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lunes, 23 de enero de 2017

El Papa, Amoris Laetitia y Lutero: El principio de no contradicción en el Magisterio de la Iglesia

Captura de pantalla 2017-01-23 01.37.44Una noticia que jamás se creyó posible ver: El Papa Francisco y el Cardenal Kurt Koch, han admitido que Mons. Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X y excomulgado en 1982 por la ordenación de obispos sin permiso del Papa, tenía razón en sus denuncias contra el Concilio Vaticano II: El Concilio habría implicado la admisión del Luteranismo en la Iglesia.

¿Cómo ocurrió tal cosa? El Cardenal Koch, Presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, escribió un articulo en L’Osservatore Romano, el periódico oficial de la Santa Sede, titulado “Un Aniversario en comunión”. En el artículo afirma abiertamente (Traducción de Adelante la Fe):

Es más, en el movimiento ecuménico, la idea se desarrolló hasta revelar que la Reforma no aplica solo a los protestantes sino también a los católicos y que, consecuentemente, la conmemoración de la Reforma hoy solo puede ocurrir en una comunión ecuménica. Esto se presenta a ambas partes como una invitación al diálogo sobre lo que los católicos pueden aprender de la Reforma y lo que los protestantes pueden extraer de la Iglesia Católica para enriquecer su propia vida.

En este contexto más amplio, queda más claro que a Martín Lutero sí le importaba. Él no quería en absoluto romper con la Iglesia Católica y fundar una iglesia nueva, pero tenía en mente la renovación de toda la cristiandad en el espíritu del Evangelio. Lutero ejercía presión para una reforma sustancial de la Iglesia y no una Reforma que condujera a la desintegración de la unidad de la Iglesia. El hecho de que su idea de reforma no pudiera realizarse en aquel tiempo se debe en gran parte a factores políticos. Mientras que, originalmente, el movimiento de reforma fue un movimiento de renovación dentro de la Iglesia, el nacimiento de la Iglesia Protestante fue, sobre todo, el resultado de decisiones políticas…

(…) Debido a que el verdadero objetivo de la reforma de Lutero era la renovación de toda la Iglesia, la división de la Iglesia, el nacimiento de una iglesia protestante y el alejamiento de las comunidades eclesiales protestantes de la Iglesia Católica no debieran ser considerados resultados exitosos de la Reforma sino una expresión de su fracaso temporal o al menos un recurso de emergencia. De hecho, el éxito verdadero y correcto de la reforma solo se realizará al superar las divisiones entre los cristianos, que se heredaron del pasado, y con la restauración de la Iglesia, una y unida, renovada en el espíritu del Evangelio.

Al respecto, el Concilio Vaticano Segundo, que unió de manera irrevocable el compromiso ecuménico de restaurar la unidad cristiana y la renovación de la Iglesia Católica, realizó una contribución esencial que al respecto nos permite afirmar que en el Concilio Vaticano Segundo, Martín Lutero habría “encontrado su propio concilio.” El concilio habría acudido a él en el tiempo en que él vivía.

Podría pensarse que despúes de todo se trata sólo de un cardenal, que a la sazón escribe en el medio oficial del Vaticano. Pero como si no quedara duda de que lo escrito refleja fielmente la agenda “ecuménica” de la Santa Sede, el jueves 19 de enero, el Papa Francisco recibió a una delegación de Finlandia y aprovechó para felicitar al cardenal por su artículo en L’Osservatore Romano, reafirmando de paso la idea (errónea por cierto) de que “La intención de Lutero era renovar la Iglesia, no dividirla”.

Es imposible negar el Papado sin dividir a la Iglesia

La Reforma Luterana fue una herejía, no simplemente un cisma. Es decir, que la división que se dió en 1521 no fue el producto de una controversia jurídica sobre la autoridad del Santo Padre, sino de la negación pertinaz de verdades de Fe. Basta con consultar los escritos del propio Lutero para darse cuenta de que su “renovación” tenía muy poc que ver con la crítica de los excesos de los eclesiásticos y más con su visión deformada de la Fe.

"Nosotros vivimos mal, como viven los papistas. No luchamos contra los papistas a causa de la vida, sino de la doctrina. Personalmente no digo nada sobre su forma de vivir, sino sobre la doctrina. Mi quehacer, mi combate, se centra en saber si los contrincantes transmiten la verdadera doctrina”

“Por eso, aunque el papa fuese tan santo como san Pedro, lo tendríamos por impío y nos rebelaríamos contra él" (Weimarer Ausgabe Tischreden 6421, V, 654)

“Yo no impugné las inmoralidades y los abusos, sino la sustancia y la doctrina del Papado” escribía Lutero en una de sus cartas, dejando claro que su guerra no era contra las inmoralidades del clero, o abusos como la venta de indulgencias, sino la existencia misma del Papado y la autoridad magisterial de la Iglesia Católica como depositaria de la Revelación de Nuestro Señor Jesucristo. Es absurdo creer que puede negarse la institución del papado, cuya finalidad es justamente mantener la unidad de la Iglesia en torno a la misma Fe, sin querer necesariamente la división de la Iglesia Católica.

Cierto es que la Reforma Protestante fue alimentada por el interés político de los príncipes alemanes que querían librarse de la autoridad de la Iglesia y del Emperador. Pero esto sólo alimentó un proceso que ya venía explícito en las herejías de Lutero, pues el principio de Sola Scriptura lleva inevitablemente a la disolución de toda autoridad. Sin el apoyo de tales príncipes, Lutero no habría “renovado” la Iglesia Católica, sino que habría fracaso en su afán de división y probablemente hubiera terminado en la hoguera, igual que su admirado Juan Hus.

¿Puede la Iglesia derogar la condena a Lutero?

Las afirmaciones heréticas de Lutero fueron condenadas en 1520 a través de la bula Exsurge Domine del Papa León X. En el documento fueron señaladas 41 afirmaciones públicas del monje agustino y catalogadas como “heréticas, escandalosas, falsas, ofensivas a los oídos piadosos, o simplemente como seductoras y nocivas para los no instruidos”. Posteriormente las herejías de Sola Fide y Sola Scriptura fueron condenadas de forma infalible por el Concilio de Trento.

Por eso, es motivo de total perplejidad la afirmación del Cardenal Koch de que “en el Concilio Vaticano Segundo, Martín Lutero habría encontrado su propio concilio.” Esta afirmación implica sugerir que el Concilio Vaticano II abrazó la herejía que el Concilio de Trento condenó y rechazó la Doctrina que Trento confirmó de forma dogmática. No es posible que la Iglesia cambie hoy su juicio sobre el Lutero y el Luteranismo, sin estar entrando en contradicción directa con lo que ya fue definido previamente por la Iglesia como verdades de Fe.

Algo similar ocurre con la admisión de los adúlteros públicos a la Sagrada Comunión. El Papa Juan Pablo II ya dejó muy claro en la Familiaris Consortio que los divorciados que viven en unión civil con otras personas no pueden acercarse al sacramento de la comunión a menos que se decidan a vivir “como hermano y hermana, es decir, absteniéndose de los actos conyugales”. Esto se basado en la indisolubilidad del matrimonio sacramental (“lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”), y la necesidad de estar en estado de gracia para poder comulgar. Así, es imposible que el Papa Francisco en la Amoris Laetitia pretenda que los divorciados que viven more uxorio (como esposos) con otras personas puedan acercarse a recibir la Eucaristía, sin estar contradiciendo la enseñanza de la Iglesia, confirmada por Juan Pablo II, y admitiendo implícitamente que, o bien el matrimonio sí puede ser disuelto, o bien que se puede comulgar estando en pecado mortal.

El principio de no contradicción

Aunque esto parezca una obviedad, son varios obispos que al mismo tiempo que afirman que Amoris Laetitia permite la comunión de los adúlteros públicos, dicen que el Papa Francisco no contradice en nada al magisterio anterior. Por eso mismo, no es de extrañar que muy pronto otros obispos, empezando por el mismo Card. Koch, que en tiempos de Benedicto XVI decía sobre los 500 años de la Reforma Protestante que “no podemos celebrar un pecado”, salgan a decir que celebrar la Reforma Protestante y rehabilitar la figura de Lutero y sus herejías no contradice en nada los cánones del Concilio de Trento.

¿Se ha vuelto irracional la Iglesia? La respuesta parece ser afirmativa cuando se lee el trino del P. Antonio Spadaro SJ, director de La Civilità Cattolica y amigo cercano del Papa Francisco, diciendo que “La teología no es #Matemáticas. 2+2 pueden ser 5. Porque tiene que ver con #Dios y la #vida real de la #gente.” Obviamente que si en teología 2+2=5, también A puede ser igual a la negación de A. Todo es posible en el mundo irracional del relativismo, pero la Fe Católica ciertamente no es así. La Iglesia ha enseñado desde el principio que la Fe jamás contradice la razón, tampoco lo hará a los principios elementales de la lógica.

La razón de esta deriva irracionalista dentro de la Iglesia Católica puede, tal vez, encontrarse en una deformación producida por el concepto de “obediencia ciega” que se encontraría en el carisma de la Compañía de Jesús (Nótese que tanto el Papa Francisco como el P. Spadaro son jesuitas). Un famoso texto de San Ignacio dice:

Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina; creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y señor nuestro que dio los diez mandamientos es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia

San Ignacio pretende decirnos que hemos de confiar ciegamente en lo que enseña la Iglesia, pues en virtud del Espíritu Santo que ha recibido, no puede fallar en su Doctrina. Pero la analogía usada no podría ser más desafortunada, pues por la misma inerrancia la Iglesia jamás enseñará nada contra la razón (como que lo blanco es negro), y por eso es que podemos confiar ciegamente en Ella. Por el contrario, con ese ejemplo San Ignacio pareciera dar a entender que hemos de estar dispuestos a admitir lo que a nuestra mente parezca irracional y a nuesta conciencia resulte inmoral, si viene de parte de la Iglesia jerárquica, es decir, el clero.

Esta deformación en el concepto de obediencia parece muy difundida en la Iglesia actual. Así, no parece tan extraño que haya obispos diciendo que no hay contradicción entre dar la comunión a los adúlteros públicos y afirmar la indisolubilidad del matrimonio sacramental, que rehabilitar a Lutero y la Reforma Protestante no contradice la condena de éstos hecha por el Concilio de Trento. En fin, que aunque Gregorio XVI, Pío IX, León XIII afirmaban como parte de la Doctrina Social de la Iglesia que el Estado debe reconocer la Fe Católica como verdadera y celebrar culto público, el Papa Francisco afirma hoy que el Estado debe ser Laico y no está contradiciendo a sus predecesores. Y la mayoría de los fieles laicos asienten así a lo que los obispos dicen y creen que no hay contradicción alguna, simplemente por el hecho de que los obispos, o el Papa, así lo digan.

Pero la verdad es que ni siquiera el mismo San Ignacio defendía esta clase de “obediencia”. Cuando tuvo que definirla apropiadamente lo hizo de esta forma:

Pero quien pretende hacer entera y perfecta oblación de sí mismo, ultra de la voluntad es menester que ofrezca el entendimiento (que es otro grado y supremo de obediencia), no solamente teniendo un querer, pero teniendo un sentir mismo con su Superior, sujetando el propio juicio al suyo, en cuanto la devota voluntad puede inclinar el entendimiento.

Con lo cual queda claro que la obediencia ignaciana nunca puede anular el juicio de la razón y de la conciencia. La voluntad no puede inclinar el entendimiento a creer blanco lo que es negro, así como la obediencia a las autoridades eclesiales no puede llevar a creer algo que la mente juzga irracional, y menos a realizar algo que la conciencia juzga como inmoral.

Así pues, no puede pretenderse que por obediencia a las autoridades eclesiales haya que creer que “2+2=5” como decía el P. Spadaro, o que puede afirmarse que Lutero pretendía “la renovación de toda la cristiandad en el espíritu del Evangelio” cuando fue condenado por el Concilio de Trento por negar verdades de Fe contenidas en el Evangelio mismo. El principio de no contradicción es parte de la lógica elemental, y por la misma razón, no puede considerarse “continuidad” a una enseñanza que niega la precedente y ordena lo contrario de lo que antes se había determinado. Los católicos no pueden obedecer aquello que es irracional o inmmoral, y si lo que se afirma actualmente desde la jerarquía eclesiástica es contrario a lo que la Iglesia enseñaba anteriormente, no hay obediencia que valga para no resistir y denunciar la contradicción.

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