han tomado actualmente el lema como bandera: el Estado debe ser laico, pero no laicista. En realidad ése es un principio falso, que extingue la actividad política de los católicos, y lleva al pueblo cristianos una apostasía cada vez más profunda, a través de la secularización progresiva de la sociedad, cada vez más cerrada a Dios.
Pío XII, después de los horrores de la II Guerra Mundial, en el ambiente esperanzado que trajeron las democracias liberales victoriosas, aludió positivamente a una «legítima y sana laicidad» de la comunidad política (Disc. a la colonia de Las Marcas en Roma 23-III-1958). Y en los últimos decenios, de vez en cuando, aparece la expresión en discursos de los Papas, usada siempre, como digo, en contraposición al «laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas» (Juan Pablo II, exhort. apost. Ecclesia in Europa 117).
Benedicto XVI, p. ej., al regresar a Roma después un viaje a los Estados Unidos, dijo en una Alocución general (30-IV-2008): «En el encuentro con el señor Presidente, en su residencia, rendí homenaje a ese gran país, que desde los inicios se edificó sobre la base de la feliz conjugación entre principios religiosos, éticos y políticos, y que sigue siendo un ejemplo válido de sana laicidad, donde la dimensión religiosa, en la diversidad de sus expresiones, no sólo se tolera, sino que también se valora como “alma” de la nación y garantía fundamental de los derechos y los deberes del hombre».
La afirmación que he subrayado puede entenderse referida «al ideal de los fundadores», «al alma del pueblo» o a sus «tradiciones» propias, pero ocasionaría una cierta perplejidad si se aplicara a la actual Administración política de la nación. No podemos ignorar que los Estados Unidos, con su potentísimas fundaciones, con las entidades nacionales e internacionales que promueve, y también a veces con el apoyo y financiación del Gobierno de turno, encabeza en el mundo la difusión de gravísimos males: anticoncepción, abortos, ideología del género, etc. Y en este sentido no es «un ejemplo válido de sana laicidad». En todo caso, el mismo Benedicto XVI, en un discurso que cito al final de este artículo, nos explica con gran precisión y claridad el verdadero significado de la laicidad y de la sana laicidad.
–2º. Todos los Estados laicos son laicistas. Don José María Petit Sullá, de grata memoria (+2007; Schola Cordis Iesu, Sociedad Tomista Internacional, catedrático de Filosofía en la universidad de Barcelona), decía que «un Estado laico –totalitario o democrático– no puede legislar más que de acuerdo con el principio de que la sociedad, que él rige, ha de ser laica. Y esto implica que velará para que no se haga presente la religión y la Iglesia en esta sociedad civil»; es decir, será un Estado laicista.
«Una sociedad laica no es un terreno común a creyentes y no creyentes. El sofisma se reduce a algo tan sencillo como absurdo. Se quiere introducir la idea de que, puesto que la afirmación de la existencia de Dios es una “opción” no compartida por todos, el terreno común entre el decir “Dios existe” y la proposición “Dios no existe” es “organicemos la sociedad sobre la base común de que Dios no existe”. ¿Base común?… No existe una base común a dos proposiciones contradictorias. Y la que se ha elegido y se impone es “Dios no existe”. La propuesta de un Estado laico no laicista es un imposible lógico. Todo Estado laico es, por el solo hecho de serlo, un Estado laicista, esto es, que tiende sistemáticamente a producir una sociedad laica, esto es, a separar a los hombres de la religión y, en definitiva, de Dios» (¿Existe un Estado laico no laicista? en «Cristiandad» nº 882, I-2005).
Es laicista el Estado que no cumple las obligaciones que tiene en referencia a Dios, a Cristo y a la Iglesia, y que seguidamente enumero.
–Es laicista el Estado laico que no cumple «el deber de rendir a Dios un culto auténtico [como] corresponde al hombre individual y socialmente» (Catecismo 2105). Quizá permita la libertad de cultos sin problemas, pero en cuanto Estado, se niega a sí mismo hasta la posibilidad de pronunciar públicamente el nombre de Dios. Ahora bien, esta situación para un San Pablo es «inexcusable, por cuanto conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se entontecieron en sus razonamientos, viniendo a obscurecerse su insensato corazón. Trocaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos, amén. Por eso Dios los entregó a las pasiones vergonzosas» (Rm 1,19-26).
–Es laicista el Estado laico que prescinde de Dios en la edificación de la ciudad temporal, «como si no existiese». Que esta hipótesis oriente sistemáticamente la actividad política es inadmisible: es culpable y ateizante.
Juan XXIII: «la insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamento indispensable, o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios; y querer exaltar la grandeza del hombre cegando la fuente de la que brota y se nutre, esto es obstaculizando y, si fuera posible, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios. Los acontecimientos de nuestra época, sin embargo, que han cortado en flor las esperanzas de muchos y arrancado lágrimas a no pocos, confirman la verdad de la Escritura: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”» (enc. Mater et magistra 217).
Concilio Vaticano II: «si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece» (GS 36).
–Es laicista el Estado laico que reconoce no más que un Ser supremo en el sentido deísta, es decir, en referencia a un dios que existe, pero que no actúa para nada en el curso de las realidades históricas. Eso permite al Estado reducir a cero el influjo del Creador en la cultura, las leyes y la sociedad del mundo que Él ha creado y que conserva en el ser y la vida.
–Es laicista el Estado laico que reconoce a Dios, pero rechaza a Cristo y a la Iglesia, que son para los hombres la plena epifanía del único Dios verdadero.
«Es preciso que la concepción cristiana de la vida y las enseñanzas morales de la Iglesia continúen siendo los valores esenciales que inspiren a todas las personas y grupos que trabajan por el bien de la nación… La libertad humana y su ejercicio en el campo de la vida individual, familiar y social, al igual que la legislación que sirve de marco a la convivencia en la comunidad política, encuentran su punto de referencia y su justa medida en la verdad sobre Dios y sobre el hombre» (Juan Pablo II, al presidente de Argentina 17-XII-1993).
–Es laicista el Estado laico que no favorece en la nación la vida religiosa. Para que un Estado laico sea lícito no basta con que permita y no persiga la religión, pues más allá de eso tiene el deber de protegerla y ayudarla. La doctrina tradicional de la Iglesia en este punto, ampliamente expuesta (por ejemplo, León XIII, enc. Immortal Dei 3-9), es reiterada por el Vaticano II: «el poder civil, cuyo fin propio es cuidar del bien común temporal, ciertamente, debe reconocer la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla» (DH 1).
–Es laicista el Estado laico que no se fundamenta en los principios objetivos de la ley natural, sino que prescinde de ella o la niega, viniendo a establecer necesariamente en la nación la dictadura del relativismo. Como decía Juan Pablo II, «una política privada de principios éticos sanos lleva inevitablemente al declive de la vida social y a la violación de la dignidad y de los derechos de la persona humana» (Disc. a los Obispos de Polonia 15-I-1993). Concretamente, un Estado abortista es un Estado criminal, que permite o favorece el asesinato de cientos de miles de sus ciudadanos. Y casi todos los Estados modernos son abortistas.
Los modernos Estados laicos, por coherencia doctrinal y práctica, no cumplen con ninguna de las condiciones requeridas para una sana laicidad, y por eso son laicistas. Dicho en otros términos: la sana laicidad no existe, ni puede existir. Esta expresión, como he dicho, sólo tiene un sentido válido para contraponerla al laicismo abiertamente hostil a Dios y a su Iglesia. Pero no sirve para más. De ningún modo vale como ideal político cristiano.
La doctrina de Benedicto XVI sobre la «laicidad» y la «sana laicidad», expuesta en un discurso al congreso de la Unión de Juristas Católicos italianos (9-XII-2006), según lo que yo conozco, es la más amplia y exacta de las formuladas por el Magisterio apostólico.
–La «laicidad» es una palabra que ha de ser entendida en su historia política real, y no simplemente como un término abstracto, al que puede darse éste o el otro contenido en forma ideológica y arbitraria. De esta convicción parte la enseñanza del Papa: «para comprender el significado auténtico de la laicidad y explicar sus acepciones actuales, es preciso tener en cuenta el desarrollo histórico que ha tenido el concepto.
«La laicidad, nacida como indicación de la condición del simple fiel cristiano [laico], no perteneciente ni al clero ni al estado religioso, durante la Edad Media revistió el significado de oposición entre los poderes civiles y las jerarquías eclesiásticas, y en los tiempos modernos ha asumido el de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual. Así, ha sucedido que al término “laicidad” se le ha atribuido una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen.
«En realidad, hoy la laicidad se entiende por lo común como exclusión de la religión de los diversos ámbitos de la sociedad y como su confinamiento en el ámbito de la conciencia individual. La laicidad se manifestaría en la total separación entre el Estado y la Iglesia, no teniendo esta última título alguno para intervenir sobre temas relativos a la vida y al comportamiento de los ciudadanos. La laicidad comportaría incluso la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados al desempeño de las funciones propias de la comunidad política: oficinas, escuelas, tribunales, hospitales, cárceles, etc.
«Basándose en estas múltiples maneras de concebir la laicidad, se habla hoy de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. En efecto, en la base de esta concepción hay una visión a-religiosa de la vida, del pensamiento y de la moral, es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación. Solamente dándose cuenta de esto se puede medir el peso de los problemas que entraña un término como laicidad, que parece haberse convertido en el emblema fundamental de la postmodernidad, en especial de la democracia moderna.
«Por tanto, todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión –como afirma el concilio Vaticano II– que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente”» (GS 36).
–La «sana laicidad» se da solamente si se produce un conjunto de condiciones, leyes y actitudes.
«Esta afirmación conciliar [GS 36]constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. Por tanto, a la Iglesia no compete indicar cuál ordenamiento político y social se debe preferir, sino que es el pueblo quien debe decidir libremente los modos mejores y más adecuados de organizar la vida política. Toda intervención directa de la Iglesia en este campo sería una injerencia indebida.
«Por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar al ámbito privado. Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión religiosa (con tal de que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de las actividades de culto –espirituales, culturales, educativas y caritativas– de la comunidad de los creyentes.
«A la luz de estas consideraciones, ciertamente no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas.
«Tampoco es signo de sana laicidad negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y de los juristas. En efecto, no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Estos valores, antes de ser cristianos, son humanos; por eso ante ellos no puede quedar indiferente y silenciosa la Iglesia, que tiene el deber de proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino […]
«A los cristianos nos corresponde mostrar que Dios, en cambio, es amor y quiere el bien y la felicidad de todos los hombres. Tenemos el deber de hacer comprender que la ley moral que nos ha dado, y que se nos manifiesta con la voz de la conciencia, no tiene como finalidad oprimirnos, sino librarnos del mal y hacernos felices. Se trata de mostrar que sin Dios el hombre está perdido, y que excluir la religión de la vida social, en particular la marginación del cristianismo, socava las bases mismas de la convivencia humana, pues antes de ser de orden social y político, estas bases son de orden moral».
Sólo bajo el cetro de Cristo Rey es posible la sana laicidad. Cuando Él dice «sin mí no podéis hacer nada», sus palabras se aplican tanto al perfeccionamiento espiritual de la persona como al ordenamiento político de la sociedad (Jn 15,5). Y es que «el mundo entero está en poder del Maligno» (1Jn 5,19), y únicamente Cristo Redentor tiene poder sobrehumano y divino para liberar al hombre y a las naciones de la cautividad del «Príncipe [y dios] de este mundo» (Jn 12,31; 2Cor 4,4). El que piensa que un Estado laico puede llegar a una sana laicidad sin acogerse a la verdad y a la gracia de Cristo Rey, o es un pelagiano, en el mejor de los casos, o en el peor, un apóstata o simplemente un ateo.
«La Encarnación es el acontecimiento decisivo de la historia; de él depende la salvación tanto del individuo como de la sociedad en todas sus manifestaciones. Si falta Cristo, al hombre le falta el camino para alcanzar la plenitud de su elevación y de su realización en todas sus dimensiones, sin excluir la esfera social y política» (Juan Pablo II, ángelus 17-III-1991).
Y termino con esta referencia a una realidad concreta extremadamente grave: el aborto. El diablo es «mentiroso y homicida desde el principio» (Jn 8,44): el diablo asegura que existe un «derecho al aborto», y así consigue muchos millones anuales de homicidios. Por eso, cuando comprobamos que el conjunto unánime de los modernos Estados laicos es confesionalmente abortista, concluimos que esos Estados mentirosos y homicidas son diabólicos. Son Estados anti-Cristo, pues Cristo es «el Autor de la vida» (Hch 3,15).
«Se alían los reyes de la tierra contra el Señor y contra su Mesías:“rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo”» (Sal 2,2). A esa coalición mundial de políticos anti-Cristo se unen beatíficamente políticos cristianos e incluso eclesiásticos, que sólo aspiran a una «sana laicidad» en un «Estado laico». Ellos, tan atentos a «los signos de los tiempos», no se han enterado todavía de que se ha alzado contra Cristo Rey y contra su Iglesia una conspiración diabólica-mundana, que viene desarrollándose cada vez con más fuerza y eficacia desde comienzos del siglo XVIII. Entonces, los cómplices del diablo formaban una minoría ilustrada, que atacaba abiertamente, escandalosamente, a Cristo y a la Iglesia: écrasez l’Infâme(Voltaire, 1694-1778). Ahora son innumerables, y con mayor discreción y más eficacia, perfectamente organizados, van consiguiendo quitar de la humanidad el yugo aplastante de Cristo, convencidos de que solamente así podrá darse el desarrollo pleno del hombre y de las naciones.

Combatir a Cristo y a su Iglesia viene siendo el designio fundamental de la masonería, la Enciclopedia, la Revolución francesa, el liberalismo naturalista, el comunismo, el nazismo, el agnosticismo relativista de las democracias occidentales. Concretamente, el poder político más fuerte e influyente del mundo es el del presidente de los Estados Unidos, que ha de ser masón o aprobado por la masonería. Todas estas fuerzas anti-Cristo han logrado hoy organizar grandes complejos internacionales, que ejercen un gran poder sobre las naciones, y que están mostrando una eficiencia descristianizadora quizá nunca antes conseguida. No ignoremos, por otra parte, que su gran potencia destructiva de la Iglesia se debe en gran medida a sus infiltraciones dentro de ella (cf. J. M. Iraburu, De Cristo o del mundo, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 1997, parte VI, Descristianización. Conocemos hoy con bastante exactitud cuáles son los enemigos principales de la Iglesia y cómo actúan:
D. von Hildebrand, El Caballo de Troya en la Ciudad de Dios, Fax, Madrid 1967; R. de la Cierva,Oscura rebelión en la Iglesia, Plaza & Janés 1987; Las puertas del infierno, Fénix, Madridejos, Toledo 1995; La masonería invisible, Fénix 2002; J. A. Ullate Fabo, El misterio masónico revelado, Libros Libres, Madrid 2007; Eugenia Rocella - Lucetta Scaraffia, Contra el cristianismo. La ONU y la Unión Europea como nueva ideología, Cristiandad, Madrid 2008.
Se da en el Occidente una gran batalla entre el Humanismo naturalista y el Cristianismo de la Iglesia Católica. –Se da en Occidente: no en los países asiáticos o africanos, cuyas culturas cívicas y religiosas no son vanguardia en el caminar de las naciones. –Se da contra la Iglesia Católica: ella es para el diablo y los suyos la roca de sobrehumana fortaleza, que a toda costa es necesario demoler. El diablo y los suyos no atacan del mismo modo a las confesiones protestantes, muy debilitadas y vinculadas a los Estados laicos-laicistas. –Y es el humanitarismo naturalista la nueva religión universal suscitada por las fuerzas contrarias a Cristo Rey.
Ya hace un siglo, en 1908, Roberto Hugo Benson (1871-1914), sacerdote católico, hijo del Arzobispo de Canterbury, primado de la comunión Anglicana, en su obra Señor del mundo, hace decir a uno de sus personajes: en el mundo actual «hay tres fuerzas: Catolicismo, Humanitarismo y las religiones de Oriente. Pero en Europa y América no cabe duda que la lucha está entre los dos primeros. La Iglesia Católica es la única institución que reclama autoridad sobrenatural, y tiene ahora la adhesión de prácticamente todos los cristianos en quienes queda fe sobrenatural. Y el Humanitarismo se está volviendo en sí una religión, y tiene un credo: “Dios es el hombre”… El mundo se está alineando contra nosotros: es un antagonismo organizado, una especie de católica Anti-Iglesia» (trad. L. Castellani, 1958; Lib. Córdoba, B. Aires 2004, pgs. 13-15). Esta misma idea había sido expuesta por el Bto. Card. Newman (1801-1890) en sus cuatro sermones sobre El Anticristo según la doctrina de los Padres. El argentino Hugo Wast (1883-1962) desarrolla el tema en su novela 666, y el canadiense Michel O’Brien en su obra El padre Elías (Libros Libres, Madrid 2006). En este mismo campo literario habría que recordar autores como Vladimir Soloviev (+1900), León Bloy (+1919) y el padre Leonardo Castellani (+1981).
Es el diablo quien dirige y coordina las fuerzas anti-Cristo en una gran mafia mundial, que actúa con suma eficacia en la vida política, en el mundo de la educación, de la sanidad y la cultura, y en los medios de comunicación. La rápida descristianización de las naciones de antigua filiación cristiana no puede explicarse de otro modo. La masonería, la ONU, la Unión Europea, la UNESCO, el Council Foreing Relations, la UNFPA (Fondo para la Población de las Naciones Unidas), la IPPF (International Planned Parenthood Federation), las grandes fundaciones Rockefeller, Ford, Gates, y muchos otros organismos afines humanitarios, políticos, mediáticos, universitarios, van obrando aceleradamente en las naciones una ingeniería de transformación socio-política anticristiana.
Y los objetivos señalados por esa poderosa mafia internacional se van aplicando en los Estados laicistas con presiones económicas y diplomáticas prácticamente irresistibles. Todos los implicados en la guerra anti-Cristo operan con una obstinación persistente y diabólica, principalmente a través de numerosas Conferencias periódicas internacionales: Nairobi prepara Río de Janeiro, y lo que entonces no se logra, se intentará en Viena y en El Cairo, ampliando las conquistas en Pekín, y proponiendo para más tarde los Objetivos del Milenio, que serán reforzados por otras consignas, como las de Bill Gates y su Club de los Billonarios, etc. Avanzan paso a paso, organizadamente, siempre en la misma dirección, contra natura y anti-Cristo.
El diablo se sirve en su lucha principalmente de palabras engañosas. Él es «el Padre de la mentira» (Jn 8,44), y ya en el principio venció al hombre y a la mujer mediante las palabras mentirosas (Gén 3). Por eso los que bajo su influjo militan anti-Cristo emplean lemas verbales, que señalan una serie de objetivos graduales, de tal modo que conseguidos unos, quedan facilitados los siguientes.
La elaboración del lenguaje mentiroso-homicida se ha realizado especialmente en referencia a la vida sexual, cuya perversión es objetivo preferente para los anti-Cristo. Es significativo que la IPPF haya preparado un glosario especial anticonceptivo y abortista. «Interrupción voluntaria del embarazo» es ya hace tiempo el nombre aséptico del aborto. La «regulación menstrual» significa recientemente lo mismo. «Educación sexual y salud reproductiva» equivalen a anticoncepción, aborto, sexualidad infantil, adolescente, etc. Y significados igualmente ideológicos vienen a tener «anticoncepción de urgencia», píldora «del día de después», «pre-embrión», «derechos reproductivos», «matrimonio homosexual», «proyecto parental», ideología del «género» (gender), «derecho a la libre elección del sexo» (cinco sexos llegaron a ser tipificados en un Foro preparatorio de la Conferencia de Pekín), etc. Al mismo tiempo se proscriben o falsifican términos como «maternidad», «virginidad», «esposo-esposa», «el estereotipo del matrimonio tradicional».
El Humanismo naturalista, basándose en «los derechos del hombre», pretende ser una Religión mundial, que sustituya la universalidad de la Iglesia Católica. Es, pues, un movimiento histórico patentemente anti-Cristo, mucho más organizado y eficaz que en el pasado. Es verdad que también la Iglesia fundamenta la ética política en «los derechos del hombre», pero los entiende según la ley natural dada por la autoridad creadora de Dios. Y esto lo viene haciendo no sólo a partir del Vaticano II, sino también en documentos bastante anteriores:
Pío XI, rechazando el comunismo, invoca con frecuencia «los derechos de la persona» (1937, enc.Divini Redemptoris). Afirma que el comunismo es «un sistema que niega los derechos, la dignidad y la libertad de la persona humana» (14). «La sociedad no puede despojar al hombre de los derechos personales que le han sido concedidos por el Creador, ni imposibilitar arbitrariamente el uso de esos derechos. Es, por tanto, conforme a la razón y exigencia imperativa de ésta, que, en último término, todas las cosas de la tierra estén subordinadas como medios a la persona humana, para que por medio del hombre encuentren todas las cosas su referencia esencial al Creador. Al hombre, a la persona humana, se aplica lo que el Apóstol de las Gentes escribe a los corintios sobre el plan divino de la salvación cristiana: “todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1Cor 3,23)» (30).
Por el contrario, el humanismo anti-Cristo fundamenta en la persona, invocando su autonomía absoluta y soberana, toda la ética y todos los derechos humanos. Ésa es la proclamación de los Derechos Humanos de 1789 –reeditada por la ONU en 1948–, que Jacques Maritain rechazaba, porque no se fundamenta en la ley natural y en Dios, sino sólo en el hombre, en la persona humana (Los derechos del hombre y la ley natural: Cristianismo y democracia, Palabra, Madrid 2001). El humanismo naturalista pone precisamente buen cuidado en distanciarse de su origen cristiano. La Unión Europea, por ejemplo, se niega cerradamente a reconocer en su Constitución «las raíces cristianas» de Europa.
La nueva religión mundial de los derechos humanos, así entendidos, ha ido implantándose profundamente en las democracias liberales de los Estados laicistas. Es una religión natural que se contrapone a la religión sobrenatural del cristianismo. Las ONG son hoy muchas veces «asociaciones de fieles». En algunos lugares se celebran «bautismos civiles», y las «bodas civiles» van sustituyendo al matrimonio cristiano, aunque conserven en buena parte su forma externa tradicional. Mijail Gorbachov, apoyando la Carta de la Tierra (1994), pretendía que esa nueva ética mundial, ecologista e interreligiosa, sustituyera los diez mandamientos. Una religión superior y única debe sustituir todas las religiones de la tierra, depurándolas de todo fanatismo y de aquel dogmatismo que pretende poseer «la verdad». Por supuesto, «la religión más penalizada es la cristiana, y en particular la Iglesia católica, dada su tradición misionera» (Rocella-Scaraffia, ob. cit. 61).
Todos se juntan contra Cristo y su Iglesia: los Gobiernos de los Estados más poderosos y liberales, los organismos y fundaciones internacionales que antes he citado… todos se unen en el mismo designio anti-Cristo con el ecologismo, New Age, etc. y también con ciertas asociaciones católicas progresistas, que llegan a asumir sus lemas y objetivos, como si fueran tontas –aunque probablemente son algo peor–. La unión internacional anti-Cristo promueve el Parlamento de las Religiones del Mundo, reunido por primera vez en Chicago (1993), y no hace mucho en Barcelona (2004). El libro de Hans Küng Hacia una ética mundial (1994) contribuye también a esa causa. Conferencias, Gobiernos, Foros, Fundaciones… todos hablan mucho más de la Tierra que de Dios. Herméticamente cerrados a la vida eterna, reservan la mayúscula para este mundo visible, World.
El mundo de los ricos está al servicio del Anti-Cristo. Los Estados liberales laicistas, de modo semejante a los abiertamente totalitarios, administran más de la mitad de las riquezas nacionales, poniéndolas al servicio de su ideología anticristiana. Cuentan siempre con la asistencia de las Fundaciones nacionales e internacionales económicamente más potentes, que apoyan las causas anticristianas contra natura. De ese modo, por ejemplo, los medios de que disponen las organizaciones Anti-Vida son cien veces mayores que los de las asociaciones Pro-Vida, y también aquéllas superan con mucho a éstas en la coordinación eficiente de sus organismos. Y no olvidemos en todo esto, por otra parte, que la corrupción de políticos y burócratas viene a ser relativamente frecuente cuando ellos administran la mitad de la riqueza nacional.
Bajo la guía suprema de Satanás, príncipe de este mundo, los Poderosos de hoy, mucho más que en superar en el mundo la pobreza extrema, se empeñan en difundir la anticoncepción y el aborto, que han de frenar decisivamente el amenazante crecimiento demográfico de los Países pobres. Hoy, por primera vez en la historia, es posible eliminar el hambre en el mundo. Pero falta para ello la verdadera voluntad política de los grandes Poderes mundanos, que de este modo se hacen responsables principales de las matanzas innumerables de seres humanos a causa del aborto y de la pobreza.
Uso palabras fuertes, que son las mismas de Cristo y los apóstoles. «El mundo entero yace bajo el poder del Maligno» (1Jn 5,19), y el único que puede liberarnos de su cautividad es Cristo Rey: «yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Cuánta razón tenía León Bloy cuando en su Diario personal (11-X-1904) declaraba que «para señalar el mal con precisión, con una rigurosa exactitud, es indispensable exagerarlo» (El Invendible, Mundo Moderno, B.Aires 1947, 29). Y ni aún así se entera la gente.
La persecución contra Cristo y su Iglesia arrecia fuertemente en los últimos años. Es un hecho cierto que en el Occidente antes cristiano «se alían los reyes de la tierra contra el Señor y contra su Mesías: “rompamos sus ataduras, sacudamos su yugo”» (Sal 2,2). No es casualidad que ciertas leyes pésimas, con pocos años de diferencia, copiadas unas de otras, se vayan aplicando en las diversas naciones, siguiendo incluso un orden semejante.

Se alían los poderosos de la tierra –ONU, Unión Europea, organismos mundiales, Bancos, Fundaciones internacionales, como Rockefeller, Soros, Gates, MacArthur, Ted Turner, grandes firmas también internacionales, como Kodak, American Airlines, Apple, Toyota, Playboy, CNN, Sony, cadenas de prensa, universidades–, y forman un Gobierno mundial que va imponiendo sus normas a los Gobiernos nacionales, limitando cada vez más su soberanía propia. A través de presiones diplomáticas, económicas y mediáticas, premia con ayudas generosas a quienes le obedecen, al mismo tiempo que condena y castiga a los Gobiernos que le resisten; y son muy pocos los que se atreven. Es indudable que esos «dominadores del mundo», como a veces lo han dicho ellos mismos, pretenden llegar a un Nuevo Orden Mundial, con una Autoridad suprema controlada por ellos. Y el que no cree que esto sea verdad, sino que piensa que se trata de conspiraciones inexistentes, o es tonto o está engañado por el diablo, padre de la mentira.
Las políticas anti-Cristo logran implacablemente nuevas conquistas en los últimos decenios. Y son tantos en la Iglesia los pastores y laicos que parecen no enterarse o no querer enterarse… Cuando tan poco hablan de ello, será que no se han enterado, pues «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Recordaré, pues, sin mucha precisión, un conjunto de datos significativos. Adviértase en ellos que el diablo y los suyos atacan juntamente a la naturaleza y a la gracia, a la Creación y a la Redención; son contra-natura y anti-Cristo. El diablo, socavando el orden natural, estropea más fácilmente el mundo de la gracia. El sabe, por ejemplo, que la degradación de la razón favorece mucho la perversión de la fe:
La destrucción de la familia, después del ateísmo teórico o práctico, es quizá el peor de sus objetivos: divorcio rápido, anticoncepción y aborto, incluso en adolescentes, igualdad de unión homosexual y matrimonio, ideología del género, desprecio de «la familia tradicional»… En el Reino Unido la BBC prohíbe hablar de «padre y madre» en sus programas, y el Ministerio inglés de instrucción aconseja lo mismo en la escuela pública para evitar la discriminación de ciertos niños. También en las cartillas familiares de España se sustituyen los nombres provocativos «padre y madre» por los más discretos «progenitor A» y «progenitor B».
Homosexualidad. Amenaza de multa, despido o cárcel a cualquiera que públicamente ponga en duda la naturalidad de la homosexualidad, sea juez o sacerdote, maestro o periodista. Cierre de Fundaciones benéficas dedicadas a la adopción, si no entregan niños a parejas homosexuales. El presidente Barak Obama establece en Estados Unidos el «mes del orgullo lésbico, gay, bisexual y transgénero»: «hay que seguir avanzando paso a paso, ley por ley, cambiando cada conciencia». Nombra a Kevin Jennings, un gay activista radical, como promotor en las escuelas públicas de clubs homosexuales (GSLEN). A esta «cruzada» pro-gay, encabezada por la Human Rights Campaign, se unen poderosas Fundaciones y empresas internacionales. Sony promueve el MTV Gay Channel. El Parlamento Europeo condena una ley de Lituania que prohíbe promover las relaciones homosexuales entre menores de 18 años.
Aborto. Recién constituido presidente, en 2009, Obama levanta la prohibición de financiar organizaciones que promueven el aborto. Y con su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, elige los «derechos reproductivos», que incluyen el aborto, como una de las prioridades de su gobierno. En ese año publica la UNESCO, con UNICEF, OMS y el Fondo de Población de la ONU, unas «Directrices Internacionales para la Educación Sexual», mentalizando ya a los niños desde los cinco años en la ideología del género y en la normalidad de la homosexualidad. Manuales difundidos por distintos Estados siguen la misma orientación, incitando y adiestrando a niños y adolescentes para la masturbación y la fornicación hetero u homosexual. El presidente Obama, poco después de su elección, recibe el Premio Nobel de la Paz (!).
Igualdad de géneros, de religiones, de todo. La Comisión europea de los derechos humanos –quizá la peor de la Unión Europea– exige al Gobierno de Grecia que elimine la prohibición, formulada en ley del año 1045, de que las mujeres visiten el monte Athos, porque viola la igualdad de géneros y la libre circulación de los ciudadanos. Recrimina agriamente a los países de Europa que privilegian una religión –Dinamarca, Finlandia, Grecia, Italia, España, Suecia y Reino Unido–, exigiéndoles la derogación de tales estatutos. Con relativa frecuencia, textos oficiales de la ONU, de la Unión Europea y de grandes organismos internacionales dan como un hecho que las religiones monoteístas son causas de extremismos y de guerras. Solamente la religión de los derechos humanos puede promover en el mundo la unidad y la paz, creando un Nuevo Orden Mundial.
Es un continuo noticiario anti-Cristo y contra natura, que va aumentando en atrevimiento y efectividad. Van muy deprisa y no es fácil prever hasta dónde llegarán sin tardar mucho. ¿Podrán los misioneros, párrocos y misioneros predicar el Evangelio? ¿Se permitirá a los padres educar a sus hijos en sus criterios, si son contrarios a los «derechos» de anticoncepción, aborto y vida gay? ¿Exigirán que la Biblia solamente se edite expurgada de sus errores contra los «derechos humanos»? ¿Eliminarán la clausura monástica invocando el derecho al libre desplazamiento?…
El Gobierno mundial anti-Cristo ataca principalmente a la Iglesia Católica. Apenas muestra hostilidad hacia el protestantismo: ve, por ejemplo, en el Reino Unido como perfectamente normal que la Reina sea «cabeza» de la «Iglesia» anglicana, y que la Cámara de los Lores esté integrada por Lores temporales y por Lores espirituales, 26 Obispos –lo que de ningún modo toleraría en un país católico–. Tampoco ataca de frente a las leyes de las naciones islámicas, lo que no deja de ser una prudente medida. Centra en cambio sus denuncias y agresiones contra la Iglesia católica, sabiendo que es su principal y casi única antagonista. Las campañas mediáticas para desprestigiar a la Iglesia, al Papa, a todo lo que sea católico, son incesantes. El mismo diario New York Times, por ejemplo, que en 2009 da como noticia que un cuarto de siglo antes un sacerdote franciscano tuvo una relación consensuada con una mujer de la que nació un hijo (16-X-2009) –cosa que jamás hace con ministros de otras religiones–, se niega a publicar una nota del Arzobispo de Nueva York, que se ve reducido a publicarla en su blog personal.
La ética mundial de los derechos humanos pretende sustituir la religión cristiana, y en sus combates culturales y políticos los anti-Cristo centran su lucha contra la Iglesia Católica. Es bien comprensible, por la gran internacional de la Iglesia Católica y por la unidad firme de sus doctrinas. Eugenia Rocella y Lucetta Scaraffia reúnen en un libro un buen número de datos que fundamentan la afirmación anterior:
Los organismos internacionales más importantes han producido una «sacralización de los derechos humanos», entendidos sin Dios, han formado «una especie de pensamiento único ante el cual deberían desaparecer todas las demás formas culturales, incluidas las religiones tradicionales. Las religiones son en realidad las formas culturales e institucionales más demonizadas por los organismos internacionales, porque son consideradas como enemigas del pensamiento único de los derechos. En particular, la Iglesia católica es considerada enemiga principal, ya que es una de las instituciones que con mayor claridad se rebela contra “la religión de los derechos”, y la más importante por su gran prestigio internacional. Es una ética [la de los derechos humanos] que tiende a configurarse como una religión que comprende y supera a todas las demás, y que debería garantizar el progreso universal y la convivencia pacífica de cualquier forma de diversidad. La imposición de esta utopía a los países del Tercer Mundo parece constituir el objetivo principal de la actividad de muchas organizaciones internacionales, y condiciona ayudas financieras y relaciones diplomáticas» (Contra el cristianismo. La ONU y la Unión Europea como nueva ideología, Cristiandad, Madrid 2008, extractos 11-14).
Marcello Pera, ex presidente del Senado de Italia, defendiendo de una campaña mundial denigratoria al Papa Benedicto XVI, advierte que en el fondo «la guerra del laicismo contra el cristianismo es total». Y añade que a esa batalla se unen algunos cristianos, «teólogos frustrados» y «cardenales en crisis de fe» (Corriere della Sera 24-III-2010). Lo que alcanza a ver Pera, intelectual y político no católico, no lo ven o no lo quieren ver tantos católicos…
Los verdaderos políticos cristianos han de saber que la neutralidad es hoy imposible en la vida política, como no sea haciéndose cómplices del mal. «El que no está conmigo está contra mí» (Lc 11,23). «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). «Os envío como ovejas entre lobos» (Mt 10,16). Sólo hay, pues, dos alternativas: o la Ciudad temporal se edifica sobre roca o sobre arena. O se siembra trigo con Cristo en el campo del mundo o se siembra cizaña con el diablo. Hay dos bloques enfrentados, y el mundo diabólico –«no queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14)–, y el mundo cristiano –«venga a nosotros tu Reino»–, no van a llegar jamás a un acuerdo de paz. Como dice el Vaticano II, la batalla entre los hijos de la luz y los de las tinieblas se da «a través de toda la historia humana» (GS 13b; cf. 37b). Son «las dos banderas» enfrentadas de San Ignacio de Loyola: el diablo jefe «hace llamamiento de innumerables demonios y los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados ni personas algunas en particular»(Ejercicios espirituales 141). Y lo mismo hace el Señor con el ejército de los buenos (145). Ya traté de este tema en un artículo anterior (19).
La batalla se da simultáneamente en la política, en Universidades y centros educativos, en Editoriales y medios de comunicación, en prensa, televisión, internet, cine y radio, en el mundo de la educación, de la sanidad y del arte, de la moda y de la canción. Y los más peligrosos combatientes, sin duda, son los que están dentro de la Iglesia, “las «innumerables herejías y cismas» (39), patentes o encubiertos, que hay y perduran dentro de ella, colaborando con el Enemigo.
Es una guerra tan global y tan fuerte que no admite, especialmente para los políticos católicos, ninguna cautelosa actitud equidistante. (cf. Bruno Moreno, Campos de la batalla moral). Los partidos malminoristas de inspiración cristiana no tienen ante la Bestia liberal más fuerza que la de un gatito necesitado de afecto. El cristiano que aspire a un espacio político laico, pero no laicista, muestra una ingenuidad que no solamente se aproxima a la estupidez más profunda, sino también quizá a la complicidad con el diablo. Rocella y Scaraffia narran una anécdota muy elocuente:
El presidente Bush, tras el período duramente abortista de Clinton, deniega ayuda financiera de los Estados Unidos a las organizaciones proabortistas, volviendo a una política ya dictada por Regan. De este modo entidades muy importantes, como la UNFPA (agencia de la ONU para la población) o la IPPF (federación internacional de planificación familiar), quedan bruscamente desfinanciadas. Pero inmediatamente interviene la Comisión correspondiente de la Unión Europea, acordando suplir este vacío con 32 millones de euros para UNFPA y 10 para IPPF. «La decisión de suplir con fondos europeos la fallida financiación estadounidense fue tomada por la Comisión presidida por el católico Romano Prodi, sin objeciones públicas del presidente» (ob. cit. 100). Este político, que fue primer ministro de Italia y presidente de la Comisión Europea, declaraba modestamente al diario la Repubblica: «con el pudor que es necesario en los asuntos religiosos, no he escondido nunca que soy católico y nunca me he sentido perseguido» (1-XI-2004).
Ésa es la verdad. Los católicos liberales no solamente no son perseguidos por las fuerzas políticas anti-Cristo, sino que son especialmente estimados y promovidos por esos poderes malignos, pues saben bien que son sus principales colaboradores en la descristianización del mundo. Por el contrario, un político católico como el intelectual Rocco Butiglione, cuando va a ser nombrado Comisario europeo de Seguridad, Libertad y Justicia, es vetado por el Parlamente Europeo al publicarse unas declaraciones suyas favorables al matrimonio y la familia, y contrarias a la naturalidad de la homosexualidad.
La batalla entre la Iglesia y el humanismo liberal es un combate contra el diablo, «contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos» (Ef 6,12). Lo sabemos porque Cristo lo reveló claramente en el Evangelio, y también nos enseñó a discernir las señales de la presencia y de la acción del diablo. Por eso aquellos católicos, concretamente pastores y políticos, que ignoran esa realidad y sus señales, no entienden nada de lo que pasa hoy en el mundo, y lógicamente no pueden dar ningún combate eficaz contra un enemigo que ignoran. No lograrán ninguna victoria para el Reino de Cristo, pues ni siquiera entablan «los buenos combates de la fe» (1Tim 6,12).
El Beato Cardenal Newman, a fines del siglo XIX, veía ya con toda claridad el designio de diablo para «sustituir o bloquear la religión» mediante un humanismo naturalista: «nunca ha habido una estratagema del Enemigo ideada con tanta inteligencia y con tal posibilidad de éxito [contra el cristianismo]. Y ya ha respondido a las expectativas que han aparecido sobre la misma. Está haciendo entrar majestuosamente en sus filas a un gran número de hombres capaces, serios y virtuosos, hombre mayores de aprobados antecedentes, y jóvenes con una carrera por delante» (disc. al recibir el capello cardenalicio 12-V-1879). Pero cuántos hoy en la Iglesia, pastores y fieles, teólogos y políticos católicos, no alcanzan a ver lo que el Beato Newman veía hace más de un siglo, cuando las fuerzas del Enemigo eran mucho menores que ahora.
En los últimos tiempos son los Papas quienes denuncian que es el diablo quien dirige los ataques contra la Iglesia en la vida social y política, en el mundo de la cultura y de la religión. En todos los siglos el diablo ha combatido contra la humanidad, queriendo perderla; pero sobre todo desde hace un siglo los Papas, con muy escasos apoyos en los decenios recientes, han atribuido el «lado oscuro» de nuestro tiempo al influjo diabólico.
–San Pío X, 1903: «es de temer que esta perversión de los ánimos sea una especie de antelación de los males que son previstos para el fin de los tiempos, y que ya habite en este mundo el “hijo de la perdición” de quien habla el Apóstol (2Tes 2,2). Con suma osadía, con gran furor, es atacada en todo lugar la piedad religiosa, son negados los dogmas de la fe revelada, se intenta obstinadamente suprimir y eliminar toda relación entre el hombre y Dios» (enc. Supremi apostolatus cathedra 5). –Pío XI, 1937: «por primera vez en la historia, asistimos a una lucha fríamente calculada y arteramente preparada por el hombre “contra todo lo que es divino” (2Tes 2,4)» (enc. Divini Redemptoris 22). –Pío XII, 1950: «este espíritu del mal pretende separar al hombre de Cristo, el verdadero, el único Salvador, para arrojarlo a la corriente del ateísmo y del materialismo» (radiom. Nous vous adressons).
El papa Pablo VI, que reconocía «el humo de Satanás» introducido dentro de la misma Iglesia (29-VI-1972), veía también la acción diabólica en el mundo actual. «¿Existen señales de la presencia de la acción diabólica, y cuáles son? Podremos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda; donde la mentira se afirma, hipócrita y poderosa, contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde; donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido; donde se afirma la desesperación como última palabra» (15-XI-1972)… Es indudable que actualmente se dan estas señales de la acción del diablo.
Juan Pablo II, 1985, en su Carta a los jóvenes en el Año Internacional de la Juventud, decía: «Conviene mostrar constantemente las raíces del mal y del pecado en la historia de la humanidad, como Cristo las mostró en su misterio pascual de Cruz y Resurrección. No hay que tener miedo de llamar por su nombre al primer artífice del mal: el Maligno. La táctica que él usa consiste en no revelarse, a fin de que el mal, sembrado por él desde el principio, reciba su desarrollo por parte del hombre, de los sistemas mismos y de las relaciones interhumanas, entre clases y naciones» (31-III-1985).
¿Qué hemos de hacer? Primero de todo: creer que sólo Cristo Rey puede dar a las naciones del mundo amor y justicia, unidad y paz. Pero este tema, ¿Qué hemos de hacer?, lo dejo para la próxima serie de artículos.
 

V. ¿Qué debemos hacer?

Creo que hasta aquí he podido exponer el tema Católicos y política con un cierto orden; pero el tema que ahora comienzo no lo va a permitir. En muchas cuestiones habré de pasar de la seguridad doctrinal a la opinión probable. Por otra parte, son innumerables las diversas acciones políticas que al servicio del bien común han de ser realizadas por unos y por otros católicos, según vocaciones y circunstancias.

–La necesidad de una Autoridad mundial que procure la paz y la colaboración entre los pueblos ha sido sugerida en varias ocasiones por los últimos Papas. El desarrollo más amplio del tema lo hizo, según creo, Juan XXIII al iniciarse el Concilio (11-X-1962), en la encíclica Pacem in terris (11-IV-1963, 130-145), meses antes de morir (3-VI-1963).
La argumentación en favor de una Autoridad única mundial es perfecta. La ciencia y la técnica han acrecentado sobremanera la interdependencia de las naciones en la economía, la cultura, la paz y en todos los aspectos (130). Ningún país puede hoy desarrollarse en forma autónoma (131). Las relaciones que había entre las naciones antiguamente hoy en modo alguno son suficientes (133-135). «Toda la familia humana», participando de una misma naturaleza (132), necesita una mayor unidad. Y así como «el orden moral exige una autoridad pública para promover el bien común en una sociedad civil» (136), de modo semejante «hoy el bien común de todos los pueblos plantea problemas que afectan a todas las naciones, y como semejantes problemas solamente puede afrontarlos una autoridad pública cuyo poder, estructura y medios sean suficientemente amplios y cuyo radio de acción tenga un alcance mundial, resulta, en consecuencia que, por imposición del mismo orden moral, es preciso constituir una autoridad pública general» (137).
Un Gobierno mundial habría de ser establecido por un acuerdo general (138). Y deberá proteger los derechos de la persona humana (139), respetando siempre el principio de subsidiariedad (140-141). Termina el Papa aludiendo a la ONU (1945) y a la Declaración de los derechos del hombre (1948). Aunque ciertas cuestiones «han suscitado algunas objeciones fundadas», deben «considerarse un primer paso introductorio para el establecimiento de una constitución jurídica y política de todos los pueblos del mundo» (144). «Ojalá llegue pronto el tiempo en que esta Organización pueda garantizar con eficacia los derechos del hombre» (145).
Una autoridad política mundial hoy no seria posible ni conveniente. La enseñanza de Juan XXIII, reiterada posteriormente –como en el Vaticano II, al tratar de la paz y de la evitación de guerras (1965, GS 82)–, en principio tiene un valor doctrinal indiscutible; pero en la práctica, su aplicación no es hoy posible ni conveniente.
No es posible lograr ese «acuerdo general» de las naciones. Las grandes dificultades habidas para lograr una Constitución solamente para Europa nos ayudan a imaginar las que habría para dar una Constitución única para todas las naciones. Ni si quiera en cuestiones que son obvias y al mismo tiempo de la más extrema gravedad, como la legislación sobre el aborto, puede esperarse un acuerdo mínimo. No es, pues, posible lograr una Constitución universal..
Y tampoco es conveniente ese Gobierno mundial. Si esa Autoridad suprema se estableciera, tendría que fundarse en uno de estos principios: 1º.–bajo la realeza de Cristo, 2º.–bajo el imperio universal del derecho natural, el ius gentium, o 3.–o bien bajo los ideales naturalistas, relativistas y liberales, de corte masónico, hoy vigentes en los Estados más poderosos del mundo y en los principales organismos internacionales. Si las organizaciones mundiales ya aludidas hubieran de llevar la iniciativa en la constitución de esa Autoridad mundial, ésta serviría muy probablemente para una más rápida corrupción de las naciones. Vendría a ser, pues, una preparación próxima para el Anticristo.
Sólo Cristo Rey, «verdad, camino y vida», puede regir sin violencia a todas las naciones de la tierra (Jn 14,6), sólo Él puede enseñar y establecer una verdad universal, perfectamente conforme con la naturaleza humana y con el plan de Dios creador y conservador del hombre. Sólo Él puede establecer unas normas de vida social que, con la ayuda de la gracia, sean aceptables sin violencia por todos los hombres, pueblos y culturas. Ése vino a ser el mensaje central del discurso de Benedicto XVI a la ONU (18-IV-2010). Ninguna otra Ley, que no sea la de Cristo, tiene la plenitud de verdad necesaria que la haga válida para todas las naciones y civilizaciones.
Por eso solamente Cristo es el Señor y el «Salvador del mundo»: de los hombres y de las naciones (1Jn 4,14; cf. Jn 3,17). En ningún otro Nombre hay salvación (Hch 4,12). Y por otra parte, el destino cierto e incambiable de la humanidad es precisamente congregarse bajo su cayado: «habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16). «A su luz caminarán las naciones» (Apoc 21,24). «Todas las naciones vendrán a postrarse en su presencia» (15,4).
El Magisterio apostólico ha mantenido siempre en alto las esperanzas históricas de la Iglesia. Lo vimos ya en otros artículos anteriores (19), (20) y (21). Pero a los textos entonces aducidos, añadiré aquí algunos otros.
León XIII (1902, enc. Annum ingressi) describe con toda precisión la persecución del mundo que hoy sufre la Iglesia, y las terribles consecuencias que esa agresión a Cristo tiene en las sociedades (3-15). Muestra los previsibles fracasos de todos los remedios políticos intentados sin-Cristo o contra-Cristo (16-18). Señala a la masonería como el principal de los influjos maléficos (26; cf. 1884, enc. Humanum genus). Y de ese diagnóstico verdadero, deduce el Papa la medicina realmente sanante: la salvación temporal y eterna de las naciones está sólo en Cristo y en su Iglesia.
El mundo que «se ha substraído a la vivificante eficiencia del cristianismo» se ha hundido por la apostasía en males innumerables, y «debe retornar al seno del cristianismo si quiere el bienestar, la paz, la salud. Si [la Iglesia] transformó los pueblos paganos, haciéndoles pasar de la muerte a la vida, sabrá igualmente, después de los terribles ataques de la incredulidad, establecer de nuevo el orden en los Estados y en los pueblos actuales» (19). Esa misma doctrina es ampliamente expuesta y demostrada por Pío XI (enc. Ubi arcano 1922; Quas primas 1928) y por Pío XII (enc. Summi Pontificatus 1939).
Juan Pablo II sigue proclamando a Cristo Rey ante los Estados del mundo. «El reto del siglo XXI consistirá en humanizar la sociedad y sus instituciones mediante el Evangelio, y dar nuevamente a la familia, a las ciudades y pueblos un alma digna del hombre creado a imagen de Dios» (Disc. al Pont. Consejo para la Cultura 10-I-1992). Y en una Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor:
«Cristo es rey en cuanto revelador de la verdad que trajo del cielo a la tierra, y que confió a los Apóstoles y a la Iglesia para que la difundieran por el mundo a lo largo de toda la historia». Esta misión ha de ser cumplida de un modo por los Pastores, y de otro por los laicos. Pero está claro que «el orden temporal no se puede considerar un sistema cerrado en sí mismo [el Estado laico]. Esa concepción inmanentista y mundana, insostenible desde el punto de vista filosófico, es inadmisible en el cristianismo, que conoce a través de San Pablo el orden y la finalidad de la creación, como telón de fondo de la misma vida de la Iglesia: “todo es vuestro”, escribía el Apóstol para poner de relieve la nueva dignidad y el nuevo poder del cristiano. Pero añadía seguidamente: “vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios”. Se puede parafrasear este texto, sin traicionarlo, diciendo que el destino del universo entero está vinculado a esa pertenencia» a Dios y a Cristo.
«Esta visión del mundo a partir de la realeza de Cristo participada a la Iglesia constituye el fundamento de una auténtica teología del laicado sobre el compromiso cristiano de los laicos en el orden temporal». Y cita el Papa la doctrina del Concilio: «“coordinen, pues, los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas” (LG 36; cf. Catecismo 909)… Es un programa de iluminación y animación del mundo que se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, como lo atestigua, por ejemplo, la Carta a Diogneto» (9-II-1994).
Es, pues, misión de la Iglesia cristianizar personas, familias, comunidades y naciones, difundiendo así la luz vivificante del Evangelio de Cristo en círculos concéntricos cada vez más amplios. «Id, enseñad a todas las naciones a observar todo cuando yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28,19-20). La conversión comienza en las –personas individuales, se expande en las –familias, como en Zaqueo: «hoy ha venido la salvación a tu casa» (Lc 19,9), o en aquel carcelero de San Pablo (Hch 16,30-34); las familias unidas forman –comunidades cristianas, y cuando éstas se multiplican, obrando como fermento de la sociedad total, surgen en forma suave y providencial las –naciones cristianas. Cuando Dios quiere y como Dios quiere. Cuando Dios quiera: estamos dispuestos a esperar tres siglos, lo que la Providencia divina disponga. La prisa es pecado.
Juan Pablo II recuerda que así fue como las primeros cristianos, después de tres siglos de persecuciones, sin tener participación alguna en la autoridad política, llegaron a dar forma a las naciones cristianas del Imperio romano. Ellos –también mientras duraba el tiempo de la persecución– estaban ciertísimos de que «Cristo es el Señor, el Rey de las naciones», y de que «es preciso que Él reine, y el universo entero le sea sometido» (1Cor 15,25). Esta convicción se expresa, por ejemplo, en las terminaciones habituales de las Actas de los mártires: «Fue martirizado el siervo de Dios… bajo el imperio de Diocleciano, siendo presidente Probo, reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien es la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Martirio de San Ireneo).
Las Actas de los mártires no eran notas fúnebres necrológicas, sino alegres partes de victoria. Reconociendo aquellos cristianos primeros la realeza universal de Cristo, consideraban que el mundo estaba temporalmente «robado» a Dios por el Imperio romano y puesto así bajo el influjo del Maligno. Y no estaban dispuestos a colaborar con los «ladrones», ni éstos, a diferencia de ahora, lo permitían. Por el contrario, aquellos cristianos, perseverando en la súplica, «venga a nosotros tu Reino», estaban absolutamente ciertos de que ese Reino de Cristo llegaría. Y llegó en el milenio de la Cristiandad, en toda su grandeza y con las miserias propias de este valle de lágrimas. «El que pide recibe» (Jn 16,23-24).
Cristo pretende la conversión de los «pecadores» y de las «naciones». Benedicto XVI señala que cierta reducción del cristianismo es propio del individualismo de la teología liberal. Pero no fue ésa la intención de Cristo. Cuando el Señor envía a los Apóstoles a las naciones, los manda para que les enseñen a vivir según sus pensamientos y caminos evangélicos:
«Aunque su predicación es siempre una exhortación a la conversión personal, en realidad él tiende continuamente a la constitución del pueblo de Dios, que ha venido a reunir, purificar y salvar. Por eso, resulta unilateral y carente de fundamento la interpretación individualista, propuesta por la teología liberal, del anuncio que Cristo hace del Reino. En el año 1900, el gran teólogo liberal Adolf von Harnack la resume así en sus lecciones sobre La esencia del cristianismo: “El reino de Dios viene, porque viene a cada uno de los hombres, tiene acceso a su alma, y ellos lo acogen. Ciertamente, el reino de Dios es el señorío de Dios, pero es el señorío del Dios santo en cada corazón” (Tercera lección, p. 100ss). En realidad, este individualismo de la teología liberal es una acentuación típicamente moderna: desde la perspectiva de la tradición bíblica y en el horizonte del judaísmo, en el que se sitúa la obra de Jesús aunque con toda su novedad, resulta evidente que toda la misión del Hijo encarnado tiene una finalidad comunitaria: él ha venido precisamente para unir a la humanidad dispersa, ha venido para congregar, para unir al pueblo de Dios» (15-III-2006).
¿Qué debemos, pues, los católicos hacer en política? Lo primero de todo: creer que sólo en Cristo puede lograrse el bien temporal y eterno de los pueblos, y que las naciones se salvan en la medida en que reciben el espíritu de Cristo Rey y el auxilio de su gracia. Los políticos católicos que no tienen bien firme esta fe, los que no tienen esperanza alguna de que, ni siquiera a largo plazo, ha de reinar Cristo sobre las naciones, se conforman inevitablemente con hacerse colaboradores de aquellos que se alían contra la naturaleza y contra Cristo. Harían mejor en dedicarse a otras profesiones honestas –como médicos, agricultores, zapateros, albañiles, administrativos–, porque si con ese espíritu persisten en su oficio, será sólo por su conveniencia egoísta o porque están engañados, y no podrán evitar hacerse cómplices de «los dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6,12).
La Iglesia comienza por formar «unas comunidades» minoritarias, pero siempre pretende llegar a formar, cuando y como Dios quiera, «un pueblo» santo, naciones cristianas. No se limita a suscitar la conversión de unos grupitos crónicamente reducidos, sumergidos en un mundo degradado y degradante. Cuando los cristianos, en una sociedad mayoritariamente pagana, no son más que un «pequeño rebaño», habrán de conformarse con su débil y vulnerable situación, sin temores ni ansiedades: «no temas, pequeño rebaño mío, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el Reino» (Lc 12,32). Pero aún en las épocas en que son pocos, deben aspirar siempre a ser un gran pueblo, han de pretender evangelizar las naciones y cristianizar los Estados, de tal modo que el granito de mostaza, llegue a «hacerse un árbol, y las aves del cielo vengan a anidar en sus ramas» (Mt 13,31-32).
Esta grandiosa transformación de los pueblos la ha conseguido realizar la Iglesia, a lo largo de su historia, en innumerables naciones. Y la ha hecho con la fuerza poderosa del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra. Por tanto, la misma historia de la Iglesia nos confirma que está de Dios que el «pusillus grex», con el favor de su gracia, venga a hacerse en las naciones cristianas «plebs sancta». En un Estado católico se celebra el domingo, se establece la monogamia, se evangelizan las leyes, costumbres e instituciones, se favorece la virtud en la sociedad y se combate el pecado, de tal modo que la vida cristiana no es posible solamente para algunas minorías heroicas y martiriales, sino que se hace asequible a las grandes masas populares. Este tema fue debatido en tiempos del Concilio, y sobre él dio grandes luces el Cardenal Jean Daniélou (L’oraison problème politique, 1965; L’avenir de la religion, 1968; Christianisme de masse ou d’élite, 1968).
El relajamiento del celo apostólico y la extinción de la acción política cristiana van juntos, porque nacen de un mismo error, de una gran falsificación de la fe y de la esperanza.
Si los Misioneros, carentes de esperanza, aceptan que la Iglesia sea cada vez más pequeña en la humanidad, cesa en gran medida la acción evangelizadora. Juan Pablo II lamentaba que «el número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio casi se ha duplicado» (1987, enc. Redemptoris Mater 3).
Si los Pastores, carentes de esperanza, al frente de un rebaño pequeño y en buena parte disperso, se conforman con atender a este Resto mínimo, no intentan siquiera lógicamente la evangelización de la sociedad. Incluso, si están picados de modernismo, prefieren una pésima sociedad pluralista a cualquier otra forma de vida social y de Estado. Parecen ignorar lo que enseña el Concilio Vaticano II: «al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad” (Apostolicam actuositatem 13)» (Catecismo 2105).
Si los Políticos, carentes de esperanza, aceptan el Estado laico, es decir, laicista, jamás intentarán cumplir lo que el Vaticano II declara que es la misión de los laicos: «evangelizar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal» (AA 2). En realidad, no creen que «hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (7). No aceptan que «a la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43). Más aún: creen que todo eso es falso. En otras palabras: están convencidos de que un político católico no debe intentar una actividad política católica.
Y así llegamos a la enorme mentira: ¡¡estos Misioneros,Pastores y Políticos atribuyen su miserable actitud a las enseñanzas renovadoras del último Concilio!! Sin que nadie les abuchee ni les confunda.
Reforma o apostasía.


Resulta difícil hablar de la dimensión espiritual de la acción política. El mundo político está tan, tan, tan secularizado, que las palabras que sobre él deben ser pronunciadas y escuchadas no están listas, apenas resultan inteligibles, son un lenguaje olvidado, que hoy resulta casi in-significante. Cuando el pueblo cristiano, con sus representantes políticos, intenta sanear la Ciudad del Diablo, liberarla con la fuerza de Cristo de tantos males horribles –leyes criminales, abortos, pornografía, divorcios, suicidios, drogas, educación perversa, televisión basura, política anti-Cristo–, ignora muchas veces que en su lucha no se enfrenta solamente con ejércitos de hombres carnales, sino que va ante todo contra «los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos» (Ef 6,12).

La acción política secularizada, también en buena parte del pueblo cristiano y de sus políticos, ignora que «la Escritura presenta al mundo entero prisionero del pecado» (Gál 3,22), cautivo del «príncipe de este mundo» (Jn 12,31), sujeto bajo el yugo del Maligno (1Jn 5,19). Por eso muchas veces entran los católicos y sus políticos a «combatir los buenos combates de la fe» (1Tim 6,12) en la vida política sin «revestirse de la armadura de Dios» (Ef 6,13), sin tomar el escudo que les defienda de «los encendidos dardos del Maligno», sin atreverse tampoco a dar testimonio de la verdad, es decir, a blandir «la espada del espíritu» (6,16-17), «la espada de doble filo» (Heb 4,12), que es la verdad de Cristo. No entienden que al entrar en política, lo quieran o no, entran en una tremenda batalla contra el poder de las tinieblas (Vat. II, GS 13 y 36), y que sin la fuerza del Espíritu es para ellos imposible la victoria, y que por muchas campañas, manifestaciones, recursos jurídicos y congresos que organicen –siendo buenos y convenientes todos esos medios– están condenados al fracaso.
La espiritualidad propia de toda acción cristiana de reforma ha de inspirar también la actividad política. Ya traté, más o menos, de este mismo tema en otros artículos (05-06)Decálogo para las reformas de la Iglesia I-II. Si se releen, nos reafirmaremos en la convicción de que el cristiano, también el político, no tiene para vencer los males de este mundo un arma más poderosa que la oración, el testimonio de la verdad, la eucaristía, el martirio y todo lo que es propio de la vida sobrenatural de la gracia. Sin eso, no hay remedio a nuestros males. Recuerdo aquí brevemente el esquema de aquellos textos, aplicándolos a la vida política:
1.– El reconocimiento de los males. Los falsos políticos cristianos dicen: «hay mucho por mejorar, sin duda, pero el camino que llevamos [el de la democracia liberal relativista] es el bueno». Los verdaderos dicen: «vamos muy mal, y si no enderezamos el planteamiento fundamental de nuestra vida política, iremos de mal en peor»… Sin reconocimiento, sin diagnóstico verdadero de los males de la sociedad política, no puede haber tratamiento sanante adecuado.
2.– El reconocimiento de nuestras culpas. No hay política cristiana que valga si no comenzamos por ahí: «eres justo, Señor, en cuanto has hecho con nosotros, porque hemos pecado y cometido iniquidad en todo, apartándonos en todo de tus preceptos… Por eso nos entregaste al poder de enemigos injustos y apóstatas» (Dan 3,26-45). Ésa es la situación verdadera que estamos viviendo, y conviene saberlo.
3.– Los males políticos que nos abruman son castigos medicinales. Son innumerables los males que aquejan a nuestra sociedad, pero tengamos bien claro que el Señor «no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 102,10). Por el contrario, todo lo dispone con sabiduría y amor en su providencia, y aunque permite a veces grandes males, procura siempre el bien de los que le aman (Rm 8,28).
4.– No hay remedio humano para nuestros males. Los políticos cristianos que todavía confían en el hombre, en sí mismos o en ciertas fórmulas políticas, son «malditos» (Jer 17,5), y «serán confundidos, por haber obrado abominablemente» (6,15). El único político que puede traer salvación a su pueblo es el que, poniendo en su acción todos los medios naturales convenientes, pone toda su esperanza en el poder del Salvador: «el auxilio me vendrá del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,2). Sin Dios, sin la obediencia a su palabra y a sus mandatos, no tenemos salvación temporal ni eterna.
5.– Hay remedios sobreabundantes para nuestros males, por grandes que éstos sean. Pero todos los remedios vienen de Dios, son dones de Dios, son medicinas de Dios, y los recibimos escuchando su Palabra y cumpliendo sus mandatos. Cuántos políticos cristianos, no poniendo en Dios su confianza, y comprobando la miseria de los hombres, se desesperan, y ya ni siquiera intentan de veras el bien común, se limitan a buscar su propio bien. En su convencimiento de que «no hay nada que hacer» ellos ven realismo, cuando en realidad hay desesperación, cinismo y falta de fe: «estáis en un error, no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios» (Mt 22,29).
Ciertamente, hermanos políticos, si seguimos vuestros pensamientos y caminos mundanos, vamos hacia el abismo de una degradación nacional plena. Pero si volvemos la actividad política a los pensamientos y caminos de Dios, lograremos que donde abundó el pecado sobreabunde la gracia (Rm 5,20). «Para Dios todo es posible» (Mt 19,26), también la salvación de nuestra nación y la de todo el mundo. Quizá el Señor no nos conceda «convertir» la Ciudad del Diablo en la Ciudad de Dios; pero querrá concedernos «construir» con inteligencia y audacia una Ciudad de Dios «dentro» de la Ciudad del Diablo, un micro-mundo de gracia cristiana.
6.– La oración cristiana de petición es el medio principal para sanar los males de la ciudad política. Sin la oración del pueblo cristiano y de los políticos sólo puede esperarse el acrecentamiento de los males. He de tratar más largamente de este tema. Para vencer los terribles males del mundo moderno la Virgen de Fátima mandó hacer penitencia y rezar el Rosario; no organizar manifestaciones y congresos.
7.– El ejercicio de la autoridad es necesario para conseguir el bien común. Y la autoridad de los gobernantes viene de Dios, aunque en ciertos regímenes políticos sean elegidos –en teoría al menos– por el pueblo. Por eso, si los políticos se limitan a legislar y a gobernar al modo mundano, buscando seguir la inclinación mayoritaria de los ciudadanos, conseguirán votos y reelecciones, pero prostituyen su autoridad, no la fundamentan en la verdad de Dios, sino en «la voluntad general» roussoniana, y conducirán a su pueblo a la ruina. El político cristiano, igual que el apóstol, ha de confesar: «si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gál 1,10). Sólo pueden esperarse males de los políticos demagógicos.
8.– La acción política ha de buscar la gloria de Dios, Señor de todas las naciones. Ha de procurar con celo apasionado la defensa de los derechos de Dios y de la Iglesia. Solamente así podrá promover con eficacia los derechos del hombre, pues éstos, sin aquéllos, necesariamente son ignorados, falsificados y pisoteados.
9.– La política ha de procurar el bien temporal y eterno de los hombres. Si solamente pretende su bien temporal, pero prescinde sistemáticamente de Dios y de la destinación humana a la vida eterna, arruinará sin duda juntamente el bien común temporal y espiritual de la nación.
10.– Es imposible la actividad política honrada sin la fuerza espiritual del martirio. Aquellos cristianos y grupos cristianos políticos que en su actividad procuran «guardar su propia vida», y que excluyen por principio la Cruz salvadora –quizá con la excusa semipelagiana de que deben proteger incólume «la parte humana», para que en la acción política pueda co-laborar más eficazmente con la gracia de Dios (63)–, llevan al pueblo a la perdición. El patrono de los políticos católicos es Santo Tomás Moro, mártir.
Grandes bienes hizo al Ecuador el político católico Gabriel García Moreno (1821-1875), fiel intérprete de la doctrina social y política de la Iglesia, y audaz combatiente contra las mentiras del liberalismo y de la masonería. Después de dos períodos como Presidente ecuatoriano (1861-65 y 1869-75), por encargo de conocidos masones, fue asesinado una mañana al salir de la Catedral, a donde había acudido como todos los días para la misa y el tiempo de oración. Llevaba al cuello un rosario, y en uno de los bolsillos se halló un librito bien encuadernado y muy usado, la Imitación de Cristo.
La oración ha de potenciar siempre la acción política, la oración del pueblo cristiano y la de los mismos políticos. La actividad política cristiana trata de hacer prevalecer la luz de Cristo sobre las tinieblas del mundo, trabaja por «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (Vat.II, GS 43). Pero esto implica una gran batalla contra «los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal» (Ef 6,12), una gran guerra que comenzó en el inicio de la historia humana y durará hasta su final, hasta la segunda venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo (GS 13; 36).

Los políticos cristianos son, pues, como los caballeros que toman las armas para librar esta batalla. Y es imposible que alcancen la victoria, o siquiera ciertas victorias parciales, si ellos mismos y todo el pueblo cristiano no potencian con la oración, es decir, con la fuerza de Cristo Rey, sus acciones. Ésta fue siempre la convicción de Israel y de la Iglesia: «la victoria en el combate no depende de la cantidad de las tropas, sino de la fuerza que viene del Cielo» (1Mac 3,19). Recuerdo algunos ejemplos de la Historia de la salvación, para que en ellos comprobemos que Israel y la Iglesia vencen al Maligno y a los suyos cuando por la oración insistente hacen suya la fuerza salvadora de Dios; y experimentan una derrota tras otra cuando, apoyándose en las propias fuerzas o en la coalición con otras fuerzas humanas, decaen en la oración.
Israel se libra de la esclavitud de Egipto gracias a la oración de súplica. Observen que la intervención salvadora de Dios tiene, sin duda, en profundo sentido religioso, como lo tendrá el Éxodo; pero estamos también ante la liberación de una situación política de opresión y esclavitud, conseguida principalmente por la oración:
«Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos liberó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Y nos introdujo en este lugar, nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel» (Deut 26,6-9).
Durante el Éxodo, Israel resiste el ataque de los amalecitas y los vence. Es Josué quien dirige el ejército de Israel. «Aarón y Jur subieron a la cima del monte con Moisés. Y mientras Moisés tenía alzadas las manos [en oración de súplica] llevaba Israel la ventaja, pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec. Moisés estaba cansado y sus manos le pesaban. Tomando, pues, una piedra, se la pusieron debajo de él para que se sentara, y al mismo tiempo Aarón y Jur sostenían sus manos, uno de un lado y otro del otro, y así no se le cansaron las manos hasta la puesta del sol. Y Josué derrotó a Amalec al filo de la espada» (Ex 17,10-13).
Israel se ve asediado por los asirios en Betulia, «y todos a una clamaron al Dios de Israel, pidiéndole con ardor que no entregase al saqueo a sus hijos, ni diese sus mujeres en botín, ni las ciudades de su heredad a la destrucción, ni el Templo a la profanación y el oprobio, regocijando a los gentiles» (Jdt 4,9-12). Pero no todos persistían en la oración y la esperanza; algunos proponían: «será mejor que nos entreguemos a ellos, porque siquiera, siendo siervos suyos, viviremos» (7,27). Ocías accede: «si en cinco días no nos viniera ningún auxilio, yo haré lo que pedís» (7,30-31). Se alza entonces indignada la viuda Judith:
«No irritéis al Señor, Dios nuestro. No pretendáis forzar los designios del Señor, Dios nuestro, que no es Dios como un hombre, que se mueve con amenazas, ni como un hijo del hombre que se rinde. Por tanto, esperando la salvación, clamemos a Él que nos socorra. Y si fuese su beneplácito, oirá nuestra voz» (8,14-17). Alza primero Judit una oración maravillosa al Señor (9), que le ilumina y fortalece, y en seguida se muestra valiente y prudente en la acción: entra en el campamento enemigo, y corta la cabeza de Holofernes, liberando así a Israel.
La Iglesia primera, en las persecuciones que sufre del mundo, tiene en la oración el arma principal de «la armadura de Dios» (Ef 6,101-8). Bien consciente de que los discípulos están en el mundo «como ovejas entre lobos» (Mt 10,26), obedeciendo a Cristo, viven continuamente confortados por la oración: «es preciso orar en todo tiempo para no desfallecer» (Lc 18,1). Cuando Pedro es encerrado en la cárcel, «la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él», y fue liberado por un ángel (Hch 12,5). Y superado un aprieto, en seguida venía otro, quizá peor, de tal modo que los discípulos de Cristo, padeciendo grandes injusticias, sólo podían vivir en el mundo en una continua oración suplicante, firmes en la esperanza: «¿no hará justicia Dios a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aun cuando los haga esperar? Yo os digo que les hará justicia prontamente» (Lc 18,7-8).
La Iglesia que San Juan describe en el Apocalipsis alza continuamente ante la Trinidad divina el incienso de sus alabanzas y acciones de gracias (Ap 8,4). Pero clama también desde su dolor pidiendo la acción del Misericordioso omnipotente: «clamaban a grandes voces: “¿hasta cuándo, Señor santo y verdadero, tardarás en hacer justicia y en vengar la sangre en los que habitan la tierra?”». Y «se les dijo que esperaran todavía un poco más, hasta que se completara el número de sus compañeros de servicio y hermanos, que iban a sufrir la misma muerte» (Ap 6,9-11).
La oración por los gobernantes y políticos, desde los Apóstoles, ha sido siempre en la liturgia de la Iglesia una práctica continua, concretamente en la Eucaristía. Sigue así la Iglesia una norma secular de Israel (1Esd 6,10;Bar 1,10-12; 1Mac 7,33). Y también, por supuesto, la Iglesia ora durante los tres primeros siglos por los gobernantes perseguidores. Por tanto, la victoria final de la Iglesia sobre el Imperio romano debe atribuirse no a revueltas de protesta o a manifestaciones reivindicativas –que nunca se dieron, y que por otra parte no eran posibles–, sino principalmente a las oraciones de los cristianos, que, fieles al mandato del Salvador, oraron siempre por sus enemigos y perseguidores (Mt 5,44; Lc 6,27-28).
«Te ruego ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los emperadores y por todos los constituidos en dignidad, a fin de que gocemos de vida tranquila y quieta, con toda piedad y honestidad. Esto es bueno y grato ante Dios nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,1-4; cf. Rm 13,1-7; Tit 3,1).
San Clemente Romano, tercer Obispo de Roma después de San Pedro (88-97), en su carta a los corintios, expresa también esta fisonomía orante y suplicante de la primera Iglesia, precisamente durante la gran persecución de Domiciano:
«Te pedimos, Señor, que sean nuestro auxilio y protector… Que todos los pueblos conozcan que Tú eres el único Dios, que Jesucristo es tu Siervo y que nosotros somos “tu pueblo y ovejas de tu rebaño” (Sal 78,13). Misericordioso y compasivo, perdónanos nuestras culpas, faltas, pecados y errores… Sí, Señor, muestra tu rostro sobre nosotros para concedernos los bienes de la paz, para que seamos protegidos por tu mano poderosa, para que tu excelso brazo nos libre de todo pecado, y para que nos protejas de todos los que nos odian injustamente… Que seamos obedientes a tu omnipotente y santo Nombre y a nuestros príncipes y jefes de la tierra. Tú, Señor, les diste el poder del reino por tu magnífica e indescriptible fuerza… Dales, Señor, salud, paz, concordia, firmeza para que atiendan sin falta al gobierno que les has dado… Tú, Señor, endereza su voluntad hacia lo bueno y grato a tu presencia, para que alcancen de Ti misericordia» (Corintios 59-61).
San Cipriano (210-258), Obispo de Cartago, durante las devastadoras persecuciones de Decio y de Valeriano, escribió preciosas cartas para la confortación de los cristianos. Insistía mucho en el escudo de la oración, «para poder resistir en el día malo» (Ef 6,13), y también en el reconocimiento humilde de los pecados: «nos merecemos estas persecuciones; nos las hemos ganado».
Ya sé «que el temor de Dios os induce a aplicaros a continuas oraciones e insistentes súplicas, pero os amonesto también a que aplaquéis a Dios no sólo de palabra, sino también a que afligiéndoos con ayunos y toda clase de penitencias, logréis de Él con ruegos que reduzca su cólera» (la de la persecución que su Providencia permite). «Hay que comprender y reconocer que tormenta tan devastadora como la presente persecución, que ha desolado nuestro rebaño en tan gran parte y que aún sigue desolándolo, es efecto de nuestros pecados, porque no seguimos los caminos del Señor, ni observamos los mandamientos que nos dio para nuestra salvación. El Señor cumplió la voluntad del Padre, pero nosotros no hemos cumplido la voluntad de Dios, y nos hemos entregado al lucro de los bienes temporales, marchando por los caminos de la soberbia. Renunciamos de palabra, pero no de obra, al mundo, muy indulgente cada uno consigo mismo y severo con los demás. Por eso recibimos ahora los azotes que merecemos…
«Imploremos desde lo más profundo de nuestro corazón la misericordia de Dios, porque Él también dijo: “no les retiraré mi favor” (Sal 88,34). No cesemos, pues, en manera alguna de pedir y de esperar recibir con fe, y supliquemos al Señor con sinceridad y en unánime concordia, con gemidos y lágrimas a la vez, como conviene implorar a los que se encuentran entre los males de los que lloran y el resto de los que temen, entre la multitud de enfermos que yacen por el suelo [los lapsi, los que cedieron en la persecución] y los muy pocos que quedan en pie. Pidamos que retorne pronto la paz, que se cumpla lo que el Señor se digna anunciar a sus siervos: la reintegración de la Iglesia, la seguridad de nuestra salud, los piadosos auxilios de su amor de Padre, las conocidas maravillas de su poder divino para embotar las blasfemias de los perseguidores» (Carta 11, extractos).
La oratio fidelium es una de las formas más antiguas en la oración de la Iglesia suplicante, y con frecuencia pide al Señor no solamente la salud espiritual del pueblo, sino también una convivencia política digna de Dios y del hombre: la bondad, la justicia y la paz de la sociedad civil. Es bien consciente la Iglesia de que la acción de los políticos, gobernantes y ciudadanos, sin la ayuda de la gracia divina, es radicalmente insuficiente para conseguir el bien común del pueblo, y fácilmente se pervierte en la injusticia y la violencia.
La oración de los fieles, ya desde antiguo, forma parte de la Eucaristía, centro de la vida de la Iglesia, y consiste en una serie de súplicas e intercesiones que el diácono va guiando, y que el obispo o el presbítero concluyen. En las muy antiguas y venerables Constituciones de los apóstoles, un documento del año 380, que recoge textos más antiguos, como ya vimos (90), tenemos una descripción muy detallada de su forma de celebración. Terminadas las lecturas y la homilía, el diácono manda salir a oyentes (audientes) e infieles, y todos en pie, bajo su guía, rezan las preces, respondiendo unánimes Kyrie, eleison! a las intenciones proclamadas por el diácono (Constituciones VIII,2ss). El Obispo o el presbítero concluye la oración de los fieles, reuniendo en una oración collecta todas las súplicas precedentes:
«Oh Defensor poderoso, que sostienes a este pueblo tuyo, al que has redimido con tu preciosa sangre, sé su abogado, su ayuda y su promotor, su muralla fortísima, su trinchera y firme castillo, para que ninguno pueda perderse de tu mano, ya que no hay Dios alguno como tú, y en ti hemos puesto nuestra esperanza».
Adelantada la Eucaristía, después de la consagración y la epíclesis, otra vez el Obispo alza su voz y sus manos en favor de la Iglesia peregrina, sujeta a tantos peligros y persecuciones del Maligno y de sus siervos, pero siempre guiada y protegida por Dios providente:
«También te pedimos, Señor, por el rey, por cuantos tienen autoridad y por todo el ejército, para que nuestra vida perdure en la paz, y transcurriendo en la quietud y la concordia todo el tiempo de nuestra vida, te demos gloria a Ti por Jesucristo, nuestra esperanza». Sigue pidiendo por todos los santos, vivos y difuntos, por los enfermos, «por aquellos que están en esclavitud, por los exilados y por los proscritos, también por cuantos nos odian y nos persiguen a causa de tu nombre, para que Tú les conduzcas al bien y aplaques su furor».
Las Constituciones aludidas consignan también una oratio fidelium semejante para la oración litúrgica de la tarde (VIII,35) y de la mañana (VIII,37). De este modo la Iglesia primera persevera en la oración suplicante de los fieles: pide siempre a Dios que los cristianos vivan dentro del mundo pecador «libres de pecado y protegidos de toda perturbación». En nuestro tiempo, la Liturgia postconciliar renovada ha recuperado felizmente estas preces fidelium en la Misa, en Laudes y en Vísperas esta tradición suplicante.
Pocos años más tarde, en 391, el emperador Teodosio I declara al cristianismo religión oficial del Imperio y prohíbe los cultos paganos. Sin embargo, las invasiones bárbaras del siglo V acaban por extinguir el Imperio Romano de Occidente en el 476, y nuevas persecuciones y violencias suscitarán en la Iglesia, junto a la oratio fidelium, otras formas de oraciones comunitarias en favor de la paz social, que recordaré en el próximo artículo.
La Bestia liberal de nuestro tiempo persigue más a los cristianos que la Bestia romana, porque no intenta atacar su cuerpos, sino pervertir sus almas (103). Por eso mismo, en el combate actual entre el Reino de Cristo y el mundo pecador es más necesaria que nunca la oración suplicante, y ésta ha de integrarse mucho más en los esfuerzos políticos de los cristianos en favor del bien común. Esas oraciones han de conseguir de Dios providente que los cristianos, libres del mundo, «resistan firmes en la fe» al diablo, que les ronda, aliado al mundo y a la carne, buscando a quién devorar (1Pe 5,8). Y han de lograr también que la acción política del Pueblo santo convierta a quienes persiguen a Cristo y a su Iglesia, elimine sus leyes criminales, silencie sus blasfemias habituales, y en fin, purifique plenamente al mundo secular, tan podrido de lujuria y avaricia, de injusticias y violencias, introduciendo en él a Cristo Salvador, el Nuevo Adán, el único que puede renovar la faz de la tierra: «he aquí que hago nuevas todas las cosas» (Apoc 21,5).
La oración del pueblo cristiano y la de los mismos políticos ha de potenciar siempre la acción política. Sigo reforzando este convencimiento de la fe con más ejemplos de la historia de la Iglesia.
San Gregorio Magno (540-604), papa, ha de oficiar, por designio de Dios providente, los funerales solemnes por la grandeza de la antigua Roma, y ha de abrir el mundo a una nueva época, mucho más grandiosa, la Edad Media cristiana. Pero esa transición va a realizarse con dolores de parto, a través de las crueles invasiones de los bárbaros, vándalos, ostrogodos, lombardos.

«Nuestro Señor –predica San Gregorio– quiere encontrarnos prontos a su llamada, y nos muestra la miseria del mundo envejecido para que podamos librarnos del amor del mundo… El mundo está herido cada día por calamidades nuevas. Mirad qué pocos hemos quedado del antiguo pueblo. Nuevos males nos flagelan cada día y desventuras imprevistas nos abaten… El mundo se siente deprimido por la vejez y, al aumentar los dolores, camina a una muerte próxima» (Hom. Evangelio I,1). «Tantos castigos no bastan a corregir nuestros pecados. Vemos a unos arrastrados a la esclavitud; a otros, mutilados; a otros, matados… Nos es fácil ver a qué bajo estado ha descendido aquella Roma que en otro tiempo era señora del mundo. Está arruinada con inmenso dolor, despoblada de ciudadanos, asaltada por enemigos, hecha un montón de ruinas» (Hom. sobre Ezequiel II,6).
La liturgia gregoriana, abierta siempre a la salvación de Dios por una esperanza indestructible, muestra la huella de ese trágico momento histórico. Así, por ejemplo, el papa Gregorio I Magno introduce en el canon de la Misa la petición por la paz que todavía hoy rezamos: «ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos». Y parece ser que también a él se debe el embolismo que prolonga el Padrenuestro: «Líbranos, Señor, de todos los males pasados, presentes y futuros, y por la intercesión de la bienaventurada y gloriosa siempre Virgen María, Madre de Dios, y de tus santos apóstoles Pedro, Pablo, Andrés y de todos los santos, danos propicio la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, seamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación» (Juan el Diácono, Vita Gregorii II,17).
Por las letanías de los santos la Iglesia de la tierra pide la ayuda de la Iglesia celeste desde lo más profundo de sus tribulaciones socio-políticas. Cuando los bárbaros lombardos, procedentes de Germania, asedian Sicilia, el Papa Gregorio escribe una carta a los Obispos de esa región:
«¡Que no triunfen sobre nosotros a causa de nuestros pecados! Acudamos de todo corazón a los remedios que nos ofrece el Redentor. Por eso os exhorto a que en la cuarta y sexta feria [miércoles y viernes, días penitenciales desde antiguo] ordenéis, sin excusa alguna, las letanías [de los santos], e imploréis la ayuda divina contra las incursiones de la crueldad de los bárbaros» (Registrum XI, 51).
También en Roma dispone San Gregorio que se recen las letanías de los santos dos veces por semana, mientras duren las incursiones de los bárbaros. «El dolor abra la puerta a nuestra conversión y suavice la dureza de nuestro corazón mediante las penas que sufrimos.Volvamos todos a la penitencia, pues nos ha sido dado un tiempo de lágrimas. Insistamos en la oración, insistamos hasta la importunidad, seguros de que seremos escuchados: “invócame en el día del peligro, yo te libraré y tú me darás gloria” [Sal 49,15]. El mismo Dios que nos llama a la oración es el que quiere tener piedad de nosotros. Por tanto, hermanos muy queridos, con el corazón contrito y con obras de santificación, mañana, desde el amanecer de la feria cuarta, reunámonos todos [desde los siete barrios de Roma] para la letanía septiforme, siguiendo el orden indicado» (Oratio ad plebem, puesta el fin de las Hom. Evang. en ML 76,1311).
A las «estaciones» acuden procesionalmente los fieles rezando y cantando. Las comunidades parroquiales, convocadas por el Obispo en una iglesia determinada (statio), acuden desde sus lugares, cada una con la Cruz alzada, cantando las letanías de los santos y rezando otras oraciones, para celebrar la Eucaristía, reunidas todas con el Obispo. Ya Tertuliano (+220) hace notar que este término statio tiene su origen en el mundo militar: «statio es nombre tomado de la milicia; pues, en efecto, somos el ejército de Dios (nam et militia Dei sumus)» (De oratione19). Las estaciones, muy estimadas por el pueblo cristiano, eran, pues, semejantes a una parada militar, en la que se congregaba la Iglesia como el ejército de Cristo suplicante.
San Gregorio Magno, en los tiempos calamitosos ya aludidos, da un nuevo impulso en Roma a las estaciones, y probablemente organiza él mismo su forma litúrgica. De su tiempo proceden las tres grandes estaciones, que han de celebrarse en las tres semanas anteriores a la Cuaresma (quadragesima): septuagésima en la basílica de San Lorenzo, sexagésima en San Pablo Extramuros, y quincuagésima en San Pedro del Vaticano. Las tres han estado vigentes en la Iglesia hasta la renovación litúrgica posterior al Vaticano II. En las tres se suplicaba principalmente a Dios por la paz y por la liberación de los pecados, propios y ajenos, que traen sobre el mundo el azote de hambres, invasiones y guerras.
Los Sacramentarios y antiguos textos litúrgicos de los siglos IV-VII nos muestran cómo la Iglesia siempre se ha vuelto a Dios en oración comunitaria cuando se ha visto afligida por pestes, guerras civiles, invasiones y otras calamidades. Por ejemplo, en el sacramentario leoniano, compuesto en tiempos de grandes guerras y devastaciones, se contiene este precioso prefacio, lleno de dolor y lleno de humilde confianza:
«Reconocemos, Señor Dios nuestro, sí, lo reconocemos, que a causa de nuestros pecados todo lo hecho por el trabajo de tus siervos se ve ahora derribado ante nuestros ojos por manos extrañas, y todo cuanto con nuestro sudor has hecho Tú crecer en los campos es desbaratado ahora por los enemigos… Postrados, pues, te pedimos suplicantes de todo corazón que nos concedas el perdón de los pecados pasados, y continuando tu acción misericordiosa, nos protejas de todo asalto de muerte. Así nunca dudaremos de que tu defensa nos asiste, si te dignas quitar de nosotros cuanto fue causa de ofenderte» (XVIII,6).
La idea de pecado-castigo-medicina está siempre presente en estas liturgias rogativas. Es la misma convicción del apóstol Santiago: «alegráos profundamente cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que vuestra fe, al ser probada, produce la paciencia. Y si la paciencia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna» (1,2-4).
Y la liturgia antigua pervive en la liturgia actual. Bastan los datos recordados para hacernos una idea de cómo era en la Iglesia de los siglos IV-VII la oración litúrgica suplicante en tiempos de aflicción. Y es justamente en ese tiempo, providencialmente, cuando cristalizan las líneas fundamentales de la liturgia católica latina, tal como nos ha llegado hasta hoy. El Misal Romano actual, por ejemplo, especialmente en el Adviento y la Cuaresma, conserva no pocos de los textos bíblicos y de las oraciones que los sacramentarios antiguos incluían para tiempos de calamidades y angustias.
Al principio del Canon Romano suplicamos: «Padre misericordioso, te pedimos … por tu Iglesia santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero». El primer domingo de Adviento se inicia con el salmo 24: «a ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío; no quede yo defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados». Y el mismo salmo abre la misa del miércoles de la primera semana de Cuaresma: «Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas, pues los que esperan en ti no quedan defraudados. Salva, oh Dios, a Israel de todos sus peligros».
«In hac lacrimarum valle»Algunos cristianos se niegan a considerar el mundo presente como un «valle de lágrimas». Padecen los pobres un optimismo crónico compulsivo. Y por eso lamentan que en tiempos de paz sigamos orando una liturgia que nació en tiempos terribles de guerras y calamidades. Hay que responderles que la Iglesia lo hace así por dos razones principales.
En primer lugar, notemos que esas mismas liturgias tienen un alegre y maravilloso vuelo doxológico de alabanza y acción de gracias, de gozo en la bondad de Dios y de esperanza en la vida eterna. Se trata en su conjunto de liturgias esplendorosas, muy especialmente luminosas y alegres. Yo aquí he recordado las súplicas brotadas de situaciones angustiosas; pero el conjunto de la liturgia ambrosiana, leoniana, gelasiana, gregoriana, galicana, hispana, es admirablemente alegre. Más aún, expresa una alegría que difícilmente hallamos en la Iglesia actual. Y es que los tiempos cristianos teocéntricos son mucho más grandiosos, mucho más bellos y alegres, que aquellos otros, más feos y tristes, afectados de antropocentrismo.
Y en segundo lugar, de ningún modo estamos en tiempos de paz. Aunque nosotros hoy, al menos en ciertos países, no estemos sufriendo aquellas pestes, epidemias o invasiones de los bárbaros, estamos padeciendo sin duda otras pestes y calamidades semejantes, oprimidos por otros bárbaros peores: apostasía generalizada, perversión invasora de leyes criminales y de medios de comunicación degradantes, matanza continua de los inocentes por el aborto y el hambre, el terrorismo y las guerras, peste endémica de la lujuria, la anticoncepción y el divorcio, horror del sida, de la criminalidad y de la droga, ruina de la familia, de la educación, de la cultura, falsificación profunda de la historia, etc. Todos estos espantos hacen actuales las oraciones antiguas de la Iglesia en tiempos de extremas aflicciones.
Ad te suspiramus, gementes et flentes in hac lacrimarum valle… El corazón de aquellos cristianos que hoy se avergüenzan de la oración de la Santa Madre Iglesia, tiene que ser muy duro y sin piedad, pues no es capaz de compadecerse de tantos males ajenos. Y propios.
Falta hoy tanto en la Iglesia la oración de petición comunitaria para vencer los males temporales, que me veo obligado a aducir la tradición suplicante de la Iglesia en tiempos de aflicción. Cuando en la gran batalla que hoy se libra entre la luz y las tinieblas, entre Cristo Rey y el Príncipe de este mundo, el pueblo cristiano se moviliza en congresos y asociaciones, campañas mediáticas y manifestaciones multitudinarias, pocas serán sus victorias y muchas sus derrotas si ese intento político no tiene la oración comunitaria como vanguardia principal y más potente. Es, pues, urgente que los cristianos, Pastores y laicos, recuperemos en la actividad política la tradición secular de la Iglesia, que siempre ha dado a la oración la primacía absoluta para obtener de Dios los bienes temporales.
La oración de la Iglesia es, por el favor de Dios, la causa principal de la salud política de un pueblo. Consiguientemente, la causa principal de las enfermedades sociales públicas es la falta de oración. Como hemos comprobado con varios ejemplos, la oración de la Iglesia no sólo abre a los dones espirituales de Dios, sino también a sus bendiciones temporales. «Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor» (Sal 143,15). «Dichoso el pueblo que sabe aclamarte [y clamar a ti]: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro» (88,16).
Quiso Dios que los Sacramentarios fundamentales de la Liturgia latina se formaran precisamente cuando los Concilios declararon la doctrina católica de la gracia; por ejemplo, en el concilio de Orange (529). Por eso las oraciones litúrgicas tienen hasta hoy la humildad y la confianza, la audacia y la alegría que nacen de la verdadera teología de la gracia. Transcribo del Liber Ordinum –el que se usaba en la España visigótica, en tiempos de San Leandro (+600), San Isidoro (+636) o San Ildefonso (+667)–, la oración de una misa sobre los enemigos (Missa de hostibus):
«Oh Señor, Dios del cielo y de la tierra, observa, te lo pedimos, la soberbia de nuestros enemigos y mira nuestra humildad. Contempla el rostro de tus santos y muestra que Tú no abandonas a los que en ti confían y que humillas en cambio a los que presumen de sí mismos y se glorían de su propia fuerza. Tú eres el Señor Dios nuestro, que desde el principio disipas las guerras, y el Señor es tu nombre. Extiende tu brazo, como en otro tiempo, y destruye con tu fuerza la fuerza de nuestros enemigos. Que en tu cólera se desvanezca la fuerza de ellos, para que tu casa permanezca en la santidad y todos los pueblos reconozcan que Tú eres Dios y que no hay otros dioses fuera de ti. Amén».

Estas liturgias antiguas son muy conscientes de la impotencia del hombre, de las miserias del mundo presente y de la misma Iglesia, y del poder de Cristo Rey para salvar a su pueblo. Son, en fin, muy realistas, muy verazmente situadas in hac lacrimarum valle. Por eso, siendo tan humildes y suplicantes, dieron cumplimiento a la palabra de Cristo: «yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), y alcanzaron de Dios, concretamente en España, la paz y la unidad católica de la nación. Por el contrario, la Iglesia local que desfallece en la oración de súplica por el bien temporal del pueblo, y que pone su confianza en el hombre –partidos, congresos, políticos cristianos, manifestaciones, campañas, coaliciones declaradas o encubiertas con apóstatas y paganos– va experimentando una derrota tras otra.
Todos de rodillas. La tradición de la liturgia judía y cristiana asocia en la oración las actitudes espirituales y las corporales. El rey Salomón rezaba «arrodillado ante el altar de Yavéh, con las manos elevadas al cielo» (1Re 8,54). Y ante Jesús «ha de doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua ha de confesar que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,5-11). Así es como la Iglesia, ante todo orando, consiguió de Dios providente la formación de los pueblos cristianos, y dio cumplimiento a la profecía del Señor: «ante mí se doblará toda rodilla» (Is 45,24).
San Justino (+163) dice: «¿quién de vosotros ignora que la oración que mejor aplaca a Dios es la que se hace con gemido y lágrimas, con el cuerpo postrado en tierra o las rodillas dobladas?» (Diálogo con Trifón 90,5). San Gregorio Magno predica al pueblo cristiano reunido en una statio: «vemos, muy queridos hermanos, qué inmensa muchedumbre os habéis congregado aquí; y cómo os arrodilláis en tierra, y golpeáis vuestro pecho, y clamáis en voces de súplica y de alabanza, y bañáis vuestras mejillas con lágrimas» (Hom. sobre Evangelios I,27,7).
Clamor de la Iglesia en la aflicción. En el siglo XII, o quizá antes, en tiempos de grandes calamidades, comienzan a practicarse en algunas Iglesias ciertas oraciones públicas con ritos especiales, como es el clamor in tribulatione. Según la gravedad del mal público, menor o mayor, la Iglesia local organizaba un clamor parvus o bien, en las calamidades peores, un clamor magnus. Los ritos eran diversos, aunque con líneas comunes. Por ejemplo, en el monasterio benedictino de Farfa, próximo a Roma, después del Paternoster de la misa solemne, los ministros cubren el suelo ante el altar con un amplio cilicio –tejido hirsuto de pelos, oscuro, que se usaba en los funerales–, y colocan sobre él un crucifijo, el evangeliario y reliquias de santos. Todos se postran en tierra, y el celebrante, ante las especies eucarísticas consagradas y las reliquias de los santos, recita en alta voz la oración In spiritu humilitatis:
«En espíritu de humildad y con el ánimo contrito [Sal 50,19], Señor Jesús, Redentor del mundo, nos acercamos a tu santo altar, a tu sacratísimo Cuerpo y Sangre, y en tu presencia nos confesamos culpables de nuestros pecados, por los cuales somos justamente oprimidos. A ti, Señor, acudimos. Postrados, Señor Jesús, ante ti clamamos, pues hombres malos y soberbios, confiando en su fuerza, nos atacan por todas partes… Levántate, pues, en nuestra ayuda, Señor Jesús; confórtanos y ven en nuestro auxilio; vence a los que nos combaten, humilla la soberbia de quienes nos persiguen… Tú sabes, Señor, quiénes son ellos. Sus nombres, cuerpos y corazones son conocidos por ti antes de que nacieran. Por eso, oh Dios, aplícales tu justicia con tu fuerza poderosa, haz que reconozcan la maldad de sus obras y líbranos por tu misericordia. No nos desprecies, Señor, cuando a ti clamamos en la aflicción, sino más bien, por la gloria de tu Nombre, ven a visitarnos en la paz, sacándonos de la angustia presente» (cf. A. de Santi, La preghiera liturgica nelle pubbliche calamità, «La Civiltà Cattolica» 1917,2: 54-55).
Preces en postración. Un rito semejante, pero distinto, se celebra también en los siglos XIII-XVI. En el misal de Salisbury se le da el bello nombre de preces in postratione. El Papa Nicolás III, en 1280, para pedir defensa ante los turcos y la liberación de Jerusalén, ordena en la Bula Salutaria que en todas las misas, después del rito de la paz y del Paternoster, se postren todos, y después de un salmo y el Kyrie eleison, se rece: «–Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad. –Gobiérnalo y hágase la paz por tu poder. –Señor, escucha mi oración. –Y mi clamor llegue hasta ti», etc.
Las procesiones penitenciales, semejantes a las que se hacían con ocasión de las antiguas estaciones, recitando las letanías de los santos, adquieren a partir del siglo XV una fisonomía nueva y propia, y son a veces impulsadas por los mismos Papas. Calixto III (+1458), por ejemplo, con ocasión de las invasiones turcas en Hungría, escribe en 1456 una encíclica a todos los obispos de la Iglesia , y prescribe en ella que todos los primeros domingos de mes se hagan procesiones generales, a las que nadie debe faltar, ni siquiera las monjas de clausura. Éstas harán la procesión en su claustro, rezando los siete salmos penitenciales y las letanías de los santos. La Misa compuesta para esta ocasión, se halla en el Misal de San Pío V, de 1570.
Ante Cristo en la Eucaristía. A medida que en estos siglos crece el culto a la Eucaristía fuera de la Misa, estas reuniones y procesiones penitenciales de oración suplicante van siendo centradas por la Iglesia cada vez más en la devoción a la Eucaristía. El Papa Pío II, por ejemplo, en un consistorio de 1463, convoca urgentemente a los príncipes cristianos en defensa de la Cristiandad frente a los turcos. Y une a esa llamada a las armas una convocatoria a la oración: «como Moisés oraba en la cima del monte, mientras los suyos luchaban contra los amalecitas, así nosotros,puestos ante el mismo Señor nuestro Jesucristo, presente en la divina Eucaristía, imploraremos salud y victoria para nuestros soldados combatientes» (A. de Santis, ob. cit. 66).
El Rosario. Se comprende muy bien que el pueblo cristiano, cuando se ve en las mayores angustias, se acoja al amparo de la Virgen María y solicite su intercesión infalible, ya que Cristo en la Cruz se la dio como Madre (Jn 19,27). Entre las oraciones a la Santísima Virgen que han tenido una difusión universal la más antigua es Sub tuum præsidium, hallada en un papiro del siglo III: «bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita». Se da ya en esa oración el sentido principal de tantas otras oraciones que «los desterrados hijos de Eva, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas», venimos dirigiendo hace siglos a la Virgen, que es dulzura y esperanza nuestra: «ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos» (Salve Regina).
El Avemaría se forma a lo largo de la Edad Media, y el Rosario que la multiplica viene a ser hasta nuestro tiempo el Oficio divino más difundido en el pueblo cristiano. Es la principal oración suplicante de la Iglesia en las pruebas de su tormentosa historia. Los Papas han apoyado siempre su rezo con insistencia. León XIII publicó nueve exhortaciones apostólicas sobre el Rosario (1883-1897), los Papas siguientes continuaron impulsándolo, y Pablo VI, por ejemplo, escribió sobre él dos de sus siete encíclicas, Mense maio (1965) y Christi Matri (1966).
Al Rosario se atribuyó muy especialmente la victoria decisiva sobre los turcos en la batalla de Lepanto (1571). Y el Papa San Pío V, conmemorando el día de esa victoria, el 7 de octubre, estableció la fiesta litúrgica de Nuestra Señora del Rosario. El Senado veneciano puso en el Palacio de los Dogos estas inscripción: «ni fuerzas, ni armas, ni jefes: la Señora del Rosario es la que nos ha ayudado en la victoria». En el siglo pasado, en 1917, en las apariciones de Fátima, la Madre de Cristo pide una y otra vez a los videntes y al pueblo cristiano que «continúen rezando el rosario todos los días en honor de Nuestra Señora del Rosario para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque solo Ella lo podrá obtener».
Las Cuarenta Horas. La devoción de las Cuarenta Horas consiste en adorar a Cristo en la Eucaristía de modo ininterrumpido, día y noche, durante cuarenta horas, recordando el tiempo que permaneció muerto. Esta devoción, partiendo de tradiciones muy antiguas, llega a su forma plena en el siglo XVI.
San Agustín (+430) considera que «desde la muerte de Cristo hasta el amanecer de su resurrección hay cuarenta horas… Nadie, por necio y menguado de alcances que sea, osará afirmar que estos números carecen de misterioso significado en la Escritura» (Ciudad de Dios IV,6, 10; +De Trinitate 4,6). Cristo muere el viernes, a la hora de nona, hacia las 3 de la tarde (Lc 23,44), y tres días después, al amanecer del domingo, hacia las 7 horas, resucita (Mt,28,1). Ha estado, pues, cuarenta horas muerto. Adorando su pasión y su muerte, nos atrevemos a pedirle a Dios todo lo que necesitamos.
La devoción de las Cuarenta Horas alcanza su plenitud a principios del siglo XVI, especialmente en Milán, y en seguida en Roma, cuando ese tiempo continuado de adoración se hace precisamente ante la Eucaristía. Es promovida por grandes santos –Antonio María Zaccaria, Felipe Neri, Carlos Borromeo, Benito José Labre– y también, desde el principio, por los Papas. Recordemos la encíclica Graves et diuturnæ del Papa Clemente VIII (1592), y su Instrucción sobre las Cuarenta Horas de la misma fecha. La implantación de las Cuarenta Horas alcanzó una difusión tan universal en la Iglesia que el Código de Derecho Canónico de 1917, vigente hasta 1983, dispone que
«en todas las iglesias parroquiales y demás donde habitualmente se reserva el Santísimo Sacramento, debe tenerse todos los años, con la mayor solemnidad posible, el ejercicio de las Cuarenta Horas en los días señalados, con el consentimiento del Ordinario local. Y si en algún lugar, por circunstancias especiales, no se puede hacer sin grave incomodidad ni con la reverencia debida a tan augusto Sacramento, procure dicho Ordinario que al menos en ciertos días, por espacio de algunas horas seguidas, se exponga el Santísimo Sacramento en la forma más solemne» (c. 1275).
Esta tradición de oraciones comunitarias suplicantes, que es continua en toda la historia de la Iglesia, está casi perdida en no pocas Iglesias locales de hoy. Quedan las témporas de acción de gracias y de petición, un día al año. Quedan comunidades religiosas contemplativas, la Adoración Nocturna y asociaciones semejantes. Quedan las eventuales manifestaciones multitudinarias de cristianos, en forma secularizada, a favor o en contra de una causa política. Pero como veremos en el próximo artículo, con el favor de Dios, se ha ido perdiendo en gran medida la oración comunitaria del pueblo cristiano, que ha de pedir al Señor, especialmente en los tiempos más difíciles, no sólo los bienes espirituales, sino también los bienes temporales que necesita.
Reforma o apostasía.
Acabé ya de exponer la doctrina cierta de la Iglesia sobre la política. En 18 artículos he expuesto la gran nobleza de la acción política cristiana, y las condiciones de virtud necesarias para poder realizarla (95-96); los grandes principios de la doctrina política de la Iglesia (97-109); y he iniciado una consideración sobre lo que hoy debemos hacer los cristianos en la vida política, comenzando por afirmar la primacía absoluta de la oración (110-113). Permítanme que insista una vez más en esto último antes de seguir adelante:

La oración de la Iglesia es la causa principal de la salud política de un pueblo. Como hemos comprobado con varios ejemplos, la oración de la Iglesia no sólo abre a los dones espirituales de Dios, sino también a sus dones temporales. Hoy, concretamente, el medio más poderoso y eficaz para combatir la Bestia liberal diabólica son las oraciones de petición de la Iglesia, las rogativas, las asambleas de oración y penitencia. Ellas, con la fuerza del Espíritu Santo, pueden vencer al Dragón infernal, a la Bestia mundana que de él recibe su fuerza, y a todos los males diabólicos que se difunden en el plano social y educativo, cultural y político.
Es muy alarmante que a veces este medio espiritual tan poderoso se vea menospreciado o simplemente ignorado. No deja de ser significativo que no pocos católicos, de entre aquellos que se muestran muy activos para llevar adelante iniciativas públicas en orden al bien común y al combate contra los grandes males presentes, «no tienen tiempo», sin embargo, es decir, no tienen ánimo para ir a Misa con más frecuencia o, por ejemplo, para rezar el Rosario diariamente, práctica que la Virgen María ha indicado claramente en Fátima y en otras ocasiones para la salvación del mundo moderno. Ya se ve que quienes ignoran el valor de la oración de súplica en la vida política confían más en la eficacia de las acciones humanas que en la eficacia de la gracia del Salvador del mundo; es decir, que en el fondo esperan la salvación no tanto de Dios, por gracia, sino sobre todo del hombre, por su esfuerzo. Con lo cual, sin saberlo, están espiritualmente bastante más cerca de sus adversarios políticos de lo que piensan. Hay en su actitud –aunque sea en dosis muy pequeñas– el convencimiento de que, para ser eficaces en los asuntos seculares, hay que combatir al mundo con sus propias armas.
En la vida litúrgica de la Iglesia, de hecho, se han ido reduciendo las rogativas (del latín rogare, rogar), la celebración de letanías (del griego litaneia, súplica insistente) y otras celebraciones semejantes, antes muy frecuentes, que ya he descrito. Actualmente la celebración litúrgica de las Témporas, sujeta su concreción a la Conferencia Episcopal de cada nación, pasa casi inadvertida para los mismos católicos practicantes, incluso los de Misa diaria. Ha quedado limitada, al menos en España, a los tres días de acción de gracias y petición, que pueden reducirse a uno, y se reducen, el cinco de octubre.
Reconozcamos con humildad que antiguamente la fe en la eficacia de la oración de petición era mucho más profunda en los cristianos que en los tiempos modernos, tan afectados de pelagianismo o semipelagianismo. Ya describí ampliamente los síntomas de esta enfermedad espiritual, como puede verse en el Índice (59-65). Los cristianos de antes estaban más convencidos de que no hay nada más poderoso para actuar en el mundo temporal que la oración. Creían de verdad en la palabra de Jesús: «cuanto pidiéreis al Padre os lo concederá en mi nombre… Pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo» (Jn 16,23-24).
Nosotros, en cambio, a veces, cuando hemos llegado al colmo de la impotencia y del desánimo, decimos: «no hay nada que hacer. Ya no queda sino rezar». La oración, pues, como «último recurso», y por supuesto, el más débil. Y la verdad es justamente lo contrario. La oración ha de ser «el primer recurso», y por supuesto, es el más fuerte y eficaz. La oración de petición ha de ir siempre por delante, como la proa del barco de la Iglesia; ha de ir por delante en la vida de cada cristiano, y también de aquéllos especialmente dedicados a la actividad política. Principios doctrinales y oración de petición forman la parte más luminosa y cierta de mi exposición sobre Católicos y política.
Entro, pues, ahora a explorar un campo menos cierto, en el que la virtud de la prudencia tendrá que hacer continuos discernimientos, y Dios quiera que pueda hacerlos con la ayuda de su don de consejo. Aquello que los cristianos deben hacer concretamente en relación a la vida política deberá ajustarse siempre, por supuesto, a los grandes principios doctrinales ya expuestos. Pero en la aplicación concreta de los mismos caben innumerables posibilidades, 1) según los países y las circunstancias y 2) según también la gracia que cada persona o cada grupo recibe de Dios.
Sería necio preguntarse, p. ej., ¿qué deben hacer los cristianos injustamente apresados en un campo de concentración? ¿Cuál es la actitud evangélica en esa extrema situación? No hay una actitud evangélica, pues muchas reacciones diversas y aún contrarias entre sí pueden estar inspiradas por un mismo espíritu cristiano. Pueden rebelarse contra sus carceleros, atacándolos, si es viable, o afirmándose en una resistencia pasiva, negándose al trabajo. Pueden intentar todos o un grupo una fuga para salvar la vida y buscar ayudas. Pueden incendiar el campo. Pueden, como Cristo en la hora de la pasión, «no resistir al mal», y dejarse atropellar y matar, colaborando con quienes gobiernan el campo, en todo lo que la conciencia les permita, para conseguir así un trato más favorable, especialmente hacia los cautivos más débiles y enfermos. Pueden darse, en fin, innumerables alternativas diversas, todas ellas fieles al Evangelio.
Entre quienes siguen alternativas diversas, debe mantenerse siempre la unidad católica, por la unión de la obediencia a los Pastores sagrados y por la unión de la caridad eclesial fraterna. La unidad es una nota esencial de la Iglesia, y no debe verse debilitada o rota entre aquellos cristianos que en cuestiones políticas siguen opciones diversas, siempre que sean en sí mismas lícitas y conformes a la doctrina católica. Concretando en forma simplificada: no pueden los más inclinados a la colaboración con la Bestia liberal considerar terroristas a aquellos cristianos que la atacan y denuncian más o menos abiertamente. Ni éstos pueden considerar a aquéllos otros como colaboracionistas, cómplices activos o pasivos de la Bestia mundana. Todos deben guardar la humildad y la caridad que son precisas para mantener la Iglesia en la unidad y la paz.
Por otra parte, ese empeño por guardar la unidad se hace hoy especialmente difícil porque desde hace medio siglo la doctrina política de la Iglesia ha sido muy escasamente actualizada y expuesta por la Jerarquía apostólica. Así lo he señalado anteriormente (97, al comienzo). Y entre los mismos Obispos, según personas y países, pueden apreciarse diferencias muy notables en relación al gobierno de los Estados liberales de Occidente. Tanto en la doctrina política, como más aún en los discernimientos prudenciales concretos –por ejemplo, dar o negar la comunión a ciertos políticos, enfrentarse o no abiertamente contra el Gobierno, etc.–, las diferencias entre los Obispos son a veces muy notables. Y con frecuencia los católicos, siendo a veces una gran mayoría en la nación, han de permanecer en el campo de la política paralizados por la perplejidad y la división de criterios. Su fuerza de influjo en la política es mínima. Cualquier minoría, por estrafalaria que sea, tiene con frecuencia una fuerza política mayor.
Comienzo, pues, ahora a tratar la cuestión ¿qué debemos hacer hoy los cristianos en la vida política? Y me veré obligado a ir considerando posibles acciones políticas muy concretas, en forma menos ordenada y doctrinalmente menos cierta.
Las manifestaciones católicas, más o menos multitudinarias, en pro y en contra de ciertas causas han ido cobrando en los últimos tiempos una importancia y frecuencia notables, al menos en ciertos lugares. Alejadas no poco o mucho de las procesiones penitenciales, de las rogativas y de otros modos de stationes que ya he descrito, se configuran a veces, no siempre, en modos semejantes a las manifestaciones seculares, sindicales y políticas. Me limitaré a referir algunos ejemplos.
En una ciudad del interior de Argentina, de unos 150.000 habitantes, varias Asociaciones católicas convocan una marcha en favor de la familia y de la vida, amenazadas ambas por un Gobierno anticristiano. «Se hizo la convocatoria con el propósito de afirmar públicamente por las calles de nuestra ciudad, como argentinos y como católicos, la Realeza Universal de Cristo y, consecuentemente, la primacía absoluta de su Ley en todos los órdenes de la actividad humana social e individual, frente a la agravación de los ataques que, desde diversos ámbitos de la sociedad moderna, se dirigen contra la Fe y la inteligencia católica, contra el orden natural y cristiano y contra las Instituciones y tradiciones que lo sostienen». Durante varios meses muchas personas colaboran con gran esfuerzo para preparar la marcha, conseguir permisos del Gobierno local, estimular personas y grupos, y prever todos sus numerosos detalles logísticos. Finalmente llega el día señalado.
Dos automóviles con potentes altavoces van en cabeza y cola de la marcha. La policía local la acompaña discretamente, en parte para defenderla de posibles agresiones, en parte para impedirle eventuales excesos. Se alternan en la marcha cantos, rosarios y oraciones, himnos y consignas coreadas por los más de 1000 asistentes. «Entre misterio y misterio [del Rosario], se entonaban cantos y se pronunciaban exclamaciones y vivas, con el entusiasta acompañamiento de grupos de jóvenes que hacían sonar sus bombos, redoblantes y cornetas, a la vez que se lanzaban bombas de estruendo y luces de bengala. Luego se hacía nuevamente el silencio y se continuaba con la oración».
Terminada la marcha de tres kilómetros, todos se congregan en un monumento local de gran significación patriótica y cristiana, y es leída por los potentes altavoces una encendida proclama en favor de ciertos valores cristianos, atropellados por poderes políticos y medios de comunicación, que se dicen liberales y tolerantes. Se rezan después unas oraciones litánicas, en las que se enumeran diversas intenciones, algunas bien incisivas, como las que piden al Señor «la conversión de los gobernantes, jueces y legisladores, para que no aprueben más leyes inicuas y criminales en nuestra Patria». Finalmente, se termina el acto y se dispersa la gente pacíficamente.
La marcha reunió a 1 de cada 150 habitantes de la ciudad, y no consiguió ninguno de sus objetivos. Sus efectos positivos se dieron en los propios manifestantes y también en la Iglesia local.
Nowa Huta es una ciudad polaca de más de 200.000 habitantes, construida después de la II Guerra Mundial (1949ss) junto a Cracovia. Si ésta viene a ser la capital espiritual e intelectual de la nación, Nowa Huta había de ser un paraíso obrero paralelo, una imagen perfecta del ideal soviético de una Ciudad-sin-Dios, sin templo, sin Iglesia. Mons. Karol Wojtyla, obispo auxiliar de Cracovia, después de fallidas conversaciones con las autoridades comunistas, pasó a la ofensiva y celebró en 1959 al aire libre una Misa navideña de medianoche. En el lugar deseado para un templo se plantó una gran cruz, una y otra vez retirada por agentes del régimen, y una y otra vez repuesta por católicos polacos. Estas luchas implicaban por entonces peligros muy graves, dadas las características de la policía secreta y pública del régimen comunista.
En 1962 Mons. Wojtyla fue nombrado Arzobispo de Cracovia, y en 1967, Cardenal. En Nowa Huta siguieron celebrándose Misas multitudinarias en las fechas importantes, hasta que en 1970 el Gobierno comunista cedió y permitió la construcción de un templo. En 1977, el Cardenal Wojtyla inauguró la nueva iglesia, y en 1978 fue elegido Papa.
Juan Pablo II, en su primer viaje apostólico a Polonia, dijo en la homilía de una Misa (8-VI-1979): «La historia de Nowa Huta está escrita por medio de la cruz… Han llegado hombres nuevos a Nowa Huta para comenzar un nuevo trabajo. Ellos han traído consigo esta nueva cruz. Ellos mismos han sido quienes la han levantado como signo de la voluntad de construir una nueva iglesia. He tenido la gran suerte de bendecir y consagrar, el año 1977, esta iglesia surgida a la sombra de una nueva cruz».
Los combates librados por los católicos en Nowa Huta mostraron la vulnerabilidad del Poder comunista ante las exigencias espirituales de un pueblo católico unido, encabezado por sus Obispos. Aquella ciudad nueva fue un semillero de oposición al régimen comunista. Dirigida esa oposición por el sindicato Solidaridad, llevaría en pocos años a la caída del comunismo perverso, opresor de la católica nación polaca.
En Versalles, cerca de París, en 1984, se produjo una inmensa concentración de católicos, promovida y encabezada por el Arzobispo de París, Cardenal Lustiger, y otros Obispos. Se enfrentaron así al Gobierno del presidente socialista Mitterrand, que en un proyecto de ley restringía notablemente las ayudas públicas a las escuelas confesionales privadas. Numerosas organizaciones católicas se unieron a la iniciativa, como la Union des Associations des Parents d’Élèves de l’enseignement libre (UNAPEL). La ley no se promulgó, y el ministro Savary, que la había promovido, hubo de dimitir. La victoria fue completa.
En Madrid, durante el último decenio, se han producido concentraciones multitudinarias de varios cientos de miles de asistentes, convocadas por Asociaciones católicas y apoyadas públicamente algunas veces por la misma Jerarquía episcopal. La colaboración organizada de miles de voluntarios durante meses hizo posible estas grandes manifestaciones católicas, convocadas sobre todo en defensa de la vida y de la familia, contra ciertas leyes proyectadas o promulgadas por el Gobierno socialista anti-cristiano. Es de notar que ninguna asociación nacional tiene, ni de lejos, un poder de convocatoria semejante al de la Iglesia.
El efecto político –el político– de estos formidables encuentros fue nulo. El Gobierno siguió adelante por su línea, sin variarla en nada, y en esos años facilitó al máximo los divorcios y los abortos, legalizó el «matrimonio» de homosexuales, estableció como asignatura obligatoria una Educación para la Ciudadanía profundamente anti-cristiana, etc.
La forma de estas manifestaciones multitudinarias ha variado bastante en cada ocasión. A veces los actos propiamente religiosos han sido escasos, y predominaron los modos seculares semejantes a las concentraciones sindicales o políticas. Cantos y banderolas, pancartas en alto y franjas de tela con ciertos lemas, elevación de globos, repetición clamorosa de algunas frases, al estilo de «¡aborto ilegal – aborto legal – siempre criminal!» En otros macro-encuentros se ha acentuado bastante más el sentido religioso, haciendo que culminaran en una Misa, y encargando los discursos finales a católicos señalados del Episcopado y del laicado de la Iglesia.
¿Qué pensar de estas grandes concentraciones religiosas, promovidas con un fin político? La cuestión es compleja, y exige que prolonguemos su estudio. Las observaciones que pueda yo hacer sobre ella valdrán también, mutatis mutandis, a las pequeñas concentraciones reunidas, por ejemplo, ante una Clínica abortista o ante un edificio del Gobierno. Y también tendrán alguna aplicación a ciertas Asociaciones que emplean sobre todo la vía de internet –lanzamiento de campañas, recogida de firmas, convocatoria de concentraciones–, procurando a un tiempo la movilización de los católicos en causas políticas y el combate contra Gobiernos anti-cristianos.

En el artículo anterior describí las marchas, concentraciones y manifestaciones públicas de los cristianos como uno de los modos actualmente empleados en el campo de la acción política. Puse como ejemplos la marcha celebrada en una ciudad de Argentina, las concentraciones de Nowa Huta y de Versalles, así como otras varias de Madrid. Y terminaba diciendo: ¿Qué pensar de estas grandes concentraciones católicas, promovidas con un fin político?

Las formas de las manifestaciones son muy diversas. Unas son prudentes, otras no. Unas están convocadas por los Obispos, otras por la iniciativa de Asociaciones de laicos. Unas tienen una modalidad abiertamente religiosa, y vienen a ser procesiones penitenciales y rogativas. Otras hay, al extremo opuesto, que adoptan formas casi totalmente seculares, acentuando la denuncia y la protesta. No será fácil en ocasiones distinguir si estamos ante una acción multitudinaria religiosa o más bien política. En fin, es evidente que no puede darse un juicio único para discernir el valor político y cristiano de manifestaciones públicas tan diversas. Por otra parte, lo que en un lugar es imprudente, en otro puede ser prudente y conveniente.
Estas grandes concentraciones públicas de católicos pueden ser, en principio, medios de acción política de gran eficacia. Estimo, sin embargo, que su valoración y oportunidad han de considerarse con sumo cuidado. Después de todo, al no ser tradicionales en la Iglesia, pues se han producido solamente en algunos lugares y en los últimos tiempos, no hay sobre ellas un discernimiento histórico fundamentado, ni existen tampoco acerca de ellas unas orientaciones pastorales de la Iglesia.
Suele ser un dato cierto que el beneficio mayor y más seguro es el que Dios produce en los mismos manifestantes. Estas grandes concentraciones, promovidas o no por iniciativa de la Jerarquía apostólica, se preparan con no poco trabajo, y su realización sólo es posible gracias al celo por el bien común de la Iglesia y del mundo que Dios enciende en el corazón de miles de católicos, de cientos de miles a veces. En estas grandes marchas y concentraciones los católicos acrecientan su fortaleza, confesando públicamente su fe en Dios y en sus leyes, se alegran de congregarse y de animarse con su presencia unos a otros, y luchan animosamente con un medio que está a su alcance –otros muchos no lo están– para promover causas buenas y resistir graves amenazas sociales o leyes criminales.
Más incierta resulta la eficacia política de tales manifestaciones. En ocasiones, como bien sabemos, la concentración pública de un millón de católicos en contra de una ley criminal anunciada no ha impedido en absoluto la promulgación de la misma. Ha afectado a la Bestia política anti-Cristo tanto como la picadura de un mosquito a un elefante. Y sin embargo ese millón de católicos fue reunido con un enorme esfuerzo.
Pudiera pensarse que diez diputados en el Congreso, si son realmente católicos y dispuestos a dar claro testimonio de Cristo, quizá consigan para el Reino de Dios victorias políticas que no son logradas por un millón de católicos manifestantes. Hablo de diez diputados que, como dice el Concilio Vaticano II, están decididos a trabajar en política para «evangelizar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, [dando] claro testimonio de Cristo» (AA 2). Hablo de políticos católicos cuyo intento principal es «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43). Como sabemos, la orientación política de ciertas naciones en no pocas ocasiones depende de la dirección exigida por una pequeña minoría de diputados, sin los cuales el Gobierno no puede sostenerse.
Pudiera pensarse también que si en vez de concentrar un millón de católicos en un lugar del país se congregaran diez o veinte mil en cada uno de los cincuenta lugares elegidos en una nación –catedrales, santuarios principales, estadios deportivos–, reuniéndose en celebraciones diocesanas, profundamente religiosas, orantes, penitenciales, eucarísticas, fáciles de organizar, y a las que será posible asistir y regresar en el día sin especiales gastos y esfuerzos, se conseguirían quizá frutos más positivos, y con muchísimo menos trastorno de las familias, del orden público, de las carreteras y de los calendarios de actividades de personas y asociaciones. Y sin enfrentamientos crónicos y públicos de la Iglesia con una sociedad claramente anti-cristiana.
La justificación de esas concentraciones católicas multitudinarias se puede establecer alegando el reinado social de Cristo, Rey no sólo de las personas y familias, sino también de las sociedades. Es precisamente la Bestia liberal, en cualquiera de sus modalidades, la que quiere a los cristianos recluidos en las sacristías, ocultos en las catacumbas de sus vidas privadas, sin manifestación pública alguna. También podrá alegarse la especial sacralidad del pueblo cristiano, que ha de llevarle a ser signo visible en la sociedad, estandarte del Señor alzado entre los pueblos. Todo eso es cierto, indudablemente. Pero los discernimientos prudenciales concretos han de tener en cuenta muchos más elementos, que sin duda en cada lugar y circunstancia pueden llevar a conclusiones diferentes.
Pongo un ejemplo. En una ocasión preguntaron a Santa Bernardita por qué a veces, yendo por la calle, rezaba ocultando el rosario en un bolsillo. A lo que ella contestó: «muchas veces es conveniente esconder a los ojos del mundo los objetos de devoción. Pueden ser mal comprendidos y dar ocasión a que se hable mal de la Santísima Virgen». No obraba así la santa por cobardía, por respetos humanos y por no atreverse a confesar a Cristo ante los hombres. Obraba así por prudencia del Espíritu Santo.
Señalo las condiciones principales que hacen justa y conveniente una gran concentración de católicos con fines políticos. Y como hay sin duda una cierta analogía entre la guerra y la manifestación pública de los católicos que viven en Babilonia, oprimidos por un poder diabólico, tendré en cuenta las condiciones que la Iglesia exige para que una guerra sea lícita. Las citaré según las resume el Catecismo.
Conviene que las grandes manifestaciones católicas con un fin político tengan la aprobación de la Autoridad apostólica, el Obispo local, la Conferencia episcopal. Para discernir la licitud de la guerra ha de tenerse en cuenta que «la apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común», es decir, en nuestro caso de los Obispos (Catecismo 2309). Si recordamos las cuatro concentraciones que puse como ejemplo en el artículo anterior, comprobaremos que las dos únicas que lograron su intento en el campo político fueron las convocadas por el Arzobispo de Cracovia, Mons. Wojtyla, y por el Arzobispo de París, Mons. Lustiger. No es éste, claro está, un argumento decisivo, pues solamente cité cuatro ejemplos. Y no niego que en ocasiones puede ser más conveniente y eficaz la convocatoria de asociaciones de laicos. Pero mantengo la conveniencia, en principio, de la condición señalada.
Otras veces en cambio, ya se comprende, cuando se trata de una procesión o concentración puramente devocional, no exigirá siempre esa aprobación episcopal previa. Pero también a veces será ésta conveniente, sobre todo cuando se trata de un acto público en el que se convoca en general «a todos» los fieles, es decir, a toda la Iglesia local. En principio, todo lo que afecte al bien común de la Iglesia del lugar debe hacerse en clara unión de obediencia al Obispo, es decir, sujetando las diversas iniciativas privadas a la bendición positiva de la Autoridad apostólica local. Y esta norma es muy antigua. San Ignacio de Antioquía, ya por el año 107, escribía: «hacedlo todo en la concordia de Dios, presidiendo el Obispo, que ocupa el lugar de Dios» (Magnesios 6). «Que nadie, sin contar con el Obispo, haga nada de cuanto atañe a la Iglesia» (Esmirniotas 9)».
Estas normas tan antiguas y venerables hacen pensar que para organizar una gran acción pública, que en una u otra medida compromete a la Iglesia local, no basta con lograr del Obispo una actitud de permiso o tolerancia –quizá porque no se ve con fuerzas para impedirla–. Parece que esas normas de vida eclesial más bien exigen un consentimiento claro y positivo del Obispo, para que la obra emprendida venga vivificada ciertamente por Cristo a través de su re-presentante en la Iglesia del lugar. Y si los santos apóstoles Pedro y Pablo exigían de los cristianos una fiel obediencia cívica a las autoridades imperiales, siendo Nerón emperador, también ha de prestarse esa misma y mayor obediencia eclesial al Obispo local, aunque a veces sea temeroso o de poco celo apostólico.
Por tanto, si el Obispo del lugar estimara que no es conveniente una cierta marcha o concentración pública organizada por un cierto grupo de laicos para promover un acto masivo pro-algo y contra-algo, esa manifestación no se debe realizar. No es lícito obrar en asuntos públicos de la Iglesia local al margen del Obispo, y menos todavía, en contra de su voluntad, sea ésta manifiesta o supuesta con certeza moral. Los cristianos manifestantes, por otra parte –no haría falta decirlo–, habrán de evitar absolutamente calificar al Obispo como «cómplice de los crímenes que nosotros valientemente denunciamos».
La celebración de una manifestación católica de intención política exige «que se reúnan condiciones serias de éxito» (Catecismo 2309). Así lo exige la Iglesia para declarar lícitamente una guerra. Es evidente, sin embargo, que esta norma habrá de aplicarse mutatis mutandis, pues entre una gran concentración católica políticamente reivindicativa y una guerra hay similitud, pero en modo alguno identidad. Por otra parte, no es fácil medir el éxito habido en una de estas concentraciones. Sí es posible en cambio medir en cierto modo la eficacia de la misma acerca del objetivo político pretendido. Se han dado en ocasiones manifestaciones de un millón de católicos cuya eficacia política ha sido prácticamente nula. Y también se han conseguido otras veces, pocas, efectos positivos muy grandes.
El gran trabajo de los organizadores durante meses, el notable esfuerzo de personas y familias de toda la nación para reunirse en cierto lugar, acudiendo a él en miles de coches y autobuses, podrá tener grandes efectos benéficos en los propios asistentes. Y tanto los organizadores, que ven desbordadas sus previsiones, como los asistentes, podrán estimar que la concentración fue un gran éxito. Pero el efecto político que en ella se pretendía podría ser un total fracaso. La Bestia liberal, dominadora de los principales medios de comunicación, silencia después, desfigura, aminora –la guerra de cifra de asistentes–, ignora prácticamente la multitudinaria manifestación. Y aquellas leyes diabólicas, con tanto esfuerzo combatidas, se hacen después vigentes, con otras más, implacablemente.
También ha de evaluarse previamente si la convocatoria misma va a tener éxito. Puede, por ejemplo, el Obispo de una ciudad de 200.000 habitantes considerar perjudicial una concentración católica de reivindicación política en la que se prevé una asistencia de 1.000 personas. Esta mínima representación de la ciudad puede resultar contraproducente en referencia al objetivo político pretendido. Escenifica y manifiesta que la oposición a esas leyes es mínima: «mírenlos: no son nadie, son mil entre 200.000». Los enemigos del Reino se verán satisfechos de que la manifestación se haya producido y les haya dado la razón. Quizá incluso deseen y esperen que en otras ciudades se hagan manifestaciones semejantes.
Continuaré todavía con el tema de las manifestaciones. Pero vuelvo a advertir que en esta serie Católicos y política hemos entrado ya en una sección última, Qué debemos hacer? en la que gran parte de lo que diga es opinable. Estamos en un campo prudencial en el que la evaluación de algunas acciones políticas no puede presentarse como cierta, cuando es de suyo opinable y condicionada por lugares y circunstancias.
Ya queda dicho que las multitudinarias manifestaciones católicas con finalidades reivindicativas pueden ser oportunas en algunos casos y guardando ciertas condiciones. Sigo considerando el tema.
–La fuerza del número es clave en las sociedades liberales. Sit pro ratione, voluntas. Siga la razón lo que la voluntad establece. Esta máxima romana –Juvenal, por ejemplo– se acomoda muy bien a cualquier gobierno que no se sujeta ni a Dios ni al orden natural, sea un tirano o una muchedumbre democrática liberal. De hecho, si miramos la historia de Occidente, observamos que el uso de las manifestaciones populares como medio ordinario de acción política se ha multiplicado grandemente en las sociedad democráticas liberales, fundamentadas no sobre la verdad, sino sobre la fuerza numérica de los votos.

Siempre ha habido, por supuesto, concentraciones populares que pretendían afirmar sus razones con la fuerza acumulada de sus voluntades: Fuenteovejuna, ¡todos a una! Pero parece indudable que su proliferación moderna en la vida política procede de doctrinas como las de Rousseau y afines. La voluntad general, la fuerza de la mayoría, debe prevalecer sobre todo y sobre todos. La fuerza cuantitativa de la voluntad y del número debe prevalecer sobre la fuerza cualitativa de la razón y de la verdad. Las cosas –el «matrimonio» homosexual, por ejemplo– no son según la verdad de su naturaleza, sino como la mayoría del pueblo quiere que sean.
–En las fuerzas seculares políticas, sindicales y afines, las concentraciones públicas son medios ordinarios empleados en la lucha política y laboral. En efecto, éstos y otros grupos seculares, apoyándose en las premisas liberales, es decir, en la fuerza bruta y numérica de las masas, convocan con relativa frecuencia las manifestaciones públicas, procurando que sean lo más numerosas y clamorosas posibles, para que puedan afectar seriamente a gobernantes, empresarios y opinión pública. Por eso mismo, al día siguiente del evento suele haber en los medios de comunicación una «guerra de cifras» en la que éstas varían escandalosamente según la orientación política de cada uno de los medios.
Estas manifestaciones, como también las huelgas, son acciones apoyadas no en la fuerza de la razón, sino en la razón de la fuerza. Por eso suelen ser portadoras de un mensaje sumamente simple, expresado en pancartas, reiterado en eslóganes proclamados en enormes coros, y finalmente completado por un discurso elemental, proclamado en un estrado a través de potentes altavoces.
Es frecuente que estas grandes concentraciones mundanas se produzcan en formas deliberadamente desmesuradas, según los casos: cientos de banderas y letreros, pitos, bombos y trompetas, petardos de estruendo, globos, caras pintadas, gorros, pañuelos y lazos significativos, cantos y abundancia de octavillas… Y es lógico que así procedan, pues ante todo tratan de impresionar al público, a los periodistas y fotógrafos, a la televisión, y de presionar a través de estos medios a determinadas instancias sociales y políticas. Unas veces el ambiente es torvo y agresivo, pero con más frecuencia es de gran jolgorio, lo que no deja de ser contradictorio cuando la causa de la acción masiva es, real o presuntamente, una gran injusticia o algo intolerable.
–Es, pues, normal que ese mundo centrado en el número de voluntades y en la cantidad de la fuerza social ostentada públicamente sea ajeno a la tradición católica. Como también es bastante comprensible que las manifestaciones católicas se configuren de modos semejantes a los establecidos por las concentraciones paganas. Se trata de mimetismos lamentables, aunque tampoco hay que calificarlos como indignos. Aunque a veces sí.
El pueblo cristiano vive de la fe, esto es, de la verdad, sea ésta profesada por una minoría o por una inmensa mayoría. Es igual. Vive de la fe, de la inteligencia evangelizada por Cristo, no de las convicciones mayoritariamente profesadas y manifestadas. Vive de la voluntad de Dios, no de la voluntad general, presuntamente conocida a través de las concentraciones masivas, de las votaciones cívicas y de los partidos políticos. Por eso casi siempre se capta un algo de ambigüedad en las grandes concentraciones católicas que combaten por nobles causas políticas.
No puede uno menos de pensar que quizá muchos de los que en ella participan tienen una firme fe en la democracia liberal, tantas veces reprobada por la Iglesia. Creen que una sociedad debe regirse ateniéndose a la fuerza cuantitativa de los votos. Son, pues, católicos que maldicen ahora en su concentración pública los frutos perversos de un árbol político que habitualmente bendicen, regándolo con sus votos, y considerándolo, en cuanto sistema, como «el menos malo» de los árboles políticos que pueden cobijar a los hombres bajo sus ramas.
Según esto, muchos de los católicos que se manifiestan contra ciertos males sociales causados por los políticos liberales están de ellos bastante más cerca de lo que piensan. Y de hecho, en las próximas elecciones, darán quizá sus votos a partidos malminoristas de presunta inspiración cristiana, que están determinadamente dispuestos a tolerar las leyes criminales establecidas por el liberalismo de sus predecesores en el gobierno, ya que se trata de leyes establecidas por la majestad suprema de la voluntad general ciudadana.
–El pueblo de Cristo, sin embargo, debe también manifestarse cuando es oportuno, pero siempre en formas dignas, evitando un mimetismo acrítico a las concentraciones seculares. Esa dignidad está asegurada cuando se trata de concentraciones realizadas con unas formas religiosas, sea en la calle y en la plaza o sea en el ámbito sagrado de una catedral o de un santuario. También entonces son manifestaciones –como cuando implican públicas procesiones–, y aunque a veces puedan celebrarse con una cierta finalidad reivindicativa, más propiamente tienen una forma orante y suplicante. Se dirigen principalmente a Dios, aunque también a los gobernantes de modo indirecto.
Pero también cuando estas manifestaciones han de darse en un ambiente más secular deben guardar siempre la dignidad, la belleza y el orden que corresponde a la Iglesia, congregada en el nombre de Cristo, para defender una causa política. Esta dignidad en los modos viene exigida fundamentalmente por el respeto debido a Cristo: «donde dos o tres se congregan en mi nombre,allí estoy yo presente en medio de ellos» (Mt 18,20). El pueblo cristiano es el Cuerpo de Cristo, el estandarte de Dios entre los hombres, el Templo de la Santísima Trinidad. No puede, por tanto, manifestarse adoptando sin más formas profanas, porque el Señor aseguró que estaría presente en estas reuniones. Y no estaría Cristo cómodo desfilando en ciertas manifestaciones católicas de formas secularizadas.
–Non multa, sed multum. Esta vez la máxima latina (Plinio el Joven, Quintiliano) admite, obviamente, una indefinida variedad de significaciones. Más profundidad que extensión. Más calidad que cantidad. Un «manifiesto» con una declaración escandalosamente verdadera y clara, firmado por diez cristianos prestigiosos, puede tener más eficacia política que una «manifestación» de un millón de cristianos. Y en este sentido, la acción de «un» católico solo, aunque no sea persona especialmente significada en la sociedad, que, por ejemplo, publica una carta al director de un diario nacional, combatiendo con fuerza por una causa noble –si es que se la publican–, suele ser siempre conveniente, y en alguna medida eficaz, sin que por su parte plantee especiales problemas acerca de su oportunidad. Mucho más problemática es la convocación de una marcha de un millar o de cien mil católicos por las calles de una ciudad.
–Algunos grupos católicos actúan fundamentalmente por internet para promover estas concentraciones masivas, cartas al Gobierno con miles de firmas, y otros modos análogos de combatir en favor del bien común. Estamos más o menos en la misma línea estratégica de las grandes manifestaciones, que a veces son precisamente convocadas por estos mismos grupos. Pues bien, los más valiosos grupos son aquellos que más formación doctrinal y espiritual dan a sus miembros. Los menos valiosos se centran en la promoción de acciones cuantitativas y numéricas. Con la mejor intención, con grandes esfuerzos de trabajo y de gastos, que no son posibles sin mucha abnegación y amor al bien común, logran, por ejemplo, fabricar y distribuir cincuenta mil camisetas con un slogan o reunir cientos de miles de firmas para potenciar una carta de protesta y de exigencia:
«Querido José María [me dicen en una carta «personal»], luchamos por impedir tal ley: y vamos a conseguir frenarla. Ayúdanos con tu presencia, tu firma y tu donativo». No siempre estos grupos coordinan suficientemente sus actividades, que al pretender un mismo objeto, se estorban a veces entre sí. Tienden con frecuencia a multiplicar campañas y eventos («el órgano crea la función»). Rivalizan a veces con otras asociaciones colaboradoras en la misma acción para mantener la dirección y apuntarse el éxito posible. Revuelven no poco el Calendario del año de los cristianos, como ya lo indiqué en otro artículo (99). Miserias difícilmente evitables en toda acción humana colectiva. Pero, sin duda, estos grupos católicos militan bajo las banderas de Cristo. No suelen conseguir grandes victorias políticas, pero resultan benéficos sobre todo para los cristianos que colaboran en ellos.
–El pueblo cristiano no debe asumir como un medio ordinario de acción política la organización de grandes presiones sociales, conseguidas en manifestaciones y cartas multitudinarias. Las fuerzas sociales y políticas modernas, como se apoyan principalmente en la fuerza del número, emplean ese medio en forma ordinaria, siempre que lo ven conveniente; y lo ven conveniente con frecuencia. Pero la Iglesia no debe asumir estos modos de presión social y política como una de las formas habituales de combatir por el Reino. Y si en algún caso son convenientes esas acciones, deben organizarse en lo posible convocadas o aprobadas por la Jerarquía apostólica, con una considerable probabilidad de éxito y en formas absolutamente dignas, las que corresponden a Cristo y a su Cuerpo eclesial.
–Si los católicos usaran ordinariamente el medio político de las manifestaciones, tendrían que estar manifestándose en forma continua contra los males del mundo secular: diariamente. Y eso es evidentemente imposible. Tendrían que manifestarse, por ejemplo, contra el proyecto de una ley facilitadora del aborto; pero si era después de promulgada, tendrían que seguir manifestándose contra ella. Un año y al año siguiente. El terrible crimen social sigue erguido como una columna. Si no cayó al primer envite multitudinario, habrá que seguir convocando muchedumbres hasta que la columna caiga y se rompa en trozos. ¿Es éste un plan prudente de acción política cristiana?
Y lo mismo tendrían que hacer los católicos contra una ley de divorcio-rápido, por pura voluntad de los cónyuges o de uno de ellos, sin causas previamente tipificadas por el Derecho. Es un enorme crimen destructor de las familias. Y lo mismo contra la pornografía en los medios de prensa y televisión, a veces subvencionados por el Estado, es decir, por los ciudadanos contribuyentes. Y lo mismo contra ciertas leyes educativas vigentes en escuelas, colegios y universidades. Y contra el «matrimonio» homosexual. Y contra las mínimas ayudas económicas a los países pobres, vergonzosamente escasas, meramente simbólicas, que dejan morir de hambre a muchos millones hombres. Y tendrían que manifestarse contra… y a favor de… No bastarían los 365 días del año.
La Bestia liberal es sumamente prolífica, y está engendrando monstruos innumerables, uno tras otro, en leyes, costumbres, medios de comunicación, de entretenimiento y de educación. En consecuencia, los cristianos, puestos a manifestarse, habrían de hacerlo en primer lugar contra el ateísmo oficial del Estado, el mayor de todos los crímenes públicos, el crimen padre de todos los crímenes sociales y políticos (Rm 1,20-32).
De este modo, en un régimen de manifestaciones frecuentes el pueblo cristiano se configuraría públicamente ante el mundo como un contra-poder crónico. Lo que además de imposible, es sin duda inconveniente.
–Nuestro Señor Jesucristo no organizó concentraciones inmensas, aunque era tan grande su poder para entusiasmar al pueblo, ni para salvar su vida, ni contra los romanos invasores, ni contra sacerdotes-escribas-fariseos y demás manada de autoridades pésimas, que estaban tramando su muerte. Él nunca empleó esa, digamos, violencia social, o si se quiere, esa presión social, que podría haber promovido con arrasadora eficacia.
–Tampoco los primeros cristianos emplearon esas armas de acción política. Pasaron tres siglos sufriendo persecuciones, expoliaciones, humillaciones, pobreza, exilios, torturas, muertes, sin acudir nunca a revueltas públicas, a manifestaciones pacíficas y ni siquiera a combates jurídicos contra leyes inicuas que proscribían su existencia: cristiani non sint. Escribieron, sí, Apologías en su propia defensa, empleando la fuerza de la razón. Se nos podrá decir que no lo hicieron entre otras cosas porque de ningún modo les era posible hacerlas, estando cívicamente fuera de la ley. Y en buena parte es cierto. Pero nunca, ni siquiera en algunas regiones en donde llegaron a ser mayoría social –Bitinia, Tracia, Ponto, Frigia– organizaron actos de presión social, afirmando su razón con la razón de la fuerza, y exigiendo el respeto de sus derechos cívicos a no ser perseguidos, a tener templos, etc., o para acabar con la esclavitud o con los circos romanos, en los que las fieras devoraban a los hombres, etc.
¿Podemos pensar que aquellos cristianos eran unos apocados y cobardes, que no intentaban siquiera darle la vuelta a la situación social y política, teniendo cada día ante sus ojos tantísimos crímenes establecidos por la ley o la costumbre? No es posible creerlo, porque dieron innumerables mártires, y el martirio exige una fortaleza heroica. ¿Pero entonces, por qué se estaban tan quietos y callados? Algunos hoy no entienden esto. No ven explicación alguna a aquella pasividad, que podría parecer cómplice de los enormes atropellos del Imperio Romano. Y sin embargo, ésa es la verdad. Y lo siguió siendo en tiempos de paz.
–«Guarda tu espada, Simón Pedro, que es la hora del poder de las tinieblas»La espada debe ser sacada por los caballeros cristianos en los tiempos de la luz, en los siglos de Cristiandad, como fue esgrimida en los combates de San Fernando de Castilla o de San Luis de Francia. Tiempos en que Concilios y grandes santos promovieron las Cruzadas y las Órdenes Militares. La espada es también esgrimida en la guerra de los cristeros mexicanos y en la de los voluntarios combatientes españoles. Los cristeros pusieron contra las cuerdas al Gobierno criminal anticristiano, y quizá hubieran impuesto en Méjico la razón de la fe si aquellos delegados de la Iglesia, incompetentes y engañados, no hubieran llegado con el gobierno diabólico a unos «mal llamados Arreglos». Y la lucha de los combatientes cristianos en España fue coronada por Dios con la victoria.
Pero ahora estamos en la hora y el poder de las tinieblas. Y la espada que no fue sacada en los tres primeros siglos de la Iglesia, apenas debe ser empleada hoy por los cristianos, cuando, sobre todo en las naciones caídas en la apostasía, crece más y más la Bestia liberal desde la Ilustración y la Revolución francesa. No debe ser esgrimida hoy la espada del pueblo cristiano, como no sea en convocaciones muy graves e infrecuentes, promovidas o aprobadas por la Autoridad apostólica, y en formas dignas del Cuerpo de Cristo.
La hora de las tinieblas es la hora de la Cruz, y en ella debe aplicarse más bien la norma de Cristo: «no resistáis al mal» (Mt 5,30), «guarda tu espada» (Mt 26,52)… Es la hora de la Virgen de Fátima: oración y penitencia para vencer los males enormes del mundo. No van bien orientados los que pretenden una victoria sobre el pecado del mundo muy diferente a la victoria de Cristo en la Cruz.
Partimos de lo que ya dije (95):
«Es muy escaso el influjo actual de los cristianos en la vida política de las naciones de Occidente, todas ellas de antigua filiación cristiana. Son muchos los católicos que ven hoy con perplejidad, con tristeza y a veces con resentimiento hacia la Jerarquía pastoral, cómo la presencia de los laicos en la res publica nunca ha sido tan valorada y exhortada en la enseñanza de la Iglesia como en nuestro tiempo, y nunca ha sido tan mínima e ineficaz como ahora. No pocas naciones actuales de mayoría cristiana, desde hace más de medio siglo, han ido avanzando derechamente hacia los peores extremos del mal, conducidos por una minoría política perversa y eficacísima. Esta minoría, en una y otra cuestión, con la complicidad activa o pasiva de políticos cristianos, ha ido imponiendo siempre sus objetivos y leyes criminales, como si la gran mayoría católica no existiera, y ¡apoyándose principalmente en sus votos! “Además de cornudos, apaleados”… Así ha logrado arrancar las raíces cristianas de muchas naciones, ha ignorado y calumniado su verdadera historia, ha encerrado el pensamiento y la vida moral de esas sociedades en unas mallas férreas cada vez peores y más constrictivas».

¿Cómo puede explicarse la inoperancia casi absoluta de los cristianos de hoy en el mundo de la política y de la cultura? Llevamos más de medio siglo elaborando «la teología de las realidades temporales», hablando de «la mayoría de edad del laicado», de su ineludible «compromiso político», que les ha de empeñar en «impregnar de Evangelio todas las realidades del mundo secular». Vaticano II puro… Y sin embargo, nunca en la historia de la Iglesia, al menos después de Constantino, el Evangelio ha tenido menos influjo que hoy en el pensamiento y las costumbres, el arte y la cultura, en el mundo de las leyes y de las instituciones, de la educación, de la familia y de los medios de comunicación social. ¿Cómo se explica eso?… No se llega a conocer algo si no se conocen sus causas: cognitio rerum per causas.
El gran desfallecimiento actual de la actividad política católica tiene tres causas fundamentales, que en el fondo son una sola:
1.– La amistad con el mundo, pues allí donde la Iglesia evita por principio el enfrentamiento con el mundo moderno, no es posible que se organice ninguna opción política cristiana. «¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemiga de Dios?» (Sant 4,4)… Una acción de los cristianos en el mundo secular, sobre todo si se produce en forma organizada –un gran partido, o aunque sea pequeño, una coalición de asociaciones católicas–, produce inevitablemente una cierta confrontación entre la Iglesia y el mundo. Y esto es lo que los Pastores y fieles mundanizados quieren evitar pasando por lo que sea. Cuando se exige, como norma indiscutible, que la Iglesia se relacione con el mundo moderno en términos de conciliación amistosa; cuando se pretende evitar por encima de todo cualquier confrontación con el mundo –y cualquier modo de persecución, claro–, entonces se hace totalmente imposible la acción política de los cristianos en el mundo. Y mucho menos, como digo, si se realiza en formas organizadas.
2.– El pelagianismo y el semipelagianismo implican una «evitación sistemática del martirio», lo que también paraliza la actividad política de los católicos. Ya describí este proceso (63). Evitan los cristianos el martirio para afirmar al hombre y por horror a la cruz. Piensan que hay que proteger sana y prestigiada ante el mundo «la parte» humana de la Iglesia, para que así pueda co-laborar con «la parte» de Dios en la transformación de la sociedad. En otras palabras: estos cristianos, no queriendo ser mártires, se creen incluso con derecho a no serlo.
En el siglo XX se da una misteriosa paradoja. En él ha habido, con gran diferencia, más mártires cristianos que en todos los siglos precedentes. Pero en la Iglesia de nuestro tiempo, junto a esta muchedumbre de mártires, se ha dado también una multitud de apóstatas en número nunca conocido. La vocación al martirio ha sido rechazada por aquellos cristianos que han preferido aceptar en su frente y en su mano la marca de la Bestia liberal, para poder comprar y vender en el mundo (Ap 13).
Y la vocación martirial ha sido muy particularmente escasa entre los políticos cristianos. No han luchado éstos por la verdad y el bien del pueblo. No se les ven cicatrices, sino prestigio mundano y riqueza. Sin mayores resistencias –pues tienen que «guardar sus vidas» cuidadosamente, para poder así servir al Reino de Cristo en el mundo–, han dejado ir adelante con sus silencios o complicidades políticas perversas. Han tolerado agravios a la Iglesia que no habrían permitido contra una minoría ecologista, islámica, budista o gitana. Se han mostrado incapaces no sólo de guardar en lo posible un orden cristiano, formado durante siglos en naciones de mayoría cristiana, sino que ni siquiera han intentado proteger lo más elemental de un orden natural, destrozado más y más por un poder político malvado. E incluso han obrado también en la misma dirección cuando han tenido una amplia mayoría parlamentaria, pues no querían perderla.
3.– El catolicismo liberal, desligando de Dios y del orden natural la voluntad humana, mundaniza mentes y conductas, y lleva necesariamente a la total esterilidad política. Ignora y desprecia la tradición doctrinal y espiritual católica, asimila las mentiras diabólicas del padre de la mentira, y por eso no tiene nada que dar al mundo secular. Entre estos católicos secularizados no hay ya filósofos ni novelistas, ni tampoco polemistas que entren en liza con las degradaciones mentales y conductuales del mundo actual, por el que sienten admiración y gran respeto. Así las cosas, estos católicos liberales son incapaces de actuar como cristianos en política, en el mundo de la cultura y de la educación, en los medios de comunicación. Son «sal desvirtuada, que no vale sino para tirarla y que la pise la gente» (Mt 5,13). Cuando los católicos más ilustrados, clero y laicos, asimilan el liberalismo y asumen la guía del pueblo, cesa completamente la acción política de los católicos.
Gracias a los católicos liberales, en pueblos de gran mayoría católica ha podido entrar en la vida cívica, sin mayores luchas ni resistencias, y legalizadas por el voto de los católicos, una avalancha de perversiones incontables, contrarias a la ley de Dios y a la ley natural. También el Poder anti-Cristo ha podido gobernar durante muchos decenios a pueblos de indudable mayoría católica, como México o Polonia, sin que los católicos liberales de todo el mundo se rebelaran por ello mínimamente.
La Bestia liberal no ha sido combatida suficientemente desde hace más de medio siglo. Y ésta es causa muy suficiente de que no sea hoy apenas posible la actividad política de los católicos en muchos países. «La tierra entera sigue maravillada a la Bestia», a quien el Dragón infernal le ha dado poder para «hacer la guerra a los santos y vencerlos» (Ap 13,3.7). En esta situación solamente un resto bendito de fieles mártires resiste a la Bestia y no admite su marca ni en la frente ni en la mano: son «los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (12,17).
Hubo un tiempo en que el Poder político era un bien; más tarde vino a ser un mal menor; actualmente es el mal peor que actúa en las naciones, y los católicos en modo alguno deben colaborar con él por acción o por omisión. Nada tienen que hacer los cristianos en planteamientos políticos laicos, que, como ya vimos, son de hecho laicistas (106).
Cuando consideramos la actitud pasada de una buena parte de la Iglesia Ortodoxa en el mundo comunista del siglo XX, nos parece lamentable que no resistiera más abiertamente a la Bestia soviética. Pero cuando se considere dentro de unos años la actitud de algunas regiones de la Iglesia Católica frente a la Bestia liberal, parecerá lamentable que ésta no fuera mucho más denunciada y combatida. Dar la mano, la sonrisa y la imagen de concordia a políticos responsables de tantos crímenes –no pocos de ellos se dicentes cristianos–; elogiarlos incluso, p. ej., al terminar su ministerio; establecer con ellos acuerdos, que se declaran «satisfactorios»; no impedir que el voto de los católicos sostenga y haga posible tantas infamias; no promover fuerzas políticas operativas, capaces de combatir a la Bestia, todo eso se verá con pena, lamentación y vergüenza. Y las razones que puedan alegarse en justificación de esa actitud, «salvar la vida de la Iglesia, el mantenimiento de los sacerdotes y de los templos, la vida litúrgica, asistencial, apostólica», etc., no serán admitidas, sino que se estimarán falsas y cobardes.
Es ya necesario y urgente que los votos católicos se unan para procurar el bien común en la vida política. Es absolutamente intolerable que los votos católicos sigan sosteniendo el poder de la Bestia liberal. O dicho de otro modo: es una vergüenza que los católicos no hallen un cauce político en el que participar con su actividad y sus votos. No es admisible que en países de mayoría católica puedan tener representación política los comunistas, los ecologistas, los socialistas, los conservadores liberales, los regionalistas, etc., pero no los católicos, que se ven obligados a abstenerse de votar o a votar partidos malminoristas, que pronto vienen a ser malmayoristas.
Ningún voto de católicos siga, pues, apoyando a los partidos malminoristas que sostienen la Bestia liberal, la que fomenta el divorcio, el aborto, la eutanasia, la educación laicista, el enriquecimiento cerrado a la ayuda de los países pobres, la fractura de la nación en regiones y partidos contrapuestos, y toda clase de atrocidades y perversidades. Pero para eso hay que crear la posibilidad de que los católicos puedan votar a un partido cristiano o bien a una coalición de partidos y asociaciones políticas cristianas, que se unan con un fin electoral.
No es bastante en modo alguno que en una Iglesia local se promueva de vez en cuando un Congreso de políticos católicos, incapaces de formar una alternativa políticamente operante; ni basta con que se organicen algunas manifestaciones multitudinarias contra el Gobierno, o que incluso los Obispos publiquen Documentos que condenan gravemente ciertos engendros de la Bestia, pero sin condenarla a ella misma. Una docena de diputados verdaderamente católicos podrían obrar con más eficacia en la vida política de la nación que todos esos Congresos, manifestaciones y documentos episcopales.
–No basta en la situación actual con exhortar a los fieles a que «voten», y a que «voten en conciencia». Es necesario hacer posible una canalización del voto de los católicos, para que el pueblo fiel se empeñe positivamente en la promoción del bien común y en combatir el mal común. Sólo cuando se dé esa posibilidad el ciudadano cristiano se verá libre de la pésima necesidad de votar una y otra vez, durante generaciones, siempre males, sean males menores o mayores. ¿Hasta cuando esta ignominia?
Algunos quieren hacernos creer que la Iglesia, a partir del Vaticano II, veta la unión de los católicos en organizaciones políticas. Eso enseñan falsamente aquellos Pastores y fieles cristianos que no quieren enfrentamientos de la Iglesia con el mundo moderno. Ellos son quienes impiden que los católicos formen asociaciones políticas, sean éstas o no confesionales. Ellos son los que abortan cualquier intento de unión del voto de los católicos apenas concebido. Prefieren con mucho que los católicos apoyen a partidos malminoristas. Ellos son los principales causantes del desfallecimiento postconciliar producido en la acción misionera y en la actividad política (104). Pero esa pasividad cautelosa y derrotista, frente a la prepotencia del mundo anti-Cristo, en modo alguno se deriva de la enseñanza del Concilio Vaticano II.
La Iglesia quiere que los católicos se asocien para actuar en la vida política, porque sabe que nada pueden hacer inmersos en partidos laicos que en realidad son laicistas. El último Concilio, según ya vimos (104), enseñó que es misión principal de los laicos cristianizar la vida social y política:
«El Vaticano II enseñó con especial insistencia en muchos de sus documentos que los laicos están llamados a “evangelizar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de modo que su actividad en este orden sea claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres” (AA2). “Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana” (7). “A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena” (GS 43)». ¿Cómo podrán cumplir, ni de lejos, esa misión si se integran en organizaciones laicas, normalmente laicistas?
El Concilio Vaticano II quiere que «los laicos coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36c). ¿Cómo podrán coordinar sus fuerzas los católicos si no es en un movimiento único o, mejor normalmente, en una coalición de asociaciones o de organizaciones de verdadera inspiración cristiana? La Iglesia sabe perfectamente que los laicos jamás podrán cumplir la misión política integrándose en partidos malminoristas, laico-laicistas. Lo sabe bien a priori, y aún más cierta está de ello a posteriori, comprobando la experiencia histórica de los últimos tiempos. Tienen absoluta necesidad de «coordinar sus fuerzas».
Así procedieron los católicos en el siglo XIX y en buena parte del XX, coordinándose en partidos, asociaciones, movimientos, alianzas, círculos políticos, congresos de actividad permanente. Fueron muchos aquellos cauces de la actividad política de los católicos, que, con mayor o menor fuerza y acierto, consiguieron a veces importantes victorias, librando batallas a veces muy fuertes y prolongadas. Los partidos laicistas tenían entonces que contar con el voto católico, porque muchas veces sin él ni siquiera podían gobernar.
Algunas voces en la Iglesia van ya afirmando la necesidad de que los católicos se unan y organicen para la acción política, viendo como algo patente que de otro modo el influjo católico en la vida de las naciones es mínimo, y que los pueblos se hunden más y más en la ruina. Los católicos tenemos derecho a que se oiga nuestra voz en las Cortes. No somos ciudadanos proscritos o de segunda categoría.
Limitando por un momento mi observación a los Obispos de España, recordaré tres intervenciones.
–Mons. Fernando Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona, con gran escándalo de la progresía, se refirió en una conferencia dada en León (III-2007) a los pequeños partidos «que quieren ser fieles a la doctrina social de la Iglesia en su totalidad […] Tienen un valor testimonial que puede justificar un voto. No tienen muchas probabilidades de influir de manera efectiva en la vida política, aunque sí podrían llegar a entrar en alianzas importantes […] Sí son dignos de consideración y apoyo». No fueron muchas las voces católicas que se atrevieran a apoyarle en doctrina tan «políticamente incorrecta». Pero tampoco le faltaron apoyos, como el artículo de Luis Fernando Pérez Bustamante Monseñor Sebastián y los hipócritas.
–Mons. José Ignacio Munilla, entonces Obispo de Palencia: «Por desgracia, nos estamos acostumbrando a la teoría del “mal menor”, como única fórmula de hacernos presentes en la vida pública. Sin embargo, lo razonable es que el mal menor sea algo transitorio –nunca definitivo–, y que al mismo tiempo los católicos vayamos dando pasos decididos hacia el bien […] Imagino que no hará falta declarar que no es vocación de los obispos la de conformar alternativas políticas, sino la de limitarse a dar orientaciones morales. Ahora bien ¿no habrá laicos católicos que se sientan llamados a ofrecer una alternativa política conforme al ideal cristiano, de forma que no nos veamos obligados indefinidamente a optar por el mal menor?» (Sobre la «Nota» de los Obispos, 3-II-2008).
–Mons. Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba, en entrevista de El día de Córdoba (22-III-2010), a la pregunta de un periodista «ante la realidad política ¿qué es lo que echa en falta?», responde: «Hace falta más presencia de los seglares en la vida pública. Creo que los momentos actuales requieren, más que nunca, de personas valientes, que se lancen a la arena pública y digan bien alto que están ahí dispuestos a desgastarse por el bien común. Ha llegado el momento de que si hay un partido político de inspiración cristiana, católica, que salga a la palestra y que diga, sin miedo, con luz y taquígrafos, que se comprometen a hacer leyes en cristiano y a buscar consensos para defender a los más débiles de nuestra sociedad, sean inmigrantes, recién concebidos, enfermos».
Discrepan de esta orientación otras voces –próximas a extinguirse algunas, no todas–, portadoras todavía de un cierto espíritu postconciliar contrario al Concilio Vaticano II. Lo veremos en el próximo artículo. Ya pudimos comprobar que a) en el campo de la acción política hay notables discrepancias tanto entre los Obispos como entre los fieles, en buena parte porque b) es muy escasa la doctrina política de la Iglesia en el último medio siglo (100, al final). Y es indudable que, en este caso, a) y b) cumplen el principio de la causalidad recíproca: causæ ad invicem sunt causæ. Falta la doctrina porque falta la unanimidad, y ésta falta por falta de doctrina.


Examinaré lo que no es un partido católico, lo que no debe ser, antes de tratar de los partidos políticos católicos.
Un partido católico que sea liberal no es un partido católico. Comenzamos por aquí. Y si tenemos en cuenta que hoy en Occidente prácticamente todos los partidos políticos profesan la ideología del liberalismo –todos se fundamentan exclusivamente sobre la libertad humana, exenta de toda sujeción a Dios y al orden natural: liberales, socialistas, nacionalistas, conservadores, etc.–, debemos comenzar por reconocer que actualmente es sumamente difícil constituir un partido católico no-liberal. La presión de los condicionamientos internacionales, culturales y económicos vigentes que enmarcan la vida política, y también los ataques convergentes de los otros partidos y de los medios de comunicación, hacen casi imposible la formación de partidos realmente católicos, es decir, no-liberales. “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque a Dios [y a los que creen en Él] todo le es posible” (Mc 10,27).

Por eso hoy no existen partidos verdaderamente católicos, como no sea algunos extremadamente minoritarios. Solo grandes guías católicos con vocación de políticos y de mártires podrían lograr en el Occidente apóstata la existencia de partidos realmente católicos o de verdadera inspiración cristiana. Y la experiencia histórica del último medio siglo nos hace comprobar que esos políticos católicos, fieles a Cristo y libres del mundo, apenas existen. No hay suficientes hombres de fe para que a través de ellos haga Dios el milagro. En lamentable consecuencia, los únicos partidos «católicos o de inspiración cristiana» existentes son partidos liberales, es decir, no son partidos católicos ni de inspiración cristiana. Ilustraré estas afirmaciones considerando un caso concreto, el de la Democracia Cristiana italiana.
La Democracia Cristiana italiana en la segunda mitad del siglo XX ha sido modélica para todas las demás naciones de mayoría católica. Este partido, fundado por Alcide De Gasperi en 1942, gobierna en Italia solo o en coaliciones durante medio siglo (1945-1993), y se extingue en 1994. Ángel Expósito Correa analiza su trayectoria política en el artículo La infidelidad de la Democracia Cristiana Italiana al Magisterio de la Iglesia (revista Arbil, nº 73). En él reproduce declaraciones significativas de los dirigentes históricos de la DC. Se ufanan éstos de haber orientado el voto de los católicos hacia la formación de una sociedad laica y secularizada. Y no alardean sin fundamento. Lo consiguieron ciertamente, pues lograron que Italia perdiera los caracteres religiosos, culturales y civiles –hasta el latín perdió–, que constituían, que constituyen, su identidad histórica.
Alcide De Gasperi, presidente democristiano del Gobierno (1945-1953): «la Democracia Cristiana es un partido de centro, escorado a la izquierda, que saca casi la mitad de su fuerza electoral de una masa de derechas».
Ciriaco de Mita, secretario de la DC, varias veces miembro del Gobierno y primer ministro (1988-1989): «el gran mérito de la DC ha sido el haber educado un electorado que era naturalmente conservador, cuando no reaccionario, a cooperar en el crecimiento de la democracia [liberal]. La DC tomaba los votos de la derecha y los trasladaba en el plano político a la izquierda».
Francesco Cossiga, presidente de la República (1985-1992): «la DC tiene méritos históricos grandísimos al haber sabido renunciar a su especificidad ideológica, ideal y programática [es decir, a su identidad cristiana]. Las leyes sobre el divorcio y el aborto han sido firmadas todas por jefes de Estado y por ministros democristianos que, acertadamente, en aquel momento, han privilegiado la unidad política a favor de la democracia, de la libertad y de la independencia, para ejercer una gran función nacional de convocación de los ciudadanos».
La DC italiana demuestra que un partido católico-liberal instalado en el gobierno durante largo tiempo causa graves daños el cristianismo y a la nación. Y los produce en forma encubierta y gradual. Toda esa manipulación fraudulenta del electorado católico para conseguir que apoye lo que no quiere, lo que le es contrario; toda esa secularización de la sociedad a través del Estado liberal, la realiza el partido católico-liberal con gran suavidad y eficacia. Para consumar el fraude, aplica fórmulas políticas prácticas y verbales altamente sofisticadas: la apertura a sinistra, el compromesso storico, las convergenze parallele, los nuovi equilibri più avanzati, etc. Caminando la DC medio siglo con esta orientación, tiene Expósito sobradas razones para afirmar que
«el triunfo de las dos corrientes modernistas [católicos liberales y democristianos] en el mundo católico es sin lugar a dudas una de las causas principales de la crisis de evangelización de la Iglesia y, por tanto, de la secularización del mundo occidental y cristiano. Lo que innumerables documentos y encíclicas papales denunciaban ser los peligros de las ideologías para la sociedad y la Iglesia, fueron desoídos por estas minorías iluminadas que por una serie de circunstancias y factores acabaron imponiendo sus criterios a una buena parte del mundo católico».
Un partido católico-liberal, como la DC, es incapaz de afirmar en su gobierno los valores cristianos, y ni siquiera es capaz de afirmar los valores naturales más elementales. Se puede ilustrar esta afirmación con un caso concreto. En 1994, cuando la DC ha perdido ya el poder, y siendo presidente de Italia el antiguo democristiano Oscar Luigi Scalfaro, dirige al Congreso un notable discurso en el que aboga por el derecho de los padres a enviar a sus hijos a colegios privados, sin que ello les suponga un gasto adicional. Se trata de un derecho natural perfectamente obvio.
El valiente alegato de este eminente político fue respondido por una congresista católica, recordándole que, habiendo sido él mismo ministro de Enseñanza, «tendría que explicar a los italianos qué es lo que ha impedido a los ministros del ramo, todos ellos democristianos, haber puesto en marcha esta idea», siendo así que la Democracia Cristiana, sola o con otros, ha gobernado Italia durante medio siglo. En casi cincuenta años la DC italiana no ha hallado el momento político oportuno para conseguir –para procurar al menos– la ayuda a la enseñanza privada, uno de los derechos naturales más importantes.
Un gran partido católico que sea único y liberal sólo puede afirmarse en la sociedad política aceptando y causando grandes males. Sigo ejemplificando el tema con la DC italiana.
Un partido católico único, que unifica casi-oficialmente las opiniones políticas de los católicos, condena al fracaso y a la extinción a otras corrientes católicas minoritarias, que siendo perfectamente válidas y no pocas veces mejores, mantienen una orientación diferente. En la segunda mitad del siglo XX todo político católico italiano ha de integrarse en la DC o quedarse en su casa. Solo se uniti saremo forti: solo si todos los católicos nos mantenemos unidos en un bloque político seremos fuertes.
Si ese grande y único partido católico logra el poder y se mantiene en él largamente, crea un clientelismo sumamente pernicioso: los políticos y funcionarios de la DC –miles y miles de cargos convenientemente remunerados– son la clientela primaria; pero también abunda su clientela en los banqueros, periodistas, escritores, empresarios, profesores, constructores, actores, e incluso, hasta cierto punto, los sacerdotes y Obispos, porque saben que si no apoyan a la DC o se le muestran favorables, difícilmente podrán «comprar y vender» en este mundo (Ap 13,17).
Este partido pseudo-católico ignora en la vida política los grandes ideales cristianos. Un partido católico, si quiere ser cuantitativamente grande para conseguir el poder y para perdurar en él, se ve casi obligado a asumir en la práctica, y finalmente en la misma teoría, los grandes errores y maldades de la política de su tiempo. Y esa innumerable clientela generada por el partido gobernante, al mismo tiempo que es un apoyo seguro y muy considerable, es sin duda un lastre de malas exigencias y de complicidades mortales. Es cierto que la DC, con la ayuda de otros partidos, contuvo en Italia el comunismo; pero esa victoria se dio en todos los países de Occidente.
Produce un cuadro de políticos sempiternos, que durante muchos decenios van turnándose en los principales cargos directivos. En el mundo católico hay un partido, y en este partido unos dirigentes. Y no hay más. Y éstos que hay, en medio de las turbulencias del río de la nación, son corchos insumergibles.
Ocasiona una injerencia excesiva de la Jerarquía episcopal, que teniendo bajo su influjo un partido que se dice católico, y que es grande y único, difícilmente se limitará a asistirlo con la sana doctrina social y política, lo que corresponde a su misión, sino que se impondrá o influirá al menos en cuestiones políticas que deben ser responsabilidad libre de los laicos.
Compromete a la Iglesia católica. En el caso de la DC italiana así ocurrió sobre todo en los primeros decenios. Al paso de los años el partido fue perdiendo identidad católica, y se independizó cada vez más de las directivas de la Iglesia, hasta enfrentarse con ella en graves cuestiones.
Finalmente, la infidelidad de los políticos a los principios católicos y las exigencias crecientes de su clientela acaban por hundir el partido en la corrupción y la extinción.
He de volver sobre estas cuestiones cuando exponga a la inversa, en forma positiva, las condiciones que han de caracterizar necesariamente a los partidos católicos.
El gran fracaso de la vida política de los católicos después del Vaticano II no ha sido hasta ahora suficientemente reconocido en la Iglesia. Ha sido un fracaso tan abismal que en muchas naciones de mayoría católica la promoción política, activa, concreta y organizada del Reino social de Dios entre los hombres ya ni siquiera se intenta. En contra de los grandes documentos conciliares, se considera incluso vetada por el propio Concilio, como ya dije (117). Y vuelvo a señalar: no se ha reconocido suficientemente ese fracaso, ni se han reconocido y denunciado suficientemente las graves infidelidades y errores doctrinales que lo causaron –y que lo siguen causando–. Lo compruebo con un ejemplo.
Con ocasión del Jubileo de los Políticos, celebrado en Roma en el año 2000, fue significativamente elegido como presidente del Comité de Acogida el siete veces primer ministro de Italia y actual senador vitalicio, Giulio Andreotti. Este notable político católico, allí mismo, en Roma, en 1978, firma para Italia la ley del aborto, que autoriza a perpetrarlo legalmente durante los noventa primeros días de gestación… Creo recordar –pero no guardo la información documental exacta– que hace unos años reconocía su grave error: «espero que Dios me perdone».
El Espíritu Santo está queriendo renovar la faz de la tierra. Está deseando infundir en Pastores y laicos católicos la inmensa fuerza benéfica de Cristo, Rey del universo. Pero apenas encuentra misioneros y políticos. Quiere potenciar las misiones, de tal modo que el Evangelio llegue a iluminar efectivamente «a todas las naciones». Quiere impulsar una gran acción política cristiana, en la que «los laicos coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36c). Pero faltan cristianos de fe y fortaleza martirial que sean dóciles a este impulso poderoso del Espíritu Santo.
Reforma o apostasía.
Los partidos políticos católicos solamente pueden existir si hay hombres intelectual y moralmente capaces de una acción política verdaderamente católica. Es ésta una verdad tan evidente que parece innecesario afirmarla. Pero bien sabemos que a veces las verdades más fundamentales son las más ignoradas. Señalo, pues, las condiciones de esa idoneidad para la acción política católica.

–El político católico debe hoy aceptar en Occidente la democracia, como forma de gobierno. Ya vimos que la Iglesia es neutral a la hora de considerar los diversos regímenes políticos, y que, por supuesto, reconoce la democracia como una forma de gobierno perfectamente legítima (101). Sin embargo, no pocos católicos fervientes, como no han conocido más versiones de la democracia que la democracia liberal-relativista, es decir, una forma degradada de la democracia, rechazan la democracia y los partidos políticos como intrínsecamente perversos. Éstos, por supuesto, no pueden generar partidos políticos católicos.
La Iglesia, por el contrario, acepta la democracia, 1) siempre que no sea liberal-relativista (Pío XII, 1944, radiom. Benignitas et humanitas; Juan Pablo II, 1995, enc. Evangelium vitæ 68-74), y 2) siempre que no se afirme como único régimen lícito de gobierno (San Pío X, 1910, Notre charge apostolique 31). E incluso, en no pocos documentos del último siglo, la Iglesia estima la democracia como un régimen especialmente adaptado a las condiciones de los pueblos, al menos en Occidente, donde la información y la capacidad operativa y asociativa de los ciudadanos es mayor que en otras épocas.
–La aceptación cristiana actual de la democracia se fundamenta en la obediencia a los poderes constituidos, que derivan de Dios, en el sentido ya expuesto de esta afirmación (97-98). Citaré solamente a León XIII, en su encíclica Au milieu des sollicitudes (16-II-1892), especialmente dirigida a aquellos católicos franceses que no aceptaban la República, a causa de los horrores que había generado. Con claridad y energía les recordaba el Papa –y su enseñanza es hoy muy necesaria para ciertos católicos excelentes– que la Iglesia siempre ha enseñado que «de Dios deriva todo poder, y que ha reprobado siempre las doctrinas y ha condenado siempre a los hombres rebeldes a la autoridad legítima» (17).
En cada una de las naciones «el poder civil presenta una forma política particular. Ésta forma política propia procede de un conjunto de circunstancias históricas o nacionales, pero siempre humanas, que han creado en cada nación una legislación propia tradicional y fundamental» (16). Y «cada uno de los ciudadanos tiene la obligación de aceptar los regímenes constituidos, sin intentar nada para destruirlos o para cambiar su forma» (17).
Precisa en seguida esta última frase añadiendo que, sin embargo, una forma de gobierno «de ningún modo puede ser considerada definitiva, como si hubiera de permanecer siempre inmutable» (18). Y hace también una importante distinción entre la constitución política de los Estados y la legislación concreta que de ellos emana. Puede darse un régimen político excelente que produzca una legislación detestable, y otro de forma muy imperfecta que haga una legislación excelente (26). En realidad, «la calidad de las leyes depende más de la calidad moral de los gobernantes que de la forma constituida de gobierno» (27).
En la Francia, concretamente, de aquel tiempo la República había generado leyes tan hostiles al orden natural y a la Iglesia que muchos católicos rechazaban no solamente aquellas leyes, sino el régimen democrático que las producía. El Papa llama, por el contrario, a combatir no tanto la constitución política del Estado, sino la legislación perversa. «He aquí precisamente el terreno en que, prescindiendo de diferencias políticas, deben unirse todos los buenos como un solo hombre para luchar y para suprimir, por todos los medios legales y honestos, los abusos cada vez mayores de la legislación civil. El respeto debido a los poderes constituidos no puede prohibir esta lucha» (31).
–El político católico debe hoy aceptar también la necesidad de partidos políticos católicos –ya precisaré en otro artículo en qué sentido digo «católicos»–. En países dominados por una dictadura o un partido único esta necesidad no estaría vigente porque sería imposible cumplirla. Pero en aquellas naciones donde el bien común es pretendido en el juego político de un conjunto de fuerzas, si los católicos, viendo la corrupción imperante, rehúyen la formación de unos partidos capaces de hacer valer el voto de los católicos, se condenan a un apoliticismo suicida, muy difícilmente conciliable con la doctrina de la Iglesia.
Para promover en concreto ciertos bienes e impedir ciertos males en la vida socio-política, diez políticos verdaderamente católicos pueden ser más eficaces que un millón de manifestantes. Las leyes que enderezan o que pierden a los pueblos son hechas y aplicadas por aquellos hombres políticos que han conseguido una participación en el poder de legislar y gobernar. Manifestaciones y procesiones, novenas y peregrinaciones, congresos, foros, editoriales y tertulias, colaboran ciertamente al bien común: pero son necesarios los partidos políticos que puedan encauzar el voto de los católicos y de aquellos otros ciudadanos que, aunque no tengan la fe cristiana, coinciden con sus normas fundamentales.
Es la doctrina de la Iglesia, es la enseñanza de Juan Pablo II: «Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política” […] Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican en lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública» (exhort. ap. 1989,Christifidelis laici 42).
Y la verdad de estas exhortaciones de la Iglesia queda confirmada por la enorme degradación de la vida política que se ha producido en aquellas naciones en las que los Obispos y líderes laicos han procurado impedir la formación de grupos políticos católicos. Ésta fue, por ejemplo, en España la dirección señalada por el Cardenal Enrique Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal Española (1971-1981), en los años de la llamada Transición, y es una línea todavía mantenida o no rectificada por no pocos Obispos.
–Contra la organización política de los católicos hay varias formas de abstención o de rechazo que la hacen imposible. Ya señalé los errores ideológicos principales que explican el actual desfallecimiento político de los católicos (117): amistad con el mundo, eludiendo un enfrentamiento combativo contra él, pelagianismo y semipelagianismo para proteger «la parte humana» que colabora con Dios, consecuente evitación sistemática del martirio, y en fin, catolicismo liberal en alguna de sus variantes.
En contra de la norma que sigo en esta serie de artículos, creo conveniente citar en concreto algunas modalidades de este apoliticismo que se produce concretamente en España, con motivaciones y modalidades bastante diversas entre sí. De otro modo no acabaríamos de entendernos.
La Asociación Católica de Propagandistas, fundada en 1909 por el P. Ángel Ayala, S. J., tuvo por primer presidente al siervo de Dios don Ángel Herrera Oria. Y actualmente, a diferencia de sus fundadores, no pretende la coordinación de las fuerzas católicas en orden a una actividad política concreta. Esta posición puede comprobarse, por ejemplo, en el Manifiesto del XI Congreso Católicos y Vida pública, promovido por la ACdP en 2009. Es la línea que su presidente, Alfredo Dagnino, ha expuesto en diversas ocasiones, como en una larga entrevista reciente (Intereconomía 23-XI-2010) de la que extracto algunas frases:
«Debemos plantear una visión amplia en cuanto a participación en la polis, que no significa necesariamente la directa participación en los partidos»… «En algunos momentos históricos se han promovido partidos de corte más confesional como la democracia cristiana. Pero en principio, los católicos deben estar diseminados en los diferentes partidos»… «Yo pongo el acento en estos momentos en lo pre-político, para construir de manera sólida y bien anclada el futuro del bien común en España».
Últimas noticias que añado al artículo(22-II-2011). El nuevo presidente de la ACdP, Carlos Romero, sigue la misma doctrina de su predecesor: «Pienso que no debería haber un partido político católico. Los católicos tienen que estar en la política, pero tienen que estar en todos los partidos políticos: católicos convencidos, practicantes. Eso sería mucho mejor. Evitaríamos los radicalismos y conseguiríamos unas leyes adecuadas en las que todos los ciudadanos, católicos y no católicos, podrían convivir»… Lasciate ogni speranza.
Don Ángel Herrera, el primer presidente de la ACdP, no pensaba de ningún modo que en principio deben los políticos católicos diseminarse en los diferentes partidos existentes; y en concreto él consideró necesario coordinar para la acción política las fuerzas de los católicos. Es cierto que las circunstancias y las posibilidades de los católicos por los años 30 del siglo pasado eran diferentes de las actuales. Pero los ataques políticos anti-Cristo y anti-Iglesia no son hoy menos fuertes que en aquellos años. Vicente Alejandro Guillamón escribe en su artículo En los Congresos Católicos y Vida Pública falta algo :
En esos Congresos organizados por la ACdP «vengo echando en falta que no se pase de las palabras a los hechos. Allí se han dicho siempre palabras muy elocuentes y cosas muy incitantes, pero nunca se traducen, me parece a mí, en acciones concretas. Si don Ángel Herrera viviese y todavía no se hubiese ordenado sacerdote, a estas alturas, su inmenso espíritu creador ya hubiese puesto en marcha alguna actividad que permitiera a los católicos su participación real en la vida política, a tenor de las necesidades y circunstancias actuales». Fundador en 1911 de la Editorial Católica, una de las más fuertes de España, y de El Debate, un gran periódico católico, a los pocos días de proclamarse la República en abril de 1931, «reunió a sus colaboradores y puso en marcha rápidamente un partido católico, al que terminó llamando Acción Popular, núcleo aglutinador en torno al cual se creó la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), liderada por José María Gil Robles. Herrera Oria, con las personas valerosas que arrastró tras de sí, plantó cara al vendaval republicano-socialista que se apoderó de España, y sólo dos años y medios después del 14 de abril, ganó ampliamente las elecciones de noviembre de 1933. Y así hubiera seguido de no haberse producido aquella especie de golpe de Estado encubierto en las fraudulentas elecciones de febrero de 1936, marcadas por la feroz violencia de la izquierda».
El Foro de la Familia, continuando la orientación seguida en Occidente por muchos líderes católicos de las últimas décadas, da una primacía tal a la acción social, especialmente en todo lo relativo a matrimonio, familia, defensa de la vida y educación, que prácticamente lleva a una desmovilización política de los católicos. No conozco ninguna explicación del Foro sobre la inconveniencia de unir a la acción social la acción política. Pero estimo que, de hecho, limita la acción política a lo que puedan hacer los católicos que participan en partidos malminoristas. Anula, pues, al menos en el tiempo presente, una posible acción católica organizada y eficaz en la vida política. Y algo semejante, aunque con diferencias considerables, podría decirse de Hazte Oir, E-cristians y otros.
Grandes organizaciones laicales, como, por ejemplo, Opus Dei, Camino Neocatecumenal, Comunión y liberación, Regnum Christi y Focolares, dan a la acción espiritual y apostólica una primacía tal que también puede traer consigo una desmovilización política de los católicos. Siendo asociaciones católicas seculares muy numerosas, cualificadas y fieles a la Iglesia, tienen sin embargo en la vida socio-política de las naciones en las que están presentes un influjo muy escaso, o mucho menor del que podría estimarse previsible si, al menos una parte de sus miembros con vocación para ello, se organizase en las formas adecuadas para actuar públicamente en la vida política. Bruno Moreno, aunque libre de los errores ideológicos antes aludidos, escribía hace poco:
«Los cristianos no podemos olvidar que la solución a los problemas de España o de cualquier otro país no está en las leyes, ni en el Estado, ni en las manifestaciones, ni tampoco en la buena voluntad de las personas. Todas esas cosas son buenas y necesarias, pero pensar que en ellas está la solución a nuestros problemas es como intentar salir del agua tirándonos del pelo. La única respuesta definitiva a los problemas del ser humano está en el Evangelio, en encontrar la mano divina que está tendida hacia nosotros, para sacarnos del pecado en el que estamos metidos hasta el cuello. Nuestra misión más importante, como cristianos, es contribuir a la conversión de los hombres y, ante todo, convertir nuestro propio corazón y volverlo a Dios». En estas palabras –añado yo– parecen resonar aquellas de Cristo: “Buscad el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 7,33).
Aun estando de acuerdo con las afirmaciones centrales de ese texto, no puedo ocultar que ese planteamiento puede llevar a una devaluación de la acción política, y a no apreciar suficientemente la importancia enorme que las leyes tienen para facilitar o para obstaculizar la vida virtuosa de los hombres. Recuerdo una vez más que el Vaticano II quiere que «los laicos coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36). La experiencia histórica apoya la convicción de que las leyes perversas ejercen un efecto devastador sobre una gran parte de la ciudadanía. Y que las buenas leyes favorecen mucho al bien común temporal y eterno de los hombres.
–Es verdad que no toda asociación laical ha de tener el carisma de la actividad política. Puede haber, en perfecta docilidad al don de Dios, asociaciones centradas principal o exclusivamente en actividades espirituales, apostólicas, asistenciales, culturales, sin que apenas ninguno de sus miembros se implique directamente en servicios políticos. Esta consideración ha de librarnos, pues, de hacer juicios temerarios sobre esas asociaciones. Pero esa consideración ha de complementarse con otras.
–El apoliticismo de un grupo laical católico
1.–es inaceptable en aquellas asociaciones que no son fieles a su carisma de origen, el que recibieron de Dios por medio de su fundador o fundadores. El Vaticano II, tratando de la renovación de los institutos religiosos, afirma ese principio (Perfectæ caritatis 2), que es también aplicable a las obras laicales.
2.–Tampoco es aceptable cuando no ayuda a otras asociaciones católicas que sí tienen vocación política, sino que más bien procura frenar e imposibilitar su acción. Es muy frecuente en la vida social, incluida la de la Iglesia, que los que no hacen algo, tampoco dejan hacerlo a otros.
3.–Y por otra parte, puede suponerse que una Iglesia local está bajo el influjo de una mala doctrina cuando en ella casi ninguna asociación laical católica se reconoce llamada a la actividad política. Todo hace pensar que en esa Iglesia no se conoce o no se recibe, o al menos no se aplica, la verdadera doctrina política católica. La experiencia nos muestra sobradamente que no es bastante «la diseminación de políticos católicos» en diversos partidos malos o malminoristas, en los que están totalmente neutralizados para la causa de Dios y de la Iglesia. Y cuando así sucede, la degradación política de una nación es inevitable.
–Vamos en la Iglesia hacia una reactivación de la vocación propiamente «política» de los católicos. El fracaso casi absoluto de los cristianos en el campo político durante medio siglo, con sus espantosas consecuencias, así lo está exigiendo. Como ya indiqué, algunos Obispos van apuntando esa necesidad (117 in fine). Y también van en esa dirección las renovadas exhortaciones de la Iglesia, como aquella reciente de Benedicto XVI:
«Renuevo mi llamamiento para que surja una nueva generación de católicos, personas renovadas interiormente que se comprometan en la política sin complejos de inferioridad. Esa presencia no se puede improvisar, sino que es necesaria una formación intelectual y moral que, partiendo de la gran verdad alrededor de Dios, el hombre y el mundo, ofrezca juicios y principios éticos en aras de bien de todos» (mensaje a la Semana Social Italiana, 14-X-2010).
La reconquista cristiana del Occidente, invadido actualmente por la fuerzas anti-Cristo, no podrá conseguirse si los cristianos más llamados a procurar el bien común político se limitan a actividades pre-políticas, sociales, apostólicas, o se diseminan en los diferentes partidos políticos existentes, todos ellos anti-Cristo, o se entregan a trabajos municipales y vecinales, de amplitud política muy reducida. Todo eso es valioso y necesario, sin duda. Pero si no hay cristianos que entren de verdad en lo más fuerte de la batalla que desde el comienzo de la humanidad se viene librando entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas, según ya vimos (20-21), si no se organizan y se unen, bien pertrechados intelectual, espiritual y técnicamente, para combatir a vida o muerte contra el Príncipe de este mundo, arriesgando sus personas y fortunas; si no consiguen participar en los poderes legislativos y ejecutivos a través de partidos políticos, los únicos que pueden lograrlo, la invasión anti-Cristo que sufre el Occidente cristiano no irá disminuyendo, sino acrecentándose.

Comentaré unas palabras de Benedicto XVI, que ya cité (119), llenas de vigorosa esperanza:«Renuevo mi llamamiento para que surja una nueva generación de católicos, personas renovadas interiormente que se comprometan en la política sin complejos de inferioridad. Esa presencia no se puede improvisar, sino que es necesaria una formación intelectual y moral que, partiendo de la gran verdad alrededor de Dios, el hombre y el mundo, ofrezca juicios y principios éticos en aras del bien de todos» (mensaje a la Semana Social Italiana, 14-X-2010).
Los «hombres de poca fe» en el poder de Cristo Salvador renuncian al combate político, considerando imposible la victoria, o estimando que ésta no podría conseguirse si no es perdiendo mucha sangre en las batallas. Ante este derrotismo, que desmoviliza completamente la actividad política de los cristianos, se alzan las palabras del Papa, confortándonos en la fe. «Lo que para los hombres es imposible, es posible para Dios» (Mt 19,36).
–«Renuevo mi llamamiento». Siendo la actividad política la más alta de las profesiones naturales, al estar ordenada al bien común, ha de tener la Iglesia fuerza espiritual para suscitar entre los católicos vocaciones políticas. Y el Papa llama a ellas: «renuevo mi llamamiento». La Iglesia siempre ha tenido en suma estima el ministerio político en favor del pueblo, como ya vimos (95). Debe, pues, suscitarse en ella la movilización política de los cristianos –dirigida, como es natural, por ciertos líderes especialmente lúcidos y fuertes–, en la predicación, en cartas pastorales, en catequesis, en escuelas, colegios y universidades de la Iglesia, en asociaciones y movimientos laicales. Han de suscitarse Seminarios especiales, Colegios mayores, Institutos de Ciencias Políticas, Asociaciones y Hermandades, Campamentos y Congresos, que susciten y formen estas vocaciones tan necesarias y urgentes. Deben suscitarse estas entidades allí donde no existen; y también donde existen, pero no cumplen su misión.
Es normal que no surjan vocaciones de políticos católicos, cuando los partidos que podrían ser católicos renuncian a su identidad católica y se mimetizan con los partidos agnósticos liberales y relativistas. Lo mismo sucede en los seminarios y conventos, que también se quedan sin vocaciones cuando no pretenden con entusiasmo promover la gloria de Dios y la salvación temporal y eterna de los hombres. ¿Qué atractivo tendrá para los jóvenes cristianos idealistas, sinceramente vocacionados al bien común político, aquel partido de presunta «inspiración cristiana» que obliga a silenciar sistemáticamente el nombre de Dios y que no permite librar grandes batallas, ni siquiera para la afirmación de los valores morales naturales?… ¿Qué jóvenes se alistarán en un ejército que no combate y que lleva acumulando derrotas más de medio siglo, una tras otra? La falta de verdaderas vocaciones políticas combatientes en el nombre de Cristo, esta indecible miseria, tiene causas muy ciertas, y no es un fenómeno histórico irreversible. Mientras tengamos a Cristo Salvador esta situación es perfectamente reversible.
–«Una nueva generación de católicos» . Es patente que la actual generación de políticos católicos es muy deficiente, apenas sirve en nada la causa de Cristo y de su Iglesia. Y esto tanto en Occidente como en otros países de filiación cristiana menos desarrollados. Unos políticos cristianos que se auto-prohiben sistemáticamente hasta nombrar a Dios y al orden natural en su vida pública no tienen razón de existir. Como diría Trotsky, por otras razones muy distintas, están condenados «al basurero de la historia». Unos políticos católicos sin las virtudes y la formación necesarias, que optan, en principio, por diseminarse entre los partidos ya existentes, no valen para nada. Son «sal desvirtuada».
Más aún, hacen muy graves males a la Iglesia. Con su presencia en los diferentes partidos malminoristas, atraen a ellos el voto de los católicos, impidiendo que se organicen en lucha verdadera contra el Príncipe de este mundo. Se apoyan en la Iglesia ocasionalmente, y hacen algún gesto cristiano cuando les conviene; pero no la sirven, e incluso obran contra ella cuando servirla les causa perjuicios en su prosperidad personal. No pocos de ellos entran en el favor del mundo, y terminadas sus funciones políticas, pasan a ocupar altos cargos directivos en los grandes Entes nacionales y en las grandes Organizaciones y Empresas internacionales. Vienen, pues, a continuar la lottizzazione, de la que fueron modelo la Democracia Cristiana y sus aliados en la segunda mitad del siglo XX. Y aún así, son a veces considerados como prohombres laicos en la Iglesia de su nación, que les confía altos cargos y misiones, al verlos «muy relacionados» con los poderes del mundo. Ofrecen una buena imagen: ninguno de ellos tiene cicatrices de guerra.
Pero, por otra parte, es completamente normal que actualmente no haya católicos capaces de hacer política verdaderamente católica. Llevan medio siglo oyendo que el Estado confesional es intrínsecamente malo, lo que ya vimos que es falso (105) –otra cosa es que en nuestro tiempo no sea viable ni conveniente–. Llevan medio siglo oyendo incluso que los partidos confesionales son en sí mismos malos, lo que es falso de toda falsedad –como veremos con el favor de Dios en el próximo artículo– y que, en principio, lo que han de hacer los políticos cristianos es diseminarse en los diferentes partidos ya existentes. Llevan medio siglo escandalizados por ejemplos muy malos, como el dado por la Democracia Cristiana italiana y por tantos otros políticos católicos instalados en partidos liberales malminoristas. Llevan cincuenta años o más participando de una convicción común: los católicos hoy no tenemos nada que hacer en política, solamente en acciones pre-políticas y benéficas, espirituales y apostólicas. ¿Cómo van a conducirse en ese ambiente mental falsificado los políticos católicos? ¿Cómo van a surgir en el pueblo cristiano vocaciones políticas? Y si no nacen estas vocaciones ¿cómo puede haber partidos realmente católicos? En las estadísticas que miden el aprecio social por las distintas profesiones, los políticos suelen ocupar el último lugar: tienen una mala fama bien ganada.
–«Personas renovadas interiormente». He de hablar de esto al final del artículo, al aludir el ejemplo medieval de las Órdenes Militares. Me limito aquí a recordar lo que ya expuse sobre las virtudes y cualidades que necesitan los católicos políticos (96): oración, vocación, sacramentos, fidelidad a la doctrina política de la Iglesia, amor a la Cruz, amor a los hombres hasta arriesgar y entregar la vida por su bien, etc.
Y pobreza evangélica. Todos los cristianos necesitan amar la pobreza, pues de otro modo, sirviendo a las riquezas, no podrán servir a Dios (Lc 16,13); «la seducción de las riquezas» ahogará en ellos la fuerza liberadora y vivificante de la Palabra evangélica (Mt 13,22). Es muy difícil al rico entrar en el Reino (19,23); se pierde, pues «atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,21). «La raíz de todos los males es la avaricia» (1Tim 6,9-10). Nada cierra tanto al amor de Dios y de los prójimos. Por eso, quiera Dios fundar alguna Hermandad de políticos católicos que de algún modo hagan voto de pobreza o de comunidad de bienes. Sería un primer paso decisivo para que, con la gracia de Dios, pudieran libremente servir al bien común político de los hombres.
–«Personas comprometidas en la política sin complejos de inferioridad», es decir, sin miedo al mundo, orgullosos de militar en la Iglesia bajo las banderas de Cristo Rey, sirviendo a Dios y a los hombres. Prontos a confesar el nombre de Jesús, asegurando que es el único en el que las personas y las naciones, y la comunidad de las naciones, pueden hallar salvación temporal y eterna. Cristianos que no dan culto a la Bestia liberal, ni dejan que ella grave su sello en su frente y en sus manos. Que, por el contrario, como San Ignacio de Loyola, en su meditación de las dos banderas, entienden su vocación como una milicia al servicio de Cristo en la batalla inmensa que libra contra el Príncipe de este mundo.
«A todo el que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos. Pero a todo el que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 10,33). También esta palabra de Cristo está vigente para los políticos católicos. Ellos han de ser muy conscientes de que un silencio sistemático sobre Dios en la vida pública equivale a una pública negación de su existencia y de su soberanía sobre el mundo.
Los políticos cristianos, para existir y para tener fuerza en la acción, necesitan absolutamente recuperar la posibilidad de pensar y decir al pueblo la verdad, la verdad de Dios, la verdad de la naturaleza. Pensar y decir la verdad «sin complejos de inferioridad», ser capaces de afirmarse en lo «políticamente incorrecto», ha de ser el ABC de los políticos católicos. Si no son capaces de eso, dedíquense a otra labor.
Oír sus declaraciones, leer sus manifiestos, da a veces vergüenza ajena. Qué miseria. Un ejemplo de hace pocos años. Ante el acoso de partidos que reclaman la ampliación de los supuestos legales para el aborto como «un derecho inalienable de la mujer», la representante en este asunto de un partido malminorista fundamentaba su negativa diciendo: «no hay para ello demanda social suficiente». Increíble. ¿Su partido, de presunta inspiración cristiana, aceptaría una ampliación liberalizadora del aborto «si hubiera para ello suficiente demanda social»?… Ese partido no se atreve a decir en el debate público que el aborto no es en absoluto un derecho de la mujer, y que el derecho a la vida sí es «un derecho inalienable del niño». Tampoco se atreve a unir la palabra homicidio a la palabra aborto. Tiene razón el Papa: la Iglesia necesita «una nueva generación de políticos».
El acobardamiento de los políticos católicos ante el mundo y la agresividad audaz del mundo anti-Cristo crecen al mismo tiempo y en la misma medida. Y es lógico que así sea. Así ha sido. Santa Teresa en un principio sentía temor por los ataques diabólicos, hasta que lo superó al experimentar en sí misma la fuerza de Cristo para ahuyentarlos: ahora «me parecen tan cobardes que, en viendo que los tienen en poco, no les queda fuerza» (Vida 25,21). El mundo anti-Cristo se envalentona cuando ve que los católicos se arrugan ante su poderío, ceden, retroceden y callan.
Hace unos decenios, todavía alguno se atrevía a afirmar la doctrina política de la Iglesia, aunque ya entonces esa afirmación era escandalosa, y no podía realizarse sin espíritu martirial. Pero ya estas confesiones de fe son cada vez más raras. Es penoso comprobar que no pocas veces los adictos a causas tan precarias y ambiguas como las del feminismo, el nacionalismo o la ecología –valores entendidos al modo mundano–, muestran una parresía mucho mayor que la ostentada por políticos católicos, hijos del Reino de la luz. Las excepciones son pocas. Recuerdo el ejemplo «escandaloso» que dio Irene Pivetti, presidenta del Parlamento italiano en 1994.
«Cuando preparé mi discurso de toma de posesión de la presidencia de la Cámara sabía con certeza que una referencia explícita a Dios me iba a acarrear críticas y protestas. No por ello desistí en mi deber de decir la verdad […] Esa alusión significa también confesar la soberanía de Cristo Rey, al que verdaderamente pertenecen los destinos de todos los Estados y de la historia, como siempre enseñó todo catecismo católico; lo cual no impide, naturalmente, con el permiso del Omnipotente, que estos Estados se den una legislación laica, como nuestro país, o incluso antirreligiosa, como en algunos casos ha ocurrido y todavía ocurre en el mundo» (30 Días 1994, nº 80, 11).
Crece día a día la incapacidad del mundo político para conocer la verdad, y aún más para decirla. Los intereses de la voluntad no suelen permitir que el pensamiento del político se atreva a conocer la verdad. Pero aunque llegue al conocimiento de la verdad, cosa rara, normalmente no se atreve a decirla. Y sin embargo todos, como Cristo, hemos venido al mundo «para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Sin cumplir esa vocación profunda, no somos cristianos, y apenas somos hombres.
Los políticos que asimilan sin capacidad de crítica las «palabras», los modos de hablar, de los adversarios tienen ya perdida la guerra ideológica. También la tienen perdida cuando asumen los usos y abusos del mundo político vigente, sin un sentido crítico libre. Se esperaba que una acción política cristiana tendría que ser evangélica, es decir, re-novadora; pero ellos asumen la política mundana como la encuentran: financiación estatal de los partidos, liderazgos políticos perpetuos, slogans irracionales de campaña, enormes gastos en publicidad vacía, deudas enormes con los Bancos, frecuentemente impagadas, uso habitual de la mentira y del insulto, etc. Ignorando la verdad, se contagian de todos los errores.
–«Católicos que han recibido una especial formación intelectual y moral, que partiendo de la gran verdad sobre Dios, el hombre y el mundo, ofrecen principios éticos para el bien común de todos». Los políticos cristianos han necesitado siempre, pero muy especialmente en tiempos de general apostasía, estar muy fuertes en la sabiduría de la verdad. Platón exigía que fueran los sabios quienes gobernasen al pueblo. El político católico necesita hoy más que nunca estar revestido de «la armadura de Dios, para poder resistir las insidias del diablo» y de los suyos: ha de embarazar el escudo de la fe, tener por yelmo la Palabra divina y esgrimir la espada del Espíritu, orando en todo tiempo y lugar (Ef 6,10-18). No basta, no, al político cristiano con ser listo en los manejos de la vida pública. Necesita sabiduría y prudencia, fortaleza y libertad –libertad y fortaleza casi se identifican–. Si el pensamiento del político católico está mundanizado, es decir, entenebrecido por el influjo diabólico del Padre de la mentira, viene a ser «un ciego que guía a otro ciego [el pueblo]: y ambos caerán en el hoyo» (Mt 15,14).
Es la verdad de Cristo lo que nos hace libres y fuertes. Todo cristiano, y especialmente el dedicado a guiar a su pueblo en la vida política, necesita estar libre del mundo por el conocimiento de la verdad: de la verdad filosófica, de la verdad teológica, de la verdad histórica. Ha de conocer la doctrina social y política de la Iglesia, tantas veces ignorada y menospreciada. Ha de estar libre de pelagianismos y semipelagianismos, que centran su acción en el hombre, y no en Dios, principio y fin de toda acción buena. Ha de estar desengañado de los mil errores vigentes en el mundo, tanto ideológicos como prácticos, y tener facilidad para discernirlos. Ha de conocer bien las tácticas de combate del enemigo, las estrategias empleadas por el mundo diabólico, para saber neutralizarlas y superarlas: conocer, p.e., perfectamente qué pasos promueve el lobby gay, etc. Ha de tener los conocimientos suficientes en las ciencias civiles: derecho, administración, urbanismo, economía, sociología, lenguas, informática, etc., aunque la limitación humana le exija especializarse solo en algunos campos. Pero, sin duda, lo que más necesita es la sabiduría filosófica y teológica, histórica y espiritual. Y todo esto exige, como dice el Papa, «una especial formación intelectual y moral».
–Las Órdenes Militares medievales pueden ser para los políticos católicos de hoy una luz estimulante, aunque en nuestro tiempo habrá de vivirse su espíritu en modalidades muy diversas. En la Edad Media había ciertas necesidades del pueblo, como la protección de los peregrinos a Tierra Santa, la reconquista de España o la redención de cautivos del Islam, que aunque eran propiamente responsabilidad de los poderes civiles, de hecho, estaban muy insuficientemente atendidas. De los Reyes, de los nobles con sus huestes, y de los caballeros católicos, podía esperarse –no sin grandes insistencias, por ejemplo, de los Papas– ciertas intervenciones valientes y abnegadas, pero reducidas en el tiempo y la entrega. Cumplida la misión, la atracción de sus familias y de sus tierras y negocios, les alejaban de los campos más peligrosos y difíciles, que recaían en los abusos y miserias en cuanto ellos se retiraban.
Era, pues, necesario que cristianos elegidos, llamados y enviados por Dios, se entregaran con heroísmo permanente a esos combates y servicios. Así nacieron las Órdenes militares, asociándose con votos de pobreza, obediencia y castidad caballeros cristianos que, sin despojarse de sus armaduras, se despojaban de todo lo demás, para ponerse al servicio de Dios y del pueblo.
La reconquista de España, p. ej., invadida por el Islam, no hubiera podido cumplirse sin la fijeza perseverante y abnegada de las Órdenes militares. Sus frailes-soldados combatían con los ejércitos reunidos por Reyes y nobles, pero después permanecían en la conservación de los territorios conquistados, cuando ya Reyes, nobles y huestes habían regresado a la paz confortable de sus familias y tierras. Permanecían fielmente en sus tareas de defensa territorial y también de la repoblación. Los caballeros de las Órdenes eran célibes, en disponibilidad total de entrega y servicio. Pero también se dio el caso singular de la Orden militar de Santiago, que admitía con ciertas condiciones el matrimonio de sus caballeros. Eran familias asociadas bajo una regla de vida al servicio heroico del bien común (Derek W. Lomax, La Orden de Santiago (1170-1275), CSIC, Madrid 1965, 90-100).
Grandes santos y teólogos medievales promovieron las Órdenes militares, pues comprendían su necesidad. Santo Tomás enseña que «muy bien puede fundarse una Orden religiosa para la vida militar, no con un fin temporal, sino para la defensa del culto divino, de la salud pública o de los pobres y oprimidos» (STh II-II, 188,3). San Bernardo, había dado ya esta misma doctrina en su obra De la excelencia de la Nueva Milicia. Dedicado a los caballeros templarios de Jerusalén (Obras completas, II, BAC 130, Madrid 1955, 853-881). Y las mismas razones que ellos dieron en favor de las Órdenes militares son válidas en nuestro tiempo, invadido por tantas fuerzas anti-Cristo, para fundamentar Hermandades políticas. Hoy, por supuesto, el combate entre la luz y las tinieblas es más en el campo de las ideas que en el de las espadas.
Serían muy deseables en nuestro tiempo ciertas asociaciones de laicos para la vida política, que en el nombre de Cristo y con su poder salvífico entregaran sus vidas por el bien común de las naciones. Célibes y casados, ajustando su vida a cierta regla de vida –en Institutos seculares o en otras formas afines de asociación laical–, se prepararían en común para vivir, ayudándose mutuamente, la vocación de llevar el influjo benéfico de Cristo Salvador a la vida temporal de los pueblos. Así cumplirían esa voluntad de la Iglesia, que hoy apenas se cumple ni se intenta:
que «los laicos coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado [nunca el mundo ha estado tan endemoniado como hoy], de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (Vat. II, LG 36c). Ellos han de entregar sus vidas para «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43), y «para instaurar el orden temporal de forma que se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (AA 7).
Estas comunidades católicas, realmente combatientes en el campo de la política, habrían de sufrir durísimas persecuciones del diablo y de su mundo, y aún más duras quizá dentro de la misma Iglesia. Pero de todas saldrían triunfantes por la gracia de Cristo, si resistieran fuertes en la oración y la cruz, en la verdad católica y ¡en la pobreza!
La Iglesia llama a una nueva generación de políticos dispuestos a combatir a favor de Cristo y contra el mundo y su Príncipe diabólico. Con los actuales políticos no hacemos nada. Hay entre ellos católicos muy buenos, pero cautivos muchos de ellos de planteamientos falsos o deficientes. Siendo casi todos los partidos liberales, es tal el heroísmo que una política católica exige de los políticos que éstos, en su inmensa mayoría, desfallecen en el intento, a veces más por falta de conocimiento que de valor. No procuran llevar adelante las causas de Dios y del orden natural, o lo procuran evitando con extrema cautela un enfrentamiento duro con el mundo vigente. No logran victorias porque no combaten. No combaten porque, aunque vieron caer derrotada por Cristo la Bestia comunista, creen imposible derrotar a la Bestia liberal, que ciertamente es más fuerte. Justifican su opción con argumentos falsos. No luchan porque en la vida política han sustituido la idea de combate por la de conciliación negociada, que estiman más cristiana, más evangélica. No presentan batalla porque, mezclados con los adversarios, disfrutando de una situación confortable, no están dispuestos a arriesgarla y a «perder la vida» por la salvación temporal de su pueblo. Nada quieren saber de Poitiers, las Navas de Tolosa o Lepanto. No se trata hoy de batallas armadas, sino de combates ideológicos y espirituales. Pero ellos no quieren combatir de ningún modo, porque se avergüenzan de la Iglesia militante, y en cierto modo también de Cristo, el que dijo «yo he vencido al mundo» (Jn16,33); «no penséis que yo he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada» (Mt 10,34; cf. Ef 6,12).
Al tratar de los partidos políticos católicos, expuse ya previamente lo que no son, lo que no deben ser; y también su necesidad, que los apolíticos y pre-políticos niegan, al menos en la práctica.

Los partidos confesionales, en nuestro caso de inspiración católica, son convenientes y necesarios. Otra cosa es que en ciertas naciones no haya católicos capaces, en calidad y número, para darles existencia. Pero esto es ya circunstancial, y yo considero el criterio general sobre la cuestión. Hemos de tener en cuenta que aquellos que, en contra de la doctrina de la Iglesia, niegan el Estado confesional como algo intrínsecamente malo (105-106), suelen también a veces negar también la licitud o la conveniencia de los partidos confesionales. Procuran en forma oculta o abierta impedirlos, dejan así la acción política para después de la recristianización de la nación, y establecen que, por principio, los católicos vocacionados por Dios a la política deben diseminarse por los partidos ya existentes. Es decir, los políticos católicos deben anularse y desaparecer. Deben suicidarse políticamente, pues los partidos laicos son laicistas (196).
No es ésa la doctrina de la Iglesia. Es verdad que hoy en Occidente no es viable el Estado confesional. Pero es falso que tampoco convengan los partidos confesionales, pues sin ellos queda el pueblo cristiano sin representación política, y condenado por tanto o a abstenerse del voto o a darlo a partidos malminoristas, lo que en el fondo, ya lo vimos también (100), equivale a alimentar una Bestia liberal, que sin el voto de los católicos, en bastantes naciones no podría seguir viva y poderosa, causando estragos.
Por el contrario, la voluntad de la Iglesia es «que los laicos coordinen sus esfuerzos para sanear las estructuras y los ambientes del mundo que incitan al pecado» (Vat. II, LG 36c). Y esto no van a conseguirlo solamente con actividades pre-políticas, culturales y apostólicas, o únicamente con las oraciones de los monasterios contemplativos.
Los partidos de confesionalidad implícita, no confesada, sufren una malformación congénita, pues siendo partidos confesionales, por principio, no-confiesan. Calculan que es suficiente que su partido profese una serie de principios morales y sociales del orden natural, con alguna inspiración del cristianismo, aunque solo sea verbal. Y creen que no es necesario ni conveniente confesar a Dios y a su Cristo abiertamente, pues si se hiciera, el partido perdería el voto de no pocos ciudadanos ajenos al cristianismo, que comparten más o menos sus valores.
Estos partidos de confesionalidad meramente implícita están afectados de varios errores graves:
1.–Niegan el deber de confesar públicamente a Dios y a su enviado Jesucristo «ante los hombres» (Mt 10,32-33), como siempre lo ha enseñado la Iglesia (1885, Immortale Dei; 1925, Quas primas; 1965, Vaticano II, Dignitatis humanæ 1).
2.–Profesan un pelagianismo según el cual los principios cristianos y del orden natural pueden ser vividos por el hombre sin que su naturaleza caída sea auxiliada por la gracia sobre-humana de Cristo, es decir, sin la ayuda de la Revelación y del Magisterio eclesial. En otras palabras, creen posible un cristianismo sin Cristo, un cristianismo que logre una síntesis de principios del orden natural, que de hecho sean aceptables y realizables por los ciudadanos sin la luz y la fuerza de la gracia.
3.–Alegan que un partido explícitamente confesional comprometería necesariamente a la Iglesia; lo que obviamente es falso.
4.–Dan por supuesto que si ese partido alcanzara el poder de gobernar, ciertamente establecería una tiranía religiosa, imponiendo incluso legalmente la moral cristiana a todos los ciudadanos, sin guardar la tolerancia y el respeto que se debe a los no creyentes y a los miembros de otras religiones. También ésta es una previsión falsa.
5.–Estiman también, aunque no lo digan, que el partido confesional no-confesante logrará evitar la persecución del mundo. Mala y vana esperanza, pues solamente podrá ser evitada la persecución si el partido, implícita o explícitamente confesional, renuncia a su propia identidad –deja de ser católico– y está dispuesto a dar culto a la Bestia, como los demás partidos.
Todos estos errores ya han sido previamente denunciados en la exposición de los grandes principios políticos de la Iglesia (97-108), y no es preciso extenderse ahora en su refutación.
Los partidos católicos confesionales deben serlo explícitamente, evitando sin embargo ciertos riesgos, perfectamente evitables. Si cayeran en ellos, quedarían inhabilitados prácticamente para la actividad política.
–Un partido católico debe serlo en la substancia, y no en el nombre. Aunque parezca una contradicción. Concretamente, el canon 216 del Código de la Iglesia asegura que los fieles católicos «tienen derecho a promover y sostener la acción apostólica también con sus propias iniciativas», y lo mismo ha de ser dicho de las actividades políticas; «pero ninguna iniciativa se atribuya el nombre de católica sin contar con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente». Y ningún partido católico confesional conseguirá hoy esa autorización.
Pero hace medio siglo, y anteriormente también, era posible que la consiguiera. Cuentan que en la Italia de mediados del siglo XX unos feligreses consultaron a su párroco a qué partido debían votar. Y el buen cura les dijo que eran plenamente libres para elegir en conciencia entre los diversos partidos, siempre que fuera un partido demócrata y cristiano.
–Un partido católico, aunque no proclame su identidad en el título, ha de confesarla explícitamente en sus Estatutos y programas. En ellos, «sin complejos de inferioridad», como diría Benedicto XVI, el partido confiesa a Dios, a Cristo, a la Iglesia, y profesa abiertamente su propósito de atenerse al orden natural, a la ley de Cristo y a la fidelidad debida al Magisterio eclesial. Lo mismo deben hacer sus diputados y senadores en los discursos políticos, nombrando a Dios y a Cristo, argumentando abiertamente por las exigencias del orden natural, y alegando también las tradiciones cristianas de la nación. Y todo ello sin inhibiciones y con la mayor fuerza persuasiva.
Como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, toda institución social parte de una visión de Dios, del hombre y del mundo (2244), y nada impide que un partido confesional católico publique explícitamente cuáles son sus principios filosóficos y religiosos, a los que quiere atenerse en sus actividades políticas.Y aunque el partido no exija de sus miembros la fe, al menos sí habrá de exigirles el respeto y también el reconocimiento de algunos «principios éticos fundamentales e irrenunciables», de los que trataré en otro artículo.
–Un partido católico que gobierne habrá de aplicar sin duda el principio de la tolerancia y del mal menor, tal como la doctrina tradicional de la Iglesia lo ha enseñado siempre (100). Y como es obvio, no es posible aplicar el principio de la tolerancia sin ejercitar un discernimiento prudencial, que habrá de tener en cuenta a todos los grupos integrantes de la nación y otras circunstancias. Por otra parte, los objetos morales y cívicos diferentes no podrán recibir de ningún modo ante las leyes un mismo trato. Si el aborto, por ejemplo, ha de ser prohibido en absoluto, no necesariamente ha de ser penalizado como lo merece, siendo como es un homicidio. Es posible en cambio que, en una nación, convenga prohibir y penalizar la bigamia y toda forma de poligamia. Del mismo modo habrán de ser gobernadas de modos diversos otras realidades malas, como la prostitución, el divorcio, la eutanasia, la unión de homosexuales, etc., con leyes y medidas administrativas diferentes.
–Un partido católico no debe servirse de la Iglesia, y lo haría, por ejemplo, si invocara su identidad católica para conseguir los votos en las elecciones, sin guardar luego fidelidad a esa identidad en la práctica diaria de la vida política. También se serviría de la Iglesia, por ejemplo, si lograra captar muchos votos de católicos gracias a una política firmemente antiabortista, pero profesara al mismo tiempo un economicismo salvaje, muchas veces condenado por la Iglesia. Un partido católico tiene que ser fiel a todas las enseñanzas de la Iglesia.
–Tampoco los partidos católicos deben estar al servicio de la Iglesia, si entendemos esta expresión en un mal sentido. Los partidos cristianos han de estar al servicio de Dios y del bien común temporal de la sociedad, promoviendo políticamente «el saneamiento de las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36c). Preparan así con su acción los caminos del Evangelio, y si llegan al gobierno, amparan a la Iglesia ya existente en los modos que sean justos y convenientes según su presencia en la nación.
–Los partidos católicos deben ser fieles a los principios políticos que la Iglesia enseña, pero deben proteger al mismo tiempo su autonomía prudencial para elegir entre las acciones concretas que son conciliables con esos principios. Un partido confesional católico no ha de ser el partido de los Obispos o del clero, ni tiene por qué comprometerlos. Los Pastores no deben dirigir sus opciones políticas prudenciales: no tienen gracia de estado para ello. Y cuando incurren en esa tentación, muy frecuentemente se equivocan. Es verdad que esa injerencia de los Pastores en la vida política no suele darse en mandatos formales, entre otras cosas porque no hay entre los mismos Obispos unanimidad de criterio en campos tan variables y complejos. Esa injerencia, cuando se produce, suele darse más bien en encuentros extra-oficiales entre líderes de la Iglesia y de los partidos; o en forma de omisiones patentes del apoyo jerárquico a ciertas iniciativas, que quedan así frenadas o impedidas.
En consecuencia, cuando los políticos católicos resisten estas presiones indebidas, no cometen normalmente una desobediencia, sino que cumplen con su conciencia y responsabilidad. Por eso ha habido Reyes católicos bien santos que en cuestiones políticas muy concretas llegaron hasta enfrentarse con el Papa. Ellos, precisamente porque eran fieles hijos de la Iglesia, sabían defender la autonomía del poder civil de interferencias indebidas del poder religioso.
–En la promoción del bien común temporal uno es el ministerio de los Pastores y otro el de los laicos. Y si no se conoce y respeta suficientemente esa distinción se siguen grandes males, abusos y confusiones. La autoridad se pierde cuando ejercita sus mandatos fuera de su campo propio. Recordemos, pues, en esta importante cuestión la doctrina bien precisa del Concilio Vaticano II:
«Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se capaciten a fin de establecer rectamente todo el orden temporal y ordenarlo hacia Dios por Jesucristo. Toca a los Pastores el manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo y prestar los auxilios morales y espirituales para instaurar en Cristo el orden de las realidades temporales.
«Es preciso, sin embargo, que los laicos acepten como obligación propia el instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden, dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana; el cooperar, como conciudadanos que son de los demás, con su específica pericia y propia responsabilidad, y el buscar en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana y se mantenga adaptado a las variadas circunstancias de lugar, tiempo y nación» (AA7).
Por el contrario, cuando los Pastores sagrados dan a los laicos la doctrina política de la Iglesia muy escasamente o solo en formas «políticamente correctas», es decir, según el mundo; cuando les prestan un auxilio espiritual insuficiente, y cuando en cambio, por acción o por omisión, les imponen ciertas opciones políticas concretas, hacen justamente en todo ello lo contrario de lo que deben hacer. Y se producen entonces unos efectos que no es necesario describir, porque desde hace medio siglo ya están ante nuestros ojos. Es un desastre.
El clericalismo ha sido generalmente nefasto en la vida política del pueblo cristiano. No tienen autoridad los Obispos para enseñar que, por principio, conviene más que los católicos se diseminen por los diferentes partidos ya existentes, ya que no es ésta la doctrina de la Iglesia. No es tampoco competencia suya discernir si son o no convenientes los partidos confesionales en su nación. Y los laicos no están obligados a seguir esos eventuales discernimientos políticos concretos, pues son ellos quienes deben decidir en estas cuestiones «con su específica pericia y propia responsabilidad». Por otra parte, no todos los laicos coincidirán ni en sus discernimientos, ni en su vocación personal o de grupo.
Una cosa es, como ya dije, que los laicos procuren la aprobación de la Jerarquía cuando pretenden organizar, por ejemplo, una gran manifestación, con asistencia quizá incluso de Obispos en la misma (114-115). Y otra cosa es que hayan de esperar la aprobación de los Obispos, cuando ésta falta, para «coordinar sus fuerzas» en la acción política concreta, tal como lo recomienda la Iglesia (LG 36).
El clericalismo político lleva implícita la convicción de que el orden natural no tiene consistencia propia, y que las opciones políticas deben tomarse con el objetivo directo de favorecer a la Iglesia. Pero la acción política tiene en la procura del bien común temporal una entidad natural propia, que es anterior a la existencia misma de la Iglesia. Debe ser cristianizada, pero no clericalizada. La gracia perfecciona la naturaleza, pero no la suprime, y debe regirse por sus propias leyes.
Por otra parte, Obispos y sacerdotes no suelen tener la preparación necesaria para el gobierno civil de la sociedad. Y además, siendo ministros de la misericordia divina, no siempre, como es comprensible, saben esgrimir las armas de la justicia para lograr el bien común del pueblo. El gobernante civil, en cambio, «es ministro de Dios, que no en vano lleva la espada, para hacer justicia y castigar al que obra el mal» (Rm 13,4).
–Es deseable que los partidos católicos sean varios, y que no se forme un solo gran partido. Ésta es una cuestión importante, que dejo para el próximo artículo.
–Es deseable que los partidos católicos sean varios, y que no se forme un solo partido. Éste principio es aparentemente paradójico, pues prefiere que sean partidos varios los que, sin embargo, deben actuar unidos, tanto en unos mismos principios doctrinales, como en coaliciones electorales y posibles coaliciones de gobierno. Pero ésa es la verdad. Siendo de suyo el campo de lo político tan complejo e indeterminado, han de formar los católicos diversas organizaciones políticas que no tienen por qué coincidir en todo, sino solo en los grandes principios fundamentales.

La unicidad de partido católico puede convenir en circunstancias excepcionales: después de una gran guerra, o en un pequeño país de gran homogeneidad entre los católicos, o si de hecho no hay más que uno –no hay más cera que la que arde–. Y por supuesto la unión de todas las fuerzas católicas es imprescindible, tanto en las elecciones como en la acción política, si ha de lograrse que el pueblo cristiano pueda actuar eficazmente en la vida política.
–Puede haber graves inconvenientes cuando en un país se establece un partido católico único, según ya vimos (118). El primer peligro es el clericalismo. Los Pastores, que han de mantener unido al pueblo cristiano bajo su autoridad, tienden a veces también a unificarlo bajo su dirección en la vida política, y especialmente lo procuran cuando se trata de un grande y único partido católico. Es comprensible que, a causa de sus repercusiones en la vida de todo el pueblo cristiano, la Jerarquía pretenda controlarlo y dirigirlo en sus acciones concretas. Pero invade así, normalmente con malas consecuencias, un campo de responsabilidades que es propio de los laicos.
El partido católico único puede traer no pocos males: –puede comprometer a la Iglesia en sus actuaciones, –puede unificar opciones políticas que normalmente son diversas, suprimiendo en la práctica las alternativas, –anular los políticos católicos disidentes de esa unicidad, –caer fácilmente en el clericalismo, pues cuando hay un gran partido católico único, la tentación que sufren los Pastores de controlarlo suele ser excesiva; –canonizar el sistema político vigente, al que se ha ido ligando con miles de compromisos concretos; –generar clientelismo, –complicidades crecientes con banca, empresarios, medios y organismos internacionales, casi inevitables en un gran partido, sobre todo si perdura en el gobierno, –perder progresivamente de la identidad católica, –dar permanencia interminable a sus líderes, –caer en prepotencia, –corrupción y –extinción.
–Hay unos principios no negociables en la política, que deben ser profesados por todos los partidos católicos y también por todos los hombres de buena voluntad. El Papa Benedicto XVI los expuso en un congreso que el Partido Popular Europeo celebró en Roma (30-III-2006):
«Cuando las Iglesias o las comunidades eclesiales intervienen en el debate público, expresando reservas o recordando principios, no están manifestando formas de intolerancia o interferencia, pues estas intervenciones buscan únicamente iluminar las conciencias, para que las personas puedan actuar libre y responsablemente, según las auténticas exigencias de la justicia, aunque esto pueda entrar en conflicto con situaciones de poder y de interés personal». Tres de estos principios son los fundamentales:
1. Vida: «la protección de la vida en todas sus fases, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural».
2. Familia: «el reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente a formas radicalmente diferentes de unión, que en realidad la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su función social insustituible».
3. Educación: «la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos».
«Estos principios no son verdades de fe», pues «aunque quedan iluminados y confirmados por la fe, están inscritos en la naturaleza humana, y son por lo tanto comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia en su promoción no es por lo tanto de carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, independientemente de su afiliación religiosa».
–Como los partido políticos de Occidente impugnan esos valores, es urgente la necesidad de partidos confesionales católicos que los afirmen y defiendan. Esos valores fundamentales son actualmente combatidos en Occidente en forma sistemática, y se crean uno tras otro eficacísimos condicionamientos legales para impedirlos y destruirlos. Tanto la vida, como la familia y la educación son objeto de agresiones gravísimas. Por eso, no solo los cristianos, también los hombres de buena voluntad que no han llegado a la fe, necesitan cauces políticos para promover y defender esos principios morales.
–Los partidos católicos han de coincidir no solo en esos principios fundamentales, sino también en la doctrina social y política de la Iglesia. En los artículos que dediqué a exponer esta doctrina, la reduje a siete principios (97-106): sobre el origen de la autoridad civil, las actitudes debidas ante las leyes injustas, los modos de entender la tolerancia y el mal menor, la neutralidad de la Iglesia ante los diversos regímenes políticos, el principio de subsidiariedad, y la obligación de confesar públicamente a Cristo como Rey de las naciones.
Allí pudimos comprobar hasta qué punto la doctrina liberal ha sido asimilada por la mayoría de los católicos, al ser hoy la única «políticamente correcta», ignorando o rechazando consiguientemente esos principios fundamentales de la doctrina católica. Ahora bien, si el pensamiento político de los católicos está hoy generalmente falseado, se comprende perfectamente que no puedan llegar a formar partidos confesionales, y que incluso nieguen la misma licitud de su existencia. Ya señalé que son muchos los católicos, también Obispos, que no admiten hoy la conveniencia, más aún, la necesidad de que «los laicos coordinen sus esfuerzos para sanear las estructuras y los ambientes del mundo que incitan al pecado» (LG 36).
–La aceptación común de la doctrina social y política de la Iglesia no causa ni exige entre los posibles partidos católicos la coincidencia de sus programas. La doctrina de la Iglesia afirma solamente principios políticos, pero no suministra contenidos concretos. Esos principios serán unas veces afirmativos, y otras veces negativos. Los partidos católicos habrán de coincidir en todas las negaciones: al aborto, a la eutanasia, a la desfiguración de la familia, a la supresión de las iniciativas privadas en la educación y en el conjunto de la vida social, etc. porque son negaciones que obligan moralmente semper et pro semper.
Pero los partidos confesionales no han de ser simplemente los partidos del no: no a esto, a aquello, a lo otro… Al mismo tiempo que esas negaciones necesarias, los partidos católicos han de establecer programas positivos de acciones políticas concretas. Y en ese campo habrá necesariamente entre ellos discernimientos diversos en cuanto a modos y fases de realización. Los católicos llamados por Dios a la vida política con especial vocación han de sentir juntamente el atractivo de combatir los males sociales presentes y de promover un conjunto de bienes ausentes, que se proponen como objetivos en programas políticos atrayentes.
–Un partido político católico debe incluir en su programa, como uno de los principales objetivos, combatir contra la democracia liberal de partidos, promoviendo reformas constitucionales muy amplias. Y siendo la partitocracia liberal la fórmula política más frecuente en las democracias de Occidente, no podrá librar ese combate sin tener las ideas muy claras y sin estar libre de todo «complejo de inferioridad» (Benedicto XVI) respecto de lo que se presenta comúnmente como pensamiento único. Francis Fukuyama, por ejemplo, en su obra El fin de la historia y el último hombre (1992), estima que la lucha desarrollada entre las ideologías políticas a lo largo de la historia humana debe considerarse concluida, cuando la humanidad ha llegado a entender que la única opción viable es el liberalismo democrático, consagrado ya como único pensamiento correcto.
La sacralización de la democracia liberal de partidos es una superstición diabólica, porque es mentira y engaña a las naciones, y porque es homicida, como se comprueba en la aprobación general del aborto y de otras atrocidades. Pensar que el desarrollo político de la humanidad, después de conocer muchas formas de anarquías o de autoritarismos tiránicos y oligárquicos, ha llegado a su modalidad más alta y perfecta en la democracia liberal de partidos, es simplemente una superstición. Quienes sacralizan la democracia de partidos reconocen en ella la Idea política en su expresión prototípica. En adelante las formas de gobierno serán lícitas y benéficas en la media en que se identifiquen o aproximen a esa Idea sagrada.
Es ésta una visión muy ingenua. En Roma consideraron un progreso pasar de la república al imperio. Antes de la II Guerra Mundial los Estados corporativos, en la línea hegeliana de la organicidad única de la nación, se consideraban una superación moderna de las vetustas y estériles democracias liberales de partidos. Hacia 1930, propugnaron en España formas de democracia orgánica Giner de los Ríos, el de la Institución libre de la enseñanza; socialistas, como Fernando de los Ríos; conservadores, como Salvador de Madariaga. Y el primer anteproyecto de Constitución en la II República, que finalmente no fue aprobado (1931), diseñaba un Senado que había de representar en forma orgánica los intereses sociales de la nación: provincias y municipios, patronos, obreros y agrarios, industrias y comercio, universidades, religiones, profesiones liberales, etc.
Pues bien, así como aquellos que sacralizaban el comunismo, atribuían los errores y horrores que causaba, por ejemplo, en la Unión Soviética, no al mismo comunismo marxista, sino a la falsificación que de él había cometido Stalin, del mismo modo, los idólatras que dan culto supersticioso a la democracia liberal de partidos –es una religión– reconocen generosamente que en ella se dan a veces desviaciones y abusos, pero no los estiman procedentes de ella, sino de su falsificación… Ver hoy a tantos católicos, también Obispos, participando de esta superstición, causa espanto. Y es ésta una de las principales causas de la total desmovilización política de los católicos.
La partitocracia es una corrupción de la democracia, es una dictadura de partidos políticos alternantes o aliados, que anula prácticamente la contribución real del pueblo (demos) a la «res publica». Y hoy es la forma de democracia más frecuente en Occidente, aunque en unas naciones se da más acusadamente que en otras. No ha de confundirse, por supuesto, con las dictaduras de partido único, pues aunque a veces se atrevan éstas a conservar el nombre de democracias populares, no son evidentemente una democracia.
Hago aquí una crítica de la partitocracia partiendo de la ortodoxia democrática, y la condeno porque sus políticos no escuchan la vox populi, sino que manipulan la opinión del pueblo y la contrarían impunemente cuando les conviene. Pero, por supuesto, mucho más grave pecado en la partitocracia liberal es que comienza por no escuchar la vox Dei, expresada en el libro de la Creación (razón-naturaleza) y en el libro de la Revelación (fe-gracia).
La partitocracia es, pues, una Bestia diabólica que, bajo formas aparentemente democráticas, se apodera de una nación, obrando en ella con una arbitrariedad que tiene muy escasos límites. Y aunque parezca increíble, ésta es, para los devotos creyentes en ella, la única forma legítima de democracia, siendo todas las demás espurias y puramente formales. Por el contrario, cualquier ciudadano mentalmente sano entiende que la democracia en sus formas actuales elimina prácticamente en la vida política la participación democrática de los ciudadanos, reduciéndola a la emisión periódica del voto.
Ya se han escrito muchos estudios sobre los pésimos males de las democracias partitocráticas, que secuestrando la libertad política de los ciudadanos, llegan a constituir con toda naturalidad auténticas mafias políticas. Podemos recordar, por ejemplo, de un lado, a Gonzalo Fernández de la Mora (La partitocracia, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977, 2ª ed.) y de otro lado, antagónicamente opuesto, a Gustavo Bueno (Panfleto contra la democracia realmente existente, La Esfera de los Libros, Madrid 2004, 2ª ed.).
España es hoy quizá una de las democracias más acusadamente partitocráticas de Occidente. La Constitución de 1978, como reacción a la situación precedente, entrega todo el poder político a los partidos (art. 6), como «instrumento fundamental [mejor se diría único] para la participación política». Los partidos gobernantes controlan todos los poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Ellos deciden la composición del Consejo General del Poder Judicial, del Tribunal Supremo, del Tribunal Constitucional, de la Fiscalía General del Estado y de otros organismos de la mayor importancia.
Y aunque la Constitución establece que en los partidos «su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos» (art. 6), no hay en ellos apenas democracia interna alguna, sobre todo cuando están en el poder. Solo serán incluidos en las «listas cerradas» de las elecciones aquellos miembros del partido que sigan al Jefe con absoluta lealtad. Y una vez constituidos diputados o senadores, únicamente responden ante las autoridades del partido, pero no tienen en cuenta para nada a los electores, que no dieron sus votos a sus personas sino al partido.
Siendo los partidos maquinarias para conseguir el poder político, cuando lo consiguen, lo ocupan en forma invasora, tratando de mantenerlo por todos los medios. La actualidad política, en un espectáculo vergonzoso, es la continua pelea de unos partidos contra los otros, que no son considerados co-laboradores en la producción del bien común, sino enemigos. De este modo los partidos parten la nación en partidos contrapuestos. Emplean con gran frecuencia el insulto y la calumnia, la mentira y el ocultamiento, y en sus continuas disputas apenas es posible hallar un mínimo de logos, de argumentos racionales, que haga posible el dia-logo.
Por otra parte, controlando los medios de la comunicación y de la educación, producen en la ciudadanía convicciones y estados de ánimo que hacen posibles las leyes criminales que pretenden. Administrando más de la mitad de la riqueza nacional, financian con parcialidad los grupos e instituciones, establecen con personas afines fundaciones y organizaciones no gubernamentales, que subvencionan luego abundantemente. Reparten cargos, becas y ayudas económicas, orientan y financian congresos y celebraciones que les favorecen, distribuyen licencias para emisoras de radio y televisión, privilegian según su conveniencia a empresas, artistas, profesores, productoras de cine y televisión. Distribuyen los altos cargos de las principales empresas y entidades nacionales, y eligen también los representantes en las organizaciones internacionales. Reciben de los bancos, especialmente en las campañas electorales, cuantiosos créditos, que si después no pueden o quieren reintegrar, les serán condonados por los mismos bancos, que siempre saben bien lo que les conviene. Aumentan más y más los cargos de libre designación, blindados a veces los contratos como buenos previsores del porvenir. Multiplican indefinidamente los departamentos, secretariados, comisiones y entidades estatales, colocando en ellos a innumerables amigos, afines y parientes, estableciendo así muchos cientos de altos cargos, y miles y miles de funcionarios. Como dice y documenta Juan Varela, «las cifras son apabullantes» (Partitocracia).
Esto es lo que más o menos está ocurriendo en muchas naciones se dicentes «democráticas». Yo no entiendo demasiado de estas cosas, y por eso me cuesta escribir sobre ellas. Pero no hace falta ser doctor en medicina para comprobar que un cadáver de varios días huele a podrido que apesta. La partitocracia es imposible sin grandes corrupciones mentales y prácticas. Los políticos partitocráticos tienen podrido el nous, y no son conscientes de su propia degradación. «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen». Y en la medida en que los católicos, Pastores y fieles, no «dan el testimonio de la verdad», y no denuncian la corrupción de estas realidades políticas indignantes, incurren activa o pasivamente en complicidad.
Los Reinos cristianos eran mucho más democráticos que las partitocracias actuales. El origen de los absolutismos monárquicos o partitocráticos habrá de buscarse en los maquiavelismos renacentistas, en los autoritarismos hegalianos o ilustrados o donde sea, pero no en el cristianismo.
La historia nos demuestra en los Reinos cristianos que, comparados con las partitocracias actuales, era mucho más democrática la participación de todo el Reino, p. ej., en las Cortes de León (1118) –rey, nobles, clero, representantes de ciudades y villas–, o en la Carta Magna inglesa (1215), o en la Cámara de los Comunes, paralela a la Cámara de los Lores (1258), o en las Cortes de Toledo (1480).
La partitocracia es hoy una dictadura de partidos, en la que el poder político, gobernado a su vez ocultamente por fuerzas económicas y centros ideológicos internacionales, se hace omnipresente, quebrantando sistemáticamente el principio de subsidiariedad, tan central en la doctrina política de la Iglesia. La partitocracia legisla, reglamenta, prohíbe, exige, regulando hasta las parcelas más individuales de la vida humana, al mismo tiempo que para ello crea una burocracia innumerable de políticos –nacionales, federales, autonómicos, internacionales–, que desarrollan una actividad política imparable, en una ingeniería social incesante, que los sufridos ciudadanos financian como meros espectadores.
–La pésima situación de la política moderna no debe llevar a los católicos a un distanciamiento cauteloso y egoísta, sino justamente a lo contrario: a una participación abnegada, crucificada y redentora, se entiende, de aquellos que reciben de Dios esa vocación. Si no es de ellos, es decir, de Cristo y de la Iglesia, de ninguna parte va a venir hoy la salvación a ese mundo político corrompido.
Cuando en la plenitud de los tiempos, el Verbo eterno divino se encarna propter nos homines et propter nostram salutem, sabe perfectamente que entra «en el pecado del mundo», en una gusanera pestilente, que acabará rechazándole violenta e ignominiosamente. Y entra en el mundo, a través de la Virgen María. Entra en el mundo el Hijo eterno de Dios, introduciendo en la humanidad fuerzas sobrenaturales, sobrehumanas, divinas, celestiales de salvación; de salvación misericordiosa, venida como gracia de lo alto, sin ninguna necesidad de venir. Sólo movida por un amor compasivo y salvador.
El amor de Cristo es el único capaz de suscitar hoy católicos políticos, portadores del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra. «Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). «El que tenga oídos para oír, que oiga» (Mt 13,9).
–El Espíritu Santo quiere y puede renovar la faz de la tierra, pero el Padre de la mentira se empeña en paralizar en la Iglesia las misiones, la educación, la pastoral y la actividad política de los católicos. Las misiones, dejando la evangelización, la missio, derivarán al diálogo interreligioso y la acción benéfica filantrópica (13). La educación católica se irá apagando en la mayoría de colegios, escuelas y universidades católicas, perdiendo fuerza evangelizadora y apologética. La acción pastoral alcanzará solo a una décima parte de los bautizados, y en forma muy débilmente evangelizadora. Y en ese mismo cuadro de situación espiritual, la acción política de los católicos también desfallecerá, hasta desaparecer prácticamente en Occidente, de tal modo que las Iglesias locales, sin apenas lucha, permitirán que sean los hijos de las tinieblas quienes gobiernen y configuren legalmente las naciones antes cristianas, ahora mayoritariamente apóstatas.

Va todo unido. Es un desfallecimiento de Pastores y fieles en la fe, la esperanza y la caridad (104, 109, 117). Una Iglesia creciente confiesa a Cristo: «nosotros creemos, y por eso hablamos» (2Cor 4,13), pues de «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Una Iglesia decreciente, por el contrario, apenas lo confiesa: «nosotros dejamos de creer, y por eso dejamos de hablar»… Reforma o apostasía.
–Cometen un grave error los Pastores y laicos que procuran mantener la desmovilización política de los católicos. No hablo de aquellas personas, congregaciones y grupos que no están llamados por Dios a una acción política directa (119). Hablo de quienes positivamente frenan la acción política organizada y confesional de los católicos. Ya sabemos que muchos de quienes así obran, Pastores y laicos, son buenos cristianos. Pero también sabemos que en materia política piensan más según el mundo que según la doctrina política de la Iglesia. A causa de la sobreabundante ideología falsa difundida durante el post-Concilio y contra el Concilio, están errados, y en no pocos casos su desvarío es una ignorancia invencible.
La Iglesia ha enseñado siempre, sobre todo en los últimos dos siglos, también en el Vaticano II, que los laicos –los llamados a ello– deben coordinar eficazmente sus fuerzas para actuar en la vida política (LG 36), de tal modo que, guiados por su pericia y bajo su responsabilidad, han de entregar sus vidas para «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43; cf. AA 7). Es un ideal formidable: traer la salvación de Cristo al mismo orden temporal presente. Y la verdad de este Magisterio apostólico se ve comprobada, sensu contrario, por la experiencia histórica de los últimos decenios, en los que a causa principalmente de la mala doctrina vienen siendo continuos los avances de los hijos de las tinieblas y los retrocesos de los hijos de la luz.
Si un ejército del Enemigo asedia la ciudad y el Rey cristiano llama a las armas, traiciona a su Rey el pueblo si no acude, alegando que la acción armada enemiga no tiene por qué ser resistida y superada por otra acción armada, sino que basta con luchar con las armas de la espiritualidad, la oración y las actividades sociales y culturales. Ese pacifismo suicida equivale a entregar el dominio de la ciudad al Enemigo, y al mismo tiempo condena al Rey al exilio o a la muerte.
Objetivamente, colaboran con el Enemigo, aunque no lo pretendan, aunque sean eclesiásticos y laicos excelentes, aquellos que durante decenios, transformando la hipótesis coyuntural en tesis doctrinal,
–enseñan que los políticos cristianos, en principio, deben en nuestro tiempo diseminarse entre los partidos seculares ya existentes, causando así su dispersión y anulación total (119);
–aquellos que orientan en política al pueblo cristiano hacia un malminorismo crónico, que puede durar muchos años, un época, hasta llegar al peor malmayorismo (100);
–igualmente aquellos que propugnan en la Iglesia un apoliticismo sistemático (119), y excluyen los partidos confesionales (121), afirmando que hoy en Occidente solo es posible y conveniente, en el combate contra las fuerzas del Mal, la acción apostólica y orante, pre-política, social y cultural, pero no la acción directamente política de los cristianos, organizada y militante.
–El catolicismo liberal no quiere que las fuerzas católicas se organicen para un directo combate político con el mundo. No quiere en modo alguno enfrentarse con el mundo actual, «con la civilización moderna» (Syllabus, prop. 80, Bto. Pío IX, 1864), pues más o menos se identifica con ella. Pastores y laicos, unidos en un mismo error, no quieren combatir en política con los hijos de las tinieblas. Como si reconocieran su derecho a gobernar las naciones, dirigidos por el Príncipe de este mundo, y no por Cristo Rey, el Salvador del mundo.
Si Pastores y laicos en una nación no quieren arriesgar sus vidas en un combate frontal contra el mundo laicista, entonces no es posible librar ese combate. Pero no posible precisamente porque no lo quieren. Es muy duro entrar en batalla, sufrir persecuciones y golpes, bajar de situación económica, contraponerse con el mundo vigente, y a veces con una buena parte de la misma Iglesia. Es mejor aceptar la derrota, sin presentar batalla. Y mejor aún es entender la derrota como victoria, como superación de épocas anteriores oscurantistas, marcadas por el enfrentamiento entre el Reino y el mundo. Se avergüenzan del mismo término Iglesia militante. Estiman, pues, que si alguno convoca al combate, es más prudente no acudir a la guerra: «¡todo el que sienta celo por la Ley y quiera mantener la Alianza, que me siga! Y huyeron él y sus hijos a los montes, abandonando cuanto tenían en la ciudad» (1Mac 2,27-28). No, no están por la labor.
La justificación ideológica de ese pacifismo cobarde, que traiciona a Cristo Rey, vendrá después necesariamente. De elaborarla se encargarán el liberalismo y sus variaciones modernistas y progresistas. Así lo advierte Francisco Canals Vidal:
«Los equívocos, tal vez consentidos o encubiertos más o menos conscientemente, entre el pensamiento político-social “moderno” y la doctrina católica sobre lo que León XIII llamaba “la constitución cristiana de los Estados”, ha contribuido al debilitamiento gradual, y cada vez más acelerado, de cualquier actitud coherente con el imperativo de que puedan regir en la vida pública y en la privada “las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo” […]
«Desde los comienzos de la corriente católico-liberal, se ha dado reiteradamente la paradoja de que, invocando que “el catolicismo no se puede identificar con un partido político”, se ha llegado a la conclusión de la práctica obligatoriedad de la actitud liberal y demócrata-cristiana […] El trágico abuso del Concilio Vaticano II, que se ha invocado para negar todo lo que no se ha sabido leer en él, y desde luego todo el Magisterio anterior [en estas materias], ha servido de acelerador de la espantosa decadencia de la doctrina ortodoxa en la teología y de la seriedad y vigor moral en las costumbres privadas, familiares y políticas […]
«El fruto más amargo de aquel abuso gravísimo del Concilio Vaticano II, por el que no sólo se ha tomado el nombre de Dios en vano, sino que se le ha invocado sacrílegamente para hacer olvidar a grandes multitudes de fieles principios inamovibles que habían sido reiterada y enérgicamente afirmados en el Magisterio Pontificio, y que nunca han sido, no podían ser, contradichos o deformados, ha sido esta generalizada pérdida de energías cristianas.
«La falta de atención a principios obligatorios para la conducta práctica católica en la vida social y política ha privado a los cristianos de la virtud de la fortaleza, virtud necesaria en los “confesores de la fe” y en los mártires o testigos de la fe […Debemos] apoyarnos en la intercesión de los mártires españoles de la gran persecución religiosa que se inició en 1934 y duró hasta 1939, para que se vea firme en nosotros la confianza en el Sagrado Corazón de Jesús, y se renueve con eficiencia práctica en nuestra vida la esperanza en su reinado en España y en el mundo»(Reflexión teológica sobre la situación contemporánea, revista Verbo nº 371-372, ener-febr. 1999).
–Los partidos malminoristas de falsa inspiración cristiana exigen el apoyo de los católicos, invocando el principio del «voto útil». Los católicos malminoristas piensan y dicen que votar por aquellos mínimos partidos que hoy en Occidente mantienen realmente los grandes principios de la doctrina política de la Iglesia sería «inútil», como depositar el voto en la basura. Ellos quieren votar por un partido que, solo o en coalición con fuerzas del Enemigo, tenga próximas posibilidades de triunfo. De ningún modo quieren estar en la oposición, es decir, en el desvalimiento de los grandes poderes mediáticos, económicos e internacionales. Ellos elaboran programas políticos que sean capaces de captar a las mayorías, y para conseguirlo incluyen la producción o el mantenimiento de leyes como la del aborto. Por nada del mundo quieren quedarse en el sehol de la oposición.
Y cuando el pueblo sigue esa orientación perversa es cuando realmente deposita su voto en la basura. Cae así en la tentación diabólica que fue vencida por Cristo, y que con su gracia debe ser vencida por todos los cristianos. El diablo le dijo a Jesús en el desierto, «mostrándole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos: “todo esto te lo daré si, postrado en tierra, me adoras”» (Jt 4,8-9). Y el Salvador, con la fuerza de la palabra divina, lo ahuyentó como a un perro.
El único «voto útil» es aquel que se da a Cristo y a su Reino. Ignoran los católicos liberales malminoristas que el voto realmente depositado en la basura es el suyo. Ignoran que, como decía Henry David Thoreau (+1862), allí donde sistemáticamente se está pisoteando el bien común, el lugar de los políticos honestos es la cárcel o al menos la oposición. Y como esta verdad ignoran también otras muchas.
–Ignoran que muchos de los grandes partidos actuales comenzaron siendo cuatro gatos. «El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza, que toma uno y lo siembra en su campo, y con ser la más pequeña de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de todas las hortalizas y llega a hacerse un árbol, de suerte que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas» (Mt 13,31-32). La salvación, también política, viene de Dios, y «para el Dios del cielo no hay diferencia entre salvar con muchos o con pocos» (1Mac 3,18).
Pero no, los católicos malminoristas quieren el triunfo social-político ahora mismo, sin atravesar el desierto, sin salir de Egipto en un éxodo que quizá dure cuarenta años, hasta llegar a la Tierra prometida. Tienen miedo entre tanto a la soledad, a la pobreza, a la marginación social, a la falta de medios para actuar en la vida pública, a la vida escondida con Cristo en Dios, sin prestigios mundanos y riquezas. No saben que es imposible ganar la vida sin perderla, ni seguir a Cristo sin tomar la cruz. Es decir, no han recibido el Evangelio.
–Ignoran que el criterio fundamental para discernir el voto ha de ser la conciencia, mucho más que el cálculo de oportunidades, mucho más que el «voto útil». Al menos en forma habitual y crónica, no puede darse en conciencia el voto a partidos malminoristas, aliados con la Bestia política mundana y asociados a sus crímenes. El voto, como tantas veces han exhortado los Pastores sagrados, ha de darse «en conciencia». Por tanto, lea usted los programas de los diversos partidos, y entregue usted su voto sin vacilaciones a alguno de aquellos que son fieles al orden natural, a la soberanía de Dios, a la doctrina política de la Iglesia. Y si esa decisión viene a situarle con la oposición, o ni siquiera eso, con la nada política, siga votando a ese partido con humildad y confianza. Siga votándole en conciencia.
–Ignoran que muchos partidos pequeños han tenido un poder político grande, aunque para saberlo no es necesaria la fe; basta con el conocimiento de la historia y del presente. En Alemania, Reino Unido, Italia, también en la España actual y en tantos otros países, como en Israel los mínimos partidos religiosos, el peso escaso de partidos pequeños ha llegado a marcar a veces decisivamente la política nacional en graves cuestiones.
–Benedicto XVI: «Renuevo mi llamamiento para que surja una nueva generación de católicos», Pastores y laicos, cada uno cumpliendo su propia vocación, «que se comprometan en la política sin complejos de inferioridad», personas renovadas interiormente (meta-nous), católicos que, libres de los pensamientos y caminos del mundo, abran sus mentes al Magisterio apostólico sobre la doctrina política, que hoy muchos, en todos los gremios de la Iglesia, ignoran, más aún, falsifican y rechazan.
Reforma o apostasía.
Sí, vamos terminando esta serie sobre Católicos y política. Pero un par de artículos más, por lo menos, van a ser inevitables. Trataré de indicar los trazos principales que deben configurar los partidos católicos. Y recordemos en esto las palabras de Benedicto XVI, varias veces citadas (120): necesitamos «una nueva generación de católicos», «personas renovadas interiormente» en el pensamiento y en la conducta, que sean capaces de «comprometerse en la política sin complejos de inferioridad», etc.

–Quiénes somos (about us). Si es necesaria y urgente la existencia de partidos católicos confesionales (121), es conveniente que confiesen su fe abiertamente. Los miembros de un partido político católico, teniendo unas convicciones fundamentales comunes, deben manifestarlas explícitamente en sus Estatutos, y no esconderlas. La identificación política, sin disfraces ni vaguedades, debería ser algo obligado en la presentación pública de un partido, reconociendo así que los ciudadanos electores son seres racionales. Por lo demás, el que esconde su identidad doctrinal no por eso deja de profesarla. Es evidente que todos los partidos tienen más o menos unas coordenadas mentales y operativas comunes.
Pues bien, el mismo Credo de la Iglesia puede expresar los principios de un partido católico: la fe en Dios, en Cristo, en la razón, en el orden natural de una creación producida por el mismo Dios: «Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra… Creemos en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos… Creemos en la Iglesia y en todas sus doctrinas… Creemos en la vida eterna», etc.
Esta profesión de la fe en un partido confesional no tiene ningún inconveniente y tiene todas las ventajas. Y la mayor de éstas es que confiesa a Dios, a su Cristo y a su Iglesia allí donde, siendo quizá mayoría la población cristiana, ningún partido lo hace, siendo así que el silencio absoluto y sistemático de una verdad equivale a su negación. Por otra parte, esta declaración de los principios fundamentales del partido debe hacerse con toda sinceridad, sin eufemismos atenuantes, sin fórmulas meramente alusivas a una «inspiración» o a un «humanismo cristiano», o remitiendo solamente a las puras «raíces cristianas históricas» que identifican el alma de la nación. No, debe ser una simple confesión de lo que piensan y creen los integrantes del partido. Hacen así públicamente una profesión de fe, que los ciudadanos católicos deben a Dios y a su enviado Jesucristo.
Los Estatutos deben declarar también en su articulado fundamental
1.-que el partido acepta la Constitución, aclarando, eso sí, que la soberanía política radica en el pueblo en cuanto procedente de Dios Creador, que se la dió desde el principio: «dominad la tierra» (Gén 1,27ss); y que en la plenitud de los tiempos en que vivimos, esa soberanía procede precisamente de Cristo Rey, a quien ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18);
2.-que pueden afiliarse al partido miembros no-creyentes, siempre que acepten los valores fundamentales del cristianismo;
3.-que acepta íntegramente la doctrina política de la Iglesia, al mismo tiempo que afirma, conforme a la enseñanza de la misma Iglesia, la autonomía laical respecto de los Obispos en todas las cuestiones políticas prudenciales (121);
4.-que el partido profesa el principio de la tolerancia, en los términos en que la Iglesia lo entiende como necesario y conveniente (100), y que excluye, por tanto, toda pretensión de imponer por la violencia o la coacción política autoritaria la fe y las normas conductuales que de ella se derivan.
–Qué pretendemos (what we want). Es justo, equitativo y saludable que los miembros de un partido católico expresen sus fines del modo más claro posible. Digan abiertamente que pretenden «coordinar sus fuerzas para sanear aquellas estructuras y ambientes del mundo» que inciten a la inmoralidad y la injusticia, de manera que todas estas cosas «se conformen a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (Vaticano II, LG 36). Esto es lo que pretenden y éste es el intento que declaran.
Declaren que ellos quieren trabajar con todo empeño para «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43), y «para instaurar el orden temporal de forma que se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (AA 7). Precisen también, obviamente, que todo ello lo pretenden conseguir respetando las leyes vigentes, siempre que no sean contrarias a la ley de Dios, y en colaboración o en combate político con los demás partidos de la nación.
Estos cristianos, reunidos en un partido político, manifiesten con toda claridad, y en lo posible con frecuencia, que la vida presente es camino hacia una vida eterna. No se avergüencen en absoluto de pensar y de decir aquello de Jorge Manrique (1440-79). «Este mundo bueno fue / si bien usásemos dél / como debemos / porque, según nuestra fe, / es para ganar aquél / que atendemos» (Coplas a la muerte de su padre). ¿Por qué habrían de avergonzarse de pensar y de decir esta verdad? ¿Ellos, cristianos políticos, no están llamados también, y más aún que sus hermanos, a «dar testimonio de la verdad», concretamente en la vida pública (Jn 18,37)?
Sé perfectamente que en Occidente descristianizado estos planteamientos doctrinales y prácticos son compartidos por muy pocos grupos católicos. Más aún, les parecerán escandalosos. Y eso se debe a que actualmente la mayoría de los católicos ha asimilado en los principios fundamentales de la política el pensamiento de los enemigos de Cristo y de la Iglesia. Es lo que hemos ido comprobando al exponer los grandes principios de la doctrina política de la Iglesia (97-105). Ayer, por ejemplo, recibía yo un e-mail de uno de mis lectores, alumno en la Facultad de Teología de una Universidad católica probadamente ortodoxa:
«Deseo acercarle lo sucedido en la clase de Moral política de esta mañana. El profesor, N. N., ha dicho textualmente que “no se debe cristianizar desde la política” y ha censurado el hecho de que Felipe II, en el lecho de muerte, aconsejara a su hijo que el primer objetivo de un gobernante es mantener la fe de sus súbditos. Creo que ha quedado claro, según el profesor, que el político debe separar de su actividad política todo lo que suene a Cristianismo… se supone que para no herir a los que no lo son… Esto con buena voluntad se puede entender bien, pero, dado el ambiente secularista en que nos movemos, a mí me ha sonado fatal y totalmente antipedagógico para los futuros formadores de la sociedad».
A través de un mensaje tan breve no es posible conocer exactamente el pensamiento del citado profesor de Moral política, un honrado y docto sacerdote. También es probable que ni él mismo sepa exactamente lo que piensa. En todo caso, podemos afirmar con toda seguridad que enseña exactamente lo contrario de la doctrina política de la Iglesia y que se escandaliza de los políticos cristianos reconocidos como santos.
En la Liturgia de las Horas, ese profesor y cuantos rezan el Oficio de lectura, conmemoran con devoción las vidas de San Fernando de Castilla, San Enrique de Alemania, Santa Isabel de Portugal, San Esteban de Hungría, San Luis de Francia, San Wenceslao de Bohemia, Santa Margarita de Escocia, Santa Isabel de Hungría, que buscaron con empeño servir fielmente a su pueblo sirviendo al Señor con toda fidelidad, y que buscaron el bien común de su nación en el respeto de las leyes divinas y naturales. Así lo manifiestan ellos mismos en sus cartas y testamentos, y sus hagiógrafos lo testifican. Por el contrario, el citado profesor de Moral política, y con él tantos otros profesores, sacerdotes, líderes laicos, teólogos e incluso Obispos, rechazan estos ejemplos, no aprenden nada de ellos. Piensan que aquellos eran tiempos de Cristiandad, otros tiempos. Y que no son ejemplares para quienes vivimos hoy.
La libertad de pensamiento y de palabra, una libertad exenta de todo complejo de inferioridad, ha de afirmarse claramente en un partido católico, tanto en sus Estatutos como en las acciones públicas o privadas de sus miembros. Un político que, por ejemplo, en una intervención parlamentaria se auto-prohíbe mencionar el nombre de Dios y de Cristo o inhibe en su lenguaje toda referencia a las exigencias morales absolutas de la propia naturaleza, abandona públicamente su condición de político católico. La virtud de la fortaleza, ejercitada con prudencia y valor, son absolutamente necesarias para un político católico digno de ese nombre. Una concesión sistemática al eufemismo, una ocultación crónica de los argumentos principales, los más fundados en Dios y en la naturaleza de la realidad, condena al político católico a una esterilidad completa: es sal desvirtuada, que no sirve más que para tirarla y que la pise la gente (Mt 5,13). Un partido que en la batalla del lenguaje es vencido, está ya derrotado en la lucha política.
Un político católico, por ejemplo, ha de combatir cierta ley del aborto afirmando simplemente que «es un homicidio», y que las leyes deben prohibir crímenes tan graves. Si alega solamente que «no hay demanda social suficiente» para esa ley, está perdido: no vale para nada. Haría mejor en retirarse. Otro ejemplo. Un partido político y sus representantes tienen que afirmar con insistencia que considerar en las leyes y en las consejerías de educación que el matrimonio y la unión homosexual son igualmente naturales constituye una ofensa gravísima a la razón, un atropello a la verdad de la naturaleza. Deben sus políticos ridiculizar, y si es necesario con palabras malsonantes, que dan para los diarios buenos titulares, la pretensión de que es igualmente natural la unión sexual entre hombre y mujer –perfecta en su adecuación anatómica y fisiológica, sana, buena, bella, capaz de transmitir vida humana– y la unión homosexual –insana, fea, violenta, morbosa, estéril, capaz eso sí de transmitir enfermedades–. Deben acorralar implacablemente a los políticos adversarios, usando si conviene legislaciones comparadas, estadísticas e informes científicos, hasta avergonzarlos y confundirlos, como hacía Cristo con los enemigos de la verdad: hasta dejarlos sin palabras, hasta que les salgan los colores en la cara, y busquen desesperadamente cambiar de tema.
Un partido católico debe tener plena libertad para «dar testimonio de la verdad». No ha de respetar en modo alguno los tabúes ideológicos o verbales impuestos por la cultura anticristiana. Ha de saber que, perdida la batalla del lenguaje, está perdido el combate político. El político católico ha de combatir el buen combate en favor de la verdad de las palabras y de la verdad de las realidades. Ha de tener poderosas armas mentales y verbales para destruir con una fuerza dialéctica contundente todas las mentiras y los eufemismos falsos que tan eficazmente son esgrimidos por los adversarios (interrupción voluntaria del embarazo, exploraciones del cuerpo propio y ajeno, igualdad de género, etc.).
Dicen que algunas mafias criminales no reciben como miembro de pleno derecho a quien no haya cometido algún crimen verdaderamente respetable, un asesinato, un secuestro, un atraco a mano armada. En un partido católico no deberían confiarse cargos de importancia sino a aquellos miembros que hayan dado pruebas claras de su valentía mental y verbal, por ejemplo, nombrando a Dios, a Cristo, a la Iglesia, al orden de la naturaleza, en la sala de conferencias de un sindicato o de una residencia universitaria. Solamente los sin-vergüenzas, es decir, los que han perdido todo respeto humano, pueden militar dignamente en un partido católico. Los buenistas, sujetos en las férreas mallas de lo políticamente correcto –muchos de los cuales acaban pensando que lo políticamente correcto es lo correcto políticamente–, deben considerarse como perdidos para la civilización cristiana y para toda acción política, y conviene orientarles hacia otras posibles dedicaciones honradas como, por ejemplo, la jardinería, la filatelia o la caza del conejo.
Un partido católico debe presentarse hoy en el Occidente liberal y anticristiano como un partido anti-sistema, que acepta la Constitución de su nación por imperativo legal, y con todas las restricciones mentales que vengan exigidas por su texto. Pero que en los mismos Estatutos manifiesta claramente sus intenciones políticas. Posteriormente, Deo adiuvante, un trabajo político inteligente y atrevido podrá conseguir poco a poco, o rápidamente, ciertos cambios en el articulado de la Constitución, o ciertas interpretaciones de las altas Magistraturas, que saneen aquellas leyes que venían siendo aplicadas en forma inconveniente o criminal.
Un partido confesional católico debe combatir abiertamente contra la partitocracia vigente, el Estatismo totalitario, arrasador de las entidades intermedias, el atropello sistemático del principio de subsidiariedad, el antipatriotismo, la falsificación de la historia, de la cultura, del matrimonio y de la mujer; debe combatir el aborto y el divorcio, el egoísmo profesado unánimemente hacia las naciones pobres, la sujeción de la educación, de la judicatura, de las costumbres sociales a los dictámenes del poder político ejecutivo, etc. Y debe promover simétricamente una gran número de causas buenas y estimulantes. Solo un partido católico así podrá suscitar verdaderas vocaciones políticas católicas. Deo adiuvante.
Pero de éstos y otros temas trataré en el próximo artículo, con el favor de Dios.
Termino ya la serie Católicos y política. Cuando la inicié, pensaba dedicar unos tres artículos de Reforma o apostasía a la Política, un campo en el que apenas había entrado yo anteriormente en mis estudios y escritos. Y han salido treinta. Quizá los lectores se pregunten: «¿y qué pecado hemos cometido nosotros para merecerlo?»… Me visto de saco, me cubro de ceniza, y pido perdón. No lo haré más.

Confieso que aún pensaba escribir algunos artículos más sobre este amplio tema, configurando un poco las líneas principales de un partido político, recordando las causas más preciosas y urgentes que están esperando la acción política de políticos católicos combatientes (educación, objeción de conciencia, aborto, familia, medios de comunicación, lucha contra la partitocracia y el totalitarismo de Estado, defensa de la subsidiariedad, superación del antipatriotismo, etc.). Pero finalmente ha prevalecido mi compasión por los lectores. Ya vale. Me limitaré a trazar un resumen de los 30 artículos de esta serie.
Dentro de las Reformas necesarias en la Iglesia, quizá una de las más urgentes sea la reforma de la actitud mental y práctica de los católicos en relación a la política. Hace unos días comentaba uno en este blog: «¿pero es que la política tiene algo que ver con el Evangelio?». El comentarista, ya se ve, está más perdido que un perro en Misa. Pero no es un caso aislado; es signo de una perdición mental que hoy en las Iglesias descristianizadas es bastante frecuente.
La política, que pretende el bien común, es la más alta de las profesiones seculares, y lo sigue siendo en el mundo de la gracia. Por eso mismo, los mayores males del mundo actual proceden de los poderes políticos: corruptio optimi pessima. De hecho, el Príncipe de este mundo está feliz de la absoluta inoperancia política de los católicos, paralizados en este campo por las falsas doctrinas. Dejan el mundo secular a merced del diablo.
Sin embargo, nunca se ha encarecido tanto en la Iglesia la dignidad y la necesidad de la acción política de los cristianos, y nunca ésta ha sido más débil (95). Incluso un apoliticismo piadoso se ha impuesto ideológicamente –contra la doctrina de la Iglesia– en casi todos los grupos laicales católicos del Occidente descristianizado (119). Pero, sin duda, también hay que tener en cuenta que la actividad política exige muy grandes virtudes, y que si éstas faltan, se paraliza o se corrompe (96). Reforma o apostasía.
La doctrina política de la Iglesia es muy abundante y preciosa, y sin embargo hoy es ampliamente ignorada por los católicos. No solamente los laicos, también los Pastores parecen a veces ignorarla, pues hablan y actúan con frecuencia en contra de ella. Por eso en los primeros artículos de esta serie recordamos en síntesis sus principios fundamentales:
1.-La autoridad viene de Dios. Si la Constitución política de la nación afirma la soberanía del pueblo, un político cristiano solo podrá jurarla si confiesa claramente –en declaración bien explícita– que esa soberanía popular procede de Dios Creador, que dijo a los hombres desde su creación: «dominad la tierra» (Gén 1,27ss), y que en la plenitud de los tiempos procede de Cristo Rey, «a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18).
2.-Las leyes civiles positivas han de fundarse en la ley natural establecida por Dios. Pero el liberalismo relativista y laicista, hoy vigente, afirma en todas sus versiones políticas la autonomía absoluta de la libertad humana. Y lo afirma con la frecuente complicidad activa o pasiva de los católicos liberales (97).
3.-Las leyes injustas deben ser desobedecidas, pero también deben ser eficazmente combatidas (98). No podemos los cristianos rendirnos a su vigencia degradante, como si fuera inevitable y necesaria.
4.-El principio de la tolerancia y del mal menor es muy valioso en la vida política, pero está pervertido por los políticos anti-cristianos –derecho al aborto, al matrimonio homosexual, a la eutanasia, al divorcio express, etc.–, y también por aquellos políticos malminoristas, que aseguran su existencia en buena parte secuestrando el voto católico, y que hacen del mal menor su estrategia política permanente (100).
5.-La Iglesia es neutral en cuanto a la forma de los regímenes políticos, que suelen integrar en proporciones diversas los poderes monárquicos, aristocráticos y democráticos. Por eso la Iglesia, fiel a su doctrina, no debe ligarse a ningún régimen concreto, aunque con prudencia podrá apoyar a aquél que en una circunstancia histórica concreta se muestra como el más conveniente o el único posible.
6.-El principio de subsidiariedad ha de afirmarse hoy con todo empeño contra el totalitarismo característico de la Bestia estatal moderna en cualquiera de sus versiones. Hoy en Occidente la Bestia política es para los cristianos más totalitaria y opresiva que en la antigüedad o en la Edad media. Hoy el Estado totalitario –liberal, socialista, marxista– impone leyes en todos los campos de la vida social humana: por ejemplo, determina en algunas naciones que la enseñanza ha de ser mixta, y prohibe a escuelas y colegios formar comunidades masculinas y femeninas separadas. Obliga, pues, por ley a los ciudadanos en cuestiones ciertamente discutibles, imponiéndoles su ideología. Y así seguirá haciéndolo, si no hay una acción política católica con fuerza eficaz para impedirlo (102-103).
7.-Nuestro Señor Jesucristo es el Rey de todos los reyes de la tierra, y los hombres y las naciones solamente pueden hallar salvación temporal y eterna recibiendo su influjo benéfico, aceptando «sus pensamientos y caminos», que distan de los pensamientos y caminos mundanos tanco como el cielo de la tierra (Is 55,8-9). Los ateos y los cristianos pelagiano-liberales rechazan este principio (104), y –contra la doctrina de la Iglesia– estiman que un Estado confesional es malo de suyo, es malo semper et ubique (105). El Estado ha de ser laico.
Ahora bien, los Estados laicos nunca son neutrales, son todos laicistas, anti-cristianos (106). Una inmensa batalla entre los hijos de la luz y los de las tinieblas se libra en todos los siglos de la humanidad, y en los últimos siglos, impulsada por el diablo, ha arreciado hasta extremos antes no conocidos, y está dirigida por poderes mundiales ocultos y por los grandes organismos internacionales. Y son muchos los cristianos que se niegan a entrar en combate con el mundo, que incluso consideran ese combate ilícito, inmoral, incluso lo declaran inexistente, mientras profesan pacíficamente su colaboracionismo con el mundo moderno. El mundo avanza tanto como el Reino de Cristo retrocede, y estos cristianos mundanos consideran ese avance como un progreso. No hay duda, «ellos son del mundo; por eso hablan el lenguaje del mundo, y el mundo los escucha» (1Jn 4,5). E incluso les confía altos cargos nacionales e internacionales, prestigiosos y bien pagados (107-108).
¿Qué debemos hacer hoy en política los católicos? En primer lugar, debemos ser conscientes de que la única Autoridad mundial posible y benéfica es la de Cristo, Rey de las naciones. Cualquier otra Autoridad mundial, como las ya diseñadas hoy en los grandes organismos internacionales, si no es cristiana, solo podrá encarnar al Anti-Cristo, «que ya está en acción» (2Tes 2,7) (109). En segundo lugar, hemos de confiar a la oración la vanguardia absoluta de toda acción cristiana, también de las actividades políticas. Así lo ha entendido siempre la Iglesia y lo ha expresado en su liturgia (111-113). Pero además de ese reconocimiento de la primacía de Cristo Rey y de la oración ¿qué debemos hacer los cristianos en el campo mismo de la vida política?
Los partidos confesionales católicos son hoy necesarios, pues es evidente que en el mundo político actual de Occidente todos los partidos, en uno u otro grado, son laico-laicistas, liberales, relativistas, naturalistas, cerrados a la ley divina, a la ley natural y a la esperanza de la vida eterna. Sin embargo, los mismos que condenan –contra la doctrina de la Iglesia– la posible existencia de un Estado confesional, hoy ciertamente imposible y por eso mismo inconveniente, van más lejos, y condenan incluso –contra la doctrina de la Iglesia– la existencia misma de partidos confesionales católicos. Han hecho y hacen todo lo que posible –y pueden mucho– para abortar sus nacimientos o para asfixiarlos en su vida incipiente.
Ahora bien, es cierto que un partido católico-liberal, como lo fue la Democracia cristiana en Italia, no vale de nada, es sal desvirtuada, y causa graves daños a la vida natural y sobrenatural de los ciudadanos (118). Pero pasar de ahí a un apoliticismo cerrado es inadmisible. Ésta es, sin embargo, la actitud mental y práctica que ha prevalecido ampliamente en el mundo católico del Occidente descristianizado. Los católicos llamados por Dios a la vocación política o no la oyen o la rechazan o «se diseminan» entre los partidos laicistas ya existentes, que tienen posibilidades de gobierno. Y permaneciendo en ellos, paralizan la misión propia de los políticos católicos, pues la hacen imposible (119).
Por eso Benedicto XVI renueva hoy el llamamiento que el Señor y la Iglesia hacen a los fieles, para que surja una «nueva generación de católicos», que «renovados interiormente» en el pensamiento y en la virtud, se «comprometan en la política sin complejos de inferioridad». Incluso, tal como están las cosas, serían hoy deseables ciertas Hermandades laicales especialmente llamadas al excelso ministerio de la política. Como las antiguas Órdenes militares, con el mismo espíritu, aunque con medios muy diversos, habrían de combatir los buenos combates de la fe bajo las banderas de Cristo, quebrantando al Príncipe de este mundo, hoy tan débilmente resistido (121).
Los partidos confesionales católicos no tienen por qué ser únicos en una nación, aunque a veces pueda ser conveniente. Mejor es en principio que sean varios, pues diversas son las maneras que hay de realizar la única doctrina política de la Iglesia, en la que todos han de coincidir. Y todos esos partidos también han de ser capaces aliarse en formaciones políticas mayores, especialmente en orden a las elecciones, pero también en el curso ordinario de la vida política.
Hoy el Padre de la mentira, Príncipe de este mundo, logra casi paralizar en algunas Iglesias las actividades pastorales y misioneras, educativas y políticas, apoderándose cada vez más de la cultura y de todo el mundo social y político (123). –La vida pastoral es en esas Iglesias débilmente evangelizadora, y con frecuencia la inmensa mayoría de los bautizados están en ellas dispersos, pues no se congregan en las comunidades parroquiales ni tampoco en otras. –En las misiones la missio por antonomasia, la evangelización, cede con frecuencia al diálogo interreligioso, si es que de verdad llega a él, y a una dedicación predominante a la beneficencia temporal. –Escuelas, colegios y universidades que se denominan católicos han decaído notablemente en su capacidad apostólica para dar una formación cristiana a sus alumnos. –En este desfallecimiento general, y en un grado quizá más acusado, ha de enmarcarse y entenderse el desistimiento casi absoluto de la actividad política de los católicos, aunque posteriormente esta dimisión haya sido ideologizada en doctrinas que, ciertamente, son inconciliables con la doctrina política de la Iglesia. En consecuencia los católicos, desde hace ya mucho tiempo, se ven obligados en las elecciones a elegir entre la abstención o el voto útil concedido a partidos malminoristas-laicistas. Pero el único voto útil es el que se da a Cristo y a su Reino. Reforma o apostasía.
Pero el Espíritu Santo quiere y puede renovar la faz de la tierra. Como enseña la Iglesia católica, Él quiere que los laicos «coordinen sus fuerzas para sanear aquellas estructuras y ambientes del mundo» que incitan a la inmoralidad y la injusticia, de modo que todas las cosas «se conformen a las normas de la justicia y más favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36). Él quiere que a través de su acción política se «logre que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43). Él quiere, con su colaboración inteligente y abnegada, «instaurar el orden temporal de forma que se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (AA 7). Para construir grandes asilos para ancianos, hacen falta instituciones, arquitectos y albañiles. Para construir hospitales son necesarios médicos y enfermeras. Y la realización de esas obras no saldrá adelante solamente por la actividad de evangelizadores, científicos, familias cristianas, agricultores, párrocos y religiosos de vida activa o contemplativa. Esas y otras obras necesitan ser realizadas por sus obreros propios. Del mismo modo, la edificación de la ciudad temporal según Dios necesita absolutamente la actividad de los políticos católicos.
Y ya vale.
Deo gratias!
José María Iraburu, sacerdote
Leer más...