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lunes, 19 de enero de 2015

De insultos, golpes y mejillas, por P. Fernando Morales, LC

Reproducimos el siguiente artículo del P. Fernando Morales L.C., que nos ha enviado vía correo electrónico.

P. Fernando Morales Lugo, L.C.En medio del debate suscitado por el atentado de París contra Charlie Hebdo, el Papa Francisco volvió a causar revuelo con su respuesta a los periodistas acerca de la libertad de expresión. Dijo que si alguien insulta a su madre “se puede esperar un golpe”.

Esto lo dijo después de haber afirmado con claridad su desacuerdo con todo asesinato en nombre de Dios, de manera que no deja lugar a equívocos. Está en desacuerdo con la violencia terrorista.

Lo valioso de este ejemplo, a mi entender, es la comparación. Insultar tocando las fibras más sensibles del corazón es demasiado agresivo. Es violencia. Insultar a mi madre es peor que insultarme a mí. Y quien hubiera soportado con paciencia cualquier ultraje a su persona, difícilmente toleraría un insulto a quien él más ama.

Algunos han preguntado si con esto el Papa va en contra del poner la otra mejilla, predicado por Cristo. En realidad aquí no se trata de la propia mejilla, sino de la mejilla de quien más amo, y así las cosas cambian un poco. El corazón humano, cuando tiene buenos sentimientos, siente que tolerar esto sería un acto de desamor; siente necesidad de demostrar su amor con una reacción, y siente que mientras más fuerte sea su reacción más grande será el amor demostrado. «El celo de tu casa me devora, caen sobre mí los insultos de los que te ofenden» (Salmo 69,9).

Sólo el hecho de tener un Dios que quiso morir en una cruz puede frenar nuestra reacción. En el Huerto de los Olivos, al ver en peligro a su Maestro, uno de los apóstoles le preguntó a Jesús: «¿Señor, herimos a espada?» A lo que Él respondió: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere» (Mt 26,52).

La lógica del cristianismo es distinta a cualquier otra, y no sé qué tanto podemos esperar que todas las religiones sigan nuestra lógica.

Lo que está claro es que nuestro “no” a la violencia es muy distinto al del laicismo reinante. Éste toma las burlas ácidas de lo sagrado como algo totalmente inocuo e intrascendente, e incluso como un derecho. Sin embargo sería propio de un mal hijo no sentir nada ante la humillación hacia su madre. Ciertamente en muchos casos lo mejor será ignorar los insultos, pero no sin dolor. No sin pedir justicia al cielo.

Pretender que no pasa nada no es la solución. No siente nada quien no cree nada. Para el mundo laicista, en el fondo, no pasa nada porque piensa que Dios simplemente no es nada. Aquí está la gran diferencia entre el mundo y los cristianos. Sólo coincidimos en que no se debe matar. En lo demás tenemos un pensamiento abismalmente diverso.

«No toméis la justicia por cuenta vuestra, queridos míos, dejad lugar a la Cólera de Dios, pues dice la Escritura: Mía es la venganza: yo daré el pago merecido, dice el Señor. Antes al contrario: si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal con el bien.» (Romanos 12,19-21)

El único desafío que debe lanzarse a las religiones es el desafío de la razón. Un desafío que no todas podrán superar, como bien enseñó Benedicto XVI en Ratisbona. Pero los insultos gratuitos son violencia y engendran más violencia. Y nadie espere que las religiones no cristianas tengan una reacción agnóstica ni mucho menos una reacción cristiana.

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