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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Cómo el Estado del bienestar socava el matrimonio, por Jorge Soley Climent

Reproducimos el artículo de Jorge Soley publicado originalmente en su blog en Forum Libertas.

El estudio que acaba de publicar Robert Rector sobre cómo el estado del bienestar socava el matrimonio me ha hecho pensar. La tesis es provocativa, pero leído con atención resulta muy sugerente.

Rector empieza su análisis con todas las evidencias que indican que los beneficios de criarse en un familia con padre y madre son indiscutibles. En todo momento se basa en los datos de Estados Unidos, que creo que en gran medida se podrán extrapolar a nuestro entorno, aunque sería interesante confirmarlo con estudios en nuestro propio país. Si se analiza el comportamiento de los hijos criados en familias intactas con los criados en una familia en los que uno de los dos padres está ausente, se comprueba que los de esta última tienen el doble de probabilidad de ser arrestados por un crimen juvenil o también el doble de probabilidad de necesitar tratamiento por problemas de comportamiento. Los datos en este sentido, incluyendo también la probabilidad de abandonar los estudios, son abrumadores y bien conocidos. Se podría objetar que la causa de esos problemas no es la ruptura familiar, sino el nivel socioeconómico o la raza, pero lo curioso del asunto es que, tomando grupos con homogéneos respecto del nivel socioeconómico y la raza, este diferente comportamiento entre quienes crecen en una familia intacta y quienes lo hacen en un hogar con un solo padre se mantiene.

El segundo paso en su argumentación es llamar la atención sobre el boom de niños criados por un solo padre. Antes de mediados de los 60, casi todos los niños estadounidenses nacían dentro del matrimonio. Cuando la llamada Guerra contra la Pobreza empezó, en 1964, solo el 7% de los niños nacían fuera del matrimonio. En 2013, el porcentaje ha alcanzado un 41%. Y esto ha sucedido mientras no ha habido un incremento significativo en el número de matrimonios intactos con hijos en los Estados Unidos respecto a 1965. Por contra, el número de familias en las que hay un sólo padre (normalmente es la madre) ha pasado de 3,3 millones en 1965 a 13,2 millones en 2012. En 1965 el 36% de las familias receptoras de ayudas sociales estaban formadas por un solo padre, en la actualidad el porcentaje se ha disparado hasta el 68%. Es fácil de entender que las consecuencias sociales de este fenómeno son enormes.

Por último, Rector señala una preocupante tendencia: la estratificación social creciente en Estados Unidos que genera algo parecido a un sistema de castas en el que el matrimonio, el nivel educativo y la situación económica van unidos y definen la casta a la que uno pertenece.

Y así llegamos al núcleo de lo que Rector quiere decirnos: ¿es un accidente que el colapso del matrimonio en Estados Unidos se haya iniciado y se desarrolle en paralelo a la Guerra contra la Pobreza, esto es, a la extensión del Estado del bienestar, por el que decenas de programas destinan recursos al apoyo de hogares con niños? Robert Rector cree que no, al contrario, cree que existe una relación causal.

Partiendo de la base de que la inmensa mayoría de las ayudas se destinan a familias en las que hay un solo adulto, señala que el Estado del bienestar ha promovido el modelo de hogares de un solo progenitor, a menudo soltero, por dos motivos:

1. En primer lugar porque este tipo de programas ha hecho viable económicamente este modelo de vida, reduciendo la necesidad económica de contraer matrimonio. De este modo los programas asistenciales sustituyen al marido y los matrimonios entre personas de recursos bajos se reducen drásticamente.

2. En segundo lugar, los programas del Estado del bienestar penalizan a los padres de escasos recursos que desean contraer matrimonio. Los beneficios a los que se puede acoger un hogar se reducen rápidamente a medida que los ingresos familiares aumentan. Esto significa que si una madre soltera con pocos ingresos contrae matrimonio con un hombre con empleo, las ayudas que recibirá se reducirán fuertemente. El incentivo para no casarse es evidente.

No soy muy entusiasta de ciertas teorías que quieren explicar cualquier comportamiento humano en base a, únicamente, variables económicas. Estoy convencido de que nuestro comportamiento es más complejo y no susceptible de reduccionismo economicista. Pero tampoco se puede ignorar que hay incentivos muy claros en favor o en contra de determinados comportamientos y que la gente no siempre es irracional. Y aquí estamos ante un caso claro en el que se desincentiva el matrimonio a pesar de que sabemos que es una institución que tiene un efecto benéfico y muy contrastado sobre los hijos.

Robert Rector concluye sugiriendo correcciones técnicas, como las que aplicamos aquí en el impuesto de la renta al permitir optar entre declaración conjunta o separada, también para los criterios de concesión de ayudas sociales. Una idea sensata y realista que quizás podríamos investigar también aquí.

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