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viernes, 1 de febrero de 2013

EL HOMBRE ESTA HECHO PARA LA PAZ: Mons. Ricardo Tobón Restrepo

Monseñor_Ricardo_Tobón_Restrepo_2 EL HOMBRE ESTA HECHO PARA LA PAZ.

Mons. Ricardo Tobón Restrepo, Arzobispo de Medellín.

A lo largo del año deberíamos retomar, constantemente, el Mensaje de Su Santidad Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz, que hemos celebrado el pasado 1 de enero. A partir de la bienaventuranza que proclama dichosos a los que trabajan por la paz, teniendo como fondo el complejo contexto del mundo actual y dos acontecimientos de hace medio siglo, el inicio del Concilio Vaticano II y la encíclica Pacem in terris del beato Juan XXIII, el Papa nos invita a sentirnos todos responsables de la construcción de la paz.

Es un mensaje que aborda diversos temas, que describe la realidad que vivimos yendo a sus causas profundas y que nos pide aprovechar el momento para un compromiso renovado y concertado en la búsqueda del bien común y del desarrollo integral. Alguien, estudiando este Mensaje, ha pensado que se trata de “una pequeña encíclica”. En él, Benedicto XVI nos recuerda, como ya la había hecho Pablo VI, que la paz no es un sueño, no es una utopía; que la paz es posible.

El Papa comienza con un análisis de la realidad: “Causan alarma los focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado. Aparte de las diversas formas de terrorismo y delincuencia internacional, representan un peligro para la paz los fundamentalismos y fanatismos que distorsionan la verdadera naturaleza de la religión, llamada a favorecer la comunión y la reconciliación entre los hombres”.

Ante estos fenómenos preocupantes, no valen recetas que se limitan a paliar los síntomas; es necesario ir a la raíz. Hay que llegar a un humanismo abierto a la trascendencia, a una antropología que vaya más allá del subjetivismo y el pragmatismo, a una moral que reconozca la imprescindible ley inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre. El mundo actual necesita el soporte de un “pensamiento nuevo”, de una nueva síntesis cultural, para superar la tecnocracia y armonizar las múltiples tendencias hacia la construcción de la convivencia en términos racionales y morales.

El camino de un “humanismo abierto” pasa, ante todo, por el respeto a la vida humana, evitando codificar falsos derechos o libertades basados en una visión reductiva o relativista del ser humano. Igualmente, pide afirmar la estructura natural del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer sin oscurecer su carácter particular y sin desestabilizar su papel insustituible en la sociedad. También reclama reconocer el papel decisivo de la familia, que tiene la vocación natural de promover la vida y de acompañar a las personas en su crecimiento y en su adecuada inserción en la sociedad.

Este humanismo exige superar la tendencia a maximizar la utilidad y el consumo, en una óptica individualista y egoísta, que valora las personas por su capacidad de responder a la competitividad; lleva a superar las ideologías que pretenden un crecimiento económico a costa de la función social del Estado y del deber de la solidaridad; pide enseñar a las personas a vivir con benevolencia, más allá de una simple tolerancia; invita a decir no a la venganza reconociendo las propias culpas y perdonando las ofensas para avanzar juntos hacia la reconciliación.

A la Iglesia le corresponde la tarea de recordar estos principios que no son verdades de fe, sino que están inscritos en la misma naturaleza humana. La acción de la Iglesia, en este sentido, no tiene un carácter confesional; es un aporte a la educación que todos necesitamos en los más altos valores; es un compromiso con la pedagogía de la paz y el perdón que todos debemos impulsar; es un esfuerzo en ese proceso lento de evolución espiritual que estamos haciendo hasta llegar a una visión y realización trascendentes de la humanidad y de la historia.

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