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lunes, 1 de diciembre de 2014

La amenaza del totalitarismo neomarxista, por Pedro Luis Llera Vázquez

Reproducimos este interesante artículo de Pedro Luis Llera Vázquez, publicado originalmente en Forum Libertas.

Marx afirmaba que toda la historia es una lucha de clases, de opresores contra oprimidos, en una batalla que sólo se resolverá cuando los oprimidos se alcen en revolución e impongan una dictadura de los oprimidos. Entonces, la sociedad será totalmente reconstruida y emergerá la sociedad sin clases, libre de conflictos, que asegurará la paz y prosperidad utópicas para todos.

Los marxistas clásicos creían que el sistema de clases desaparecería una vez que se eliminara la propiedad privada, se facilitara el divorcio, se forzara la entrada de la mujer al mercado laboral, se colocara a los niños en institutos de cuidado diario y se eliminara la religión. Sin embargo, tras el desmoronamiento del socialismo real, para la nueva izquierda “progresista” los comunistas fracasaron por concentrarse en soluciones económicas sin atacar directamente a la familia, que es el verdadero origen de la lucha de clases.

De ahí que la nueva revolución que estamos viviendo en España actualmente se base precisamente en el ataque frontal a la institución familiar: legalización del matrimonio homosexual, fomento de la promiscuidad, aborto libre, banalización de la sexualidad, desvaloración del amor o de la fidelidad, etc.

Fue Engels quien tendió puentes entre el marxismo y el feminismo. En su libro El origen de la familia, la propiedad y el estado señala: “El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre hombre y mujer unidos en matrimonio monógamo; y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino”. He ahí el origen del llamado feminismo de género, uno de los ingredientes fundamentales de la ideología neomarxista.

El feminismo de género considera que los roles del hombre y la mujer no son resultado de la naturaleza, sino de la historia y la cultura. Es la sociedad la que inventó los papeles de hombre y mujer. Según este feminismo radical, para conseguir la igualdad definitiva entre hombre y mujer sería necesario:

a) Cambiar los roles masculinos y femeninos existentes: hay que deconstruir (destruir) los roles del hombre y la mujer. En realidad el ser humano nace sexualmente neutral. Más tarde, es socializado en hombre o en mujer. Esta socialización afecta de manera negativa a la mujer. Por ello las feministas proponen depurar la educación y los medios de comunicación de todo estereotipo de género.

b) Cambiar el lenguaje: por ejemplo, todas las palabras que incluyen lo femenino dentro de lo masculino. Así en vez de “los alumnos de esa clase” se dirá “los alumnos y alumnas de esa clase”. O se cambiarán términos como “Asociación de Padres” por “Asociación de Padres y Madres”.

También están promoviendo el uso de la grafía “@” para incluir a los dos géneros de una palabra a la vez. Su pasión revolucionaria les lleva a pretender modificar nuestro idioma. Y en ciertos ámbitos, supuestamente “ilustrados” (políticos, psicólogos, periodistas, profesores…), esta ideología está calando de manera tan llamativa como lamentablemente reveladora del nivel de servilismo y mediocridad de buena parte de la intelectualidad contemporánea.

c) Fomentar diferentes formas de contacto sexual como parte de la igualdad: se reclama el reconocimiento del derecho hedonista al placer sexual, libremente deseado, sin vinculación necesaria a la afectividad (al amor); sin que se limite al matrimonio, a la heterosexualidad o a la procreación.

Ya no existen dos sexos. Existen cinco géneros: heterosexual masculino, heterosexual femenino, gay, lesbiana y bisexual; sin olvidar la transexualidad (incoherencia entre sexuación de cuerpo e identidad de género, que les lleva a someterse a intervenciones quirúrgicas de cambio de sexo), el transgenismo (los que desean cambiar su identidad de género, pero sin transformar su cuerpo), o el travestismo (placer erótico que surge de vestirse con ropa del otro sexo).

En este sentido, las feministas de género incluyen como parte esencial de su agenda la promoción de la “libre elección” en asuntos reproductivos y de “estilo de vida”. “Libre elección de reproducción” es la expresión clave para referirse al aborto libre; mientras que “estilo de vida” apunta a promover la homosexualidad y toda forma de sexualidad “alternativa”.

Curiosamente, la nueva izquierda neomarxista se pone también al servicio de la difusión y propaganda de las ideas del lobby gay. Digo “curiosamente” porque los países marxistas (Cuba, antigua Unión Soviética, etc.) nunca se han caracterizado por su permisividad ante el fenómeno homosexual: más bien todo lo contrario. El homosexualismo político pretende “normalizar” comportamientos ciertamente rechazables moralmente.

Su objetivo es cambiar la sociedad, nuestra cultura y nuestra civilización a través de cambios legislativos que redefinan las evidencias antropológicas. Por ejemplo, pretenden perseguir penalmente a quienes afirmamos que los actos homosexuales constituyen una grave depravación. Así, todos los que no compartimos sus opiniones somos acusados de homofobia.

Los neomarxistas ponen especial énfasis en la deconstrucción (o destrucción) de la religión. Los “progresistas” se esfuerzan especialmente en criticar a los “fundamentalistas” (en España, especialmente, a los católicos). La nueva progresía persigue construir una sociedad nueva con unos valores nuevos que sólo triunfarán plenamente tras la destrucción de la religión católica y de la familia tradicional. De ahí que hayan surgido los llamados movimientos de defensa de la escuela pública y laica (que agrupan asociaciones, sindicatos y partidos de la cuerda revolucionaria) con sus constantes ataques a la Iglesia y a la escuela católica, a quienes consideran como sus mayores adversarios ideológicos.

El pensamiento único de lo “políticamente correcto” precisa una escuela adoctrinadora y fuertemente dirigida ideológicamente por cuantos comulgan con la fe revolucionaria; necesita una escuela estatalista al servicio del poder como vehículo para alcanzar el control social anunciado ya por George Orwel en su antiutopía 1984. El Gran Hermano necesita de la escuela y de los medios de comunicación de masas para que su mensaje llegue. Y ese mensaje calará a base de la repetición machacona de eslóganes simplones y demagógicos que corean una y otra vez desde la prensa, la radio, las series de televisión, los informativos, el cine, etc.

La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía que plantea la LOE se inscribe dentro de esta política de adoctrinamiento ideológico, de agitación y propaganda (el agitpro de toda la vida), al servicio de la nueva revolución del arco iris que agrupa a socialistas, comunistas, ciertos nacionalistas, ecologistas, neoanarquistas antiglobalizadores, feministas radicales, el lobby gay y ciertos “oenegeros majo-solidarios”. Incluso algunas organizaciones y personas que se autocalifican como cristianas acaban sucumbiendo ingenuamente ante el poder fascinador y falsamente alternativo de estos neomarxistas, que simplemente terminan por despreciarlos y utilizarlos para arremeter contra la misma Iglesia con la que dichos cristianos dicen comulgar.

Lo peor del caso es que esta progresía se cree en posesión de la verdad: ellos son los verdaderos demócratas y todos los que pensamos de manera diferente somos carcundia reaccionaria y casposa. Los que nos apartamos del pensamiento políticamente correcto somos ciudadanos de segunda a los que hay que reeducar o reducir al ostracismo. Por eso algunos prebostes en el poder dicen que el Partido Popular es un partido “antisistema”, de extrema derecha.

Por eso se empeñan en señalar que el PP está solo (aunque cuente con el respaldo electoral de, al menos, la mitad de los españoles). De ahí el constante acoso a los católicos y a todos cuantos se oponen a esta nueva revolución y a esta nueva dictadura a la que nos quieren someter y que nos conduce en España inevitablemente a un cambio de régimen, aprovechándose de la alienación, la indiferencia y la apatía de la mayor parte de la ciudadanía.

Ante esta amenaza totalitaria, reivindico mi derecho a la disidencia, a definirme como católico y a defender los valores cristianos que desde hace más de dos mil años han configurado la cultura y la historia de España y de Europa.

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