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martes, 1 de noviembre de 2016

La democracia de los muertos, por Juan Manuel de Prada

Reproducimos el siguiente artículo del escritor español Juan Manuel de Prada, publicado originalmente en su columna en XLSemanal.

Resultado de imagen para Juan Manuel de prada votocatolicoUno de los rasgos más característicos (y deplorables) de nuestra época es el adanismo, la convicción ridículamente fatua de que el mundo acaba de fundarse o, todavía peor, de que a nosotros nos corresponde fundarlo ex novo. Este adanismo, inscrito en los genes de las ideologías en boga, nos depara políticos mesiánicos que hacen tabla rasa con todo lo que heredan; y también nos brinda artistas botarates que abominan de toda tradición y desdeñan toda influencia (y así disimulan su falta de formación y de talento). Y lo mismo que ocurre en el arte o en la política ocurre en otras muchas facetas de la vida. Inevitablemente, el prestigio de estos charlatanes ha acabado por contaminar a las masas, que no son sino el paisaje retórico del adanismo contemporáneo (o sea, tontos útiles); pero que, insensatamente, se creen Dueñas del Futuro y capaces de borrar de un plumazo siglos de Historia. Frente a este adanismo contemporáneo se alza lo que Chesterton llamaba la «democracia de los muertos», que postula que nuestros anhelos y pretensiones han de realizarse en conformidad con quienes nos precedieron, o siquiera en coloquio con ellos, para impedir que el mundo sea entregado (utilizamos la expresión de Chesterton) a esa «reducida y arrogante oligarquía que, por casualidad, pisa hoy la tierra»; es decir, a nuestra propia generación.

Frente a la democracia adanista que, para halagar a las masas cretinizadas, postula que cada generación puede desbaratar el esfuerzo colectivo de cien generaciones pasadas, la «democracia de los muertos», al tomar en consideración el parecer de nuestros antepasados, se convierte en la única forma de cordura. Desde el adanismo contemporáneo, por ejemplo, se puede defender que Cataluña o el País Vasco se separen del resto de España (y quienes pretenden evitarlo recurriendo a tal o cual precepto legal son también adanistas rousseaunianos, sin saberlo). Sólo el auténtico demócrata, que es quien escucha el parecer de sus antepasados, llega fácilmente a la conclusión de que la generación presente no tiene derecho a derribar de un capirotazo lo que las generaciones que nos precedieron erigieron con infinito esfuerzo: porque en el esfuerzo de las generaciones que nos precedieron hay mucho amor, mucho sacrificio, muchas lágrimas vertidas, mucha sangre derramada, mucha esperanza maltrecha y finalmente superviviente. Yo, por ejemplo, que soy vasco de nacimiento, considero que la independencia del País Vaco es una burla a la abnegación de mi abuelo, que tuvo que emigrar a esta bella tierra y trabajar en condiciones muy ásperas, casi infrahumanas; y al sacrificio de mi padre, que siendo un hombre muy dotado intelectualmente tuvo sin embargo que abandonar los estudios a muy temprana edad y ponerse a trabajar en una fábrica, para completar el jornal familiar. Y, como mis padres y mis abuelos, hubo otros muchos españoles de otras regiones que fundieron su sangre con los vascos, que compartieron sus dolores y anhelos, que labraron sus tierras y fundieron sus metales. Y todos esos padecimientos y alborozos, todos esos desvelos y sueños compartidos, valen algo, desde luego mucho más que el capricho de una generación adanista que se cree legitimada a utilizar como felpudo a todas las generaciones precedentes.

Quien no respeta ni considera la voluntad de los muertos, quien no atiende sus razones ni contempla con amor sus obras (porque no pueden alzar su voz, porque no pueden defenderse) tarde o temprano acaba ignorando también a sus contemporáneos, a poco que goce de los medios que le permitan imponerse. Toda democracia que ignora a los muertos está consagrando el derecho del más fuerte, está ignorando cínicamente el sufrimiento sin palabras de quienes lucharon durante siglos por construir lo que ahora nosotros pretendemos derruir petulantemente de un plumazo. No puede haber solidaridad verdadera entre los hombres sin esta aceptación de la democracia de los muertos, como no puede haber redención universal del género humano sin descensus ad inferos. Si Cristo no hubiese bajado al reino de la muerte para redimir también a quienes allí moraban, su salvación habría sido de pacotilla, porque las injusticias sufridas por esos muertos habrían quedado sin reparación. Que es lo que pretende el adanismo contemporáneo cuando acalla la voz de los muertos, cuando anula la voluntad de los muertos, cuando niega el consuelo a los muertos que con sus lágrimas y su sangre construyeron lo que nuestra generación quiere arrasar por pura soberbia, por un demente totalitarismo del instante actual. La única democracia digna es la que respeta el voto de los muertos.

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