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miércoles, 1 de febrero de 2017

La muerte de la Ley en la Iglesia, por Dr. Joseph Shaw

Reproducimos el siguiente artículo del Dr. Joseph Shaw, director de la Latin Mass Society del Reino Unido, publicado originalmente en su blog LMS Chairman. La traducción es nuestra, y algunos de los links han sido cambiados por páginas que transmiten la misma información pero en Español.

Resultado de imagen para dr joseph shawEl  9 de Octubre de 1965, 450 participantes en el Concilio Vaticano Segundo presentaron intervenciones escritas para la discusión, pidiendo la condena del Comunismo. Bajo las reglas que regían el funcionamiento del Concilio, las intervenciones debían haber sido debatidas, pero no lo fueron. Al inicio la excusa fue que ellos no las habían presentado antes de la fecha límite. Luego, cuando esto se provó falso, el Arzobispo Garrone de Toulouse explicó, en nombre de la secretaría del Concilio, que las intervenciones “no fueron examinadas cuando debían haber sido porque involuntariamente no habían sido transmitidas a los miembros de la comisión”. Pero entonces ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto. Entonces, ahí quedó eso. (Tomo este resumen de los hechos del libro de Michael Davies, Pope John's Council pp150-1.)

Los eventos recientes alrededor de la Orden de Malta han despertado la cuestión sobre el papel de la Ley en la Iglesa, en tanto que, abiertamente, los únicos y peculiares derechos legales de la Orden, reconocidos como tales, han sido atropellados y pisoteados. El problema del respeto hacia la ley y el proceso legal viene de tiempo atrás, sin embargo, tal como la anécdota de 1965 ilustra. Los testimonios sobre el Concilio Vaticano Segundo están llenos de historias sobre trucos y trampas procesales; ésta tal vez fue la más desvergonzada. En los años 1980 y 1990 algún grado de estabilidad de logró en la vida de la Curia Vaticana tal vez, pero alrededor del mundo la Ley de la Iglesia simplemente murió en muchos aspectos. La ley litúrgica, las leyes sobre la formación de los seminaristas, las leyes sobre disciplina eclesiástica y los procedimientos para lidiar con los vacíos de tales leyes, sólo fueron invocadas, en muchas partes de la Iglesia, como una forma puramente oportunista de castigar a los sacerdotes, casi siempre los más conservadores, que habían irritado a sus obispos o superiores religiosos.

Cualquiera que durante este periodo señalase a los sacerdotes y obispos las muchas leyes de la Iglesia –tanto la Instrucción General del Misal Romano como el Código de Derecho Canónico– que violaban o ignoraban de forma rutinaria, se topaba con burla, en el mejor de los casos, e ira y venganza en el peor. Inevitablemente esta actitud hacia la ley condujo a asuntos de serios crímenes en el clero, e infectó la actitud del clero hacia la ley civil; ciertamente en esto se basó la respuesta de la Iglesia a muchos casos de abuso sexual por parte del clero.

La situación de ilegalidad ha sido tal que es realmente imposible por un sacerdote o laico conciente, cumplir la ley siquiera para ellos mismos. Sacerdotes que obedecieron las reglas litúrgicas establecidas en la Instrucción Redeptionis Sacramentum de 2004, y las aplicaron en sus parroquias, estarían, en la mayoría de las diócesis, en graves problemas. Tomen la norma que establece que la Santa Comunión no debe ser entregada en la mano si hay un “riesgo de profanación” (sección 92). ¿Hay algún sacerdote en el mundo desarrollado que se atreva a aplicar esta norma en la Forma Ordinaria del Rito Latino?

No quiero minimizar la gravedad de lo que está ocurriendo actualmente, sino apuntar a sus muy firmes raíces. Así como los Católicos Tradicionales tienen que resistir a la tentación de creer que todo antes del Vaticano II estaba bien, los Católicos Conservadores tienen que resistir a la tentación de creer que todo antes de Amoris Laetitia estaba menos que catastróficamente mal. Sólo de una situación catastróficamente mala podían haber surgido los espantosos problemas actuales. Sólo después de cincuenta años de irrespeto a la ley, y del uso oportunista, manipulador y opresor de la ley, podríamos encontrarnos ahora leyendo sobre la anexión de facto de una entidad soberana por parte de la Santa Sede, sobre sacerdotes hallados culpables de delitos sexuales quedando impunes si tienen amigos en cargos importantes, y sobre un sacerdote siendo suspendido a divinis, por un decreto formal del obispo, nada menos, por rehusarse a colaborar con el programa de la Amoris Laetitia, cualquiera que este programa sea.

Esto último es tal vez peor que todo lo que haya mos escuchado al respecto en los tiempos modernos: Según parede del propio decreto del obispo, el sacerdote está siendo suspendido, casi literalmente por su adherencia a los principios fundamentales de la Fe Católica. Pero no es que no haya absolutamente ningún precedente. ¿Recuerdan este caso? La mayoría de los eventos similares ocurren más calladamente.

No es secreto, por supuesto, que el liberalismo teológico no tiene mucho respeto por la ley. Los conservadores se encuentran en una desventaja, entonces, al permitirse ser limitado por la ley, para lidiar con los liberales que no lo hacen. los Liberales expresan el mismo tipo de justificación para romper las normas en nombre de lo que consideran un bien mayor, que los Fascistas y Comunistas en las revoluciones y conflicto del siglo XX. Sus acciones tienen el mismo efecto, creando una situación en que sólo la fuerza bruta logra sus objetivos, y donde las pandillas disciplinadas de matones están mejor posicionadas para utilizar tal fuerza bruta. Lo que los conservadores quieren es la libertad bajo la ley: una situación en que un marco estable y justo (aunque imperfecto) de normas evita el abuso sistemático de poder. Tal no es la situación actual de la Iglesia, y no lo ha sido por un largo tiempo.

En algún punto, la restante autoridad moral del respeto, procedimiento, precedente y atención a la norma desaparecerá para los conservadores así como hace rato desapareció para los liberales. Este es el momento de la contra-revolución: tal ves es el momento que el Presidente Trump representa en la política estadounidense. Es peligroso porque los contra-revolucionarios no siempre distinguen entre las leyes humanas, que ya no tendrán más autoridad, y las Leyes Natural y Divina que jamás podran perderla. Se trata de una fase de la historia para la que tal vez necesitamos prepararnos en la Iglesia.

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