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sábado, 24 de septiembre de 2016

Editorial: La falacia del perdón

Frecuentemente se escucha entre los ambientes católicos y cristianos la afirmación de que la Fe Cristiana nos obliga en cierto modo a aceptar el acuerdo de paz, y votar SI en el plebiscito, basándose en el mandato evangélico de perdonar hasta setenta veces siete (Mt 18, 22) y en la oración del Padre Nuestro cuando dice “Y perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6, 12). Este argumento es esencialmente falaz, en tanto que el perdón no excluye la aplicación del castigo, e ignora aspectos del acuerdo de La Habana que van mucho más allá del perdón a los crímenes de las FARC, sembrando injusticias aún mayores.

En primer lugar, la Iglesia nos enseña que la Justicia y el perdón no pueden excluirse mutuamente, sino que pertenecen a la misma virtud de la caridad por la cual se persigue el bien de los hombres. “en los condenados aparece la misericordia no porque les quite totalmente el castigo, sino porque se lo alivia, ya que no los castiga como merecen. Y en la justificación del pecador aparece la justicia, pues quita la culpa por amor, el mismo amor que infunde misericordiosamente. Se dice de la Magdalena en Lc 7,47: Mucho se le perdonó porque mucho amó.” (Santo Tomás de Aquino, Summa Teológica I, q. 21, art. 4) El mismo principio de la justicia divina, puede aplicarse en el caso de la justicia y el perdón humano: El Estado que administra justamente las penas, puede lícitamente reducir el castigo de aquel que reconoce haber actuado mal y muestra sincero arrepentimiento y mantenerlo en el criminal obstinado, como quien aplica la medicina, para mover al criminal a reconocer sus males a la vez que se protege a la sociedad de sus actos.

En segundo lugar, es mínimo el lugar que el "perdón" ocupa dentro de los Acuerdos entre el gobierno y las FARC. El pacto va mucho más allá de la terminación del conflicto armado, la confesión de los crímenes y la reparación de las víctimas (por el Estado, no por los victimarios). El acuerdo implica reformas sustanciales al ordenamiento jurídico y político colombiano, concede poderes especiales y libres de control a comisiones gobierno-FARC que serán los nuevos organismos encargados de dirigir el Estado. Se trata de una agenda política que, por un lado, jamás habría sido aceptada por el pueblo colombiano si no es bajo la amenaza de la guerra, y que, por el otro, abre las puertas a las FARC a implantar el programa político que a lo largo de 60 años quisieron imponer en el país a punta de violencia.

Imagínese una familia en la cual el esposo es alcohólico, infiel y maltratador, razón por la cual la mujer decidió echarlo fuera de la casa e imponerle una restricción judicial. Ahora, este hombre vuelve frente a su mujer con rostro de arrepentimiento y la invita a un acto de "reconciliación". ¿Viene a pedirle perdón a su esposa? No es tan sencillo: Él está dispuesto a reconocer que actuó mal y pedir perdón, pero reclama que su mujer también debe pedirle perdón pues "todos somos responsables del conflicto" y tal vez ella no era una esposa tan complaciente como él necesitaba, y ante las escenas de celos que le hacía públicamente cuando lo encontraba en flagrancia con otras mujeres, era justificado que él respondiera con violencia. Más aún, él afirma que el perdón comienza con aceptarlo tal y como es, así es que no debería escandalizarse de que volviese al alcohol o las mujeres. Como la mujer no se muestra convencida del arrepentimiento que muestra su marido, el sacerdote local interviene junto con un importante grupo de parroquianos y le recuerdan a la mujer que el perdón es un mandato cristiano, y que debemos perdonar hasta setenta veces siete, e incluso poner la otra mejilla ante las ofensas del prójimo.

Parece una fábula absurda, pero refleja fielmente la incoherencia de quienes, invocando la Fe Católica, acusan a quienes se oponen a la implantación de una agenda política abiertamente anticristiana de "guerreristas", y de "no ser capaces de perdonar". No cabe la menor duda de que cualquiera de nuestros obispos que se encontrara en el confesionario con un feligrés que admite sus pecados, pero los considera justificados, y además se propone la comisión de otros pecados nuevos, sin dudarlo le negaría la absolución y le reclamaría verdadero arrepentimiento, contrición y propósito de enmienda. ¿Por qué se nos pretende imponer a los católicos colombianos unos criterios distintos y contradictorios cuando se trata, no de un alma individual sino del alma de toda la nación?

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