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sábado, 29 de noviembre de 2014

Hablemos de Eutanasia, por Mons. Libardo Ramírez Gómez

Reproducimos la columna de Mons. Libardo Ramírez, presidente del Tribunal Eclesiástico Nacional, publicada originalmente en el sitio web de la CEC.

Escrito por: Libardo Ramírez Gómez - Eutanasia (eu –thanatos), o "buena muerte" o "muerte digna", es algo que anhela todo ser racional. Pero, cual es la manera de lograrla, y si se tiene derecho de propiciarla directamente, es algo que da para larga discusión, en la que entran factores culturales, científicos y religiosos. Es tema sobre el cual sin actitud beligerante sino en un compartir sobre el sentido de la vida y de la muerte, está bien que hablemos, y pongamos sobre la mesa aspectos básicos que llevan a las diversas posiciones.

Con respeto a quienes de planta rechazan, convencidos, la existencia de un Dios creador, los creyentes ponemos de presente nuestras convicciones plenas en esa verdad que nos ubica en posición totalmente distinta de la de aquellos. Hay para nosotros, irrebatible verdad que cambia totalmente la apreciación de humanos creados por un divino Hacedor, como suprema obra de su creación, con dotes de infinitos valores como su inteligencia y voluntad, y con leyes qué atender, como las dadas a todos los seres creados. Es preciosa la expresión del gran Pontífice Juan Pablo II, cuando en su encíclica "El Evangelio de la Vida" habla de la sapiente obra de la creación ejecutada por Dios, quien, al final, y como culmen de ella crea los seres humanos. Con está su obra maestra, hecha el sexto día, ya puede pasar con satisfacción al descanso del séptimo día. Agrega el Papa: "había creado al hombre dotado de razón, capaz de imitarle, émulo de sus virtudes, anhelante de las gracias celestes" (n. 35 d).

Acogidas, así, las cosas, no como un sueño o ilusión sino como evidente verdad, se entiende el valor infinito que apreciamos en el ser humano, lo precioso de su vida, el don precioso de la libertad del que Dios lo ha dotado, pero, también, que debe atender leyes que ha grabado en su corazón, y que de diversas maneras le ha revelado. Todo en el universo, cuyo origen racionalmente comprendemos que no ha salido del caos, tiene para su conservación sus leyes cuya observancia evita hecatombes, y, en medio de ese maravilloso orden, los humanos no pueden arrogarse ser, como expresaba en momento de cordura el ateo Nietsche, "una disonancia hecha carne". Es, entonces, en ese contexto, en donde aparece el valor de la vida humana, y con su proyección segura para el creyente hacia su prolongación en unidad con Dios, por eternidad de eternidades, y engrandecida, para los creyentes en Cristo Hijo de Dios hecho hombre, al entrar El, por su encarnación, a ser parte de esta humana progenie.

No imponemos a nadie los creyentes esas para nosotros irrebatibles verdades, pero con serenidad y certeza las exponemos a toda la humanidad, con afirmaciones como la consignada en la Constitución "Alegría y Esperanza", del Vaticano II, que para cuidado de ese don dado a la creatura humana, de tanta dignidad, afirma: "Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservarla, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre". Agrega: "por tanto, la vida, desde su concepción, ha de ser salvaguardada con máximo cuidado. (n. 51 c). Estas convicciones milenarias, con expresiones bíblicas enérgicas ante quienes como Caín atentan contra la vida (Gen. 4,10), hacen que Juan Pablo II, en la citada Encíclica, presente, como un llamado en lo profundo de la conciencia de cada hombre, "respetar el carácter inviolable de la vida, suya y de los demás, como realidad que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios Creador y Padre" (n. 40).

Frente a los confortantes conceptos de los creyentes sobre la vida se han de colocar los relacionados con la muerte, ante la cual son tan contrastantes con los de no creyentes. Es el tema que después de haber destacado el valor de la vida humana, hemos de profundizar al reflexionar sobre "eutanasia" o final de la vida terrena con una buena y digna muerte.

Antes de hablar de "buena muerte", era preciso hablar de cuanto ésta vendría a cortar: "la vida". Se destaca, así, el significado de esas dos realidades, de por sí enfrentadas, pero ante las cuales el ideario del creyente es diametralmente opuesto al de quien no es iluminado por la fe. Los creyentes nos encontramos ante unos seres humanos creados "en estado de inocencia y de gracia", que disfrutan de ellas en la medida de su obediencia al Creador (Gen. 2,5-15). Pero, dio Dios, a ese ser y de vida tan preciada, unos preceptos bajo grave conminación de que si desobedeciere: "morirás sin remedio" (Gen. 3,3).

Ante esa opción de los humanos, de obedecer órdenes divinas, o, por soberbia y ambición, dejarse llevar de insano anhelo de "ser como dioses" (Gen. 3,5), reciben de El, por ello, la condena anunciada: la muerte. Entra así, frente a la "vida" la realidad "muerte" como salario del pecado" (Rom. 6,25). Pero, con sabiduría y bondad divinas, convierte Dios tal situación en camino de nueva vida humana, con el envío del propio Hijo que se haría miembro de la familia humana, quien lograría, con su misión redentora, victoria sobre el demonio y la muerte.

Entra, entonces, la muerte entre las realidades del existir humano, con trofeo inicial de victoria, pero, con la muerte y resurrección de Jesucristo, queda vencida. Esto hace exclamar Saulo de Tarso: "¿En donde está, oh muerte, tu victoria?" (I Cor. 15,55). Al saber, por solo raciocinio humano, que el alma humana es espiritual, y de allí que sea inmortal, y que nuestro vivir no termina en la muerte física, estamos seguros que hay un más allá en donde recibiremos el premio definitivo según la manera como hayamos manejado la vida terrena. Sobre esto dice S. Pablo: "Sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es Dios, y en El una morada eterna" (II Cor. 5,1).

En esa perspectiva, los creyentes, con seguridad y alegría, afrontamos la vida y la muerte, algo que alegres compartimos a todos los humanos. Por ello hablamos de la vida como algo "sagrado" recordado por Juan Pablo II en su mencionada encíclica. Por ello consideramos como opuesto a los planes divinos señalar el suicidio, en cualquier circunstancia, como "muerte digna" y como "derecho" opuesto a aquel querer del Dador de la vida. Por ello ante el dolor, por agudo que sea, apreciamos su dignificación al unirlo al dolor redentor de Jesucristo, e invitamos a convertirlo en merecimiento ante Dios en expiación de los propios pecados y de toda la humanidad. Somos conscientes de vivir, generosamente, cuanto decía a San Pablo, al unir nuestro dolor al de Crucificado: "Completo lo que falta a la pasión de Cristo es mi carne" (Col. 1, 24).

Creemos en la libertad que Dios ha dado a los humanos, pero dentro de los limites de sus leyes, con el precepto "no mataras" (Ex. 20,13), cuyo fiel cumplimiento es salvaguardia del linaje humano. Abrir paso al suicidio asistido, por más justificaciones que se le quieran dar, es tentadora incitación a jóvenes, y aún niños, a acudir a él cuando, con mente desorientada e inmadura, se acuda a él para evitar dolores, que, pensar insano, engrandece. En lugar del valiente enfrentamiento al dolor y a la vida, que ojalá sea protegida por las leyes, les abren las puertas, irresponsablemente, con esas justificaciones, a lamentable derrota.

+ Libardo Ramírez Gómez
Presidente del Tribunal Eclesiástico Nacional
Email: monlibardoramirez@hotmail.com

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