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lunes, 16 de septiembre de 2013

Compromiso de los Católicos en la Vida Pública y en la regeneración ética, por Mons. Fernando Sebastián

Ponencia de Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Arzobispo emérito de Pamplona, en el XXI Curso de Doctrina Social de la Iglesia, publicada en Aleteia.org y en la Revista Ecclesia.

En pocos lugares de España se puede hablar del compromiso de los católicos en la vida pública, como en esta Casa. El Fundador, D. Angel Herrera Oria, dedicó su vida a difundir este convencimiento en la Iglesia de España y trató de vivirlo activamente en las diferentes etapas de su vida. Esta fue sin duda una de sus preocupaciones dominantes tanto en su vida secular como en sus años de ministerio episcopal.

Resulta tentador entrar ahora en un recorrido histórico para recuperar la memoria de lo que fueron las páginas  de El Debate durante los años de la IIª República, o los trabajos y actividades de la CEDA durante aquellos años. Todo ello representa un ejemplo, no exclusivo pero sí significativo, de lo que pueden aportar los católicos a la vida pública.

Pero no es hora de recrearse en los recuerdos, sino más bien hora de clarificar nuestras ideas y crear proyectos a la vez realistas e innovadores.

Clarificaciones doctrinales

No se puede hablar claramente del compromiso político de los católicos sin aclarar antes unas cuantas cuestiones doctrinales. En España se ha impuesto un laicismo radical que excluye la influencia de las convicciones religiosas en la vida pública. La abstención de cualquier referencia religiosa se considera indispensable para guardar la pureza democrática de cualquier actuación política. Si esto fuera así no tendría sentido hablar del compromiso específico de los católicos en la vida pública ni se podría precisar ninguna aportación de los políticos católicos a la regeneración ética de la vida política. Para poder decir sobre este asunto una palabra de provecho tenemos que romper el cerco que nos tiene puesto el poder del laicismo dominante y contaminante.

Porque cuando hablamos del compromiso de los católicos en la vida pública, nos referimos a un compromiso específico, un compromiso que proviene de la condición de católico, propio de los católicos y que supone además una influencia de la fe católica en la actuación y en las aportaciones de los cristianos a la vida pública.

Podríamos apoyar nuestro punto de vista aduciendo testimonios del magisterio de la Iglesia y de los últimos Papas. Los hay muy abundantes. Las enseñanzas del C. Vaticano II, sobre la vocación cristiana, el  apostolado seglar, los excelentes capítulos de la Constitución Gaudium et Spes, sobre la cultura y la vida política. Podriamos aducir las enseñanzas constantes de los Papas, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Papa Francisco en Lumen Dei. En algunos escritos importantes de los Obispos españoles, como  Católicos en la vida pública.       

No lo vamos a hacer así. Este procedimiento, en el mejor de los casos, podría valer al interior de la Iglesia; pero si nos proponemos hablar con los no católicos y aun con muchos que se consideran católicos, no vale de nada esgrimir las enseñanzas de los Papas, pues su autoridad no es reconocida  en estas materias y sí radicalmente impugnada. Tenemos, pues, que aducir razones aceptables por todos y fácilmente comprensibles.

En esta perspectiva podemos decir que el compromiso de los católicos en la vida pública es posible, legítimo, obligatorio y necesario.

Posible. Porque la fe en Dios y en Jesucristo ilumina nuestra mente con conocimientos decisivos sobre el ser del hombre que condicionan y enriquecen la visión de la sociedad y de la convivencia humana. El valor absoluto de la persona humana, la igualdad de todos los hombres, la condición espiritual de las personas, son datos que la revelación de Dios en Jesucristo nos descubre o nos confirma y que tienen repercusiones importantes en la comprensión y el ordenamiento de la vida social y política.

Legítimo. Primero porque la luz de la fe no deforma la realidad ni nos saca de la esfera humana, sino que nos la ilumina, nos la acerca, nos la descubre en su ser completo y verdadero. Y en segundo lugar, Porque la atención a las luces de la fe y los mandatos de la conciencia cristiana por parte de los políticos cristianos no supone la injerencia de ninguna autoridad ni de ninguna institución ajena al puro ordenamiento político. La influencia de la fe en la actuación pública de los cristianos se hace presente a partir de la conciencia y de las determinaciones de los mismos cristianos que intervienen en la vida pública, sin interferencias de las autoridades ni de las instituciones eclesiásticas de ningún género.

Obligatorio. Por la unidad radical de la persona. El político cristiano no puede prescindir de su conciencia ni de sus convicciones religiosas en el momento de valorar una situación o de tomar unas decisiones, sin traicionarse a sí mismo y traicionar su propia fe, que es lo mismo que traicionar a aquel en quien creemos. Para el creyente no es posible la abstención religiosa, la suspensión de su fe en sus compromisos sociales y políticos. Ser cristiano es creer en el amor como forma universal de vida, la fidelidad a esta convicción nos obliga a todos a colaborar con el bien universal del prójimo en general.

Necesario. La conciencia del hombre es irremediablemente limitada y débil a la hora de descubrir y cumplir las exigencias de la justicia. Los hombres necesitamos una sanación interior para aceptar de forma clara y eficaz los derechos de los demás cuando suponen limitación o corrección de nuestras propias apetencias. En este sentido, la presencia y la influencia de la vida teologal en quienes intervienen en la vida pública de una sociedad es necesaria para el bien de todos, como garantía de la verdad, la justicia y la diligencia de las mil relaciones e interdependencias que constituyen la vida social. Sin el reconocimiento y la ayuda de Dios es hombre se pervierte sin remedio, y las perversiones interiores del hombre repercuten también en sus actuaciones públicas. La sociedad necesita la acción purificadora y sanante, el estímulo y el impulso de la vida teologal de los hombres justos. La presencia de los cristianos en la vida pública tendría que ser iluminación y justicia, defensa contra los errores posibles y garantía contra las inevitables corrupciones, a favor de todos. Una riqueza y un bien para  la sociedad entera.

Es evidente que cuando afirmamos la necesidad y el provecho de la presencia de los católicos en la vida pública no pretendo atribuir a los cristianos  unos valores exclusivos que los demás no puedan tener, ni tampoco unos valores infalibles que los cristianos no puedan traicionar.  Los no cristianos pueden y deben buscar sinceramente la justicia, pero la vida cristiana aporta al creyente un plus de clarividencia y de fortaleza que no tendría sin la riqueza de su vida teologal. Como es también evidente que el cristiano puede descuidar o traicionar su conciencia y actuar en la práctica peor que un colega no creyente o no practicante. Pero hablamos de conductas concretas sino de lo que las cosas son en sí mismas, no de lo que son sino de lo que tendrían que ser nuestros comportamientos.

Como complemento y aclaración necesaria  de esta primera parte quiero decir que

1º, No hay una política católica, homogénea, obligatoria, Porque en la elaboración del juicio práctico que rige la vida política no entran solo los principios morales comunes y obligatorios, sino la valoración de muchas realidades diferentes, mudables, opinables, cuya mediación puede dar lugar a decisiones diferentes aunque reconozcan la influencia de unos mismos principios. Con los mismos principios morales puede haber formas diferentes de interpretar una situación determinada o de conseguir unos mismos objetivos.

2º, La inspiración cristiana de la política no se opone a ningún valor democrático sino que fortalece el respeto y la tutela de todos los derechos humanos, La norma suprema del obrar humano es el amor, amor gratuito, universal, efectivo; este amor ejercitado en el ámbito de la vida política se concreta en la justicia, en el servicio efectivo a la libertad y promoción de todas las personas en un contexto de compatibilidad, integridad y gratuidad. El ejercicio de la autoridad, entendida como servicio a la comunidad, no puede definirse por las ideas o las preferencias del gobernante, sino por las necesidades de los gobernados, por el bien de las personas y de las familias, en cada lugar, en cada momento, en cada circunstancia concreta.

En la sociedad española

No es fácil explicar  estos principios en el ambiente de la sociedad española. Somos poco amigos de abstracciones y tendemos a entender las cosas a partir de la experiencia. Tenemos que reconocer que nuestra experiencia en estas materias no ha sido muy feliz. Pesan sobre nosotros no cuarenta años, sino muchos siglos de “nacionalcatolicismo”, en los que la conciencia cristiana de los gobernantes ha sido legitimación del autoritarismo y privación de la libertad de conciencia y de actuación de los ciudadanos no cristianos. Y por el lado cristiano el liberalismo y la modernidad se han confundido con un laicismo radical, impositivo, y en algunos casos excluyente y hasta persecutorio. Los españoles, sin olvidar nuestra historia, para corregirla y superarla tenemos que hacer el esfuerzo de pensar y programar nuestro futuro en verdadera libertad, con un gran esfuerzo de objetividad, sin dejarnos dominar por los escarmientos del pasado.

Hoy no nos vale ni la uniformidad del viejo régimen, ni el sectarismo de la segunda república, ni el odio destructivo de los movimientos revolucionarios, ni el neo confesionalismo franquista, ni el laicismo condescendiente de la derecha liberal, ni el laicismo excluyente y represivo de nuestra izquierda socialista y radical. Todas ellas son posturas condicionadas por las experiencias pasadas, todas son actitudes parciales, desmesuradas, incapaces de fundar una convivencia verdadera y por tanto incapaces de fundamentar una sociedad sólida, justa y dinámica.

Aportaciones actuales, posibles y necesarias

Sin embargo, sí es posible imaginar una política orientada o fecundada por la fe cristiana, sí es posible pensar en unas cuantas aportaciones importantes de la mentalidad cristiana a nuestra vida política actual, sin caer en nostalgias, ni en clericalismos, ni en adulteraciones de ninguna clase. Veamos.

Una visión cristiana de la vida política tiene que comenzar por ser una visión realista de nuestra sociedad, de nuestra historia, de nuestra convivencia. Una visión cristiana de la realidad quiere decir unas visión objetiva, respetuosa, comprensiva y comprehensiva, sin falsificaciones, sin omisiones ni exaltaciones, sin particularismos  ni menosprecios. Todos los miembros, todas las regiones, todos los ciudadanos que formamos la sociedad española somos básicamente iguales, todos dependemos de todos, tenemos una historia y un patrimonio cultural común, las coincidencias son más que las diferencias,  no hay razones objetivas para las divisiones ni las exclusiones ni las exaltaciones de ninguna clase.

Hoy en España es importante que recuperemos el respeto a la primacía del orden moral objetivo y de la recta conciencia también en la vida social y política. La política, cualquier actuación en la vida pública, es un acto humano, consciente y libre, que repercute, a veces gravemente, en el bien o en el mal del prójimo. Cómo esta clase de actuaciones no va a estar sometida al imperativo moral de “hacer el bien y evitar el mal”? Los políticos no pueden actuar en función de sus propias conveniencias, ni de las conveniencias de su partido, ni de consideraciones electoralistas, el ejercicio de la autoridad es siempre una actividad moral, regida por la primacía de la verdad y de la justicia, que en el  caso de la política se concreta en el bien común, en la atención a los legítimos derechos de los ciudadanos, sin preferencias ni exclusiones de ninguna clase. El respeto a las exigencias objetivas de una actuación moral no es sólo una cuestión de responsabilidad social, sino que es también una cuestión de responsabilidad moral y religiosa, de la cual cada hombre tendrá que dar cuenta ante el juicio de Dios. También en política, también en lo público.

El ejercicio moral y justo de la autoridad supondría la eliminación de la corrupción, de la mentira, del robo, de las presiones sobre la justicia, de la discriminación ni a favor ni en contra de nadie, a favor del respeto absoluto a  la verdad,  la justicia,  la generosidad y  la seguridad de todos y para todos.

Un planteamiento cristiano de la política supondría también el respeto y la protección de los valores morales inherentes al bien integral de la persona, la recuperación y el respeto al bien del ser humano en su integridad material y espiritual, el respeto a lo que se llamaba ley natural, o exigencias morales del bien integral de la persona, el respeto y la protección de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, el respeto y protección a la familia fundada en un matrimonio estable entre varón y mujer, el derecho a la sanidad, a la educación y a la cultura, a la libertad. No sólo el fraude económico es malo para el hombre y para la sociedad, sino también las carencias o las deformaciones morales de la convivencia.

Y no vale esconderse en la nube del escepticismo o del relativismo, refugiándose en la pretendida imposibilidad de conocer o de distinguir el bien del mal. Es bueno lo que ayuda a ser, a vivir, a crecer en el orden de lo real; y es malo lo que niega, destruye o reprime el ser de la persona, lo que la persona es y lo que puede llegar a ser, en comunión de amor con todos los demás.

Visión y valoración de la persona, de todas las personas, en su integridad radical, sin reducirlas a su condición de ciudadano, de  consumidor, o de  votante. Habría que reconocer efectivamente el bien integral de las personas como fin verdadero de todo el sistema político. Como justificación moral de las decisiones y actuaciones políticas. Sin partidismos, sin oportunismos, sin imposiciones ideológicas de ninguna clase. La atención preferencial a los más débiles y necesitados, el acceso de todos a los bienes materiales y culturales, el apoyo al crecimiento y desarrollo de las personas en sus aspiraciones legítimas, se ve fundamentado y urgido por la fe cristiana. No podemos confundir una política cristiana con una política conservadora o de derechas. Conservar lo que no es justo no es cristiano.

La fe cristiana tendría que dar lugar a una serie de actitudes personales directamente derivadas de la justicia interior, tales como la  sinceridad, la diligencia, la abnegación, la generosidad,  El hombre, en su vida pública, tiene que mantener también un comportamiento virtuoso, justo, coherente con el amor al prójimo asumido como norma fundamental de la vida en su integridad, en lo privado y en público, en lo personal y en lo comunitario.

La presencia coherente de los católicos en las diversas instituciones de la vida pública tendría que favorecer el acercamiento y el diálogo leal entre ellas, la colaboración de unas con otras a favor de objetivos comunes, el saneamiento de la opinión pública, el respeto y la aceptación de todos dentro del marco de los intereses comunes, la revisión y el perfeccionamiento constante de las instituciones y de los procedimientos a favor del bien común. La fe desemboca en el amor, y el amor, la caridad política es fuente de dinamismo, de mejoras constantes, de convergencias y sinergias que no se pueden producir cuando las motivaciones de la política son el egoísmo personal o partidista.

Un corolario arriesgado

Llegados aquí podríamos preguntarnos si hoy en España sería conveniente la existencia de un partido confesional. Un partido cristiano.

Para responder es preciso precisar antes el sentido de lo que preguntamos.

Si entendemos por “partido cristiano” un partido que pretenda presentarse como el intérprete único y obligatorio de la posible política cristiana, o de la posible influencia cristiana en la vida política, tenemos que decir clara y firmemente que no, no es conveniente, ni sería tampoco legítimo.

Pero si decimos un partido o una asociación desde la cual puedan actuar los cristianos en la vida política de acuerdo con las exigencias de una conciencia cristiana de manera organizada y efectiva, es evidente que sí es posible. Tal institución sería doctrinalmente correcta, políticamente legítima. Otra cosa es si sería políticamente oportuna y viable. Quede como una cuestión abierta. Puede ser que en estos momentos no lo fuese, pero tal situación no es un adelanto sino seguramente una deficiencia democrática.

Conclusión

Quiero terminar con unas hermosas palabras de la reciente encíclica sobre la fe del Papa Francisco. En el cap. IV dedicado a la construcción de la ciudad terrestre, el Papa dice

51. Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz.

La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia la plenitud del amor.

La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común.

La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo.

Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres. La unidad entre ellos se podría concebir sólo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola presencia del otro puede suscitar.

La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común.

Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza.

La Carta a los Hebreos pone un ejemplo de esto cuando nombra, junto a otros hombres de fe, a Samuel y David, a los cuales su fe les permitió « administrar justicia » (Hb 11,33). Esta expresión se refiere aquí a su justicia para gobernar, a esa sabiduría que lleva paz al pueblo (cf. 1 S 12,3-5; 2 S 8,15).

Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios”.

La gran aportación de los católicos a la vida pública consiste en edificar poco a poco una sociedad, desarrollar una convivencia que esté inspirada en un amor universal y verdadero, ese amor que viene de Dios y hace al hombre justo, el amor que nos libera del egoísmo y nos pone al servicio de la vida, del crecimiento y de la alegría de nuestro prójimo.

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