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jueves, 28 de junio de 2012

Estatolatría, por P. Raúl Hasbún

Artículo del Padre Raúl Hasbún reproducido por InfoCatólica

Raúl HasbúnLatría es adoración, culto religioso a una divinidad. Usado en propiedad, sólo debiera ser referido a Dios, el Omnisciente, el Omnipotente, el Providente. La perversión de la inteligencia (cuna y caldo de cultivo de toda otra perversión) ha ido divinizando personas, objetos, ideas e instituciones que no son Dios, sino ídolos, burdas imitaciones, grotescas falsificaciones. Lógica e históricamente, el desenlace es el mismo: los ídolos defraudan y devoran a sus adoradores, no sin antes someterlos a degradante esclavitud.

La fe bíblica reivindicó tempranamente la exclusividad del Dios verdadero. A los adoradores de Baal los retó y desenmascaró el profeta Elías, invocando a Yahwé para que hiciera llover fuego del cielo sobre un altar inundado de agua. Más tarde Jesús, enfrentado al dilema : obedecer al César o a Dios, sentenció solemnemente que el César no es Dios, y que Dios honra la autoridad del César en cuanto no contravenga el derecho divino.

Los últimos milenios han visto surgir múltiples intentos de divinizar personasmi Führer es mi Dios», Oda a Stalin), objetos (dinero, poder, placer), ideas (la revolución, con cualquier apellido; la libertad sin apellido); instituciones (monarquía, democracia, parlamentos, cortes, ONU, FMI, OMS, ONGs). La tendencia hoy dominante es la divinización del Estado. Sabido es que la familia, núcleo fundamental de la sociedad, es en sí todavía imperfecta y necesita una organización, un conjunto de normas y entidades que la protejan e integren con las demás familias, optimizando su capacidad productiva, cautelando su patrimonio cultural y garantizando un modo pacífico de solucionar sus litigios.

Marx, en un rapto de ingenuidad rayano en el desvarío intelectual, vaticinó que en la etapa final de su revolución el Estado no sería necesario, porque las personas, redimidas del pecado original del afán de lucro y propiedad privada, resolverían sus conflictos con cívica espontaneidad. Los que piensan y hablan en serio reconocen la necesidad y legitimidad del Estado con su poder normativo y coercitivo; pero buscan modos de blindar a los ciudadanos contra la tentación de atribuirse, quienes están en el poder, cualidades divinas de omnisciencia, omnipotencia y omniprovidencia.

Hoy las leyes y autoridades operan en virtud de una presunción de derecho: los ciudadanos no saben lo que les conviene y no son capaces de ponerlo en obra. Basta que un asunto explote mediáticamente para en seguida sentenciar: esto tiene que ser regulado. ¿Cómo? Por ley, es decir por el Estado. Regular, fiscalizar, penalizar: la potestad coercitiva del Estado minimiza y virtualmente anula la confianza en la educación y libertad de las personas. Y el vértigo de estatolatría va generando el irremisible colapso económico, ético, jurídico y pedagógico de este pulpo de mil inútiles y asfixiantes tentáculos. Es hora de recordar que el primer y mejor ministerio de educación, de economía, del trabajo, de salud y de justicia es la familia.

P. Raúl Hasbún

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La Iglesia y la Esclavitud.

Es frecuente oír por ahí en boca de algunos, aquello de que “la Iglesia contribuyó a las esclavitud al decir que los indios y los negros no tenían alma”, refútolo reproduciendo para ustedes la bula Sublimis Deus del papa Pablo III, publicada en 1537, siglos antes de todos los movimientos por la abolición de la esclavitud:

A todos los fieles cristianos que lean estas letras, salud y bendición apostólica. El Dios sublime amó tanto la raza humana, que creó al hombre de tal manera que pudiera participar, no solamente del bien de que gozan otras criaturas, sino que lo dotó de la capacidad de alcanzar al Dios Supremo, invisible e inaccesible, y mirarlo cara a cara; y por cuanto el hombre, de acuerdo con el testimonio de las Sagradas Escrituras, fue creado para gozar de la felicidad de la vida eterna, que nadie puede conseguir sino por medio de la fe en Nuestro Señor Jesucristo, es necesario que posea la naturaleza y las capacidades para recibir esa fe; por lo cual, quienquiera que esté así dotado, debe ser capaz de recibir la misma fe: No es creíble que exista alguien que poseyendo el suficiente entendimiento para desear la fe, esté despojado de la más necesaria facultad de obtenerla de aquí que Jesucristo que es la Verdad misma, que no puede engañarse ni engañar, cuando envió a los predicadores de la fe a cumplir con el oficio de la predicación dijo: Id y enseñad a todas las gentes, a todas dijo, sin excepción, puesto que todas son capaces de ser instruidas en la fe; lo cual viéndolo y envidiándolo el enemigo del género humano que siempre se opone a las buenas obras para que perezcan, inventó un método hasta ahora inaudito para impedir que la Palabra de Dios fuera predicada a las gentes a fin de que se salven y excitó a algunos de sus satélites, que deseando saciar su codicia, se atreven a afirmar que los Indios occidentales y meridionales y otras gentes que en estos tiempos han llegado a nuestro conocimientos -con el pretexto de que ignoran la fe católica- deben ser dirigidos a nuestra obediencia como si fueran animales y los reducen a servidumbre urgiéndolos con tantas aflicciones como las que usan con las bestias. Nos pues, que aunque indignos hacemos en la tierra las veces de Nuestro Señor, y que con todo el esfuerzo procuramos llevar a su redil las ovejas de su grey que nos han sido encomendadas y que están fuera de su rebaño, prestando atención a los mismos indios que como verdaderos hombres que son, no sólo son capaces de recibir la fe cristiana, sino que según se nos ha informado corren con prontitud hacia la misma; y queriendo proveer sobre esto con remedios oportunos, haciendo uso de la Autoridad apostólica, determinamos y declaramos por las presentes letras que dichos Indios, y todas las gentes que en el futuro llegasen al conocimiento de los cristianos, aunque vivan fuera de la fe cristiana, pueden usar, poseer y gozar libre y lícitamente de su libertad y del dominio de sus propiedades, que no deben ser reducidos a servidumbre y que todo lo que se hubiese hecho de otro modo es nulo y sin valor, asimismo declaramos que dichos indios y demás gentes deben ser invitados a abrazar la fe de Cristo a través de la predicación de la Palabra de Dios y con el ejemplo de una vida buena, no obstando nada en contrario. Dado en Roma en el año 1537, el cuarto día de las nonas de junio (2 de junio), en el tercer año de nuestro pontificado.

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miércoles, 27 de junio de 2012

¿De qué nos escandalizamos? La muerte forzada del hijo de Feng, por Rossana Echeandía

Artículo de Rossana Echeandía en El Comercio de Perú, reproducida por el blog Razones para Creer.

chinakristen¿De qué nos escandalizamos?

La muerte forzada del hijo de Feng

Por: Rossana Echeandía
Periodista

Hace un par de semanas el mundo sufrió una conmoción ante la imagen de una joven mujer china y el cuerpo de su bebe de siete meses de gestación, uno junto al otro, tendidos en una cama. A ella la habían forzado a abortar y estaba en shock. El bebe, obviamente, yacía muerto.

Aunque ese pequeño no había hecho nada que mereciera tal condena, seis mil trescientos dólares y una política de Estado fueron su sentencia de muerte. Estaba destinado a ser el hijo de Feng Jianmei y de Deng Jiyuan, pero era el segundo niño de esa familia y en China, su patria, solo se permite uno. Quien se atreva a tener un segundo hijo debe pagar una multa. Feng y Deng no pudieron reunir el dinero suficiente.

Autoridades de su localidad sacaron a Feng de la casa de su madre, la forzaron a firmar un documento que ni siquiera pudo leer y a estampar en él su huella digital; luego, le inyectaron una sustancia letal para su bebe.

La historia, que había ocurrido en los primeros días de junio, se conoció porque las fotografías de Feng y su bebe fueron colgadas en Internet. Ante nuestros ojos, el escándalo adquirió nombre y rostro.

¿Pero qué fue lo que nos escandalizó? ¿Que hubieran forzado a Feng a abortar o el aborto en sí? Si lo analizamos veremos que, en cualquiera de los casos, el resultado hubiera sido el mismo: Feng y su hijo muerto tendidos en una cama. Es verdad que el hecho de que la hayan forzado hace que la historia sea aún más horrible; pero para el bebe, es igual. En ambas situaciones, él es obligado a salir o, mejor dicho, es expulsado del lugar que aún le corresponde. No le hace ninguna diferencia si su madre fue forzada a expulsarlo o si lo hizo ‘voluntariamente’; para él, el resultado siempre es el mismo: una muerte forzada.

En la foto de Feng y su hijo se hace evidente la crudeza de un acto que nunca es justo y que siempre es violento. Y que es así no solo para el bebe que pierde la vida en el proceso, sino también para la mujer que, de manera voluntaria o involuntaria, se somete al aborto y luego, inevitablemente, sufre las consecuencias en su cuerpo y en su mente.

Los organismos defensores de los derechos humanos no se han pronunciado por este caso.

Una política de Estado como la que rige en China es la condena a muerte de muchos inocentes, tal como cualquier promoción del aborto es una condena a muerte de otros muchos inocentes, precisamente de los más indefensos que el Estado y la sociedad deben proteger con más ahínco y convicción.

Al mirar la foto de Feng y su bebe, me preguntaba en qué podía diferenciarse esta imagen de la de cualquier otra mujer que yace en una cama porque, probablemente de manera ‘voluntaria’, ha optado por abortar. Seguramente no se diferenciará en nada y se verá como Feng tras esta terrible invasión. Es más, el resultado siempre será el mismo: un bebe muerto y una mujer que ha perdido a su bebe, dos víctimas.

Los primeros, de sus madres; las segundas, de los promotores de una enorme industria transnacional que, vendiendo una supuesta libertad, solo entrega miseria, para hacer muy ricos a unos cuantos. Insaciables, estos quieren lucrar en todo el mundo. Ojalá que ningún resquicio se les abra en el Perú; son tan hábiles que un resquicio les basta.

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sábado, 23 de junio de 2012

Amar entrañablemente a las personas homosexuales y rebatir frontalmente las ideologías, por P. Paulino Toral

Artículo del Padre Paulino Toral en Catholic.net. El Padre Paulino está siendo perseguido legalmente por su oposición a la Ideología de Género.

Dios es testigo de mi respeto y pastoral amor hacia las personas homosexuales, sean varones o mujeres. Cuando en el ejercicio mi sacerdocio trato con una persona con tendencias homosexuales soy especialmente afectuoso y acogedor; me muestro muy amplio, sereno y pastoral. En estos momentos de confusión generalizada, sembrada por la solapada ideología de género, es preciso distinguir claramente entre las personas homosexuales que forman parte de nuestra Nación y esta foránea ideología.

Yo escribo sobre la homosexualidad (tal como la ideología de género, no sólo la propone, sino pretende imponérnosla) y ayudo a las personas homosexuales a acercarse a Dios. Sé de las angustias que ellos viven; me constan sus traumas… Modestamente, creo que soy fiel a lo que establece el Catecismo de la Iglesia católica: “los homosexuales – dice el número 2358 – deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”.

Sin ir más lejos, el viernes pasado (01.06.12), en el hospital de mis pacientes de sida, hablé con un caballero de 60 años, con modales visiblemente afeminados (él mismo me dijo: “como ve, Padre, yo soy gay”), que prestaba sus servicios a un ex compañero suyo, quien estaba muy mal de salud. Este caballero me dijo lo mismo que Richard Cohen – ex homosexual y psicoterapeuta de homosexuales –en la entrevista que más abajo reproduzco.

Había vivido este caballero entregado a la práctica homosexual y su vida había sido angustiosa, atormentada y triste; dejó dichas prácticas, porque se acercó a Dios, y actualmente se dedica a ayudar a los enfermos de sida. Me pareció una persona admirable, extraordinaria y de una inmensa calidad humana. Me pidió le oyera en confesión. Le escuché y, además, le di la Sagrada Comunión. Porque el Dios que defendió a la adúltera de sus inhumanos acusadores y no se olvidó de advertirle, "en adelante no peques más", no tiene inconveniente alguno en entrar en el corazón de un ser humano del cual el sacerdote puede dar fe y le consta que está plenamente arrepentido. Me acordé entonces de lo que escribió el converso Paul Claudel: "Si necesitas vírgenes, Señor, si necesitas valientes bajo tu estandarte, ahí está Domingo y Francisco, Señor, ahí está Lorenzo y santa Cecilia…Pero si necesitas, por acaso, de un perezoso y de un imbécil, de un orgulloso y de un cobarde, de un ingrato y de un impuro, de un hombre cuyo corazón estuvo cerrado y cuyo rostro fue duro... Cuando todos te falten me tendrás siempre a mí". Después de atenderle a él, me dediqué a su amigo enfermo, que estaba consciente y me solicitó le diera los auxilios espirituales. Lo puse en los brazos del Buen Pastor, pidiéndole lo cargara sobre Sus hombros y lo llevara a Sus Eternas Moradas…

¿Es esto odiar a las personas homosexuales?

Usando de mi derecho a la libre expresión, que indudablemente existe en mi país, creo que puedo escribir, por ejemplo, sobre el aborto o la infidelidad conyugal, incluso exponiendo las consecuencias personales, familiares y sociales de tales conductas, sin que nadie pueda decir: "Usted se está metiendo conmigo". Si las que abortan o los que son infieles sufren o se sienten mal por lo que escribo, no pueden concluir, sólo por lo que ellos sienten, que yo siento odio hacia ellos; o pedirme que deje de escribir sobre esos temas porque se están sintiendo aludidos.

Si así fuese, sería imposible, por ejemplo, toda contienda política; contienda de opiniones. Si opinar fuese lo mismo que odiar, un político podría decir: "Cállense todos. Me siento aludido. Tengan cuidado, porque si siguen hablando de ineptitud y corrupción, voy a sentirme aludido y podría meterlos presos a todos por el delito de odio: ¡Todos a callar!". Si por usar mi derecho a la libre expresión de lo que pienso sobre la ideología de género alguien lograra meterme preso, en ese preciso momento, deberá crearse en Ecuador un campo de concentración con rejas, alambradas y muros al estilo de los totalitarios campos de concentración de la Alemania nazi o de la marxista URSS, con un cartel bien grande en la puerta que diga: "Contrarios a la Ideología de Género". Presumo que si todos los ecuatorianos supiéramos qué es realmente la ideología de género, ese campo de concentración tendría que tener capacidad para 14’483.499 seres humanos, incluidos, como ahora lo van a ver, las mismas personas con tendencias homosexuales; porque asumo que ellos, nunca podrá aceptar una ideología que – según afirman sus partidarias – busca expresamente la perversión de la raza humana. Después de leer lo que viene, podrán entender perfectamente bien que una cosa es tener tendencias homosexuales y otra muy distinta es ser un pervertido. Pongan atención a lo que viene. Cito al jurista argentino, Jorge Scala, una de las mayores autoridades del mundo en ideología de género.1

"Ellen Herman, quieren "libertad para diseñar su familia actual y futura de mil formas diferentes y sin penalización: amar a mujeres o a varones, tener sexo con una o más personas a la vez, vivir con o sin niños, participar en la crianza de los niños sin participar necesariamente en la reproducción. Sólo cuando pudieran inventar familias de todo tipo – sin miedo al ridículo o al auto-reproche – podrían las mujeres esperar una verdadera individualidad, en vez de ser clasificadas como miembros cautivos de una clase de sexo o género"2. Alison Jagger lo dice con mayor claridad: "El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas, fuera del alcance de la regulación estatal … en vez de esto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma "institución de las relaciones sexuales", en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimórficamente perversa natural"3.

Para ello preconizan, por ejemplo, el "amor entre especies" para pseudo- justificar el bestialismo o zoofilia". Estoy seguro que mis queridos hermanos y hermanas homo-sexuales no pueden estar de acuerdo con esta perversa ideología… Lo de perversa, no lo digo yo, lo dicen sus mismas promotoras: "La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimórficamente perversa natural". Es decir: sexo sin regulación alguna; ni jurídico- estatal, ni ética; sin principios, sin valores, y sin otro criterio que el que cada uno individualmente establezca.

¿No creen, mis hermanos homosexuales, que si ustedes han salido del armario, es injusto que ahora pretendan meternos en un nuevo armario a todos los que no pensamos igual que ustedes, a todos los heterosexuales? ¿No les parece incorrecto que si ustedes han salido del encierro en que han permanecido hasta hoy, y ahora gozan de la libertad de expresar abiertamente lo que ustedes creen correcto, nos dejen, a los que nunca hemos estado encerrados, seguir usando nuestro derecho a expresarnos, pensando y opinando como a nosotros nos parece correcto? ¿Libertad de opinión para ustedes, y para nosotros no? Los derechos y las libertades de todos tienen unos límites, ¿los de ustedes no? ¿No será posible que dialoguemos sin amenazas de cárcel sobre la mesa de conversaciones? ¿No sería más noble su debate doctrinal si ustedes en lugar de venir al campo de batalla intelectual armados de amenazas y de poder, acudieran pertrechados solamente de razones y argumentos? Ustedes aman la libertad; también nosotros…

Impidamos que la ideología de género construya los muros, las alambradas y las rejas intelectuales que va edificado en otros países y coloquemos sobre las puertas de nuestras fronteras la leyenda que nos dejó escrita el Gran San Agustín: "En lo necesario, unidad; en lo opinable, libertad; en todo caridad". En las contiendas doctrinales creo que esta es la norma de oro. Logremos que nuestro Gran Ecuador se dé el lujo de ser una excepción en el contexto de las naciones en las que se va imponiendo la ideología de género como sistema único de pensamiento, y se caracterice por ser el país en el cual el Creador sea el único que establezca normas, principios y valores para sus humanas criaturas ecuatorianas y extranjeras, a las que hemos abierto de par en par nuestras puertas…

La angustia de la homosexualidad se sana, no diciéndole al homosexual que su sufrimiento es normal, sino luchando con la homosexualidad; no agrediendo al homosexual, sino acogiéndolo y amándolo como persona y comprendiéndolo como homosexual.

Esto es lo que se desprende del libro Comprender y sanar la homosexualidad, del Terapista ex homosexual Richard Cohen. Después de enterarse de lo que Cohen dice y hace, lo peor que puede hacerse con un homosexual es decirle: “Sigue siendo como eres; lo tuyo es normal, no tienes por qué curarte; porque tu sufrimiento es natural, congénito y por ello, incurable. Antes se decía que era posible salir de tu angustia, si tú querías; ahora sólo tienes que "salir del armario" y todo resuelto: puedes vivir entre la gente con tu ansiedad, con tu padecimiento y tu malestar constante; nadie te va a molestar, ni se va molestar por ti. La dolencia de la homosexualidad no es anormal, sino una manera más de vivir. Es más: a quien quiera ayudarte le prohibiremos que te ayude, y si insiste en hacerte salir de tu sufrimiento, a ese tal le meteremos preso".

Richard Cohen, autor del libro antes mencionado, es Terapeuta, licenciado en Psicología terapéutica por la Universidad de Antioch y la Universidad de Boston, y director de la Fundación Internacional para la Curación (IHF). Sostiene que la homosexualidad no tiene una base biológica, genética, sino que es un trastorno psicológico de la identidad sexual.

No habla de especulaciones, ni de oídas. Richard Cohen, psicoterapeuta dedicado a ayudar a personas que experimentan atracción sexual por otros de su mismo sexo, vivió en carne propia el problema de la homosexualidad durante decenios antes de volver a ser heterosexual. Logró con éxito superar los traumas infantiles que según él causan la confusión en la identidad sexual y conducen al modo de vida homosexual, logrando volver perfectamente a la heterosexualidad y formar una familia. En medio de incomprensiones y dificultades, Cohen ha ayudado durante los últimos quince años a miles de hombres, mujeres y adolescentes a recuperar su identidad sexual y a poner paz y felicidad en sus vidas.

Una persona con sentimientos homosexuales ¿puede cambiar?

Hoy en día muchos dicen que no es posible salir de la homosexualidad. Eso es, sencillamente, un mito, porque el cambio es posible. No sólo luché con mis inclinaciones homosexuales no deseadas, sino que también tuve que luchar igualmente buscando profesionales que comprendieran mi condición y supieran cómo ayudarme para que me curara.

El movimiento en pro de los derechos de los homosexuales ha prestado un gran servicio a la sociedad al sacar la cuestión de la homosexualidad "fuera del armario" y al ponerla a la luz; pero la solución no está ni en la ciega aceptación ni en la tolerancia indiscriminada. La respuesta pasa por la comprensión y el amor.

¿Qué pretende usted con "Comprender y sanar la homosexualidad"?

En este libro recojo mi experiencia personal y terapéutica acerca de la atracción homosexual. Presento las causas básicas de la atracción hacia las personas del propio sexo, es decir, por qué un hombre se siente atraído sexualmente por otro hombre, o una mujer, por otra. También expongo un modelo de recuperación y numerosos testimonios de personas que yo he tratado y que ya han logrado realizar el cambio de la homosexualidad a la heterosexualidad.
Todos podemos lograr lo que nos propongamos. Si estamos decididos, contamos con el amor de Dios y el apoyo de otras personas, la curación es posible. Por supuesto, en el momento actual, muchos dirán que no es posible salir de la homosexualidad. Eso es, sencillamente, un mito, porque el cambio es posible.

¿Antes de ser terapeuta, usted mismo ha vivido la homosexualidad?
Efectivamente. Yo me sentía atraído sexualmente por los hombres. La gente me decía que yo había nacido así y que el pensamiento de cambiar era absolutamente inviable, y que terapéuticamente era además contraproducente. Yo pensaba: ¡Ni hablar! Cualquiera puede conseguir lo que anhela si tiene un ardiente deseo, elabora un buen plan, obtiene apoyo de otros, y se lanza decididamente por ello. Después, he podido aconsejar a muchos hombres, mujeres y adolescentes sobre cómo salir de la homosexualidad precisamente porque yo mismo me negué a escuchar a los que me decían: "Sé honrado contigo mismo: tú naciste así. Acéptalo".

Yo me daba cuenta de que algo no iba bien, por más que a mí alrededor insistieran en que era lo más normal del mundo. Logré descubrir de dónde provenían los deseos que yo tenía hacia los de mi propio sexo, aprendí a curar aquellas heridas, y a dar cumplimiento a las necesidades que seguían insatisfechas desde mi infancia. La lectura de este libro y el seguimiento de este plan redundará en un gran beneficio: un ca-mino de salida para volver a ser normal. He cometido tantos errores que eso permitirá a otros evitar algunos de los obstáculos en el camino hacia la libertad. He ayudado a otros a conseguir que lo que a mí me llevó diez años a ellos les cueste uno, dos o tres.

¿A qué tipo de lectores está destinado su libro?

Escribí este libro pensando tanto en los psicoterapeutas profesionales como en el público en general, incluyendo -por supuesto- a quienes sienten inclinaciones sexuales hacia personas de su propio sexo y perciben al mismo tiempo que hay algo incorrecto en ello, así como a personas que conocen a alguien en esta situación. Me encuentro en la posición privilegiada de haber sido primero el paciente y ahora ser el terapeuta. No sólo luché con mis inclinaciones homosexuales no deseadas, sino que también tuve que luchar igualmente buscando profesionales que comprendieran mi condición y supieran cómo ayudarme para que me curara. Me resultó muy difícil explicarme ante terapeutas que carecían de la clave del problema. Actualmente en los Estados Unidos y el resto del mundo los centros universitarios enseñan una "terapia de afirmación gay".

El objeto de este libro es ayudar a los terapeutas, consejeros, clérigos y demás personas a comprender cómo ayudar a hombres y mujeres que sienten atracción no deseada (egodistónica) hacia las personas de su mismo sexo. También es una guía para "vencedores". Tengo la esperanza y por ello rezo de que, a su tiempo, el estigma de la atracción hacia las personas del mismo sexo decaiga y prevalezca la comprensión. Ojalá que este libro sirva como trampolín hacia ese sueño.

¿Qué opina usted del movimiento homosexual?

El movimiento en pro de los derechos de los homosexuales ha prestado un gran servicio a la sociedad al sacar la cuestión de la homosexualidad "fuera del armario" y al ponerla a la luz. Tanto en el pasado como en el presente, a las personas con orientación homosexual les ha fallado mucha gente dentro de instituciones religiosas y sociales, y de la profesión médica y psiquiátrica. Hasta hace unos decenios les hicieron objeto de ridículo sin ofrecerles esperanza de curación y exacerbaron sus heridas de distanciamiento mediante prejuicios y discriminación social. Y ahora, en lugar de arrodillarse y pedirles perdón, lo que han hecho esas mismas personas e instituciones es sucumbir a la aceptación de la homosexualidad en nombre de la tolerancia. A mí esto me parece una forma de religión barata y de ciencia superficial.

Sin embargo, de puertas adentro, la mayor parte de la gente se siente mal con la homosexualidad.

La solución no está ni en la ciega aceptación ni en la tolerancia indiscriminada. La respuesta pasa por la comprensión y el amor.

1 Ponencia ante la Comisión de Legislación General del Honorable Senado de la Nación, publicada en la Revista Jurídica El Derecho, del 6.7.10.
2 Herman, Ellen, “Still Married alter All These Years”, en “Sojourner: The Women’s Forum”, septiembre de 1.990, pág. 14.
3 Jagger, Alison, “Political Philosophies of Women’s Liberation”, en “Feminism and Philosophy, de Adams Littlefield y Otros, Ed. Totowa, New Jersey, Año 1.977, pág. 13.

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viernes, 22 de junio de 2012

Características del político y de la política cristiana, por Manuel Morillo

Artículo de Manuel Morillo en su blog en Religión en Libertad

Quiero recuperar una síntesis sobre el tema de un gran pensador, hoy maldito por el Sistema, que  hace un acertado examen del político y la política
En el político repasa

  • las motivaciones del político cristiano,
  • sus cualidades de orden intelectual
  • y sus virtudes morales.
Además analiza la Política
  • como Ciencia,
  • como Arte,
  • como Técnica,
  • como Virtud
  • y como Providencia.


La vocación personal para la política, en cuanto incide en el quehacer político, no es universal. No todo los cristianos tienen la dotación imprescindible para ella, es decir, capacidad subjetiva y afición personal, que permitan convencer y mandar.
El perfil de esta vocación se hace necesario para definir al político verdadero y no confundirlo con quien le sustituye, a la manera como lo hace el producto sucedáneo con la mercancía auténtica.
Ello nos lleva, lógicamente, para evitar todo confusionismo, a una fijación de límites entre la verdadera y la falsa política.
Por eso, un esquema completo de la cuestión que nos ocupa nos obliga a hablar de sujeto activo del quehacer político, es decir, del político y de la tarea que se propone realizar con dicho quehacer y, por tanto, de la Política.

El político

Las causas que mueven al quehacer político son muy diversas: responder a una vocación, hacer una carrera profesional, embarcarse en una aventura, procurarse una distracción. El quehacer político es, en el primer caso, respuesta a una llamada; en el segundo un "modus vivendi"; en el tercero, oportunismo pragmático; y en el cuarto y último, un simple divertimento ocasional.
Sólo en el primer caso se define el político auténtico, atraído por "la necesidad, fecundidad y nobleza de la acción política" (Pablo VI a la "Unión Interparlamentaria europea", 23-IX-72).
Ahora bien; en tanto en cuanto la acción política es algo más que administración, orden público, abstracción ideológica, instrumentalización técnica o halago a la multitud, al político no le puede remplazar, so pena de que la acción política degenere, ni el burócrata, ni el policía, ni el intelectual, ni el técnico, ni el demagogo.
La acción política requiere a su servicio:

  • una buena administración, pero que no puede reducirse a pura burocracia mecanicista;
  • orden en la calle, pero fruto del orden interno que surge de la justicia de la comunidad;
  • ideas que presidan la tarea, como impulso y como meta, pero sin caer en el sueño engañoso y desmoralizante de una utopía imposible;
  • técnica adecuada, como especialización operativa y nunca como ídolo que acaba convirtiendo al hombre en "robot";
  • poesía emocional, que cautive al pueblo y lo incite a construir, pero nunca descargas pasionales que lo envilezcan o discursos o medidas de gobierno aduladoras y serviles para el logro de la simpatía y un aplauso ocasional y utilitario.

Cualidades del Político

Si el político es el que tiene capacidad subjetiva para su quehacer propio, es decir, para la tarea de gobernar, aquélla requiere determinadas cualidades, sin las que resulta imposible que el hombre que responde afirmativamente al llamamiento satisfaga las exigencias de su vocación.
Siguiendo en parte a Leopoldo-Eulogio Palacios en su libro "La prudencia política" (Editorial Gredos, Madrid, 1978, págs. 119 y ss.), las cualidades de los políticos han de ser, en el orden cognoscitivo y en el preceptivo, las siguientes:

a) De orden cognoscitivo:

  • Buena memoria que le depare una información correcta del pasado;
  • Intuición que le permita contemplar sin dificultades el presente;
  • Profetismo que le faculte para vislumbrar y gobernar de cara al futuro;
  • Docilidad que le haga prestar atención al magisterio de otros;
  • Agilidad mental que sin perjuicio de ese magisterio, le habilite para el estudio;
  • Razón industriosa que le facilite el uso hábil de los conocimientos adquiridos.

b) De orden preceptivo:

  • Circunspección para atender a las múltiples y variantes circunstancias de tiempo y lugar;
  • Cautela para evitar los obstáculos, distinguir el amigo del enemigo público, lo que es nocivo y lo que es útil a la república;
  • Valor sereno ante el peligro;
  • Voluntad para superarlo.
  • Mística y acción del político

El político auténtico sabe conjugar, casi de modo intuitivo, la mística con la acciónsobre la materia fluida en que la misma acción se proyecta; y tal conjunción se produce porque la mística no se identifica con el mito, que es falso, sino con lo místico, que, no obstante permanecer oculto e invisible, es verdadero.
De esta forma, el político por vocación no deserta, aunque trepide su intimidad profundamente sensible ante la obra ardua y jamás conseguida de informar plenamente y de conformar de un modo absoluto los materiales que se le ofrecen según el arquetipo doctrinal que admira y desea.
El político puede y debe tener, en determinadas circunstancias, espíritu revolucionario, pero no debe ser tan sólo un revolucionario. El político que es tan solo un revolucionario, no realiza jamás la revolución proyectada, porque, falto de visión o su puesto lo ocuparan quienes gozan de talento práctico, o, siguiendo al frente de la misma, la convierte en un caos que acaba resolviéndose con la tiranía.
El político auténtico, y me refiero al político cristiano, conjuga igualmente el "finis operis"con el "finis operantis", es decir, el fin de la obra política, con sus leyes propias, que a veces permiten calificarla de neutral, como una ley de transportes que podría subscribir un político ateo, y el fin que el político se propone con esa ley, y que no es otro, en nuestro caso, que un servicio al bien común.
El político se entrega a su labor con ánimo de sacrificio. Sabe que aquél que se mete a redentor es crucificado y, no obstante, acepta de antemano la crucifixión, con tal, si es posible, de redimir. Ese espíritu de servicio y de sacrificio de que hablaba un gran pensador, le hace traspasar plenamente su vocación de las virtudes cardinales:

Virtudes cardinales del Político

  • Fortaleza, que evita o frena el efecto desmoralizador de la incomprensión, de la ingratitud y de la traición; 
  • Templanza, que evita o frena el orgullo que puede deparar el éxito y la desesperación que puede producir el fracaso; 
  • Justicia, que evita o frena la tentación de inclinarse por lo útil, beneficioso o conveniente, sacrificando la obligación de dar a cada uno lo suyo; 
  • Prudencia, que evita o frena el desbocamiento intemperante, que lo mismo precipita a la acción, que la anquilosa por abulia o cobardía.


El político cristiano, en fin, como ha escrito Leopoldo-Eulogio Palacios (Ob. Cit. Página 161),"cuando alcanza el punto de su perfección, obra impelido por una ola espiritual en cuya cresta reluce el sol de la abnegación, renuncia al egoísmo en aras del bien común y hasta se entrega a la muerte por su pueblo". Tal es el caso, entre otros, de los que podríamos llamar héroes nacionales.

La política

Si el quehacer político postula como sujeto estimulante un hombre con la dotación expuesta, conviene que ahora expongamos qué es y en qué consiste la Política con mayúscula para no confundirla con alguno de sus ingredientes, que al identificarla con ellos la transforma en farsa.
En esta línea, es preciso señalar que la Política puede contemplarse

  • desde el plano filosófico, y entonces se define como Ciencia;
  • desde el punto de vista de la sensibilidad, y entonces se define como Arte;
  • desde su operatividad instrumental, y entonces se define como Técnica;
  • desde los valores que moviliza y entonces se define como Virtud;
  • desde la participación que comporta en la tarea superior de gobierno, y entonces se define como Providencia.

La Política como Ciencia


La Política como Ciencia descubre, enumera, da a conocer y estudia los principios en que se apoya y el objeto que con ella se persigue. En síntesis tales principios son:
  • el del origen divino de la comunidad civil y del poder político;
  • el de la naturaleza social del hombre;
  • el de la consideración del gobernante como ministro de Dios;
  • y el del bien común integral, inmanente y transcendente, como fin de la comunidad política, de la autoridad que la rige y del ordenamiento jurídico.

La Política, ciencia arquitectónica, según Aristóteles, es para Santo Tomás "la principal de todas las ciencias prácticas y la que dirige a todas, en cuanto considere el fin perfecto y último de las cosas humanas (pues) se ocupa del bien común, que es mejor y más divino que el bien de los particulares".
Ahora bien; no basta poseer la Ciencia política para ser político, como no basta ser un magnifico profesor de derecho para ser un gran abogado; y ello por la sencilla razón, como dijo Pablo VI (Discurso a la Asamblea de la Unión Interparlamentaria, 23-09-1972), de que "la acción política no se desarrolla en abstracto, sino mediante el contacto con la realidad humana concreta... Una acción política separada y extraña a la realidad humana sobre la que pretende ejercerse, deja de ser acción política (y se queda) en una acción en el vacío, con todos los peligros que este vacío encierra".
Ello quiere decir que la Política, además de Ciencia, y por ser Ciencia práctica, que pone en acción los principios para conseguir los fines, se comporta como Arte y como Técnica.

La política como Arte


Acierta, pues, el Cardenal Enrique y Tarancón, en una de sus "Cartas cristianas", cuando dice que "la política es principalmente arte de realidades más que de principios. Existen principios que habrán de orientar toda actuación política (pero) ésta deberá atemperarse por necesidad a las realidades de cada país, de cada época histórica y aun a las posibilidades de una gestión eficaz".
Por ello la política -"arte difícil y noble" ("Gaudium et Spes", nº 75)- es una creación artística previa a la proyección exterior, y luego a modo de obra presentida, esbozada en la intimidad, a la manera del cuadro, de la escultura, del poema o de la música, que surgen de la sensibilidad herida y excitada, pero que aún no se han manifestado en el lienzo la piedra, la estrofa o el violín; y precisamente porque a la luz de los principios, contemplando la realidad, la política demanda una manifestación que la haga tangible, hay que considerar también a la política como técnica.

La política como Técnica

Una técnica que permite manejar hábilmente los recursos de la comunidad, como maneja el pintor los pinceles y colores, a fin de dar vida al esquema alumbrado en su interior.
Ahora bien; reducida la Política a simple arte -desconectada de su Ciencia-. No tiene más explicación que el éxito, y el éxito se reconduce al esquema interior aludido.
La política así, como arte y como técnica, se convierte en maquiavelismo sin escrúpulos, que santifica la razón de Estado, o en activismo, que busca su justificación solo en las obras, tanto más eficaces cuanto más sofisticado sea el rigor técnico empleado par lograrla.
Identificada la política con el arte o con la técnica, o con ambas a un tiempo, la política se desarraiga de su territorio moral, independizándose de toda preceptiva superior.
Si la política es tan sólo instrumentalidad operativa, se hace tecnocracia y burocratismo para el desarrollo, la acumulación de bienestar y el aumento de la riqueza y del consumo.
En cualquier caso, la política, vaciada de su propio contenido, es incapaz de cumplir con su tarea ordenadora de la nación, cuando, como arte, no consigue el éxito de la obra perfecta o cuando, por fallar los elementos disponibles, el desarrollo se detiene o aniquila.
Sólo la política como haz de Principios y de fines -es decir, como Ciencia, que pone en acción un temperamento artístico, sirviéndose de la técnica-, puede ofrecer garantías de estabilidad a un pueblo en los trances difíciles de su historia apelando a la virtud -palabra que significa fuerza y también virilidad- que ha cultivado con esmero.
De aquí la consideración de la política como virtud.

La política como Virtud


Como virtud cardinal o moral y como virtud teologal, la política es una realidad moral, que como indica Leopoldo Eulogio Palacios, debe moralizar el arte que la impulsa y la técnica que utiliza, toda vez que la moralidad de los principios y de los fines de la Política verdadera postula la moralidad de los medios empleados.
Pues bien; sólo la prudencia permite que el arte y la técnica funcionen como medios al servicio de la Política, y que la política se ordene, no tanto al éxito o al desarrollo -que cuentan, naturalmente- como a la bondad intrínseca que proporciona a los súbditos.
Pero la Política verdadera es un desbordamiento de la Caridad. Pío XI, en su discurso de 1927 a la Federación Universitaria italiana, decía: "El dominio de la política... mira los intereses de la sociedad entera, y bajo este aspecto es el campo de la más vasta caridad, de la caridad política, de la que podemos decir que ninguna otra supera, salvo la de la religión. Y así -concluye Pío XI- deben considerar la política los católicos".
Esta incursión de la Política en la caridad, la vislumbró Donoso Cortés, como explica Alberto Caturelo ("El hombre y la historia"), al denunciar la progresiva "represión exterior" que supone la fuerza física, representada por los Cuerpos de seguridad del Estado -cada día más numerosos, con más y mejores medios represivos- como único recurso para mantener el orden perturbado diaria y gravemente, por la falta de aquel espíritu de apacible convivencia que produce y extiende la "charitas" política en el seno de la comunidad.
La tragedia que supone el Estado absorbente y totalitario, que destroza hasta la intimidad del ciudadano, que extorsiona y publifica todo y que todo lo invade, no tiene más explicación que la ausencia de la "charitas".
El desplazamiento y alejamiento de la política de la órbita que la vincula a la teología, la proyecta como una bola de nieve que se precipita al abismo y engloba y engulle en su descenso, cada vez más veloz, cuanto encuentra a su paso.
Solamente una detención varonil al descenso degradatorio de la falsa política, y una corrección de su rumbo, puede situarla en la órbita que le corresponde y transformarla en Política verdadera, es decir Política como prudencia y "charitas", y por ello, en la Política como Providencia.

La política como Providencia.

Si la política es gobernar, y gobernar es prever y proveer, previsión y provisión; si la política supone autoridad en la comunidad, y la comunidad y la autoridad pertenecen al orden querido por Dios, la política ha de comportarse

  • como participación humana -al modo de causa segunda- en el plan divino para el gobierno de la humanidad;
  • como agente activo y promotor de la historia de cada pueblo;
  • como adivinación programada o intuida en el momento preciso, de aquello que hace de lo futurible futuro y del futuro presente dominado, con aquella dominación o soberanía que al hombre le fue concedido, conforme al relato del Génesis.

Quizá sea otro gran pensador, también hoy maldito,  quien ha esbozado en términos más sugestivos este encuadramiento teológico del quehacer político.
La referencia a la política como restauradora del sabor de la norma, indica ya su pensamiento clarividente acerca del papel subordinado de aquélla a una preceptiva superior.
Pero donde este pensamiento alcanza la cima es cuando concibe la acción política como fruto del amor de perfección a la Patria, es decir, como desbordamiento de la caridad.
Para este gran pensador, hay que distinguir entre "los que aman a su patria porque les gusta (y) la aman a golpe de instinto, por un oscuro amor a la tierra... con una voluntad de contacto... física y sensualmente" y los que -decía- "la amamos, aunque no nos gusta, con una voluntad de perfección".
Ese amor es el que ha de movilizarnos a nosotros como movilizó a los héroes nacionales y a tantos españoles, conocidos o desconocidos, en el curso de su historia, tantas veces secular.
Esa movilización, que la caridad urge, pretende la predicación -en una sociedad apática, corrompida o estragada- de la buena nueva, que mantiene la esperanza -que no la espera materialista- en un resurgimiento nacional.
Con ese amor esperanzado, sobre una fe teologal robusta, hay que encender amor, y encenderlo, como quería este gran pensador, no de una manera suave, sino resuelta, enérgica y viril, estando dispuestos, con ese amor y por amor a España, a ofrecer, incluso, el sacrificio del tiempo, del bienestar y de la fama.
Tal es la única interpretación auténtica desde el plano del quehacer político, de la estimación del hombre - que, con la Nación, es uno de los Ejes del Sistema-, como un ser "portador de valores".
Tales valores, en el hombre, gobernante o gobernado, no se alojan en un equipaje que llevamos con nosotros.
Se trata, más bien, de valores incorporados a nuestra esencia, por no decir que son nuestra esencia misma.
Tales valores deben funcionar como los talentos de la parábola. No pueden enterrarse, para conservarlos. Hay que ponerlos en juego.
De aquí que, como sugiere Horia Sima ("El hombre cristiano y la acción política"), el alma no puede abandonarse a la mediocridad; ni el servicio a la Patria reducirse a una emoción lírica, pero inoperante; ni el amor a Dios, a una estratagema hábil para conciliarlo y hacerlo compatible con el amor a Belial.
Tal es la predicación, que no la propaganda, que se precisa para cumplir el deseo de la "Gaudium et Spes" (nº 75); "educar políticamente al pueblo y, sobre todo, a la juventud".
De otro lado, la consideración de la Política como Providencia, que la levanta a su mayor dignidad, la intuyó también el pensador citado, cuando a partir de la dinámica de los valores eternos, que son los que definen al hombre, integra todos los quehaceres y, por tanto, el quehacer político, en el pálpito universal de la obra divina, ya que con ese quehacer político, hasta en la más humilde de las tareas diarias que impone, "estamos sirviendo, al par que nuestro modesto destino individual, el destino de España, de Europa y del mundo, el destino total y armonioso de la Creación".

Conclusiones


Las conclusiones que podemos formular, al termino de esta síntesis sobre el quehacer político, son las siguientes:

· El quehacer político, por ser político, contempla unos principios y unos fines que la Política ofrece como Ciencia; pero por tratarse de un quehacer, de un "agere", se mueve en el terreno de las realidades y de las posibilidades, como arte y como técnica. Por hallarse amparado por una Ciencia la política no convierte el quehacer político en arbitrariedad u oportunismo. Pero por tratarse de una Ciencia practica, no paraliza dicho quehacer, sublimándolo y elevándolo a la nube de la especulación teórica.

· El quehacer político, por encaminarse a la construcción y a la actividad de un Sistema al servicio del hombre y de la comunidad política, ha de regirse por la virtud moral de la prudencia -ordenadora de los medios y de los fines- y por la virtudes de la caridad, que aspira al mejoramiento perceptivo, en todos los órdenes, el material y el espiritual, del hombre, portador de valores eternos, y de la nación en que el hombre vive e incoa su destino transcendente.

· El quehacer político es una participación del hombre que lo asume, en el plan divino o esquema providencial de la historia.

· El quehacer político no es un cometido profesional estricto, ni aventura pragmática u ocasional, ni distracción o pasatiempo de coyuntura, sino vocación sacrificada, compromiso servicial -para servir y no para ser servido-, y abnegación heroica.

· El quehacer político no es astucia maquiavélica que permite aparentar virtudes, o es una estrategia para engañar y triunfar, pero tampoco es falsa prudencia o "prudentia carnis", que reduce dicho quehacer a un pacto consensuante con el mal, a una cesión ideológica permanente, a una entrega concertada de posiciones al enemigo, a una adulación a la masa, que hace del político, no el conductor de un pueblo sino el monigote de la plebe.

· El quehacer político, inflexible en los principios, pragmático en sus aplicaciones, y moral en sus criterios, buscará siempre la edificación de un Sistema que la razón práctica, la prudencia política, el saber histórico, el talante personal y nacional y la circunstancia externa, aconsejan como el más idóneo y apropiado para el hombre y la comunidad en que dicho quehacer político ha de proyectarse, rechazando el mimetismo importador y los esquemas universales abstractos y ateniéndose al lema "revitalizar la tradición creando futuro".

· El quehacer político bueno descarta la ideología marxista y el "status quo" del liberalismo y nos exige aceptar la grandeza y servidumbre de un movimiento que de conformidad con las pautas expuestas en este artículo, sin vacilaciones ni cobardías se identifique, y comparezca ante la opinión pública, como un movimiento de carácter nacional y cristiano.

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Discurso del Santo Padre Benedicto XVI al primer grupo de obispos de Colombia en visita «Ad Limina Apostolorum»

Queridos hermanos en el Episcopado:

1. Con gran gozo los recibo, Pastores de la Iglesia de Dios que peregrina en Colombia, venidos a Roma para realizar su visita ad limina y estrechar así los vínculos que los unen con esta Sede Apostólica. Como Sucesor de Pedro, ésta es una preciosa oportunidad para reiterarles mi afecto y cordialidad. Agradezco las amables palabras que me ha dirigido, en nombre de todos, Monseñor Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá y Presidente de la Conferencia Episcopal, presentándome las realidades que les preocupan, así como los desafíos que han de afrontar las comunidades que presiden en la fe.

2. Conozco los esfuerzos que, tanto en el seno de la Conferencia Episcopal como en sus Iglesias particulares, han hecho en los últimos años para concretar iniciativas encaminadas a fomentar una corriente de renovada y fructífera evangelización. En efecto, Colombia no es ajena a las consecuencias del olvido de Dios. Mientras que años atrás era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a cuanto inspirado en ella, hoy no parece que sea así en vastos sectores de la sociedad, a causa de la crisis de valores espirituales y morales que incide negativamente en muchos de sus compatriotas. Es indispensable, pues, reavivar en todos los fieles su conciencia de ser discípulos y misioneros de Cristo, nutriendo las raíces de su fe, fortaleciendo su esperanza y vigorizando su testimonio de caridad.

3. A este respecto, ustedes han plasmado sus anhelos evangelizadores en el Plan Global de la Conferencia Episcopal (2012-2020), resultado de un consciente discernimiento de la hora que vive la Iglesia en Colombia. Les quiero animar a que sigan con tenacidad y perseverancia las pautas en él trazadas. Háganlo afianzando la comunión a la que están llamados los Obispos en el ejercicio de su misión, pues, concordando planteamientos pastorales y aunando voluntades, el ministerio que el Señor les confió alcanzará copiosos frutos. Con este mismo objetivo, aprovechen las reflexiones de la próxima Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, así como las propuestas del “Año de la fe” que he convocado, para ilustrar con ellas su magisterio e irrigar benéficamente su apostolado.

4. El creciente pluralismo religioso es un factor que exige una seria consideración. La presencia cada vez más activa de comunidades pentecostales y evangélicas, no sólo en Colombia, sino también en muchas regiones de América Latina, no puede ser ignorada ni minusvalorada. En este sentido, es evidente que el pueblo de Dios está llamado a purificarse y a revitalizar su fe dejándose guiar por el Espíritu Santo, para dar así nueva pujanza a su acción pastoral, pues «muchas veces la gente sincera que sale de nuestra Iglesia no lo hace por lo que los grupos “no católicos” creen, sino fundamentalmente por lo que ellos viven; no por razones doctrinales sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino pastorales; no por problemas teológicos sino metodológicos de nuestra Iglesia» (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento conclusivo, n. 225). Se trata, por tanto, de ser mejores creyentes, más piadosos, afables y acogedores en nuestras parroquias y comunidades, para que nadie se sienta lejano o excluido. Hay que potenciar la catequesis, otorgando una especial atención a los jóvenes y adultos; preparar con esmero las homilías, así como promover la enseñanza de la doctrina católica en las escuelas y universidades. Y todo esto para que se recobre en los bautizados su sentido de pertenencia a la Iglesia y se despierte en ellos la aspiración de compartir con otros la alegría de seguir a Cristo y ser miembros de su cuerpo místico. Es importante también apelar a la tradición eclesial, incrementar la espiritualidad mariana y cuidar la rica diversidad devocional. Facilitar un intercambio sereno y abierto con los otros cristianos, sin perder la propia identidad, puede ayudar igualmente a mejorar las relaciones con ellos y a superar desconfianzas y enfrentamientos innecesarios.

5. Movidos por el celo apostólico y mirando al bien común, no dejen ustedes de individuar cuanto entorpece el recto progreso de Colombia, buscando salir al encuentro de los que se hallan privados de libertad por causa de la inicua violencia. La contemplación del rostro lacerado de Cristo en la Cruz les ha de impulsar también a redoblar las medidas y los programas tendentes a acompañar amorosamente y a asistir a cuantos se hallan probados, de modo peculiar a los que son víctimas de desastres naturales, a los más pobres, a los campesinos, a los enfermos y afligidos, multiplicando las iniciativas solidarias y las obras de amor y misericordia en su favor. No olviden tampoco a quienes tienen que emigrar de su patria, porque han perdido su trabajo o se afanan por encontrarlo; a los que ven avasallados sus derechos fundamentales y son forzados a desplazarse de sus propias casas y a abandonar sus familias bajo la amenaza de la mano oscura del terror y la criminalidad; o a los que han caído en la red infausta del comercio de las drogas y las armas. Deseo alentarles a proseguir este camino de servicio generoso y fraterno, que no es resultado de un cálculo humano, sino que nace del amor a Dios y al prójimo, fuente en donde la Iglesia encuentra su fuerza para llevar a cabo su tarea, brindando a los demás lo que ella misma ha aprendido del ejemplo sublime de su divino Fundador.

6. Queridos hermanos en el Episcopado, si la gracia de Dios no lo precede y sostiene, el hombre pronto flaquea en sus propósitos por transformar el mundo. Por eso, para que la luz de lo Alto continúe haciendo fecundo el empeño profético y caritativo de la Iglesia en Colombia, insistan en favorecer en los fieles el encuentro personal con Jesucristo, de modo que oren sin desfallecer, mediten con asiduidad la Palabra de Dios y participen más digna y fervorosamente en los sacramentos, celebrados a tenor de las normas canónicas y los libros litúrgicos. Todo esto será cauce propicio para un idóneo itinerario de Iniciación Cristiana, invitará a todos a la conversión y a la santidad y cooperará a la tan necesaria renovación eclesial.

7. Al terminar este encuentro, pido al Omnipotente que el Nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en ustedes, y ustedes en Él (cf. 2 Ts 1,12). A la vez que los pongo bajo el amparo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, celestial Patrona de Colombia, les imparto complacido la implorada Bendición Apostólica, como prenda de paz y alegría en Jesucristo, Redentor del hombre.

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miércoles, 20 de junio de 2012

Homosexualidad, ¿es una enfermedad?, por Alberto Pérez

Artículo de Alberto Pérez en su blog en Religión en Libertad.

El tópico que abordo en esta primera entrada, no es fácil y es un asunto que dará para hablar en más ocasiones, ¡Seguro que sí! Quería llamar tu atención querido lector, con este título provocativo, ya que… ¿No se supone que esta pregunta ya ha sido contestada? Efectivamente, ya ha sido contestada. Pero… ¿Quién la respondió? ¿Con qué criterios? y cabe preguntarse también… ¿Y si estaba equivocado?
En primer lugar, me gustaría dejar claro que me falta tan sólo tres años para cumplir una década en la que he estado hablando una y otra vez con muchos homosexuales. También con muchos psicólogos, psiquiatras… de todas las escuelas, vertientes… habidas y por haber. Doy gracias a Dios (sí, soy creyente) por hacer que cada vez más sea capaz de mirar a las personas con sus ojos, como Él las mira. ¡Fíjate amigo que hablo de “mirar” y no de “ver”! Mirar a las personas implica tomar una posición de silencio, disponibilidad, entrega, respeto y atención profunda. Mirar también significa estimar a la otra persona sobre ti mismo, considerarla valiosa sobre todas las cosas y digna por el simple hecho de ser persona. Cumpliendo así el popular y poco practicado mandado de “Amar al prójimo como a ti mismo”.
Desde una mirada amorosa y en consecuencia respetuosa, quiero decir que los homosexuales son ante todo personas. Muy diferentes, únicas y singulares. Hay de todos los tipos y colores. Gordos, flacos, altos, bajos… De izquierdas y de derechas. Creyentes, ateos y masones. Así que a eso de “únicas y singulares” digamos que todas las personas somos complejas, por lo tanto no se puede hacer juicios ni valoraciones simplistas. El conocer a muchos homosexuales me ha permitido estar libre de prejuicios y dejar de lado estereotipos errados.
Retomando el hilo del tema, lo primero es verter luces sobre el asunto. Aclaremos lo que significa el concepto “enfermedad”, según la RAE, una enfermedad no es mas que, según la definición más simple, una “alteración más o menos grave de la salud”. En el diccionario encontramos también alusión a la palabra “anormalidad”. En otra ocasión, habláremos del concepto “normal”. Desde los campos en los que se ha intentado explicar la homosexualidad, uno de ellos digamos que es la genética, o biología, no se ha sacado nada en claro. Hay momentos en los que ha saltado a la palestra un supuesto “nuevo descubrimiento” en la mayoría de los casos, no son mas que cortina de humo. Son argumentos que se deshacen por si solos, debido a su inconsistencia, falta de seriedad y criterio. La ciencia, no es exacta. De hecho, en los últimos 9 años se han descubierto casi 200 engaños y 742 retracciones de científicos. Y es que a la presión que se ven sometidos desde la financiación de sus investigaciones acompaña en consecuencia también una conducta muy poco inspiradora, esa es la verdad. Muchas conjeturas y poco rigor.
Partiendo de la ausencia del “gen gay” encontramos en la psicología (ciencia) y en la psiquiatría (especialidad médica) algunos acercamientos cuanto menos interesantes. Sin entrar en estadísticas, datos… Aporto una pequeña reflexión: ¡Todos estamos enfermos! Si enfermedad es una alteración más o menos graves de nuestra salud en todos los niveles, tenemos que entender lo siguiente, emocionalmente, no hay una persona 100% sana. Podemos hablar de la caída del hombre del huerto del Edén o de lo que queramos, el caso es que realmente, no hay familias 100% sanas.
La Familia es la institución más importante. Es el primer círculo de socialización, es por eso que ahí radican todos los problemas sociales. De ahí el interés de los que tienen tres dedos de frente en defender la familia, no la familia tradicional, sino la familia natural. Un ejemplo de esto fue el Congreso Mundial de las Familias, en el que tuve el gusto de participar. Teniendo en cuenta que, todas las familias son en mayor o en menor medida disfuncionales, no puede haber una persona 100% sana. Individuos no perfectos, crean familias imperfectas, y esto resulta en sociedades caóticas. Los violadores, asesinos, drogadictos… y también los homosexuales, han llegado a ese punto por daños emocionales causados desde los primeros años de vida.
Por lo tanto, reafirmando el verdadero acercamiento psiquiátrico que dice que la homosexualidad tiene su origen en una combinación de factores ambientales y familiares como son, el padre ausente, madre posesiva, incapacidad de integración con los pares, abuso sexual… entre otros tantos, ¿Cómo puede ser buena la homosexualidad? Me explico, de unas malas raíces, no puede salir un buen árbol. Para todos aquellos que digan que de algo negativo puede salir algo positivo, decir que así es, esos factores ambientales y familiares te condicionan, pero no te determinan, de ahí que pueda salir algo positivo. Pero no nos engañemos y tampoco engañemos. Si finalmente esos factores sí que nos condicionan, el desarrollo de tendencias homosexuales es uno de los resultados. Una mala hierba digamos.
¿Es la homosexualidad una enfermedad? Yo ya por hoy he dicho suficiente… ¡Piénsalo!

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Antes del voto, en el voto y después del voto, por Salvador I. Reding Vidaña

Artículo de Salvador Ignacio Reding Vidaña en Catholic.net

En cada votación ciudadana, en especial cuando los resultados son sorprendentes, discutibles, dudosos, además de contar los votos, vale la pena reflexionar sobre estos temas: ¿cómo se decide el voto ciudadano, qué influye en la decisión y que se piensa o sucede después de votar?
Es verdad que en la democracia electoral, la voluntad popular se mide por el número de votos a favor de alguna propuesta, partido o candidatura. Si el proceso de votación se observa y reconoce como limpio, salvadas posibles fallas menores, se puede considerar que el pueblo, efectivamente, tomó una decisión mayoritaria.
El número mayoritario de votos no es el problema, pero un análisis de los procesos electorales nos lleva a hacer ciertas reflexiones en torno a cómo y por qué decide individualmente un ciudadano por quien o por qué vota o se abstiene.
Se supone que el asunto es muy simple: los candidatos y sus partidos presentan sus propuestas de gobierno, hacen promesas de campaña y el ciudadano, según sus intereses, convicciones o conveniencias, otorga su voto a quien mejor le parece. Otros ciudadanos, por diversos motivos, no votan. Pero el no-voto puede interpretarse como una opinión, vgr.: no voto porque ninguno me convence, todos son iguales, mi voto no decidirá nada entre otros miles o millones de ellos.
Antes del voto, en el voto y después del votoEl ejercicio del derecho a votar (y obligación constitucional, como en México) supone, si se hace un análisis más que superficial, que el voto es resultado de una decisión racional, reflexionada, inteligente. Hay una frase repetida: “el pueblo no es tonto”, en referencia a los intentos de engañarlo para obtener su voto, o simplemente su apoyo. Pero esto no es así de simple, veamos.
El hombre no es una máquina racional, para eso están los equipos de cómputo, es un ser que tiene capacidad si, de razonar, pero también es un ser emotivo, temperamental. Las acciones de una persona, en todos los aspectos de su vida, las decide en base a sus afectos, emociones, prejuicios, lealtades, temperamento, estado de salud y de ánimo, descanso o fatiga, influencias de otros y también, pero no únicamente, de sus razonamientos.
Su estado de ánimo, que lo puede llevar en muchos casos a tomar decisiones no reflexionadas (acertadas o no), puede ser de enojo, furia, deseo de revancha, entusiasmo, alegría, simpatía momentánea, pero también de miedo o presiones psicológicas o amenazas. La decisión no es tan simple, y por ello la votación ciudadana total de una elección no es, en la mayoría de los casos, resultado de una reflexión, de un razonamiento profundo, sino de cómo se siente en el momento poco antes de votar y en el momento mismo de hacerlo.
El pueblo no es tonto, es cierto, pero la persona humana, en política o en cualquier otro aspecto de la vida, es influenciable, controlable, objeto de violencia, o sujeta a decisiones de otros que tienen figura de autoridad moral sobre ella.
Se puede votar por decisión personal, de cualquier forma que se haya llegado a ella, o bien por obediencia o forma de lealtad a otros, que le dicen por quién debe votar, y obedecen. También el voto se compra con obsequios, ofertas o dinero.
Por todas estas razones los pueblos muchas veces se equivocan en sus preferencias masivas al votar; de allí la frase de que “los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. Un personaje carismático, popular, simpático, o victima reivindicada, o muy poderoso, puede atraer votaciones masivas a su favor, para bien o para mal de ese pueblo. Estas decisiones electorales han sido, en la historia moderna de la democracia, buenas y malas.
Ha habido gobernantes democráticamente electos que se volvieron dictadores, opresores, belicosos, creadores de fantasías que serán irrealizables, o que simplemente resultan incompetentes para gobernar; o corruptos o sujetos a intereses y personas que estaban ocultos. Cuántas veces, ya en el poder, los malvados, democráticamente electos, se quitan o se les cae la máscara, la piel de oveja sobre su realidad de lobos. Los ciudadanos votaron por ellos y, decepcionados, luego no saben cómo quitarlos del poder.
Vista así la decisión del voto, no se puede afirmar que el número de votos expresa la “voluntad popular”. No, no bastan las boletas contadas a favor de uno y otro candidato, aunque para efectos legales sean decisivas. Las disputas en tribunales sobre esas votaciones, no son por su número sino por su origen y conteo. Entre las denuncias se incluyen por supuesto, los votos inventados, falsos como “promesa de político” (versión popular). También puede haber denuncias por actos ilegales en campañas, como la coacción o compra del voto, así como trampas en el conteo de los votos emitidos, falsificación de actas y otros casos relacionados.
Aunque al final los resultados electorales oficiales con números sobre las votaciones son las que definen ganadores y les entregan el poder de gobierno, la voluntad popular no es necesariamente la que esos números indican. A veces los fraudes electorales son tan grandes, que esos números de votos atribuidos son muy diferentes a los que los votantes depositaron en las urnas. Todo es posible.
Todo cuenta, para conocer hasta dónde el número de votos en urnas realmente representa la voluntad popular, hay eventos influyentes antes, en el voto y después del voto.

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lunes, 18 de junio de 2012

¿Es aún posible un Estado confesional católico?

Magistral documento de Manuel Morillo en Catholic.net

El sistema que estructura a la comunidad y que la personifica en el Estado, mira hacia afuera y advierte que existen unas comunidades de características muy semejantes a las suyas (infraestructura, estructura y superestructura) y otras autodefinidas y configuradas por un valor transcendente. Con ambas, por razón de coexistencia y de convivencia, puede, tiene y debe relacionarse el Estado. Las relaciones con las primeras constituyen el objeto de la política internacional. Las relaciones con la segundas afectan, de una parte, a la incidencia en la estructura misma del Estado del valor transcendente que anima a las comunidades religiosas, y de otra, al “modus operandi” de la coexistencia y convivencia de las mismas, en tanto en cuanto coinciden en los sujetos integrantes de la comunidad política (es decir, del Estado), y de la comunidad religiosa (es decir, de la Iglesia) la doble calidad de súbditos del primero, por ser ciudadanos, y de súbditos de la segunda, por tratarse de fieles.

El tema es, sin duda, apasionante, y a su luz puede ser contemplada una gran parte de la Historia, o al menos de la Historia en la que se ha hecho presente la llamada civilización occidental. El tema, sin embargo, doctrinalmente no surge:

1) Si se desconoce la existencia de los dos términos de la relación que nos ocupa, como hacen los anarquistas, que propugnan un sociedad sin Estado y sin Iglesia (“ni Dios ni Amo”);

2) Si, admitiendo la existencia del Estado y de la Iglesia, se entiende que en contra del primero hay que adoptar una actitud de contestación y desobediencia continuas, por ser el Estado creación del demonio, como estiman, por ejemplo, los Testigos de Jehová, o consecuencia y fruto del pecado, como afirman algunas sectas protestantes.

Tampoco se plantea la cuestión cuando se profesa la tesis monista del poder, conforme a la cual no existen dos comunidades diferenciadas, la política y la religiosa, sino una sola comunidad, que ha de ser regida con plenitud de facultades por aquél a quien corresponde el poder; lo que sucede, igualmente, cuando la proyección sobre lo temporal, y por lo tanto sobre lo político, la asume la Iglesia (Teocracia), como cuando la proyección sobre lo espiritual, y por lo tanto sobre lo religioso, la asume el Estado (cesaropapismo protestante y anglicano).

Lo que ocurre es que la doctrina de la unidad de poder, que se defendiende como buena, es tan sólo en la órbita de lo temporal. Cuando Cristo habla de “dar al Cesar lo que del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21), señala nítidamente la diferenciación entre la potestad política (la del Estado) y la potestad espiritual (la de la Iglesia). Más aún, las parábolas del reino ponen de relieve que al lado de los reinos de este mundo, con su autonomía para regirse -sin independencia del orden moral- por las leyes que les son propias (Ve. “Gaudium et Spes”, nº36), existe un Reino de los Cielos, que se incoa en el mundo, pero que se rige y gobierna por leyes distintas a las de los reinos de este mundo. Pues bien; si la entrega de las llaves, con todo el simbolismo que conlleva de transmisión de poder, se hizo en y para la comunidad política a sus gobernantes (“Por Mí reinan los reyes”, Prov. 8,15), esa misma entrega de llaves se hizo por Cristo a Cefas (Mt. 16, 19), por lo que se refiere a la comunidad religiosa.

A partir de este instante, por revelación explícita, resulta evidente que “Dios ha repartido entre el poder eclesiástico y el poder civil el cuidado de procurar el bien del género humano” (León XIII, “Inmortale Dei”). Esta dualidad de potestades “distintas, (pero) unidas en el único designio de Dios” (Apostolican actuasitatem, nº 5), si, por una parte, como apunta el Padre Monsegú (“Religión y Política”, Madrid, 1974, pág. 104), no contradice el sentido unitario de la “civitas cristiana”, tampoco impide el planteamiento lógico y subsiguiente de la postura del Estado ante la religión como realidad intrínseca o extrínseca, es decir, de los dos grandes problemas a que antes se aludieron: el de la incidencia en el Estado del valor religioso, en cuanto a compromiso interno de la comunidad política, y el de las relaciones entre el Estado y la comunidad eclesial.

I. INCIDENCIA EN EL ESTADO DEL VALOR RELIGIOSO
Cuando se habla de unión o separación de la Iglesia y del Estado, se suele enfocar indebidamente el problema, al confundirlo con el de las relaciones entre ambas potestades. La realidad es que cuando se habla de unión o de separación se hace referencia, en forma equivoca sin duda, a la incidencia en el Estado del valor religioso, con independencia del tipo de relación que puedan o no mantenerse con las comunidades eclesiales. En este sentido aclaratorio Pío XII declaraba, al dirigirse al X congreso Internacional de Ciencias Históricas, en 1955, que “unión consiste en el reconocimiento de los derechos de la Iglesia por parte del Estado y de los derechos del Estado por parte de la Iglesia”.

Bajo los términos de esta unión o separación lo que se encara “prima faciae” es el talante y la actitud del Estado, no con respecto a la Iglesia o las Iglesias, sino con respecto a la religión.

Así vistas las cosas, el Estado puede ser:

1) Confesional,
Porque profesa una religión determinada, que puede llamarse religión oficial;

2) Neutro,
Porque sin ignorar ni despreciar la religión, carece de religión oficial.

3) Laico,
Porque es agnóstico e indiferente ante la religión en cualquiera de sus manifestaciones;

4) Ateo,
Porque, estimando “de iure” o “de facto” que la religión es el opio del pueblo, pretende, con un comportamiento antiteo, desarraigar de las conciencias la fe de los ciudadanos.

La cuestión tiene para los españoles un vivo interés, pues se acaba de pasar, a través de la Reforma Política, y de la Constitución en que ésta se ha recogido, de un Estado Confesional a un Estado entre agnóstico y ateo, que desprecia el valor religioso del catolicismo, al legislar contra sus exigencias dogmáticas y morales, y tratar de arrancar, no solo la practica sino la vivencia religiosa y el “sensu fidei” del pueblo español.

Las consecuencias dramáticas del “cambio” se hacen más penosas por el hecho de que ha sido muy notable la contribución dada para que se produjera, por grupo de teólogos, y corrientes de opinión en el campo seglar, que con olvido de la doctrina revelada, del magisterio pontificio y de la realidad histórica de España, asimilaron las tesis del catolicismo progresista, o modernismo renovado, y de la famosa “nueva cristiandad”, de Marietain, facilitando sin escrúpulos la dolorosa realidad de un ordenamiento jurídico y de un clima social, en el que los valores religiosos son conculcados y objeto de mofa diaria.

¿Puede haber, a la altura de nuestro tiempo, un Estado confesional católico?

Esta es la pregunta clave que se debe formular. Porque propugnada primero la desconfesionalidad del Estado español desde algunos sectores influyentes de la Iglesia a que antes se ha aludido, fue precisamente una mayoría de diputados católicos, integrantes de partidos de inspiración cristiana, la que aprobó el texto constitucional de 31 de Octubre de 1978. El transito y el contraste se ponen de relieve con la simple lectura la legislación anterior, del punto II de los Principios Nacionales, del art. 6 punto 1, del Fuero de los Españoles, y de la actual, del articulo 16.3 de la Constitución.

El primero dice: “La nación Española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, apostólica y romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación”.

El segundo reza así: “La profesión y practica de la Religión católica, que es la del Estado Español, gozará de la protección oficial”.

El tercero está redactado en los siguientes términos: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal, los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española”.

La confesionalidad del Estado es un anacronismo, aseguraba el reciente fallecido Karl Rahner (“Informaciones”, 4 de Abril de 1974). Incluso en naciones de mayoría católica, el Estado confesional debe descartarse, como decía Maritain, porque introduce en la comunidad un motivo de división que lesiona gravemente el logro del bien común. La religión oficial -entienden ciertos teólogos-, se contrapone, por una parte, a la libertad de conciencia, y por otra, está reñida con el hecho real del pluralismo religioso.

Para tener ideas claras conviene averiguar dos cosas. La primera, si la cuestión se contempla en términos teocéntricos o antropocéntricos, desde Dios, y por lo tanto, desde la revelación y la ley natural, o desde el hombre y, por tanto, desde su conciencia y su libertad. La segunda, si esa misma cuestión se examina en tesis, es decir, sabiendo como las cosas deber ser, o tan sólo en hipótesis, es decir, no renunciando a la tesis como ideal por el que se lucha -si no ha sido alcanzado todavía-, sino como realidad que se acepta por razones de prudencia política.

I. Posición teocéntrica y de tesis.
En tales términos, y examinando la cuestión desde el plano teocéntrico -”hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”-, y en calidad de tesis, no hay la menor duda de que la situación optima se produce en el Estado confesional católico, ya que ese Estado acoge en su plenitud la incidencia del valor religioso autentico.

La argumentación que avala la confesionalidad católica del Estado español, que es el que aquí y ahora interesa tiene su apoyo en las siguientes razones: Teológica, orgánica, sociológica, histórica, teleológica y pluralista.

Razón teológica:
La palabra Estado es ambivalente, ya que hace referencia, como señala el P. Victorino Rodríguez, tanto a la comunidad, o parte material, como a quienes ejercen autoridad en la misma, o parte formal. Pues bien; tanto la comunidad política como la autoridad tienen un origen divino mediato (Ve. “Gaudium et Spes”, nº 74).

Si el hombre, como ya dijimos, vive racionalmente en sociedad, ello se debe a que su sociabilidad viene por Naturaleza. Esta sociabilidad, “modus socialis essendi et agendi”, ha sido insertada en el hombre por su Dios y Creador, que al declarar bueno todo lo que hizo, la “bonificó” también (Génesis. 1, 31).
Por otro lado, si es natural al hombre vivir en sociedad, “es necesario que alguien rija la multitud, ya que, como señalaba Santo Tomás, existiendo muchos hombres y buscando cada uno aquello que le conviene, la multitud se disolvería si no hubiera quien se cuidase de su bien”. Esta consideración, concluye Santo Tomás justifica tanto la frase de Salomón, en los Proverbios (11,3): “donde no hay un gobernador, el pueblo se disipa”, como el texto acertado de la Constitución “Gaudium et Spes”, nº 74: “a fin de que por la pluralidad de pareceres no perezca la comunidad política, es indispensable una autoridad que dirija a todos al bien común”.

El origen divino del poder lo ratifica el Apóstol San Pablo al decir: “Non est potestas nisi a Deo” (Rom. 13, 1), y el propio Cristo cuando señala a Pilatos que la potestad de que hace gala, se le dio desde arriba (Juan, 19, 11). De aquí que en pura doctrina católica, el gobernante no sólo representa al pueblo, sino que representa a Dios, del que es su ministro, y ministro responsable.

Por ello, el Dios hecho hombre dice que se le “ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra” (Mt. 28, 18), Pablo proclama que Cristo tiene la primacía sobre todas las cosas (Col. 1, 18), y el Apocalipsis le reconoce “potestad sobre las naciones” (2, 26), es decir, tanto sobre las comunidades políticas como sobre quienes en ellas ejercen autoridad. Ambas, por lo tanto, comunidades políticas y autoridades -el Estado, en suma, en sus dos acepciones- deben ordenarse -por su “religatio”- con la primera causa, conforme a la voluntad del creador, reconociéndole, confesándole y cumpliendo sus deberes para con El. A tal fin, como exponía León XIII -concluyendo y resumiendo la doctrina- en “Libertas”: si “es necesario al Estado profesar una religión, ha de profesar la única verdadera”.

Esta confesionalidad católica del Estado se hace visible por parte del mismo, como explica Guerra Campos: dando culto a Dios; reconociendo la presencia de Cristo en la Historia, así como la misión de la Iglesia instituida por Cristo, y favoreciendo la vida religiosa de los ciudadanos al inspirar la legislación y la acción de gobierno en la Ley de Dios, tal y como la Iglesia la propone.

Razón Orgánica
El Estado no es, como suele decirse, una pura abstracción, que como tal abstracción carece de conciencia: “El Estado, como señalaba Elijo y Garay, vive, y obra en y por los ciudadanos que lo integran” (“Introducción a la XIV Semana española de Teología”, 1955). El Estado es la forma en que los hombres que viven en sociedad se realizan temporalmente. El Estado no es por ello, según escribía Luis Sturzo, un “quiz tertium”, o un a entidad subsistente por sí misma -”ens susbsitens”-, sino un pueblo políticamente organizado.

El Estado no es un instrumento de estricta gestión utilitaria, que se ordena tan solo a la comodidad material y al progreso social (León XIII, “Sapientiae Christianae”).

El Estado tampoco, por último, es un simple instrumento o artificio jurídico dedicado a la fabricación de leyes, con indiferencia moral ante su contenido, pues aunque así lo entiendan algunos que dogmatizan diciendo que “la verdad o falsedad religiosa no son categorías de orden jurídico y sólo éste incumbe al Estado”, las leyes han de fundamentarse en determinados criterios que orientan su normativa.

Sin tales criterios, el entramado legal pasa del “ordo rerum humanorum”, a confuso laberinto sin orden ni concierto. Para que la ordenación jurídica contribuya a la convivencia pacífica ha de obedecer a postulados éticos. El Estado, por ello, no puede identificarse y definirse como un Estado de obras, ni siquiera como un Estado de razón, fruto del laicismo y de la ignorancia o rechazo de la verdad divina revelada. Ni el Estado de razón, pues, que deifica a ésta, ni la razón de Estado, que Maquiavelo eleva, sin más compromisos, a guía suprema del poder político, pueden aceptarse.

Leopoldo Eulogio Palacios, en línea con el pensamiento de León XIII, para el cual “la política no puede quedar separada de la moral y de la religión” (“Sapientae Christianae”), el Estado se concibe como “una realidad moral, que debe moralizar y dar sentido a (los medios) que utiliza)”. De aquí que al Estado “no se le puede valorar tan solo por sus resultados y por su éxito, sino por la bondad intrínseca y moral que proporciona a los súbditos de la nación”.
“Si el ejercicio, por consiguiente, de la autoridad política... debe realizarse siempre dentro de los limites del orden moral” (“Gaudium et Spes”, nº 74), el Estado es, sin duda, un sujeto moral, como sostenía Pío XII (radiomensaje de Navidad de 1941 y en 5 de Agosto de 1950).

Ahora bien; la moralidad se define a un ley superior al Estado mismo, y esa ley, superior a un organismo que se considera políticamente soberano, aun cuando sólo sea un “provisorium”, como dice Cullman (“El Estado en el Nuevo Testamento”, Madrid, 1966, pág. 84), no puede ser otra que la ley divina explícita o implícitamente manifestada. Por ello, el Estado, como superestructura de la comunidad civil, creada por Dios -como se decía al amparo de razones teológicas- y como institución moral -como se dice ahora, al amparo de la razón orgánica-, debe profesar la religión que Dios ha revelado, y en la que se proclaman los mandamientos a cuyo examen se dictamina la moralidad del comportamiento privado y público. El Estado de derecho del que tanto se habla, para serlo de veras, ha de ser un Estado de derecho natural, en el que se inspire el derecho positivo.

Razón sociológica:
El Estado ha de recoger el pálpito de la comunidad a la que sirve y está obligado, por su razón misma de ser, a dejarse traspasar e impregnar por los valores que en el tienen arraigo y vida. El desconocimiento , por tanto, de la catolicidad, practicada o no, pero operante en la sociedad española, y su tratamiento igualizante con otro tipo de concepciones religiosas de signo minoritario, lesiona gravemente la equidad, como lesiona, en pura democracia, que un partido en el gobierno renuncia a su ideología, a pesar del apoyo abrumadoramente mayoritario de las urnas, por respeto a las ideas de los grupos discrepantes. Si la inmensa mayoría del pueblo español es católica, un Estado al que informa la democracia, tendrá que ser, precisamente por razones democráticas, un Estado confesionalmente católico.

Razón Histórica:
Al hablar de la Nación como uno de los ejes del Sistema político, se deduce que el Estado ha de ponerse al servicio de aquélla. Ahora bien, si lo distintivo y vitalizante de un nación es el alma colectiva que se encarna en la tierra y en la gente, no cabe la menor duda que el Estado debe servir, preservando y perfeccionando el espíritu nacional, todo aquello que lo entraña y configura. Si esto es así, y el valor religioso católico está en la misma esencia del espíritu de la Nación española, hasta el punto de que Menéndez Pelayo, luego de examinar a fondo nuestra historia -lo que llama el “substratum historicum”-, hace del catolicismo el cimiento de nuestra unidad política, resultará evidente que el Estado Español, al servicio de la Nación Española, y para que ésta continúe manteniendo su identidad como sujeto histórico, ha de asumir la confesionalidad católica, inherente a su patrimonio nacional.

Razón Teleológica:
El Estado -lo hemos repetido tantas veces- busca institucionalmente el llamado bien común, el “totum bene vivere”. El bien común objeto finalista del Estado está por encima y no puede identificarse de manera absoluta con el bien particular de cada uno. El bien común tampoco coincide con el bien de la mayoría, pues como señala María Teresa Morán (Ve. “Los católicos y la acción política” Madrid, 1982, pág. 63), mientras el bien común supone la comprensión del orden natural, el bien de la mayoría tiene, en la propia voluntad de quienes la forman, su única legitimación. El bien común ha de concebirse sin compartimentos estancos, como un bien integral, que abarca lo inmanente y lo transcendente, lo natural y lo supranatural, lo material y lo espiritual.

Por tanto, si el hombre se halla en tránsito por la tierra, y es portador de unos valores eternos que sobrepasan su vida temporal, no cabe la menor duda que, aun cuando a la Iglesia corresponda la tarea de la salvación de las almas, al Estado incumbe, en orden al servicio del bien común, asumir el valor religioso, inspirar en el mismo su ordenamiento y contribuir a unas formas de convivencia colectiva que favorezcan el peso especifico de aquél en la comunidad política y la consecución de la felicidad eterna de los hombres que la forman.

En esta línea a de pensamiento, Pío XII, en “Summi pontificatus”, afirma que el bien común pretende “facilitar a la persona humana, en esta vida presente, el logro de la perfección física, intelectual y moral (ayudando) a los ciudadanos a conseguir el fin sobrenatural”.

Con ello, el Estado ni hace religión , ni se convierte en un Estado sacristán, sino, como escribe Juan Mairena (“Estado y Religión”, Salamanca, 1968, pág. 117), hace simplemente, “justicia, en cuanto la religión es elemento del bien común y el bien común es el objeto de la política y, por ello, del Estado”.

Razón pluralista:
El Estado, como concepto universal, no destruye la existencia biológica de la diferenciación de cada Estado concreto, dada la Naturaleza de éste y las características de la nación a la que sirve.

El argumento de la sociedad pluralista que se esgrime como negación de la confesionalidad del Estado, debería, para ser congruente, respetar el pluralismo de los Estados en materia confesional, puesto que los Estados responden a tipos de sociedades de conformación diferente. Que un Estado, como el Español, sea de confesionalidad católica, es tan lícito, desde el plano dialéctico en que ahora nos encontramos, como que el Estado iraní lo sea de confesión islámica o el Estado norteamericano, sin desprecio y con aprecio del valor religioso, carezca de confesionalidad.

La no confesionalidad del Estado, resume Pío XI en “Dilectissima nobis”, es un “gravísimo error... especialmente en una nación que es católica en casi su totalidad... y una funesta consecuencia del laicismo (y) de la apostasia de la sociedad moderna, (dominada) por la impía y absurda pretensión de querer excluir de la vida publica a Dios, creador y providente gobernador de la misma”.

Tal es la solución que demanda, tanto la contemplación teocéntrica como el planteamiento en pura tesis de la incidencia del valor religioso en el Estado.
Conviene, para completar nuestro estudio, que nos acerquemos al otro planteamiento, es decir, al que se hace desde una posición antropocéntrica y de hipótesis y, por tanto, desde la libertad del hombre y la diversidad religiosa de muchas comunidades políticas de nuestro tiempo.

II.Posición antropocéntrica y de hipótesis:

Al amparo, sobre todo, de la Declaración “Dignitatis humanae”, del Concilio Vaticano II, se viene entendiendo por muchos que la doctrina tradicional católica sobre la confesionalidad del Estado fue abolida, y que hoy el magisterio oficial de la Iglesia se pronuncia a favor de los Estado neutros o laicos, y no por la confesionalidad de los mismos.

Para entenderlo así, se acude a la libertad religiosa como derecho fundamental de la persona humana y al principio de igualdad ante la ley de todos los ciudadanos.

La argumentación es falsa y quiebra en sus dos apoyos, el de la libertad y el de la igualdad.

-Falla el apoyo en la libertad,
Porque una cosa es la llamada libertad religiosa y otra muy diferente la libertad moral. Diferenciándolas con nítida claridad, “Dignitatis Humanae” habla de los deberes morales del hombre para con la verdadera religión; religión que esta obligado en conciencia a buscar conocer y practicar. De lo que trata el Concilio, a través de la “Declaración” aludida, no es de sustituir esa obligación moral de conciencia, por un a libertad moral, sino de la configuración de un derecho civil a la inmunidad de coacción en materia religiosa, de tal modo que por razón de la dignidad del hombre, éste, en función de su libertad, no sea constreñido por la comunidad política a practicar o no practicar una religión determinada. Este derecho civil y no moral, que incluye la inmunidad de coacción a la practica de un credo religioso, tiene, por una parte, como la “Declaración “ expone, los limites que demandan el bien común de la sociedad política y el orden publico protege, y por otra, no está reñida con la confesionalidad católica del Estado, ya que, conforme al texto conciliar:

A) continua vigente la doctrina tradicional (nº1, pº 3 de la “Declaración “ ), y

B) es lógica esa confesionalidad en una Nación, cuando así lo exijan razones históricas, que son las “peculiares circunstancias de los pueblos” a las que alude la mencionada “Declaración” (nº6, pº 3).

Pero es más. En un clima antropocéntrico y de exaltación hasta limites inimaginables de la libertad, ocurren dos cosas, a saber: que se hipertrofia y deforma el concepto mismo de la libertad y se construye el sistema político como un esquema encaminado exclusivamente a la protección y garantía de las libertades.
Pues bien; si es cierto que el Estado debe garantizar las libertades, lo es, igualmente, que con carácter primario se ordena al bien común, por lo que ha de exigir el respeto a los valores morales que son guía y limite de aquellas. Por otra parte, no puede olvidarse que toda construcción, incluso la política, requiere un cimiento sólido, de donde se deduce que sobre el cimiento de una concepción tergiversada y contorsionada de la libertad, nada puede edificarse que sea serio y permanente.

El hombre, decía Donoso Cortes, está dotado con la capacidad de elegir; y para elegir hace falta entendimiento, que nos presente lo que puede elegirse, y voluntad, para que la decisión electiva sea adoptada. En la medida en que más luminoso sea el entendimiento y mas fuerte la voluntad, la capacidad de elegir actuara más de acuerdo con la vocación perfectiva del hombre. Pues bien; cuando el hombre, en el ejercicio de su capacidad de elección, se decide por el bien y la verdad, en esa mismas medida es libre. El clima de la libertad es la verdad y el bien. Por eso como dice San Agustín, el que ama a Dios, que es el Bien y la Verdad absoluta, amandole , puede hacer lo que quiera; y por eso, como dice el Apóstol San Juan (8, 32), la Verdad nos hace libres. Por el contrario, si el hombre, en el ejercicio de su capacidad electiva, se decide por el error o por el mal, lejos de ser libre, se encadena. La libertad se corrompe y se hace licencia. Llevar una vida licenciosa, en lenguaje vulgar, y por muy libre -con libertad sicológica- que haya sido la elección, conduce a ser esclavo -la antítesis de la libertad- de las propias pasiones. La libertad, lo hemos dicho durante el curso, no es un fin, sino un medio; y los medios jamás pueden transformarse en fines.

Para evitar confusiones, conviene distinguir, pues, entre la capacidad de elegir y la libertad. Aquella se ejercita eligiendo y ésta se adquiere eligiendo el bien y la verdad. Sólo el santo, que pone en juego su capacidad de elegir, negándose a sí mismo y optando por la Verdad con mayúscula, se libera y es auténticamente libre.

La libertad, ha escrito el Padre Meinvielle (“Concepción católica de la política”, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1947, pág. 29), como capacidad de elegir, “es una perfección especifica de la Naturaleza humana, pero no es la perfección. La perfección es la plenitud racional”, y al logro de esa plenitud se encamina el ordenamiento jurídico del Estado: con respeto para la capacidad de elegir, en cuanto medio, pero con respeto también, por los que eligen, de la ley natural, de los postulados morales y del bien común, que tiene categoría de fin.

En esta línea de pensamiento, algún autor* aludió a “aquellas épocas más profundas (en que) los Estados -ejecutores de misiones históricas- tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad”.

-Falla el apoyo en el principio de la igualdad,
La tesis antropocéntrica no sólo le falla la apelación a la libertad, y en concreto a la libertad religiosa, sino también la apelación al principio de igualdad, porque una cosa es la igualdad individualista, que supone una proclamación constitucional como la que rece : “todos los ciudadanos son iguales ante la ley, sin discriminación por sus ideas o practicas religiosas”, y otra muy distinta, la igualdad que se proyecta sobre los grupos o asociaciones, porque e la razón y la justicia postulan que no sea igual el tratamiento jurídico que se hace de una colectividad dedicada a la filatelia, que la de un Banco o la de un Club deportivo o una Diputación provincial. En esta línea de pensamiento, la razón y la justicia demandan:

A) Que el catolicismo, como valor religioso, sea elevado en España al rango de confesión del Estado, y

B) que otros valores religiosos, vividos colectivamente, sin suponer discriminación para quienes los profesan, no lleven consigo un tratamiento preferencial para las respectivas comunidades.

Posición en Estados sin mayoría católica

Lo que sí es cierto -y así se termina el estudio del primero de los problemas planteados por la dualidad del poder, el político y el religioso, y la distinción entre ambas comunidades, la del Estado y la de la Iglesia- es que, dado el hecho real, en algunas naciones, de una división religiosa profunda de los ciudadanos, que se agrupan en colectividades perfiladas y diferenciadas en el curso de la historia, y en especial por lo que al mundo occidental se refiere, desde la Reforma de Lutero y la paz de Wetfalia, la hipótesis, aunque dolorosa, sin derogar la tesis, puede dejarla en suspenso.

En tal caso -y subráyese en evitación de desvíos-, no es la indiferencia ante el valor religioso autentico, ni el desprecio, ni el agnosticismo y relativismo teológico la argumentación que aconseja la no oficialidad del catolicismo, sino la prudencia política, que tiene en cuenta, aunque en sentido inverso, las razones de carácter sociológico, histórico, teológico y pluralista que antes expusimos.

Esta postura, fruto de a división religiosa operada en algunas naciones, no conlleva, a pesar de su dramática generalización, el abandono de las tesis, como objetivo, de igual manera que la generalización del pecado no exige que renunciemos a vivir en gracia. A la tesis de la “nueva cristiandad” y de un utópico y contradictorio Estado laico cristiano, que propugnan los católicos que pactaron con el liberalismo relativista, hay que oponer, por un lado, la necesaria discriminación entre la exigencia dogmática del hecho divino revelado y el dato histórico y sociológico del pluralismo confesional, y de otro, el párrafo antológico, cincelado con el valor de la buena doctrina, de Pío XI: “No se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado. La civilización cristiana no está por inventar, ni la nueva ciudad por construir... Ha existido, existe, es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques, siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: “omnia instaurare in Christo” (Carta sobre “Le Sillon”).

II RELACIONES ENTRE EL ESTADO Y LA IGLESIA

El tema de las relaciones Iglesia Estado se descarta cuando desde el punto de vista político se acepta el principio liberal de “la Iglesia libre en el Estado libre”, que considera la religión como asunto privado o de conciencia, o cuando desde el punto de vista religioso se acepta el principio protestante -que ha hecho mella en algunos sectores que se dicen católicos- que hace de la Iglesia una sociedad invisible o espiritual (“Ecclesia charitatis”), excluyendo su carácter simultáneo de sociedad visible y jurídica (“Ecclesia iuris”), por lo que siendo el Estado la única sociedad visible, el Jefe del Estado ha de ser el “pontifex maximus” o “summun episcopus”.

Descartados el principio liberal político y el principio liberal protestante, conviene insistir, desde el ángulo de mira que ahora nos situamos, que ya no se trata de conocer la incidencia del valor religioso en el Estado, sino de examinar las relaciones entre el Estado y las comunidades eclesiales, con independencia de la confesionalidad o no del Estado mismo. Adviértase, pues, que el problema se plantea incluso tratándose de un Estado confesional católico, pues el Estado católico no absorbe a la Iglesia y ambas sociedades perfectas se mantienen diferenciadas.

Necesidad de las relaciones iglesia Estado
La necesidad de estas relaciones viene impuesta por dos argumentos: uno, que arranca del hecho, ya apuntado, de incidir ambos poderes, el político y el religioso, sobre los mismos sujetos, al mismo tiempo y en el mismo espacio; otro, que tiene su origen en las interferencias que se derivan del llamado poder indirecto que a la Iglesia corresponde sobre lo temporal y de la competencia también indirecta que al Estado le corresponde en el campo de lo espiritual (Ve. “Apostolicam actuasitatem”, nº 7, y Pío XII, “summi pontificatus”).

Desde la perspectiva de tésis
El problema se resuelve, en una situación de normalidad, a través de acuerdos entre el Estado y la Iglesia, por los cuales pactan sobre las cuestiones mixtas.
En esta línea tradicional (Ve. León XIII, “Libertas” e “Inmortale Dei”) se pronuncia la Constitución “Gaudium et Spes”: “la comunidad política y la Iglesia, cada una en su ámbito propio, son mutuamente independientes y autónomas. Sin embargo, ambas, aunque por título diverso, están al servicio de uno s mismos hombres. Tanto más eficazmente ejercen este servicio en bien de todos, cuando mejor cultiven entre ellos una sana colaboración, teniendo en cuenta también las circunstancias de lugar y de tiempo” (nº 76, pº 3) (También Ve. Pío XII, Discurso a los juristas católicos, 6 de diciembre de 1953).

El tipo de acuerdos a que se hace referencia es, en cierto modo, equiparable a los Tratados Internacionales. Tales acuerdos se llaman Concordatos, y en ellos, como en el Español de 27 de Agosto de 1953 -calificado por las autoridades eclesiásticas como óptimo-, la Iglesia pretende, de acuerdo con la Declaración “Dignitatis Humanae”(13), su reconocimiento, no solo por el título común a cualquier grupo de hombres que viven comunitariamente su religión, sino, como subraya Guerra campos, “como autoridad espiritual constituida por Cristo Señor, a la que por divino mandato incumbe el deber de ir por todo el mundo y de predicar el Evangelio a toda criatura”.

La confesionalidad católica de la comunidad política y el Concordato, no excluyen el reconocimiento de las agrupaciones religiosas de otro signo. De aquí la modificación del párrafo 2º del art. 6 del Fuero de los Españoles.

Desde la perspectiva de un Estado neutro
Haya o no Concordato con la Iglesia católica, cabe, y de hecho se da en algunos países europeos, el reconocimiento y tratamiento como Corporaciones de Derecho publico de las grandes comunidades eclesiales implantadas en la Nación. Tal es lo que sucede, por ejemplo, en Suiza, con la Iglesia Católica, y las confesiones luterana y calvinista.

Cuando el Estado, más que neutro, se define como laico, bien por precepto constitucional, bien por inspiración doctrinaria, acepta el principio liberal, y todos los grupos religiosos se contemplan como puras asociaciones de carácter privado, sujetas al régimen normal de todas las asociaciones o -atendiendo a su fin- a una regulación especifica, que requiere la inscripción en un Registro propio.
Situaciones de conflicto.

El esquema polifacético de las relaciones Iglesia-Estado no pueden marginar las situaciones de conflicto que surgen cuando se desorbitan las facultades propias de cualquiera de los dos poderes. Tal ocurre cuando la comunidad política pretende utilizar “placet regio” o “regium exequatur”, como ocurría en España en tiempos e Carlos III, sometiendo a una supervisión las disposiciones de la autoridad eclesiástica, que suspende hasta que sea concedida, su entrada en vigor en el territorio del Estado (regalismo, que condenó el Concilio Vaticano I), o cuando las autoridades eclesiásticas, desviándose de su verdadera misión se interfieren en los asuntos cuya jurisdicción corresponde al poder político (clericalismo).

Sobre el particular, conviene que subrayemos que ambos tipos de anormalidad o conflictividad en las relaciones Iglesia-Estado son gravisimos perturbadores, como se demuestra históricamente, no solo a través de la guerra de las investiduras y de la solución protestante “cuius regio eius religio”, sino también de la presente utilización por amplios sectores eclesiales de los derechos que se les reconocen, para actuar en el campo político y servir de cauce a movimientos de carácter subversivo que atentan contra el bien común de la comunidad civil.

Pues bien; ante una situación de conflicto, como la que ciertos sectores eclesiales producen, al amparo de la “denuncia profética” y de la teología de la liberación y ciertos separtismos, y sabiendo que la Iglesia no sólo tiene derechos, sino también deberes para con el Estado, hay que señalar, sin escrúpulos ni titubeos, que la comunidad política, de origen divino mediato, y anterior a la Iglesia, tiene perfecto derecho a defenderse.

Como decía Alfredo López, presidente que fue de la Junta técnica nacional de la Acción Católica española, el Estado ha de “saber a que atenerse cuando garantice a la Iglesia, dentro del propio ámbito de la comunidad civil, toda libertad que aquélla necesita para su propia misión. Porque la libertad se garantiza para esto: para que la Iglesia cumpla su misión, no para que se constituya como un Estado dentro del Estado o como una potestad superestatal”.

Esta defensa, que puede llevar a un Estado confesionalmente católico a enfrentarse con la Iglesia, cuyo valor religioso transcendente ha incorporado a su concepto de bien común, será muy dolorosa; pero el dolor que el enfrentamiento conlleva no excluye la obligación de defenderse. Esta defensa puede llegar a una situación limite; y esa situación limite supone la ruptura de relaciones, con la retirada consiguiente del Embajador en el Vaticano y el Nuncio en España, la denuncia del Concordato y, a lo sumo, la firma de un “modus vivendi” que, con carácter provisional y en espera de un cambio de criterios y conductas, atienda a los asuntos más perentorios y urgentes.

La ruptura de relaciones entre un estado confesional y la Iglesia Católica, puede asimilarse a la separación de los espesos. Si la ruptura de la convivencia no implica la desaparición del matrimonio, y el hombre que se separa de su mujer sigue casado, de manera análoga la ruptura de relaciones entre el Estado y la Iglesia no implica que el primero abandone su confesionalidad.

Pues bien; la mejor forma de evitar los roces entre la Iglesia y el Estado consiste, no en el entendimiento tácito, de que hablaba Maritain, sino en el entendimiento expreso, escrito, solemne y concordado, que contemple las cuestiones mixtas, por las que, entre otras, hay que entender las siguientes:

Nombramiento de prelados; matrimonio, enseñanza, fuero eclesiástico y financiación.

Cuestiones mixtas Iglesia Estado

Un examen aun cuando sea breve de las cuestiones mixtas se hace necesario para completar el conocimiento del tema.

1)Nombramiento de prelados;
Si es verdad que la Iglesia, como sociedad perfecta, puede nombrar libremente a sus pastores, también es verdad que al Estado interesa que tales pastores, que, por razón de su poder religioso, se convierten en ciudadanos específicamente distinguidos, no conturben el desenvolvimiento de la vida civil comunitaria. Tal es la razón por la cual los Estados exigen que los obispos que nombra el Papa no sean extranjeros y pretendan asegurarse de la no hostilidad de los mismos hacia los valores que el propio Estado representa. El llamado derecho de presentación es una de las fórmulas empleadas para lograrlo, debiendo significarse que este derecho no ha supuesto nunca a designación episcopal por el Estado, sino la propuesta de nombres entre los que el Papa elige, con absoluta libertad. Por otro lado, el derecho de presentación, concordado con España, cuando el estado era confesionalmente católico, no era el único, ni siquiera el más generoso. Como prueba de ello puede citarse el derecho concedido al presidente de la República laica francesa, para proponer como Obispo a un solo sacerdote, para una diócesis determinada.

Cuando Pablo VI pidió a los jefes de Estado que renunciaran unilateralmente al derecho de presentación, ofreció, a cambio, “ciertas garantías, dentro de unas relaciones cordiales”. una parte de ellas es, sin duda, la que lleva consigo una prenotificación por parte de la Iglesia al Estado, a fin de que éste pueda formular objeciones que eviten un nombramiento nocivo. La formula, perfectamente aceptable, de la prenotificación, carece, por otra parte, de originalidad, y se identifica, en el plano de las relaciones internacionales, con el “placet” que los gobiernos conceden a los embajadores de otros países, y que conlleva la posibilidad de que se considere “non grata” la persona propuesta.

2) Matrimonio;
Para la Iglesia católica, el matrimonio entre católicos es un sacramento y el matrimonio entre no católicos no lo es, evidentemente. Pero la Iglesia católica entiende que el matrimonio, por serlo, y no por ser un sacramento, da origen a un vinculo entre el marido que solo se disuelve por la muerte. La Iglesia, a la que le corresponde la potestad sacramental, tiene, por tanto, jurisdicción sobre el matrimonio que contraen los católicos y puede y debe recordar al Estado confesionalmente católico que el matrimonio de los no católicos es indisoluble.
Ahora bien; como el matrimonio, canónico o civil, con independencia de su indisolubilidad, produce efectos civiles, es lógico que tales efectos civiles caigan bajo la competencia del Estado.

La cuestión mixta a que da origen el matrimonio tiene una solución teórica diáfana:

1) el matrimonio, por serlo, es indisoluble;

2) el matrimonio de los no católico se contrae ante el oficial del estado civil;

3) el matrimonio de los católicos se contrae ante el ministro de la Iglesia. Los efectos civiles del matrimonio canónico se siguen del mismo, con tal de que conste su celebración en los libros del Registro Civil. Esta solución se conturba cuando el Estado no reconoce como matrimonio al que no se ha contraído ante el oficial del estado civil, o cuando, reconociendo como matrimonio el contraído ante el ministro de la Iglesia, cercena el reconocimiento de la indisolubilidad y declara competentes a los tribunales civiles para disolver el matrimonio canónico, mediante sentencia de divorcio vincular. Tal es lo que sucede hoy en España, aún cuando el art. VI de los Acuerdos con la Santa Sede, sobre asuntos jurídicos, de 3 de Enero de 1979, señale que “el Estado reconoce los efectos civiles al matrimonio celebrado según las normas del Derecho canónico.

La solución, apuntada surge igualmente cuando el matrimonio civil se considera -yendo “contra natura”- disoluble. Por eso, la formula que nosotros propusimos para no contaminar y desnaturalizar el matrimonio, indisoluble por naturaleza, consistía en la regulación y registro del contrato de vida marital, libremente disoluble, y que produce determinados efectos civiles.

3) Enseñanza;
Que la Iglesia tiene poder y facultades para enseñar no cabe ponerlo en duda. El “id y enseñad” (Mt. 28, 19) tiene carácter imperativo, y esta enseñanza, aunque originariamente hace referencia al Evangelio, es decir, a la buena noticia de salvación, no excluye lo que es objeto del saber. Por otra parte, al Estado corresponde, en cuanto a la enseñanza se refiere, tres cometidos: uno de carácter subsidiario, que le lleva a suplir a aquello que los padres, solos o asociados, no hacen; otro de estímulo y ayuda a los centros escolares de carácter privado; y el otro y último, el de policía o inspección encaminada a asegurar el nivel y la corrección de la enseñanza.

La solución ideal de esta cuestión mixta, consiste en el reconocimiento por parte del Estado

a) De la libertad de enseñanza, en todos sus grados, a la Iglesia Católica;

b) De ayuda económica directa, es decir con cargo al presupuesto, o indirecta, a través de exenciones o bonificaciones tributarias, a sus Centros escolares, con tratamiento análogo, por justicia distributiva, a los centros de carácter oficial; y

c) Del derecho de la Iglesia a enseñar religión en las escuelas del Estado. Esta solución se quiebra, como ahora sucede en España, cuando no se homologa el tratamiento presupuestario de todos los centros escolares, y se supeditan las ayudas al cumplimiento de uno requisitos que conllevan la negación de la libertad de enseñanza, al hacer insostenibles económicamente los colegios privados. De igual modo, quiebra la solución cuando se suprime la enseñanza de la religión católica en las escuelas publicas, o cuando se exige la aprobación por las autoridades políticas de los Catecismos.

4) Fuero eclesiástico;
La misión sobrenatural de la Iglesia demanda que los enviados a cumplirla no sean objeto de trabas y dificultades en el cumplimiento de su tarea. La Iglesia, por ello, dice al Estado, y con razón, que las infracciones que sus ministros puedan cometer se sustraigan a la jurisdicción competente de los tribunales civiles, para someterla a la delos Tribunales eclesiástico. Por su parte, el Estado dice a la Iglesia, y también con razón, que sus ministros pueden cometer dos tipos de infracciones: uno, de carácter estrictamente religioso, que puede afectar a la integridad de la doctrina y al orden disciplinar interno, y otro, que no se diferencia en nada de los que pueden cometer el resto de los ciudadanos.

Pues bien; la cuestión mixta planteada por el fuero eclesiástico tiene como solución ideal la distinción nítida entre esos dos tipos de infracciones, y el sometimiento de unas y de otras a la esfera religiosa o política que le corresponda.

En la practica sin embargo la solución ideal, que quiso ponerse en practica en nuestro Concordato de 1953, demostró su ineficacia cuando la Iglesia se politizo en tales términos, que desconoció el contenido literal de su art. 16, 3, cuyo texto decía: “El Estado reconoce y respeta la competencia privativa de los tribunales de la Iglesia, en aquellos delitos que exclusivamente violan una ley eclesiástica”, y denegó sistemáticamente la autorización del Ordinario para procesar a sacerdotes que habían cometido delitos públicos graves.

5) Financiación;
Si la Iglesia tiene como objeto la salvación de las almas, y el logro de tal objetivo se enmarca en el bien común transcendente que ha de servir el Estado, no puede escandalizar que el Estado, que dispone de los recursos que por vía de impuestos le proporcionan los súbditos, atienda en justicia con los mismos a favorecerlo. Por otra parte, la Iglesia atiende al pueblo, sin discriminación, a través de innumerables instituciones hospitalarias o benéficas, cuya subsistencia, aumento y mejora es a todas luces conveniente.

La fórmula ideal y concordada, tratándose de un Estado de confesión católica, consiste en oficializar la ayuda a la Iglesia, en cuanto tal Iglesia, y subvencionar las actividades concretas merecedoras de ello, no por ser de la Iglesia, sino por razón de su cometido, al igual que se subvenciona las que dirijan otro tipo de comunidades, religiosas o no. Esta formula ideal viene avalada, en el caso español, por el hecho de que la ayuda económica presupuestaria no era tan solo una colaboración al quehacer especifico y transcendente de la Iglesia y un servicio a bien común, sino una contraprestación, adeudada en justicia después de la política desamortización no puede considerarse en sí como privilegio, sino como derecho, la Iglesia, como se deduce de los textos conciliares, está dispuesta -y puede, lógicamente, hacerlo- a renunciar a la financiación mencionada, para evitar cualquier tipo de escándalo, aunque sea hipócrita, o la sospecha de una vinculación al poder político que lesionara su libertad evangélica (“Gaudium et Spes”, nº 76).

Ejercitada esta renuncia, queda en pie, sin embargo la ayuda a las instituciones a que antes hicimos referencia, pues tales ayudas -por vía directa o tratamiento fiscal favorable- no lo serán a favor de la Iglesia, sino de las obras como tal consideradas.

Conclusión

Sirvan de conclusión y síntesis de cuanto acabamos de exponer las siguientes afirmaciones:

1) La Política no es sólo un instrumento, sino una ciencia fundada en el Derecho natural, la Ética y la Teología.

2) La Política debe levantar como principios fundamentales: el del origen divino del poder; el de la consideración del gobernante como ministro de Dios; y el del bien común integral, inmanente y transcendente, como fin de la comunidad política, de la autoridad que la rige y del ordenamiento jurídico.

3) La Política no es un pacto de convivencia con el mal, ni una aceptación cobarde y resignada de las situaciones dolorosas se “hipótesis”, sino la resuelta voluntad, guiada por la prudencia, de modificar las “hipótesis” par acercarlas a la “tesis”.

4) La Política, por ello mismo no es un deslizamiento hacia la corriente secularizadora de las estructuras temporales y de pluralismo religioso, sino una actitud gallarda que pretende la unidad católica y la “consacratio mundi”, compendiada en el lema “instaurare omnia in Christo”.

5) Las Política, tal y como se debe entender por los cristianos, reconoce que a Cristo le fue dado “todo el poder en el cielo y en la tierra” (Mt. 28, 18), que es Rey de Reyes (Apoc. 19, 16) y que cuanto más se oponga a esta realeza universal, más alto será preciso, como pedía Pío XI en la “Quas Prima”, afirmar, en los foros internacionales y en las cámaras legislativas, “los derechos que a Cristo le corresponden como Rey”.

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