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martes, 10 de septiembre de 2013

La apoteosis de la Tibieza, por María Virginia Olivera de Gristelli

Artículo de Mª Virginia Olivera de Gristelli, en su blog en InfoCatólica

«El fanatismo consiste en decir o no, trátese de lo que se trate. No hay otra definición. “Sea vuestro lenguaje sí,sí, no, no; que lo que pasa de esto, de mal principio proviene”. Tal es la fórmula del fanatismo en el Sermón de la Montaña. (…) Cuando se os pregunta: “¿Sois cristiano?” Si respondéis “sí”, sin perífrasis, sois un fanático. Si respondéis “no”, también lo sois (…) En general, el laconismo, la concisión, y toda especie de precisión, lo hacen a uno sospechoso de fanatismo. Un sectario capaz de vociferar con abundancia, un abogado charlatán, un diputado locuaz, y hasta ventrílocuo, jamás serán sospechosos de fanatismo.» (León Bloy)

Hace un tiempo tuve un “cambio de opiniones” más o menos álgido con una profesora, porque le objeté su enseñanza del burdo cantito de moda “Cambia, todo cambia” en el marco de un colegio católico, y la conversación derivó, por supuesto, a todos los lugares comunes que estamos cansados de escuchar, terminando con la trillada alusión a la inquisición, la cerrazón, y todos los Cucos asociados. El cambio como presupuesto de todo lo que nos rodea, es una de las excusas perfectas para la anomia moral que padecemos, y el caldo de cultivo para la apoteosis de la tibieza.

Es increíble hasta qué punto se crispan los nervios de ciertos contemporáneos cuando se oye algo que tenga pretensiones de permanencia, que suba un poco el tono de la mera opinión, sacudiendo los algodones y tonos pastel a los que nos tiene acostumbrados la nueva era con sus angelitos multicolores y atardeceres románticos.

Personalmente, siempre he tenido una gran, gran estima por León Bloy (y ya que estamos, pido al menos un Avemaría por su alma), no sólo por su fervor en la defensa de la fe católica, sino porque creo, sencillamente, que tiene aún mucho que enseñarnos, aunque no se haya destacado ni por asomo en la diplomacia. En su Exégesis de lugares comunes, de donde tomamos la cita del acápite, despliega toda su mordacidad contra los vicios del espíritu burgués, que no es otro que el que carcome al “católico liberal” (el círculo cuadrado), y que no podemos negar que sea gran responsable de la pasmosa decadencia a que ha llegado la civilización cristiana.

Y como cada día parece más inadmisible aceptar que el liberalismo es pecado, creo justamente que es cuando más hay que insistir en ello, sobre todo entre las propias filas católicas, de “gente decente”, pero que abomina de las definiciones, creyendo que la bondad es sinónimo de universal condescendencia con cualquier ocurrencia.

Por ese camino, ese hermano nuestro se encuentra un buen día despreciando los dogmas, renegando de todo límite –sea éste natural o sobrenatural-, “aburriéndose” de la Eternidad (sic), huyendo sistemáticamente del martirio, y tornándose cada vez más…terriblemente insulso. ¿Y cómo no va a serlo, si su misión de bautizado era ser sal, y ha perdido su sabor? Confundió ese elemento blanco con la miel, nada menos (¡flor de miopía y olfato deficiente!)…y se sorprende cuando lo persiguen las moscas… Así andamos, provocando con nuestra tibieza las náuseas al mismo Redentor (Ap. 3, 16) ¿cómo no va a necesitarse entonces, una Nueva Evangelización? ¿Cómo nos sorprendemos de que los herejes dirijan universidades que se dicen católicas, o que se otorguen premios a las catequistas por su ombligo (no es chiste)?.

Hablando de definiciones, hay que prestar tal vez más atención a la importancia que adquieren para las ideologías perversas algunos términos, mientras otros son silenciados automáticamente.

Así, en el “RSLE” (Reino de la Sacrosanta Libertad de Expresión), la virtud más excelente es el Respeto (de mirar cómo el prójimo se tira por la ventana), y la profesión más respetable, la de Opinólogo. Por el contrario, algunos términos que hieren los oídos de sus vasallos, son “herejía”, “verdad”, “certeza”, “solemnidad”, “sacrilegio”, “profanación”…El lector puede seguir la lista. Hace unos años un sacerdote a quien pedimos junto a otros fieles una Misa en desagravio por una muestra blasfema, nos respondió asépticamente: “Bueno, señores…¡no vamos a decir desagravio, porque es una palabra muy fuerte…!”

Y con la devaluación de los términos, llega asimismo la de las obras.

Se llegan a abolir, incluso, algunas obras de misericordia. Aunque frecuentemente ya no se enseña la tradicional lista de catorce -siete corporales y siete espirituales-, podemos decir que genéricamente, las espirituales son reducidas a veces a una: rezar por el prójimo. Por supuesto que sí, que es lo primero, pero veamos: si nuestro vecino tiene ganas de suicidarse ante una desgracia, ¿es realmente caritativo conformarnos con rezar por él, en vez de consolarlo? Pues si el vecino cree, en cambio, que está muy bien casarse con su perro, o venerar a los mosquitos, pues “hay que respetarlo”. Todo es respetable, claro, y en ese contexto, dos obras de misericordia espirituales, sobre todo, desaparecen de un plumazo: Corregir el error, y Enseñar al que no sabe.

- Hablar de corrección fraterna es un atrevimiento que se puede castigar con la enemistad más profunda, hasta en ciertos grupos de cristianos, que muy escrupulosos nos replican: “¿Y quién soy yo para corregir, como si tuviese la verdad absoluta? Cada uno tiene su modo, su camino…” Miran por la ventana -o por televisión- lo que sucede, pero sin “arriesgar” una corrección, adoptando algunos un optimismo inconsciente que no reconoce el error o el pecado, y otros una desesperanza estéril, que no edifica.

- En cuanto a la enseñanza, miremos cómo anda la educación católica y los principios que la sustentan. En el horror a todo tipo de magisterio, personal y social, los ejemplos de lo sucedido el año pasado en la Universidad Católica de Perú, y los dichos recientes del rector de la Universidad Católica Argentina de Córdoba contra la doctrina de la Iglesia, son pequeños botones de muestra de las consecuencias de ese pensamiento. Hay padres que son capaces de ir a confesarse por mirar la cuenta de correo de sus hijos preadolescentes, porque se han creído que no tienen derecho sobre ellos, pues “nadie enseña nada, y todos aprendemos de todos”. En este sistema en que todos los “saberes” son valorados por igual, y en que da lo mismo ser eximio jugador de fútbol que científico, la enseñanza de la fe y moral conforme a un patrón objetivo, resulta para muchos un acto de atropello “autoritario” intolerable. Ni hablar de las misiones, de la labor evangelizadora y todo tipo de apostolado docente. Todas estas “pretensiones” caen bajo el mismo juicio lapidario popular: “¡Qué soberbia!” Y gente con esa confusión mental, hoy “educa” en nuestros colegios y universidades.

Y al desprevenido lo anula, simplemente, rompiendo perversamente una cadena de acciones llamadas a colaborar con la gracia divina para bien del prójimo. Y con la excusa de que “llevamos un tesoro en vasijas de barro”, logra que se esconda el Tesoro con vergüenza, casi pidiendo perdón en vez de dar las gracias sobre los tejados, porque se ha mirado más fijamente el barro que el Tesoro…

Y si la fe viene por el oído…tapar la boca de los católicos con excusas sensibleras, no es sino hacerle el juego al Príncipe de este mundo. Santa Catalina de Siena, en cambio, exhortaba: “Basta de silencios, ¡Gritad con cien mil lenguas, que por haber callado, el mundo está podrido!”.

La “Serpiente antigua”, astuta como es, seduce a los que quieren ser buenos, no con la sugerencia de vicios, sino de falsas virtudes:

-una prudencia que es meramente “cuidar la propia vida” -para perderla-;

-una humildad que no es sino pusilanimidad;

-un supuesto “coraje” que no es sino rebelión, y así muchas otras.

Tras el debilitamiento de esas obras (enseñar, corregir) que apuntan directamente a iluminar el corazón del prójimo, haciéndonos co-responsables de nuestra mutua conversión, también hay un modelo: Caín, que sigue diciendo “¿Qué tengo que ver Yo, con mi hermano?”.

Porque la tibieza, en el fondo, siempre es homicida. Y por supuesto, no es ni sabe hacer feliz.

Porque no hay gozo mayor que haber sido asociados a Cristo para seguir llamando a otros a “subir a la Barca”, rumbo al Sol, segura pese a todas las tormentas.

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