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sábado, 2 de marzo de 2013

La contribución social de la Iglesia: Una revolución silenciosa, por Javier Martín Cavanna

Publico aquí un interesante artículo de Javier Martín Cavanna en la revista Compromiso Empresarial.

A falta de unas horas para que el Papa Benedicto XVI tome la histórica decisión de dimitir y se convoque un nuevo conclave para elegir el futuro Papa, puede ser un buen momento para meditar en la institución que dejará ese venerable anciano de 85 años. La Iglesia Católica no dispone de ejércitos, ni tiene reservado un asiento en los grandes organismos internacionales (ONU, FMI, Banco Mundial), no suele acudir a las grandes citas internacionales, ni su voz se escucha entre los grandes financieros; sin embargo, a su jefe, le siguen más de 1.000 millones de personas en todo el mundo, un ejercito silencioso cuya contribución social es difícilmente igualable.

La labor social de la Iglesia católica es muy poco conocida. Este hecho contrasta con la enorme actividad que despliega a lo largo de todo el territorio nacional. Ninguna organización, pública o privada, puede esgrimir las cifras que maneja la Iglesia en su actividad asistencial.

En 1942, cuando el ejército alemán invadió Rusia, Stalin buscaba desesperadamente nuevos respaldos y alguien le señaló la conveniencia de contar con el apoyo del Papa. El dictador preguntó sarcásticamente: “¿Y cuantas divisiones tiene el Papa?”. Tuvieron que transcurrir 47 años para que esa pregunta fuese contestada definitivamente. Un Papa, Juan Pablo II, venido del telón de acero, demostró que la fuerza moral era un arma con poder suficiente para deshacer la división del mundo que se estableció en Yalta.

La Iglesia católica, posiblemente la institución más antigua del mundo (después del pueblo judío), sigue enfrentándose a retos similares con las mismas armas. Todavía nadie ha conseguido elaborar una teoría convincente que explique cómo una organización que cuenta con recursos tan limitados es capaz de tener una influencia tan grande en el mundo. Pese a los negativos augurios sobre el futuro y la salud de la Iglesia, la realidad dista mucho de la imagen de ella que los medios de comunicación transmiten con frecuencia.

De hecho, la institución fundada en una remota provincia del antiguo Imperio Romano se encuentra en uno de los períodos más florecientes de sus 2.000 años de historia. Los católicos han pasado de 266 millones en 1900 a 1.078 millones en el año 2010, según el Pew Reseach Center, un crecimiento del 314%. Por comparación, la población creció un 263% en el siglo pasado, lo que prueba que la Iglesia no se ha limitado a beneficiarse del baby boom, sino que ha conseguido atraer a nuevos seguidores. Lo que sí es verdad es que el centro de gravedad se ha desplazado en este último siglo. Ya no se encuentra en Europa y Norteamérica sino en las regiones menos desarrolladas. En 1900 sólo el 25% de los católicos vivían en los países más pobres, hoy el 67% de los católicos viven en Asia, África y América Latina.

No parece que estos resultados puedan atribuirse a su poderío económico. A pesar de las intermitentes “campañas” que denuncian las enormes riquezas de la Iglesia, la realidad es que, aunque no viva en la miseria, su situación económica está lejos de ser boyante. Por grandes que sean los recelos y prejuicios contra la Iglesia católica nadie puede sostener seriamente que, por citar un ejemplo cercano, un presupuesto ligeramente superior a los 600 millones de euros (el presupuesto de la Iglesia católica española para 2012) pueda “competir” con nuestras flamantes empresas del IBEX 35. ¿Cómo comparar esa cifra con los 44.000 millones de euros de ingresos del Grupo Santander o los 62.837 de Telefónica en el 2011?

Y si lo que medimos es la riqueza de sus “directivos”, el resultado es, incluso, más desproporcionado. El sueldo de un obispo es de aproximadamente 1.000 euros mensuales, es decir 20 ó 30 veces inferior al de un director general y dos o tres veces menor que el salario del director general de una ONG. Las responsabilidades de un obispo, sin embargo, no son inferiores a las del consejero delegado de una empresa del IBEX 35, ni tampoco es menos exigente su formación: la mayoría de los obispos son licenciados y doctores y, antes de acceder al cargo, han desarrollado ente 20 y 25 años de experiencia pastoral y de gobierno. No parece, sin embargo, que la justificación de los megasueldos de nuestros empresarios cinco estrellas, se encuentre en sus resultados de estos últimos años de crisis, salvo que los bonus se calculen en proporción a los Eres ejecutados.

Muchas nueces y poco ruido

¿Qué empresa u organización atiende al 75% de la población española? De acuerdo con el CIS, éste es el porcentaje de las personas que se declaran católicas en nuestro país, aunque los servicios de la Iglesia no se circunscriben exclusivamente a los que profesan la fe católica. Las estadísticas muestran, asimismo, que el número de personas que demandan y utilizan los servicios religiosos es muy importante: entre siete y ocho millones de fieles salen de sus casas todos las semanas para asistir a misa los días festivos, en el que, sin ninguna duda y a mucha distancia de cualquier otro, constituye el evento social más importante por el número de personas que participan.

En España durante el año 2010 se bautizaron 349.820 niños, cerca de 74.289 parejas solicitaron contraer matrimonio canónico, 280.654 niños recibieron la primera comunión, 100.000 la confirmación y un porcentaje mayoritario de los fallecidos recibieron sepelio católico. Miles de niños, jóvenes y adultos reciben semanalmente formación y catequesis en las parroquias y demás centros de la Iglesia. Los fieles católicos reciben diariamente consejo y acompañamiento espiritual de los 19.892 sacerdotes pertenecientes a las 69 diócesis españolas.

Cifras que, más allá de cualquier ideología, prueban la existencia de una importante demanda social de la población española y justifican por sí solas la inexcusable colaboración del Estado, según los representantes de la Iglesia. Pero la Iglesia no se limita a predicar la fe desde los templos y administrar los sacramentos. Una parte importante de su misión tiene que ver con la labor asistencial a favor de los sectores más desfavorecidos.

No es sencillo contabilizar la aportación de la Iglesia a la sociedad. La Iglesia católica no es un holding del que dependa un número determinado de filiales, sino una realidad heterogénea en la que conviven una multitud de organizaciones muy dispares. Entre ellas destacan: la Nunciatura Apostólica, la Conferencia Episcopal Española, 69 diócesis, 22.700 parroquias, 905 monasterios de clausura, órdenes y congregaciones religiosas con más de 60.000 miembros, 13.000 instituciones inscritas en el Registro de entidades religiosas (cofradías, hermandades, fundaciones, ONG), miles de fundaciones pías no autónomas, legados; otras instituciones como el Arzobispado castrense, organismos supradiocesanos (universidades pontificias, universidades católicas, etc.). Es decir, cerca de 40.000 entidades que operan con total autonomía.

No es sencillo, pero en estos últimos años la Vicesecretaría de Asuntos Económicos de la Conferencia Episcopal Española ha realizado un enorme esfuerzo por recopilar los datos y ofrecer una cifra global, y los resultados son sencillamente sorprendentes. Más de dos millones de personas (discapacitados, enfermos de sida, mayores de edad, madres solteras, huérfanos, reclusos, inmigrantes, indigentes…) son atendidos anualmente en los diversos centros e instituciones vinculados a la Iglesia católica.

Ninguna institución, ninguna empresa, administración pública u ONG está en condiciones de ofrecer unos resultados que se aproximen algo a estas cifras. La contribución económica de la Iglesia a las labores asistenciales supera los 20.000 millones de euros anuales, una cifra que invita a la reflexión, sobre todo si la comparamos con los 150 millones que recibe a cambio del Estado cada año (Memoria Justificativa 2010).

Sólo Cáritas Española presta anualmente asistencia a 6.492.499. Esta organización, constituida por 5.600 Cáritas parroquiales, agrupadas en 68 Cáritas diocesanas que, a su vez, están distribuidas en 13 Cáritas regionales, es la red de asistencia social más importante en nuestro país. El 93% del trabajo que se realiza en Cáritas se lleva a cabo por sus cerca de 60.000 voluntarios, lo que demuestra el enorme valor que pueden aportar las acciones desinteresadas de los voluntarios más allá de los recursos puramente económicos. El peso de los voluntarios, además, les permite mantener unos gastos de estructura muy reducidos, cercanos al 7%.

Sólo en el 2010 Caritas y Manos Unidas, la otra organización social de la Iglesia Católica que realiza su actividad en los países menos desarrollados, destinaron 298.782.122 millones de euros a financiar sus actividades. Del total de fondos que Cáritas recibe, apenas un 8,6 % procede de subvenciones de la Administración central. Las subvenciones que recibió Cáritas de la Administración central en el 2007 supusieron un total de 17.347.453 euros. Puede que esta cifra no diga mucho, pero quizá ayude a valorar mejor la “generosa” contribución del Estado si la comparamos con los 20.350.000 euros que el Gobierno socialista decidió destinar a la famosa cúpula de Barceló en el palacio de la ONU en Ginebra con el fin de decorar la nueva sala dedicada a la Alianza de las Civilizaciones.

Que el presupuesto que las empresas invierten en comunicar su acción social sea en ocasiones superior al que gastan en las propias acciones es algo que no sorprende ya a nadie (Vid. ONG o empresa, ¿quién es el ineficaz?). Philip Morris en el año 1999 destinó 75 millones a actividades filantrópicas y 100 millones de dólares en comunicarlo. La Iglesia católica, sin embargo, se sitúa en las antípodas de esta estrategia.

El primer spot de televisión sobre las actividades de la Iglesia católica se realizó en 2008. (Vid. La Iglesia cambia el cepillo por los spot) y los gastos que destina Cáritas a comunicar su “acción social” no llegan al 1% de su presupuesto. Pero no se trata sólo de invertir en publicidad. Compromiso Empresarial se puso en contacto con las Hermanas de la Caridad, que atienden en Madrid a los enfermos de sida en el paseo de la Ermita del Santo, para tratar de recoger su opinión, y la respuesta que obtuvo es que sintiéndolo mucho no conceden entrevistas. “No tenemos tiempo, los enfermos reclaman toda nuestra atención”, explicaron.

Para algunos esto no es sino una prueba más de su obstinada falta de adaptación al mundo moderno. Para otros, se trata por el contrario de la manifestación de un carisma que quiere dar testimonio del valor de lo escondido en un mundo dominado por el espectáculo.

La verdad es que las instituciones religiosas nunca han considerado una prioridad la aparición en los medios de comunicación de masas, pero lo que nadie discute es su profundo conocimiento de la realidad social. Mucho antes de que nuestros políticos atisbasen la gravedad y profundidad de la crisis y publicasen a los cuatro vientos las medidas para intentar paliar sus efectos, en las oficinas de Cáritas ya llevaban tiempo lidiando con ella.

Puede que en el INEM conozcan las cifras de desempleados, pero sólo las organizaciones como Cáritas están en condiciones de ponerles rostro a las personas que sufren las consecuencias sociales de la crisis económica. En una rueda de prensa de Cáritas en el año 2008 en la que se presentó el documento “Cáritas ante la crisis”, se aclaró: “En su mayoría se trata de mujeres solas con cargas; mujeres inmigrantes reagrupadas de 40 o más años que buscan trabajo por primera vez (generalmente esposas de maridos en paro); hombres en paro reciente procedentes de empleos de baja cualificación de los sectores de la construcción y de la hostelería, muchos de ellos inmigrantes con autorización de trabajo; familias jóvenes (20 a 40 años de edad) con niños pequeños y casos de mujeres mayores con pensiones no contributivas o pensiones mínimas que no llegan a cubrir las necesidades mínimas; así como inmigrantes en situación irregular que han visto endurecidas sus condiciones de vida”.

Ese es el cuadro concreto que Cáritas puede pintar no a brocha gorda, sino con un conocimiento preciso y detallado de la realidad social.

De uno en uno

No es necesario compartir las creencias religiosas para reconocer que la motivación que impulsa a muchas religiosas y religiosos católicos tiene un efecto beneficioso en el servicio que prestan. Benedicto XVI ha señalado recientemente las diferencias entre el perfil específico de la actividad caritativa de la Iglesia y la labor asistencial de las instituciones del Estado. “El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido –cualquier ser humano– necesita: una entrañable atención personal” (Encíclica “Deus Cáritas est”, n. 28).

Hacer cuentas sobre las personas atendidas, por difícil que sea, es una cuestión de tiempo. Mucho más complicado es, en todo caso, medir esa atención personal.

Y cuando nos enfrentamos con la labor social de las organizaciones religiosas está muy claro que los indicadores que utilizan las empresas y las ONG para evaluar la calidad del servicio se quedan muy cortas. ¿Cómo podemos cuantificar el desvelo por los enfermos de sida de las Hijas de la Caridad? ¿Cómo la paciencia y comprensión de las Hermanitas de los Pobres? ¿Qué indicadores seleccionamos para evaluar la entrega de los misioneros combonianos en África? ¿Y la dedicación de los sacerdotes salesianos por los niños de la calle en América Latina? Hay muchas cosas difíciles de medir, y ésas suelen ser las más importantes.

En una ocasión, una voluntaria, sorprendida ante el crecimiento y los frutos de la labor de las Misioneras de la Caridad, le preguntó a la madre Teresa de Calcuta cómo comenzó su obra. La Madre Teresa la miró a los ojos, sonrió y mientras atendía a uno de los enfermos le contestó: “Hija mía, un buen día iba caminando por las calles de Calcuta y tropecé en una esquina con un enfermo moribundo, me pare, lo recogí en brazos y me lo lleve a casa. Ese fue el primero, después vino un segundo y un tercero… ¿Qué cómo comencé? De uno en uno, hija mía, de uno en uno”. Éstas, según algunos expertos, son las armas secretas de la Iglesia católica que Stalin no supo descubrir.

¿Es tan rica la Iglesia?

“Not really”, así contestaba el conocido vaticanista John L. Allen en la sección Think Again de la revista Foreign Policy (Noviembre/Diciembre 2008), a la pregunta de si la Iglesia nadaba en la riqueza. En opinión del periodista, los “dineros” de la Iglesia se han exagerado indebidamente.

“Con frecuencia escuchamos que el Vaticano posee inmensas riquezas, pero su presupuesto anual es inferior a los 400 millones de dólares. Una cantidad muy alejada del presupuesto de la Universidad de Harvard, que sobrepasa los 3.000 millones de dólares. Otra cifra para meditar: la cartera de todos los fondos de inversión del Vaticano en acciones, bonos y valores mobiliarios apenas llega a los 1.000 millones de dólares. Muy lejos de los 19.848 millones de euros en que se calcula la fortuna de Amancio Ortega, repartida entre sus participaciones bursátiles, la sociedad patrimonial Ponte Gadea y las Sicavs Keblar, Alazán y Gramela. En cuanto al rico patrimonio artístico, los tesoros que guarda el Vaticano, como la Piedad de Miguel Ángel están valorados contablemente en los libros a un euro; en realidad no tienen ningún valor de mercado pues no pueden ser vendidos ni ser objeto de garantía.

Basta comparar los ingresos anuales de la Iglesia en España (aproximadamente 600 millones de euros en el 2012) con los de las principales empresas de nuestro país para darse cuenta que la Iglesia está muy lejos de ser una organización con poder económico. De acuerdo con la revista Fortune, los ingresos de las nueve empresas españolas incluidas en el ranking Fortune Global 500 2012 superaron los 480.000 millones de dólares, es decir más de 800 veces el presupuesto de la Iglesia en España.

La situación económica, comenta Allen, no es mucho más holgada en los Estados Unidos. Si bien, allí la Iglesia tiene muchas propiedades, edificios, escuelas, hospitales y centros sociales, la realidad es que casi todos esos activos apenas generan ingresos suficientes para sostener sus actividades y programas, pues la mayoría de sus beneficiarios son personas con muy pocos recursos o totalmente indigentes.

“En general, ese es el cuadro de la mayoría de las diócesis en todo el mundo, cuyos ingresos apenas sirven para cubrir los gastos mínimos, por no hablar de la situación de los miles de misioneros que a menudo viven en regiones remotas en la pobreza más absoluta. Los católicos –desde el Papa hasta abajo– constantemente sugieren que la Iglesia debería adoptar una mayor sencillez, y ciertamente es justo esperar que la institución que demanda una mayor justicia con los pobres predique con el ejemplo. Pero las imágenes de bolsas de dinero amontonadas en el atrio de las Iglesias simplemente no responde a la verdad”.

Por Javier Martín Cavanna

@jmcavanna

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