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jueves, 15 de diciembre de 2016

¿Quién pagará el buey del vecino?, por el Dr. Mario Caponnetto

Reproducimos el artículo del Dr. Mario Caponnetto, publicado originalmente en su blog en el portal católico Adelante la Fe.

DSC05036Ha pasado casi un mes desde que cuatro Cardenales (Walter Brandmüller, Raymond L. Burke, Carlo Caffarra,y Joachim Meisner) dieron a publicidad una carta dirigida al Papa en el mes de septiembre en la que formulan cinco preguntas o dudas (dubia) respecto del capítulo 8 de la Exhortación Apostólica Amoris laetitia. El hecho es, en sí mismo, extraordinario o, al menos, poco usual en la vida de la Iglesia. Hasta donde llega nuestra memoria, no recordamos nada parecido. Por eso resulta un síntoma harto elocuente de la profunda crisis en la que se halla sumergida la Iglesia desde hace más de cincuenta años pero ahora sustancialmente agravada desde el inicio del presente Pontificado.

Una atenta lectura de las cinco preguntas o dudas hechas públicas nos permite deducir, sin mayor esfuerzo, dos cosas. La primera que, en realidad, las “preguntas” pertenecen a lo que se denomina interrogación retórica, esto es, un recurso retórico por el que se busca que el interlocutor se vea obligado a reconocer la posición del que pregunta quien, de antemano, ya conoce la respuesta. La segunda, es que, en verdad, todas ellas se resumen en una sola: ¿después de Amoris laetitiae, sigue vigente la moral católica?

Veamos los problemas planteados por los purpurados. La primera de las preguntas apunta al tema más inmediatamente controvertido, esto es, si es lícito, en ciertos casos, admitir a la Sagrada Eucaristía a personas que viven more uxorio con otra pese a estar unidas por el vínculo previo de un matrimonio sacramental sin haberse cumplido las condiciones previstas en Familiaris consortio (84), Reconciliatio et paenitentia (34) y Sacramentum caritatis (29). En la nota explicativa que acompaña a la carta los autores recuerdan la doctrina de la Iglesia sobre este punto y las conclusiones a las que se pudiera arribar si esa doctrina fuese alterada, como parece serlo, en Amoris laetitia; y concluyen que si se diesen esas conclusiones “los sacramentos se separan de la vida: los ritos cristianos y el culto están en una esfera diferente respecto a la vida moral cristiana”. Es fácil advertir que en esta primera pregunta se resume toda la teología sacramental.

Si a continuación se examinan las cuatro preguntas restantes, se verá que lo que está en juego es nada menos que el fundamento mismo de la moralidad: la validez universal de la norma moral objetiva (pregunta 2); la especificación moral primera y objetiva de las acciones humanas (pregunta 3); el papel y el valor exacto de la especificación segunda, subjetiva y accidental que viene dada por la intención del agente moral y las circunstancias de su acto (pregunta 4); finalmente, el juicio de la conciencia moral como fuente segunda y subordinada de la moralidad (pregunta cinco).

Por eso, repetimos, si se toman en su conjunto las cinco preguntas se ve claramente que todas ellas se resumen en una única cuestión: ¿después de Amoris laetitia, fundamentalmente su capítulo octavo, sigue vigente la teología moral católica y aún la misma ética natural tal como la Tradición y el Magisterio de la Iglesia la enseñaron y entendieron siempre? ¿O, antes bien, debemos concluir que este documento es una ruptura respecto de la recta doctrina moral católica? Este es el gran nudo que habrá que desatar en algún momento.

Pero, ¿a quién le toca desatar el nudo? Al Papa, sin duda; y por dos razones: en razón del mismo oficio petrino y en cuanto que es el autor del texto que generó las dudas. El que engendra dudas tiene obligación de resolverlas y con mucha más razón si es el Papa. Sin embargo, el Papa calla mientras algunos de sus más “leales” han salido a vituperar públicamente a los cuatro dubitantes a quienes ya se los conoce como “los cardenales rebeldes”. Pero, ¿dudar es acaso rebeldía? Tal parece en la nueva lógica inaugurada por este Pontificado.

Por eso todo este intríngulis nos ha traído a la memoria un texto de Santo Tomás que parece escrito para la ocasión. Se trata de uno de sus sermones universitarios, conocido como Attendite a falsis. Tal título está tomado del prothema del sermón que contiene la cita del Evangelio de San Mateo, capítulo 7, 15, 16: Attendite a falsis prophetis, qui veniunt ad vos in vestimentis ovium: intrinsecus autem sunt lupi rapaces. A fructibus eorum cognoscetis eos (Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros vestidos de ovejas pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis). El Aquinate va advirtiendo a sus oyentes, a lo largo de todo el sermón, sobre los falsos profetas. Con genio guerrero dice: “Pertenece al oficio de un buen general que sus soldados estén prevenidos contra las insidias del enemigo; y a la verdad que tenemos un enemigo doloso e insidioso”[1]. Así, concluye Tomás, obra el Señor con nosotros que en las palabras evangélicas que encabezan el sermón nos ha dejado una clara advertencia acerca de qué género de enemigo debemos precavernos: los falsos profetas.

El Santo Doctor continúa instruyendo a sus fieles. ¿Cómo se reconoce a los falsos profetas? ¿Cómo sabemos cuándo estamos delante de una falsa profecía? He aquí su respuesta: “De cuatro modos acontece ser falsa una profecía. Primero, por la falsedad de la doctrina. Segundo, por la falsedad de la inspiración. Tercero, por la falsedad de la intención. Cuarto, por la falsedad de la vida”[2]. Sigue la explicación pormenorizada de cada uno de estos cuatro modos; pero a los efectos de lo que ahora nos concierne nos ha parecido oportuno detenernos sobre el segundo modo: una profecía es falsa cuando su inspiración es falsa. En este punto el Aquinate dice claramente: los verdaderos profetas se inspiran en Dios y en el Espíritu Santo; pero los falsos profetas se inspiran en el demonio o en su propio falso espíritu; y en cuanto a estos últimos, es decir, los que se inspiran en sí mismos, en su propio espíritu de falsedad, Tomás es particularmente explícito en el juicio: “Otros se inspiran en su propio falso espíritu. Por eso se dice en Ezequiel, 13, 3: Ay de los profetas ignaros que siguen su espíritu y nada ven; y en Jeremías 23, 16: Hablan de la visión de su corazón; no hablan por la boca del Señor los que siguen la razón humana, hablan por su propio espíritu. Tales son estos los que hablan según las razones platónicas que no pueden alcanzar la virtud; o, por ejemplo, como los que dicen que el mundo es eterno. Algunos hay que se empeñan en el estudio de la filosofía y dicen cosas que no son verdaderas conforme con la fe; y cuando se les dice que esto que ellos afirman repugna a la fe responden que es el Filósofo quien lo sostiene pero no ellos mismos que tan sólo se limitan a repetir las palabras del Filósofo.[3]

No es difícil advertir en estas palabras los ecos de las disputas universitarias del Angélico; en efecto, resulta muy clara la alusión a los agustinianos platónicos y a los llamados averroístas latinos, unos y otros enemigos del Santo Doctor en la Universidad de París. Es sobre todo a estos últimos, que proclamaban el principio de la doble verdad sembrando con ello, principalmente entre los alumnos más jóvenes (los pequeños), numerosas dudas respecto de las verdades de la fe, a quienes Tomás dirige las palabras más duras: “Un hombre así es un falso profeta, un falso maestro, porque lo mismo es generar una duda y no resolverla que consentirla o aceparla como verdadera. Y esto está significado en Éxodo, 21, 33, 34, donde se dice que si alguien cava un pozo y abre una cisterna y no la tapa, y viene un buey de su vecino y cae en la cisterna, el que abrió la cisterna debe proveer a su restitución. Abre una cisterna aquel que promueve una duda en las cosas concernientes a la fe. No tapa la cisterna el que no resuelve la duda aunque tenga una inteligencia sana y despejada y no se engañe. Sin embargo, otro que carece de una inteligencia despejada bien puede ser engañado o confundido, y entonces aquel que promovió la duda está obligado a restituir porque a causa de él alguien cayó en el pozo”[4].

La Exhortación Apostólica Amoris laetitia es una cisterna abierta en la fe de la Iglesia y sólo Dios sabe cuántos bueyes puedan caer en ella. ¿Quién debe cubrir la cisterna e impedir que mueran los bueyes? ¿Quién debe resolver las dudas? Pues el que cavó la cisterna, el que promovió las dudas. No otro que el Papa. Pero el Papa calla. De allí nuestra súplica para que hable. Porque si el Papa no habla, ¿quién pagará el buey del vecino?, ¿quién cuidará de la fe de los pequeños?


Mario Caponnetto

[1] Santo Tomás de Aquino, Attendite a falsis, 2.

[2] Ibídem.

[3] Santo Tomás de Aquino, De falsis, o. c., 2.

[4] Ibídem.

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