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lunes, 10 de enero de 2022

Mons. Rob Mutsaerts: “Si lo que ayer se recomendaba ya no aplica hoy, nada es seguro”

Mons. Rob Mutsaerts, la solitaria voz de la ortodoxia en medio de heterodoxo episcopado holandés, ha publicado un artículo en su blog en el que critica las Responsa ad Dubia de la Congregación para el Culto Divino sobre la aplicación del Motu Proprio Traditionis Custodes. En su crítica, Mons. Mutsaerts va al punto de la cuestión, que no se limita al estatus canónico de la liturgia, sino que afecta directamente la naturaleza de la autoridad eclesiástica.

Locura, por Mons. Rob Mutsaerts

Puede ser una imagen de 1 persona y de pie

2021 fue un año de locura. Cuando la mayoría deja la normalidad, la anormalidad se convierte en la nueva normalidad. Por ejemplo, las feministas fueron fustigadas por ideólogos trans porque creen que debería haber espacio para los puntos de vista feministas. La autora de Harry Potter, JKRowling, es una de esas feministas cuyos libros fueron quemados en varias universidades. Imagínense, en las universidades, centros de libre pensamiento. La profesora Kathleen Stock, profesora de filosofía en la Universidad de Sussex, se vio obligada a dimitir. ¿Cuál fue su crimen? Se había atrevido a argumentar en su último libro que existen diferencias genéticas y biológicas demostrables entre los sexos. Y luego estaban las “mujeres trans” que competían en natación y carrera. Como hombres no eran nadie en el mundo del atletismo, ahora ganan brillantemente. Cuando cruzan la línea de meta, dicho sea de paso, hay un silencio notable en los estadios. Todos se dan cuenta de que algo no está bien, pero nadie se atreve a decir nada. Protestan siendo elocuentemente silenciosos. Y, por supuesto, las mujeres de verdad se duchan en casa. Ninguna se siente cómoda con un tipo así alrededor.

2021 también fue el año de la tonta cultura de cancelación. Incluso The New York Times, que se considera un diario serio, también está de acuerdo. La fecha de fundación de los Estados Unidos de América ya no es el 4 de julio de 1776 -fecha de la Declaración de la Independencia, Día de la Independencia- sino el año 1619 cuando llegaron a la costa de Virginia los primeros barcos que transportaban esclavos africanos. Mientras tanto, un peso pesado de la filosofía, Peter Boghossi, ha anunciado su retiro de la Universidad de Portland: “Ya no se enseña a los estudiantes a pensar, sólo se les presentan ideologías. La mayoría ya no se atreve a decir lo que piensa".

Pero siempre puede ser más loco. El Olney Theatre Center de Washington ofrecerá al público una versión despierta de La Bella y la Bestia. El papel principal de Bella es interpretado por una mujer lesbiana negra con mucho sobrepeso. Crees que vas a un producto inocente de Disney y luego terminas en un teatro de terror políticamente correcto.

Pero los mensajes de Roma tampoco me alegran. El Vaticano nos tenía reservado un curioso regalo de Navidad. Las respuestas de la Congregación para el Culto Divino a las preguntas sobre la interpretación práctica del motu proprio "Traditionis custodes" endurecen el frente entre el Vaticano y los tradicionalistas. Una impaciencia difícil de disimular po rtrazar finalmente  una línea sobre el asunto de la "Misa antigua" habla a través de todo el estilo del texto. El texto altamente agresivo no es solo una ruptura con la "reforma de la reforma" propuesta por el Papa Benedicto XVI, sino también un paso en falso pastoral. El “Papa de la Misericordia” muestra poca misericordia para aquellos que abrazan el Rito Romano Tradicional. Esta pérdida de confianza no sólo afecta a los tradicionalistas, sino que incrementa la incertidumbre de los fieles. Si lo que ayer fue recomendado ya no aplica hoy, nada es seguro.

Lo que esto significa por la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, por ejemplo, es poco claro. La curiosa consecuencia de la suspensión papal es que las comunidades asociadas a Roma que celebran la misa antigua ya no tendrán permitido administrar el sacramento de la confesión, pero los fieles pueden todavía recibirla validamente de la Sociedad de San Pío X. Lo mismo aplica para el sacramento del matrimonio. Y, ¿Por qué tendría uno que adherir explícitamente a los documentos del Vaticano II para poder celebrar la misa antigua en casos excepcionales? Seguramente aquellos que celebran el Novus Ordo –yo soy uno de ellos– no se les pide que acepten el Concilio de Trento. ¿O acaso todo lo anterior al Vaticano II ha sido destrozado? Si el Vaticano exige un examen para los celebrantes de la misa antigua, entonces en justicia debería también ser exigida para los celebrantes “por cuenta propia” de la nueva misa que andan todos celebrando a su propio gusto.

Por lo pronto, esto promete para el año entrante. Mi lema es: simplemente permaneced católicos. Vamos según la ley natural, según el orden de la creación, según el sentido común.

¡Feliz Año Nuevo!

+Rob Mutsaerts
Obispo Auxiliar de s-Hertogenbosch, Países Bajos.

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jueves, 30 de diciembre de 2021

La ley injusta no es ley, aplica también en la Iglesia

Un grupo de laicos sale en defensa de la Misa Tradicional

"¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: "Mi señor tarda", y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes." Mt. 24, 45-51.

En la lucha por la restauración del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo, uno de los aspectos en que más se percibe la guerra entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del hombre, entre la Civilización Cristiana y la Modernidad Liberal, es el Derecho. La Iglesia hizo suya la filosofía juridica de la antigua Roma, según la cual la Justicia es una realidad objetiva que emana del orden de la naturaleza; la ley, por lo tanto no es el derecho, sino una cierta medida del Derecho, una aproximación a esa justicia natural. Por el contrario, para la filosofía jurídica de la modernidad, la ley no es más que la expresión de la voluntad soberana, y la justicia es la aplicación de esa ley. El Derecho moderno es, simple y llanamente, uno de los instrumentos a través de los cuales se ejerce el poder soberano del Estado.

Así pues, mientras que para el derecho moderno, el homicidio de los inocentes, la corrupción de los niños, la defraudación del salario de los trabajadores, el robo de las propiedades, pueden ser legales cuando obtienen la sanción de los legisladores (sin importar si son congresistas o magistrados), la Iglesia no ha parado de insistir una y otra vez, que la ley recibe su autoridad de su conformidad con el Derecho Natural, y por tanto, “La ley tiránica, por lo mismo que no se conforma a la razón, no es propiamente ley, sino más bien una perversión de la ley.” (Santo Tomás, Suma Teológica. I-II, q. 92, art. 1.)

Así pues, por ejemplo, una ley o sentencia que pretenda legalizar el aborto es absolutamente contraria al Derecho Natural y carece por tanto de fuerza normativa. No es una ley, pues contraría un mandato superior, sino una especie de violencia y no puede ser obedecida con recta conciencia. El “católico” Iván Duque, que dice respetar las disposiciones de la Corte Constitucional en materia, no es menos culpable que los abortistas o los magistrados, por todos los niños asesinados bajo su gobierno. Lo mismo ocurre con una ley humana que contraría el Derecho Divino. Por ejemplo, una ley o decreto que pretenda restringir o impedir la celebración de la Eucaristía y la administración de los sacramentos, carece de fuerza legal, pues implica una extralimitación de las competencias de la ley positiva, al contravenir un mandato de derecho divino. En este caso, aplica lo que dice Santo Tomás:

En segundo lugar, las leyes pueden ser injustas porque se oponen al bien divino, como las leyes de los tiranos que inducen a la idolatría o a cualquier otra cosa contraria a la ley divina. Y tales leyes nunca es lícito cumplirlas, porque, como se dice en Act 5,29: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. (Santo Tomás, Suma Teológica, I-II, q. 96, art. 4)

Aquellos sobre quienes recae una ley injusta están libres de su obediencia y tiene todo derecho para resistir su aplicación y desobedecer su efectos (ej: los fieles tienen el derecho de desobedecer la prohibición de misas públicas para asistir a la Eucaristía) pudiendo obedecerla de forma martirial, para “evitar el escándalo o el desorden” (ibidem), pero aquellos que por su autoridad y tutela sobre otros reciben la orden de aplicar la ley injusta, ya no tienen el derecho de desobedecer, sino el deber de hacerlo, pues su autoridad está en función del bien común de aquellos sobre los cuales manda. (ej: Los médicos tienen el deber de desobedecer una norma que les obligue a realizar abortos o eutanasias, el Presidente tiene el deber de desobedecer una sentencia de la Corte que imponga tales prácticas).

Esto aplica para toda Ley Humana, para el Derecho Civil como el Derecho Internacional, y también para el Derecho Canónico. Aunque el Derecho Canónico regula realidades constituidas por el Derecho Divino (La constitución de la Iglesia, los sacramentos, etc.), por ser una Ley Humana también está sujeta a los fundamentos inmutables del Derecho Natural. Así pues, la ley de la Iglesia también debe respetar los principios del Derecho Natural para tener autoridad normativa. Si pretendiera imponer sanciones o condenas sin permitir al acusado controvertir los cargos, Si pretendiera negar los sacramentos a los fieles debidamente dispuestos, o pretendiera cambiar algún artículo de Fe, tal normatividad sería injusta y por lo tanto carecería de fuerza obligatoria en el fuero de la conciencia, sería derecho de los fieles desobedecerla y obligación de los clérigos el resistirla.

Hace unos meses, el pasado 16 de Julio, el Papa Francisco expidió el Motu Propio Traditionis Custodes (Debió titularse “Custodi della Tradizione”, pues la versión original es en italiano), en el cual debarata el proyecto de restauración litúrgica emprendido por Benedicto XVI en Summorum Pontificum. Hace unos días, la Congregación para el Culto Divino publicó una serie de respuestas a unos supuestos dubia (dicen que la Congregación “ha recibido diversas peticiones a fin de aclarar su correcta aplicación”, pero no se presenta quién las firma, por lo que se rumorea que habrían sido inventadas por la Congregación, ya que en el pontificado de Francisco no se acostumbra responder las dubia) en los cuales se restringen al extremo las ya draconianas medidas de Traditionis Custodes.

Aunque parezca una simple cuestión litúrgica concerniente a una fracción mínima de la Iglesia, Tradtionis Custodes y las medidas derivadas son la culminación de un proceso de sustitución de la filosofía jurídica clásica por la filosofía jurídica moderna dentro de la Iglesia. Traditionis Custodes es el ejemplo perfecto de la ley concebida como un mero instrumento para el ejercicio del poder, sin la mas mínima consideración respecto de la justicia natural. Mal podremos los católicos atacar la legalización del aborto y la eutanasia en el ámbito civil y reclamar la desobediencia frente a las leyes injustas, si dentro de la misma Iglesia estamos sometidos a tal violencia y somos incapaces de rechazarla.

Según Santo Tomás, la Ley es una regla o medida racional, de carácter general, objetivo, que dirige la voluntad humana hacia el bien común y es promulgada por una autoridad competente. Así pues, una ley puede ser nula o injusta por ser irracional, por atentar contra el bien común, o por exceder las competencias o autoridad de quien la promulga. Traditionis Custodes, empeorada por las Responsa de Mons. Arthur Roche es todas las tres cosas.

Traditionis Custodes es una norma injusta por ser irracional

La irracionalidad en una norma puede aparecer de dos formas: o por contradicción interna (Ej: Una norma que obliga a hacer algo y al mismo tiempo lo prohibe) o por contradicción con la realidad (Ej: Una norma que ordenara llover hacia arriba). En este caso encontramos ambos tipos de contradicción en el motu propio.

Traditionis Custodes presenta una serie de incoherencias internas que ya han sido percibidas por muchos canonistas, que hacen que tanto su interpretación como su aplicación sea terriblemente problemática para los obispos. Mencionamos algunas:

  • El art. 1 del Motu afirma que “Los libros litúrgicos promulgados por los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano.” Más adelante explicaré mejor la gravedad de esta expresión, pero por ahora baste decir que la lex orandi significa la conformidad del rito con el contenido de la Fe Católica. Es decir que al negar que el Vetus Ordo sea una expresión válida de la lex orandi de la Iglesia, implícitamente se le declara como herético. Es absolutamente contradictorio declarar como herético el misal de 1962 y luego establecer condiciones para su celebración.
  • Los artículos 2, 4 y 5 hablan del uso del Missale Romanum de 1962, pero el artículo 3 habla del “misal anterior a la reforma de 1970”, es decir el Misal de 1965, no el de 1962, ya que en derecho canónico toda norma que restringe derechos debe ser interpretada en sentido estricto.
  • En los Responsa de la Congregación para el Culto Divino se respnde negativamente a la pregunta “Si un presbítero, al que se le ha concedido el uso del Missale Romanum de 1962, no reconoce la validez y la legitimidad de la concelebración — negándose a concelebrar, en particular, en la Misa Crismal — ¿puede seguir beneficiándose de esta concesión?” pero más adelante en otra pregunta se dice “El párroco o capellán que — en cumplimiento de su oficio — celebra los días feriales con el actual Missale Romanum, única expresión de la lex orandi del Rito Romano, no puede binar celebrando con el Missale Romanum de 1962, ni con un grupo ni privadamente.” Se crea una situación perplejidad para los sacerdotes, pues si no concelebran, se les retira la facultad de celebrar el Vetus Ordo, pero si concelebran tampoco pueden celebrarlo pues estarían “binando”.

Adicionalmente, las disposiciones del Motu y de los Responsa reflejan una ignorancia total y absoluta tanto del rito como de la realidad de las comunidades en las cuales se celebra el Usus Antiquor, de modo que se producen una serie de contradicciones con la realidad que ponen en serios aprietos a los obispos a la hora de aplicarlo:

  • La Carta que acompaña el Motu Propio falsea las intenciones de Benedicto XVI en Summorum Pontíficum, pues se habla del “deseo de favorecer la recomposición del cisma con el movimiento guiado por Mons. Lefebvre.” y de “introducir un «reglamento jurídico más claro». Para facilitar el acceso a quienes —también los jóvenes— «descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía»” Pero se omite uno de los apartados más importantes de la Carta de Benedicto XVI, cuando afirma que “Se trata de llegar a una reconciliación interna en el seno de la Iglesia”, “hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo.” Es llamativo, porque como se verá más adelante, es todo lo contrario de lo que hace Francisco ahora.
  • La Carta que acompaña el Motu menciona el cuestionario enviado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, diciendo “Las respuestas recibidas revelaron una situación que me apena y preocupa, confirmando la necesidad de intervenir.” En el texto del Motu proprio indica “en vista de los deseos expresados por el episcopado y habiendo escuchado el parecer de la Congregación para la Doctrina de la Fe”. Sin embargo, no sólo la Congregación para la Doctrina de la Fe no ha publicado las respuestas recibidas por parte de los obispos, sino que aquellas respuestas que se conocen públicamente, porque fueron publicadas por las diócesis o conferencias episcopales, son mayoritariamente positivas frente a Summorum Pontificum.
  • El art. 3 del Motu Propio obliga al obispo a “Comprobar que estos grupos no excluyan la validez y la legitimidad de la reforma litúrgica, de los dictados del Concilio Vaticano II y del Magisterio de los Sumos Pontífices.” Una actividad penosa, por su pretensión de intervenir en el fuero interno de la feligresía, pero además impracticable, dado que la gran mayoría de lugares en los que se celebra la misa tradicional no se trata de grupos cerrados y homogéneos, sino como cualquier parroquia acuden una gran diversidad de feligreses con sus propias convicciones y tendencias. Además, ¿Qué significa “no excluír la validez y la legitimidad de la reforma litúrgica, de los dictados del Concilio Vaticano II y del Magisterio de los Sumos Pontífices.”? ¿Cuál sería el contenido de tal examen sabiendo que existe actualmente tanto disenso entre los obispos sobre la interpretación del CVII? Más aún, el mismo Francisco no ha querido responder a las cinco dubia enviadas por cuatro cardenales acerca de la conformidad de Amoris Laetitia con el magisterio del Concilio Vaticano II y el Papa Juan Pablo II. Resulta contradictorio que Francisco quiera someter a los feligreses a un examen que él mismo ha evitado cursar.
  • El núm. 3 del art. 3 dispone que “En estas celebraciones las lecturas se proclamarán en lengua vernácula, utilizando las traducciones de la Sagrada Escritura para uso litúrgico, aprobadas por las respectivas Conferencias Episcopales” desconociendo que el calendario litúrgico y el ciclo de lecturas del Vetus Ordo son distintos (Hay lecturas de la Misa Tradicional que fueron eliminadas con el Novus Ordo) y por lo tanto no existen esas “traducciones aprobadas”.
    En las Responsa, Mons. Roche trata de arreglar esa contradicción, introduciendo una peor, pues afirma “Dado que los textos de las lecturas están contenidos en el propio Misal, y no existiendo, por lo tanto, el libro del Leccionario, para observar cuanto ha sido dispuesto en el Motu Proprio, se ha de recurrir necesariamente al libro de la Sagrada Escritura en la traducción aprobada por las Conferencias Episcopales para uso litúrgico, eligiendo las perícopas indicadas en el Missale Romanum de 1962.” lo cual es falso, pues en la misa solemne según el rito tradicional mientras el celebrante lee en voz baja las lecturas del misal, el subdiácono y el diácono cantan la Epístola y el Evangelio en el Epistolarium. La solución más simple, que sería ordenar la traducción de este leccionario, es rechazada tajantemente por la Congregación (“No podrá ser autorizada ninguna publicación de Leccionarios en lengua vernácula que reproduzca el ciclo de lecturas del rito precedente.”), por lo que se impone la penosa tarea de “recurrir necesariamente al libro de la Sagrada Escritura en la traducción aprobada por las Conferencias Episcopales para uso litúrgico, eligiendo las perícopas indicadas en el Missale Romanum de 1962.”, absolutamente impracticable, dado que, al igual que como ocurre con el Leccionario actual, las perícopas no toman íntegro y contínuo el texto de la Sagrada Escritura.
  • Los artículos 4 y 5 del Motu Propio imponen a los presbíteros la solicitud al obispo de conceder o renovar la facultad de celebrar la Misa según el misal de 1962. En el caso de los institutos Ecclesia Dei que tienen la misa tradicional en sus constituciones, la licencia eclesiástica implica necesariamente el consentimiento implícito del obispo para la celebración de la misa tradicional. El Motu introduce un procedimiento redundante absolutamente innecesario.
  • En los Responsa emitidos por la Congregación para el Culto Divino “no se deba conceder la licencia para hacer uso del Rituale Romanum y del Pontificale Romanum precedentes a la reforma litúrgica, libros litúrgicos que, como todas las normas, instrucciones, concesiones y costumbres anteriores, han sido abrogados (cf. TC 8).” Lo cual imposibilita la administración de los sacramentos a los fieles, empezando por la Eucaristía, pues el Missale Romanum no contempla el rito de la comunión de los fieles durante la misa, sino que éste está contenido en el Rituale Romanum.

Estos son sólo algunas de las múltiples contradicciones que hacen el motu sencillamente inaplicable. Es por eso que la respuesta de los obispos ha sido absolutamente dispar: En algunas diócesis se ha ignorado o se ha postergado su aplicación reclamando tiempo para analizar y tomar las decisiones, en otras se ha dispensado de la medida en su totalidad o se han mitigado sus efectos, mientras que en otras los obispos han exagerado al extremo la dureza de sus medidas, llegando al ilícito de prohibir celebrar el rito de Pablo VI en Latín, el canto gregoriano, los ornamentos romanos, contradiciendo abiertamente el texto de la Sacrosanctum Concilium.

Traditionis Custodes atenta contra el Bien Común de la Iglesia

Una norma puede ser injusta si su objeto es perjudicar el Bien Común. Dado que el Bien Común es la razón de ser de la ley, aquello que la ley debe procurar, una norma que se aleja de ese fin carece de la naturaleza propia de la ley. Esto resulta un poco difícil de entender para la mentalidad moderna que ha disuelto la idea misma del Bien Común, entendido como el bien que surge en la comunidad como fruto de la relación entre los diferentes bienes particulares (“El bien de todo hombre en tanto que hombre y por lo tanto el bien común a todos los hombres”). Para el relativismo moderno la noción de bien ha sido suplantada por la idea subjetiva del interés, y la comunidad política ha quedado fragmentada entre el libertinaje reclamado por el interés privado, y el control totalitario reclamado por el interés público.

Ahora bien, ¿Cuál es el Bien Común de la Iglesia? El Evangelio dice una y otra vez que Cristo se encarnó con el único fin de salvar al hombre, y esa es la misión que la Iglesia como cuerpo de Cristo continúa en el tiempo. Por esta razón, el Código de Derecho Canónico cierra con el canon 1752 diciendo “guardando la equidad canónica y teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia.”

Sin embargo, leemos en las Responsa publicadas por la Congregación para el Culto Divino una teleología completamente distinta: “toda norma prescrita tiene siempre el único fin de salvaguardar el don de la comunión eclesial caminando juntos, con convicción de mente y corazón, en la línea indicada por el Santo Padre.” La salvación de las almas ha sido sustituida por “la comunión eclesial”. Alguno podría objetar que si extra ecclesiam nulla salus, es imposible que un alma se salve por fuera de la comunión eclesial y bajo la obediencia del sumo pontífice. No obstante, hay una diferencia abismal entre decir que hay que obedecer los mandatos de la autoridad porque procuran el bien común, a decir que hay que obedecer los mandatos de la autoridad porque son el bien común.

Bajo la nueva teleología, la unidad de la Iglesia y la autoridad pontificia dejan de estar al servicio de la salvación de las almas, y se convierten en un fin en sí mismo, un fin que justifica, al estilo maquiavélico, cualquier medio necesario. Tal autojustificación de la autoridad, típica de los absolutismos monárquicos del siglo XVIII, es patente en los documentos que analizamos, especialmente en cuanto las medidas hacen todo lo contrario a lo que dicen procurar.

  • En la carta que acompaña al Motu, Francisco dice que “he querido afirmar que corresponde al obispo, como moderador, promotor y guardián de la vida litúrgica en la Iglesia, de la que es principio de unidad, regular las celebraciones litúrgicas” pero el texto del Motu por el contrario violenta el principio de subsidariedad al quitarle funciones al obispo y convertirlo en un mero ejecutor de las órdenes de Roma. En efecto, según el motu el obispo tiene toda la autoridad para sacar la misa tradicional de las parroquias, cerrar los grupos, retirar las facultades a los sacerdotes que actualmente la tienen, pero eso sí, no puede autorizar la creación de nuevos grupos, ni autorizar a sacerdotes ordenados después de TC sin “consultar a la Sede Apostólica antes de conceder la autorización”. Sobre éste último punto, Mons. Roche ha dejado claro en los Responsa que “No se trata de un mero parecer consultivo, sino de una autorización necesaria dada al Obispo diocesano por parte de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos”.
  • En  la misma carta Francisco dice “defender la unidad del Cuerpo de Cristo”, pero en el motu propio prohibe que las celebraciones de la misa tradicional se lleven a cabo en las parroquias escindiendo las comunidades parroquiales y creando dos categorías de feligreses, aquellos con derecho a la vida parroquial y aquellos que carecen de ese derecho. En muchas diócesis la misa tradicional comenzó a celebrarse en las parroquias junto al Novus Ordo y los feligreses pertenecían y participaban de la comunidad parroquial y diocesana, lo que llevó a los obispos a ver la necesidad de dispensar a tales parroquias de la aplicación del Motu.
    A tales dispensas, Mons. Roche ha respondido que “dicha celebración no es oportuno que sea incluida en el horario de las Misas parroquiales, ya que a ella sólo participan los fieles que forman parte del grupo. Por último, evítese que coincidan con las actividades pastorales de la comunidad parroquial. Se entiende que, en el momento que haya otro lugar disponible, se retirará esta licencia.” La intención divisoria no podría ser más explícita, prácticamente patea a los fieles fuera de la Iglesia y les pone un signo de ajenos a la comunidad eclesial, haciendo imposible la intención de Benedicto XVI de que “a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad”.
  • También en la carta, dice Francisco que “Me reconforta en esta decisión el hecho de que, tras el Concilio de Trento, san Pío V también derogó todos los ritos que no podían presumir de una antigüedad probada, estableciendo un único Missale Romanum para toda la Iglesia latina.”, cuando lo que hace el Motu Propio es todo lo contrario: derogar un rito de antiguedad probada, su primera versión viene de San Gregorio Magno, estableciendo un rito novísmo, de apenas 50 años, como el único de la Iglesia latina.
  • La mayor incoherencia, la de mayor gravedad por su evidente dolo, es cuando Francisco afirma “prever el bien de quienes están arraigados en la forma de celebración anterior y necesitan tiempo para volver al Rito Romano promulgado por los santos Pablo VI y Juan Pablo II”. Es absolutamente injustificable que se pretenda negar los sacramentos a fieles sobre los cuales no obsta ninguna sanción canónica, pero además es cínico afirmar que se hace por su propio bien. Es el lenguaje de los abusadores y maltratadores.
    Alguno dirá que si los fieles critican o rechazan la reforma litúrgica deben ser “medicinalmente corregidos” para que salgan de su error. Pero en tal caso las medidas sólo prevén el bien de la reforma litúrgica, que no sea cuestionada, y de ningún modo el bien de los feligreses, para quienes la violencia impositiva de las medidas sólo prueba la incapacidad del Novus Ordo para justificar sus bondades.
  • Lo mismo ocurre con los institutos de misa tradicional. Es absolutamente hipócrita que se hable de la necesidad de promover vocaciones en la Iglesia cuando desde Roma se cercenan y se degajan las ramas más fructíferas del árbol. Los institutos de Misa Tradicional (Fraternidad Sacerdotal San Pedro, Instituto del Buen Pastor, Instituto Cristo Rey Sumo Sacerdote, entre otros) florecientes de jóvenes vocaciones del sacerdocio han recibido una puñalada con la intención explícita de eliminarlos. ¿Qué futuro puede plantearse un joven que ha sido llamado por Dios al sacerdocio para la celebración de la Misa Tradicional, si ahora Roma dice que ya no podrá ordenarse con ese rito, no podrá celebrarla sin permiso de la Santa Sede, no podrá administrar sacramentos a los fieles, ni abrir nuevos apostolados? Como bien anota el P. Louis-Marie de Blignières, prior y fundador de la Fraternidad San Vicente Ferrer, representa una violación de la palabra dada, que después de la aprobación de sus constituciones y la erección de sus institutos se diga ahora que no son válidos.

En resumen, se dice promover la autoridad del obispo pero en realidad se le constriñe y limita, se dice buscar la unidad de la Iglesia y se segrega a un sector de la feligresía expulsándolos de la vida parroquial, se dice prever el bien de los fieles al tiempo que se les niega o restringe la administración de los sacramentos. Todo esto es violencia contra los feligreses, sacerdotes y obispos, violencia contra la esposa de Cristo, bajo la idea de que hay que proteger la “la comunión eclesial” y la obediencia al Papa, aun cuando sea a costa de la salvación de las almas.

Traditionis Custodes excede la autoridad del Sumo Pontífice

Una ley puede ser inválida o nula cuando es promulgada por alguien sin autoridad para hacerlo. En la misma línea, una ley es inválida cuando la autoridad que la emite excede su jurisdicción o competencia. Por eso mismo dicen los apóstoles que “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, y Santo Tomás lo desarrolla diciendo

Del mismo modo hay dos razones por las que puede acontecer que el súbdito no esté obligado a obedecer en todo a su superior. Primero, por un precepto de una autoridad mayor. Así, comentando aquel texto de Rom 13,2: Quienes resisten a la autoridad atraen sobre sí la condenación, dice la Glosa: Si algo te manda el procurador, ¿deberás cumplirlo si va en contra del procónsul? Más aún: si el procónsul manda una cosa y el emperador otra, ¿puede haber alguna duda en no hacer caso de aquél y servir a éste? Luego si el emperador manda una cosa y Dios otra, se debe obedecer a éste y no hacer caso de aquél. (Suma Teológica, II-II, q. 104, art. 5)

Ahora bien, podrá objetarse que el Papa es la suprema potestad de la Iglesia Católica y no existe ninguna autoridad por encima suyo que pueda hacer inválidos sus mandatos. Además, si hay una autoridad en la Iglesia con el poder de reformar y ordenar la liturgia es el mismo sumo pontífice. Prueba de ello son la bula Quo Primum Tempore de San Pío V, las múltiples reformas hechas por diferentes papas a lo largo de lo siglos, e incluso el mismo Motu proprio Summorum Pontíficum, que es lo que Francisco está derogando.

Esta, sin embargo, es una concepción puramente formalista de la autoridad política, típica del absolutismo monárquico y del Estado Moderno, en la cual se entiende la autoridad simplemente como poder, lo que se puede y no se puede hacer, y no a partir de lo que se debe hacer y para qué se ha de hacerlo. Refleja cómo en la Modernidad el concepto de suprema potestad, que hace referencia a la necesidad de que en toda sociedad perfecta exista una cabeza que constituya la última instancia de decisión, ha sido sustituido por el de soberanía según el cual la autoridad se declara libre de obedecer cualquier ley o derecho que no provenga de sí misma. La soberanía ha sido, precisamente, la bandera con la que el Estado moderno ha querido emanciparse del Derecho Natural.

En este orden, afirmar que el Papa sea la suprema potestad de la Iglesia Católica no significa que el Papa tenga el poder de hacer cuanto le plazca en la Iglesia. Lo niega de forma explícita la Constitución Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I, que es aquella en la cual se declaró el dogma de la infalibilidad pontificia:

Así el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. (Capítulo 4)

Así pues, la autoridad pontificia existe con el propósito específico de salvaguardar la Tradición Apostólica, el depósito de la Fe. Esta es su razón de ser y el mandato superior que da fuerza a los actos del magisterio y del gobierno papal. El papado es una autoridad tradicional, que no basa su fuerza en los carismas particulares de su titular o en la designación por una autoridad superior, sino que existe en virtud de la Tradición recibida directamente de sus predecesores, y existe con el fin de mantener y transmitir íntegra esa misma Tradición. Cualquier acto que adultere o suplante el depósito transmitido carece de autoridad, pues socava los fundamentos de la misma.

Pues bien, el Motu Propio Traditionis Custodes afirma en su artículo 1 que “Los libros litúrgicos promulgados por los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano.” Esta expresión ha sido objeto de múltiples comentarios por parte de liturgistas y canonistas, puesto que se le da al concepto de lex orandi un significado canónico que no tiene, resultando en una declaración gravemente lesiva de la tradición litúrgica de la Iglesia.

El concepto de lex orandi proviene de la expresión altomedieval “lex orandi, lex credendi” con la cual se quiere significar que todos los signos litúrgicos transmiten el contenido de la Fe que profesamos. Su sentido es similar al de la máxima atribuida a San Agustín: “Si quieres saber en qué creemos, ven a oír lo que cantamos”. Por lo mismo, así como toda la Iglesia Católica profesa una sola Fe, todos los ritos de la Iglesia Católica, tanto occidentales como orientales, comparten una misma lex orandi. No existe una lex orandi del Rito Romano y otra del rito Maronita, pues esto sería afirmar que existe una lex credendi distinta, una Fe distinta, para la Iglesia de Roma y para la Iglesia del Líbano.

Por lo tanto, cuando Francisco niega que la misa tradicional sea expresión de la lex orandi de la Iglesia, algo que además Mons. Roche repite de forma vehemente en sus Responsa, está declarando que la misa tradicional no expresa la lex credendi de la Iglesia. Esto conduce necesariamente a dos explicaciones posibles: 1) Durante siglos, todos los papas hasta Pablo VI promulgaron y permitieron la celebración de una misa que no expresa la Fe de la Iglesia, una misa herética, o 2) A partir del Concilio Vaticano II la lex credendi de la Iglesia, el depósito de la Fe, cambió sustancialmente y por lo tanto la Misa Tradicional, que expresaba válidamente la Fe de la Iglesia antes del Concilio, había quedado obsoleta y debía sustituirse por una nueva lex orandi que reflejara la nueva lex credendi.

En ambos casos, la afirmación de Francisco en Traditionis Custodes implica declarar una ruptura insalvable de la Tradición Apostólica que la autoridad poníficia debía mantener. Se ha dicho con razón que Traditionis Custodes es un golpe de gracia a la “hermenéutica de la continuidad” del Concilio Vaticano II defendida por Benedicto XVI, pues Francisco no sólo asume la tesis rupturistas, defendidas entre otros por los Lefebvristas, sino que al declarar como herético un rito aprobado por todos los papas hasta 1965, arroja un manto de sospecha sobre sus predecesores, incluyendo a su predecesor inmediato todavía vivo, ya que Traditionis Custodes prácticamente contradice punto por punto lo dicho por Summorum Pontificum.

En efecto, allí donde Benedicto XVI dice “El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la «Lex orandi» («Ley de la oración»), de la Iglesia católica de rito latino. No obstante, el Misal Romano promulgado por san Pío V, y nuevamente por el beato Juan XXIII, debe considerarse como expresión extraordinaria de la misma «Lex orandi» y gozar del respeto debido por su uso venerable y antiguo. Estas dos expresiones de la «Lex orandi» de la Iglesia en modo alguno inducen a una división de la «Lex credendi» («Ley de la fe») de la Iglesia; en efecto, son dos usos del único rito romano.”, Francisco responde “Los libros litúrgicos promulgados por los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano.” Allí donde Benedicto XVI dice “Por lo que se refiere al uso del Misal de 1962, como Forma extraordinaria de la Liturgia de la Misa, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que este Misal no ha sido nunca jurídicamente abrogado y, por consiguiente, en principio, ha quedado siempre permitido.” Francisco responde a través de Mons. Rocher responde que “no se deba conceder la licencia para hacer uso del Rituale Romanum y del Pontificale Romanum precedentes a la reforma litúrgica, libros litúrgicos que, como todas las normas, instrucciones, concesiones y costumbres anteriores, han sido abrogados.”

Con una sutil diferencia entra las expresiones contradictorias: Benedicto XVI comprueba un hecho, reconoce una serie realidades canónicas y litúrgicas. Francisco, por el contrario, pretende imponer su voluntad sobre la realidad, ordenando negar el hecho constatado por su predecesor. Por eso Benedicto XVI dice en su carta a los obispos: “Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser  improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial.”, declarando que si el Misal Tradicional “no ha sido nunca jurídicamente abrogado” es porque sería absolutamente contrario a la naturaleza y fines de la autoridad pontificia la ruptura total con la Tradición Apostólica.

Así pues, que el Papa sea la máxima autoridad de la Iglesia no obsta para que el Papa esté necesariamente vinculado a la Tradición depositada por los pontífices que le precedieron, como un mandato superior al cual sus mandatos deben estar sometidos. Ningún Papa tiene autoridad para condenar aquello que fue promulgado y confirmado sucesivamente a través de los siglos por los Papas anteriores, pues estaría negando su propia autoridad. Así como Francisco hoy deshace lo hecho por Benedicto, así mismo el sucesor de Francisco podría desbaratar lo hecho por aquel.

¿Qué queda por hacer?

En resumidas cuentas. Traditionis Custodes, y las Responsa publicadas por la Congregación para el Culto Divino, constituyen una norma injusta por ser irracional, por incoherente y contradictoria con la realidad, violenta contra el bien común de la Iglesia, y que excede la autoridad pontificia al negar la validez del magisterio de los papas anteriores. Es una ley injusta y debe ser resistida.

La resistencia a las normas injustas puede desarrollarse de muchas formas, dependiendo de si se es simplemente objeto del mandato o si se tiene una función de autoridad en la cual se espera que actúe como ejecutor de la misma. Puede hacerse caso omiso de la norma, pueden aprovecharse los vacíos normativos creados por la incoherencia de la misma para anular sus efectos, puede recurrirse a otras figuras canónicas, como la dispensa, para librar a los fieles de tal violencia, o puede rechazarse abierta y explícitamente la norma por su invalidez e ilicitud.

En el caso de los obispos, el celo por las almas debería bastar para ver que no se debe separar lo que Dios ha unido, y la paz litúrgica que trajo Benedicto XVI no tiene por qué alterarse por la política de apartheid propuesta por Francisco. Las medidas promulgadas llevarán inevitablemente a abrir viejas heridas que ya habían cerrado y a crear nuevos enfrentamientos dentro de la comunidad. Ante el riesgo de alejar a las almas de la Iglesia, de arruinar las vocaciones sacerdotales, es innegable el deber de todo obispo de proteger a su Iglesia local del pernicioso efecto del Motu dispensando su aplicación.

En el caso de los sacerdotes, sepan que no hay desobedicencia ninguna en mantenerse fiel a aquello que la Iglesia ha mantenido como válido y cierto a través de los siglos. Les acompaña el testimonio de multitud de santos y doctores, que participaron en la redacción de las fórmulas de la Misa Tradicional a la vez que atestiguan con la santidad de sus actos la bondad de sus efectos sobre las almas, e incluso de los mártires que defendieron con su sangre la naturaleza de la misa contra las innovaciones y experimentaciones litúrgicas de luteranos y anglicanos. Recuerden que “la necesidad es la madre de la invención” y para aquel que ama de verdad no faltan recursos para alcanzar lo amado, así que intenten todo camino, formal o práctico, para burlar las disposiciones tiránicas del Motu.

En el caso de los feligreses, sepan que como miembros vivos de la Iglesia están en todo su derecho de beneficiarse de los tesoros de la Tradición conservada desde los Apóstoles, pueden seguir asistiendo a Misa Tradicional y saber que lo hacen en plena obediencia a la autoridad pontificia y sin romper jamás la unidad de la Iglesia. Deben estar dispuestos a brindar todo el apoyo necesario, moral, físico, público e incluso económico a los sacerdotes que se vean perseguidos por causa de la Misa Tradicional. Si por causa del Motu pierden la celebración de la Misa Tradicional en la diócesis, la violencia injustificada de la medida constituye un claro caso de estado de necesidad por el cual pueden recurrir a la FSSPX con la conciencia tranquila. De igual forma, no deben temer suspender todo apoyo económico a las parroquias o diócesis en las que sea proscrita la Misa Tradicional.

Todos, reecuerden, finalmente, que Dios no abandona a los suyos ni dejará perder a aquellos que actúan movidos por amor a Él.

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sábado, 17 de julio de 2021

Alegoría de la Reina Despojada, por Álvaro Gallón Rodríguez

Se entristecen el Magdalena y el Cauca, se estremecen el San Juan y el Patía, la selva se deshace en lágrimas y truena en el Orinoco y el Amazonas; ruge con fiereza el Catatumbo y el Guáitara. Se seca el Guatapurí y el Ranchería, que han sido inspiración de tantos poetas. Una triste y espesa niebla gris cubre valles y sabanas, la llanura abrazada por el sol se incendia, las dos costas se encrespan. Todo anuncia la catástrofe.

Por estos días se menciona a la Reina de Colombia como “La despojada”, en palabras proféticas de monseñor Luis José Rueda Aparicio, Arzobispo de Bogotá y Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, que lamentaba el sacrilegio ocurrido el pasado 9 de julio, cuando se conmemoraban 102 años de su coronación. País ingrato que ya no recuerdas a don Alonso indio, quien, enternecido por el tiempo que su Reina estuvo abandonada en Suta, tuvo la inspiración de construirle su primera capilla de vara, tierra y techo pajizo. Noble cacique respetado por españoles e indígenas. Símbolo de la unidad nacional mestiza que nacía del alma pura y fresca recién bautizada, de este honesto capitán de los indígenas Cocas, que destinó su guardia personal para cuidar a su Reina.


Noble Alonso indio, a quien hoy mencionamos con respeto y rendimos honra, porque tuviste la feliz idea de ordenar a tus indígenas que cuando alguno recibiera un milagro, en agradecimiento a la bondad maternal y grandeza de su Reina, que salva a indios y españoles juntos, de toda suerte de pestes, plagas y tragedias, le entregara en agradecimiento una esmeralda para se construyera el más rico y hermoso templo de la tierra colombiana y fuese adornada con cetro y corona de oro y esmeraldas.


Con el tiempo fueron tantos los milagros de la Reina de los Ángeles, de los hombres, de los pueblos y de todo lo creado, que se acumuló el tesoro más grande de esmeraldas talladas de la tierra. Hoy los colombianos ya no solicitan la maternal protección por su salud frente a la peste y el peligro inminente de su muerte. El nombre de Luis Fernando Malaver, con prontuario de 13 entradas a la cárcel por narcotráfico, asalto y asesinato, se volvió universalmente famoso el pasado 9 de julio, porque es pronunciado con vergüenza patria y su hazaña infame contada en los Jardines del Vaticano con voz temblorosa y lágrimas en los ojos por el señor Embajador de Colombia ante la Santa Sede doctor Jorge Mario Eastman, en presencia del Cardenal Giuseppe Bertello, Gobernador del Estado Vaticano, cardenales presentes, renombrados obispos y el cuerpo diplomático de otros países acreditados en la Santa Sede, su distinguida esposa y sus pequeñas e inocentes hijas.


Ahora no faltará quien proponga al delincuente para senador de la República y sugiera redactar una ley para que su curul no esté sometida al debate electoral. Hoy, 434 años después de la noble decisión de don Alonso indio, la tragedia nacional ocasionada por la languidez moral, es de tal magnitud que la falta de sensibilidad de los colombianos le resta toda importancia al hecho de que se haya despojado a la Reina de sus alhajas. El que las haya recuperado la Policía Nacional no disminuye la gravedad del acto.


¿Quién podría imaginar en aquel 3 de enero de 1587, cuando los indios cocas comenzaron a construir su capilla? Qué en el año 2021 el país iba a celebrar la fiesta religiosa nacional del 9 de julio incluyendo a un ratero sustrayendo las joyas, que son el símbolo de la realeza de la Virgen sobre la patria colombiana y que hubieran vísperas tumbando monumentos de aquellos a los que la india Catalina se refería de la siguientes manera: “Mis ojos propios son buenos testigos, de cómo saben ser buenos amigos” (Juan de Castellanos, Elegía de Varones Ilustres de Indias, Parte III, Historia de Cartagena, Canto II).


Este robo pudo ser permitido por Ella, como un mensaje de reflexión sobre el abismo en que hemos caído y de advertencia, que tal vez, anuncia la tormenta nacional que se aproxima. Es el símbolo de la Revolución Bolivariana del Socialismo del Siglo XXI, que se avecina y cae sobre una nación que renunció a Jesucristo y ya no conoce ni practica los Diez Mandamientos, los cuales hace tiempo no se enseñan en colegios y universidades, en los primeros porque es contrario al libre desarrollo de la personalidad, en las segundas porque no hace parte de sus líneas de investigación.


Desde las altas cortes se proclama la idolatría y reverencia materialista de toda la sociedad al dios Estado laico. Se prohíbe la profesión de fe hasta del primer mandatario, al punto que tiene que ir a escondidas a visitar la Virgen de Chiquinquirá para pedir su protección y la del país. Algunos de nuestros militares tienen más entusiasmo por la idiotez de la divinidad cienciológica Xenu que por el Decálogo, y por eso son fácilmente tentados por las jugosas retribuciones del narcotráfico, que son auténticas bicocas frente a lo que vale el honor de la Patria. A los jóvenes se les engatusa con la bondad del estupefaciente recreativo de fácil alcance y los niños son entrenados en el arte del terrorismo urbano; se propone a las mujeres que abandonen a sus hijos y pasen a engrosar las filas de las mamás primera línea, convirtiéndose en las fuertes animadoras promotoras del aborto y la eutanasia, en adoración a la diosa igualdad a los hombres se les niega el trabajo para que no puedan sustentar a sus familias, los vándalos incendian todo a su paso ante la mirada perdida y apática de los transeúntes, que ven cómo destruyen el mobiliario urbano pagado con sus impuestos para que puedan vivir como ciudadanos decentes. Gracias a los bloqueos, la deuda externa alcanzó el 60% mientras los expertos internacionales consideran que cuando un país llega al 75% ya no tiene retorno a la normalidad. Y que tal aquellos académicos y maestros que sesgan la historia nacional para despreciar el bien, envenenar los espíritus y azuzar a la violencia.


¡Colombia! Te llegó el tiempo de ser sincera contigo misma y abrir tu inteligencia y voluntad para manifestarte y afirmar con valentía lo que eres: Una noble nación católica, apostólica y romana basada en la familia cristiana, o prepararte para la esclavitud, el hambre y el destierro, pues el Nabucodonosor marxista yoruba de Venezuela con sus sacerdotes paleros ya está acampando en tus puertas y fronteras.
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viernes, 12 de febrero de 2021

26 y 27 de Febrero: XII Congreso Internacional de la Asociación Colombiana de Juristas Católicos


Como todos los años, la Asociación Colombiana de Juristas Católicos nos deleita con un exquisito panel monográfico para ilustrar algunos de los problemas más graves del derecho y la política contemporánea a la luz de la escuela del derecho natural cristiano. En este año, el tema no podía ser de mayor actualidad: El Laicismo. El título de este XII congreso es “Política y derecho frente a la laicidad contemporánea”, en el cual se abordará las diferentes pretensiones del discurso de la laicidad en la modernidad y sus graves consecuencias en el orden político y jurídico de nuestras naciones.

A continuación la agenda del evento:

Instalación:

  1. Francisco Gómez Ortiz (Rector Universidad Católica de Colombia)
  2. Ricardo Dip (Tribunal Supremo de Sao Pablo – Presidente Unión Internacional de Juristas Católicos)
  3. Juan Carlos Novoa Buendía (Presidente Asociación Colombiana de Juristas Católicos)

Programa:

  1. La secularización protestante como premisa
    Juan Fernando Segovia (Universidad de Mendoza / Argentina)
  2. La laicidad francesa y el modelo de separación
    Francisco Flórez (Centro para el Desarrollo Humano Integral Sergio Arboleda/ Colombia)
  3. El americanismo como modelo pluralista originario y su exportación contemporánea
    Nicolás Romero (Universidad Sergio Arboleda de Santafé de Bogotá / Colombia)
  4. La libertad de religión como elemento central de la nueva laicidad
    Julio Alvear (Universidad del Desarrollo de Santiago de Chile / Chile)
  5. Laicidad y libertad religiosa en el derecho constitucional de hoy
    José Joaquín Jerez (Universidad Pontificia Comillas de Madrid / España)
  6. La laicidad y el derecho público eclesiástico
    Luis María De Ruschi (Universidad Católica Argentina / Argentina)
  7. Colombia y la laicidad (I): historia de un proceso y su realización
    Santiago Pérez Zapata (Unicervantes / Colombia)
  8. Colombia y la laicidad (y II): realidad presente
    Manuel Marín (Universidad del Rosario / Colombia)
  9. La laicidad católica de Dante: un problema actual. A los 700 años de la muerte de Dante
    Danilo Castellano (Universidad de Udine / Italia)
  10. Los cambios de la laicidad en los Estados y el reflejo de la laicidad en la Iglesia
    Miguel Ayuso (Universidad Pontificia Comillas de Madrid / España)

El congreso se llevará a cabo los días 26 y 27 de febrero (de 9:00 a.m. a 12:00 m.) a través de videoconferencia remota en la plataforma Zoom. El link y las credenciales para el acceso serán recibidos en el momento de la inscripción. Para inscribirse, diligenciar el siguiente formulario: https://forms.gle/qRXLacDUBw6BB3Nm6


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jueves, 24 de diciembre de 2020

Editorial: Preparemos los caminos del Señor

Termina el año 2020, un año de aquellos que la historia recordará con ganas de olvidarlo. El terror ante el Coronavirus se ha convertido en el vehículo para la deformación total del orden sociopolítico. De la noche a la mañana los gobiernos de varios países decidieron imponer prisión domiciliaria a su población y prolongarla la mitad del año. Bajo el pretexto de proteger la vida, miles de hogares han perdido el sustento para que meses después se reconociera que el confinamiento había sido inútil en prevenir la expansión del virus.

Aún peor, el Coronavirus fue la excusa para que los gobiernos mundialistas, incluyendo los que posan de católicos como el de Iván Duque, decretaran la proscripción de todo culto público y el cierre de las Iglesias. Aún después de que la gran mayoría de actividades habían vuelto a la normalidad y de que los gobiernos permitieran manifestaciones y aglomeraciones afines con su agenda política, el culto a Dios seguía siendo objeto de odiosas y desproporcionadas limitaciones. De la noche a la mañana, los católicos nos encontramos viviendo bajo una persecución similar a la de los católicos chinos, asistiendo a misa y confesión de forma clandestina. Y si la primera ola del Covid fue la máscara para privar a los católicos de la fiesta más importante del Cristianismo: La Pascua, la segunda ola llega justo a tiempo para privarnos de la segunda fiesta más importante: la Navidad.

Tal persecución habría sido soportable si hubiéramos contado con la guía y el apoyo de verdaderos pastores. Por el contrario, no sólo fueron los obispos los primeros en ordenar el cierre de las iglesias y abandonar el rebaño, sino que cuando los medios de comunicación se lanzaron en campaña de hostigamiento a los sacerdotes fieles que desafiaron las prohibiciones para apacentar el rebaño, no dudaron un segundo en sumarse al coro de los perseguidores. Por si fuera poco, una vez restablecido el culto público, continúan abusando de su autoridad impidiendo a los fieles arrodillarse ante el Santísimo Sacramento o recibir la Sagrada Eucaristía en la boca.

Tras la pandemia, es como si las fuerzas enemigas de la Fe hubieran perdido todo disimulo y destaparan sus cartas en contra de la Iglesia. Gobiernos tanto de derecha como de izquierda aprovechan el confinamiento para impulsar el aborto y la eutanasia, China y Occidente se abrazan y constituyen un frente común totalitario, los obispos celebran la llegada del abortista Biden a la Casa Blanca, quien anunció que continuará la persecución contra las órdenes religiosas que Trump había suspendido, el Papa Francisco aliado con la banca internacional, etc. Si las élites políticas, económicas y religiosas se han unido contra la Fe, la sociedad tampoco se aleja de tales movimientos y en países tan católicos como Colombia, México e incluso Polonia hemos visto turbas de jóvenes arremeter contra los templos cargados de furia que es difícil no calificar de demoníaca, mientras desde las instituciones se abren las puertas al satanismo y la Nueva Era.

Que estamos en los últimos tiempos es algo que la Iglesia siempre ha enseñado. Desde el día de Pentecostés, los católicos vivimos en este Mundo como forasteros, aguardando el día de retornar a la patria celestial, pero ante tan grave persecución desde dentro y fuera de la Iglesia, es imposible no sentir la cercanía de la segunda venida, y los ecos de las palabras de Cristo a sus perseguidores: Estando yo todos los días en el Templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas. (Lc 22,53)

Es más, pareciera que ya estamos viviendo el juicio, al ver cómo la sociedad queda radicalmente dividida en dos bandos: Con Cristo o contra Cristo. Cuando se fuerza a los médicos a participar de crímenes contra la vida humana, y son sus propios colegas los primeros en apoyar su linchamiento, cuando se presiona a los jueces a violentar el Derecho Natural so pena de perder su trabajo, cuando se persigue dentro de la misma Iglesia a los sacerdotes por administrar los sacramentos de acuerdo con el derecho canónico, cuando se insta a que entre vecinos y familiares se delaten entre sí por el incumplimiento de las draconianas medidas sanitarias, cuando el último de los parroquianos en la más marginal de las parroquias se ve enfrentado al dilema de recibir la eucaristía en la mano o no recibirla en absoluto... en fin, cuando cada uno de los fieles está siendo puesto a diario ante dilemas que le obligan a decidirse entre la fidelidad a Cristo o la aceptación del Mundo, es difícil no creer que Cristo ha comenzado a separar a las ovejas de las cabras.

Y parece ser sólo el comienzo: Los planes para un "Gran Reinicio" del orden político, social y económico del mundo, son publicados abiertamente en revistas de amplísima trayectoria y prestigio como TIME y en las redes oficiales de instituciones como el Foro Económico Mundial. Voces autorizadas dentro de la Iglesia como el Cardenal Raymond Leo Burke, el Arzobispo Carlo María Viganò o el Obispo Athanasius Schneider han advertido sobre la pretensión detrás de ese "Gran Reinicio", de aniquilar los fundamentos últimos de la vida familiar al eliminar la propiedad privada e instituir una dictadura sanitaria basada en el transhumanismo.

¿Qué podemos hacer? Sería un gravísimo error caer en la angustia y la desesperanza, olvidando que no hay mal en el mundo que no haya sido permitido y previsto por Dios en su economía salvífica, o pensar que debemos preparanos guardando provisiones, huyendo a los campos, o tratando de proteger nuestro patrimonio, olvidando que estamos en las manos de Dios y que en cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. (Mt 10, 30) La Iglesia desde los tiempos apostólicos nos ha advertido que estamos en los últimos tiempos, que hemos de estar vigilantes y preparados porque Cristo vendrá cuando menos se le espere.

Por eso es que existe el tiempo del Adviento. El carácter festivo y alegre que la fiesta de Navidad contagia a sus semanas precedentes ha opacado un poco el carácter penitencial propio de este tiempo. El Adviento nos prepara para la Navidad, para que al recordarnos la primera venida de Cristo al mundo, nos reafirme en la certeza de su segunda venida y su victoria final, y de este modo nos recuerda la forma en que debemos permanecer vigilantes y preparados para este momento:

Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa. 1 Cor 7, 29.

Cada día que pasa estamos más cerca de la venida de Nuestro Señor, es una verdad que hemos recibido por la Fe. Preparémonos pues para su inminente llegada, recordando que somos forasteros en este mundo, exiliados de nuestra patria celestial, siervos atentos a la llegada de su señor, desprendiéndonos de todo amor por las cosas de este mundo y abrazando la pobreza, el desprecio y la persecución en esta vida a cambio de la vida eterna.

Al permitir las calamidades que hemos visto en el año que termina, Dios nos recuerda las vanidades de la vida presente y lo precario de nuestra existencia temporal. Vivamos pues, con el corazón más en el Cielo que en la Tierra como los cristianos de los primeros siglos. Recibamos cada Eucaristía pensando que podría ser la última, aprovechemos cada Confesión como una oportunidad extraordinaria y huyamos del pecado mortal con el terror de la muerte. Si el 2020 ha de permanecer en nuestra memoria que sea precisamente como un campanazo de alerta ante todas las gracias que hemos recibido de Cristo y que hemos dejado desperdiciar.

Permanezcamos alegres y confiados en su venida, pues Dios no abandonará a quienes le aman sinceramente, pero con esa misma alegría escuchemos al Bautista y preparemos los caminos del Señor con humildad profunda, con amor encendido y con total desprecio de todo lo terreno

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martes, 24 de noviembre de 2020

Comentarios al margen del informe de la Secretaría de Estado sobre Theodore McCarrick


El Informe McCarrick, publicado por la Secretaría de Estado el pasado 10 de este mes de noviembre de 2020, ha sido objeto de numerosos comentarios. Algunos ponen de relieve sus lagunas, en tanto que otros lo elogian como prueba de la transparencia de Bergoglio y lo infundado de las acusaciones. Me gustaría centrarme en algunos aspectos que merecen ser tratados en profundidad y que no me afectan personalmente. Estas reflexiones no tienen por objeto, por tanto, aportar más pruebas sobre la falsedad de los argumentos expuestos contra mí, sino poner de manifiesto las incongruencias y conflictos de intereses entre el juez y el que es juzgado, que a mi juicio invalidan la investigación, el proceso y la sentencia.

IMPARCIALIDAD DEL ÓRGANO JUDICIAL

En primera lugar, a diferencia de lo que pasa en un proceso civil o penal normal, en las investigaciones  eclesiásticas hay una especie de derecho implícito a la credibilidad en los testimonios de clérigos. Me da la impresión de que ello ha permitido que se consideren pruebas los testimonios de prelados que podrían encontrarse en situación de complicidad con respecto a McCarrick y que no tendrían ningún interés en revelar la verdad, ya que no les perjudicaría a ellos ni a su imagen. En resumidas cuentas, haciendo una comparación con personajes de Pinocho, cuesta pensar que el Gato (Kevin Farrell), pueda exonerar creíblemente al Zorro (Theodore McCarrick). Y sin embargo eso es lo que ha sucedido, del mismo modo que fue posible engañar a Juan Pablo II en cuanto a la conveniencia de nombrar a McCarrick cardenal arzobispo de Washington, o a Benedicto XVI sobre la gravedad de las acusaciones que pesaban sobre el purpurado.

A estas alturas ya se entiende que en el caso del Argentino ese derecho a la credibilidad adquiere la categoría de dogma, quizás el único que no se puede poner en duda en la iglesia de la misericordia, y más cuando las interpretaciones de la realidad –que los mortales llaman prosaicamente mentiras– han sido expresadas por él mismo.

Desconcierta además que se haya dado tanta importancia al testimonio de monseñor Farrell en defensa de McCarrick –llega a dársele al obispo el título de excelentísimo– y que al mismo tiempo se omita totalmente el testimonio de James Grein, así como que prudentemente se haya preferido no deponer a los secretarios de Estado Sodano y Bertone. Tampoco se entiende por qué motivo se han considerado válidas y creíbles las palabras de Farrell en defensa del amigo y compañero de casa y no las mías, siendo no obstante arzobispo y nuncio apostólico. El único motivo que alcanzo a comprender es que mientras las palabras de Farrell confirman la tesis de Bergoglio, las mías la refutan y demuestran que el obispo de Dallas no es el único que ha mentido.

Habría que recordar igualmente que el cardenal Wuerl, sucesor de McCarrick en la sede de Washington, dimitió el 12 de octubre de 2018 presionado por la opinión pública tras su reiterada negación de haber tenido conocimiento de la conducta depravada de su compañero en el episcopado. En 2004, Wuerl tuvo que hacerse cargo de la denuncia presentada contra McCarrick por Robert Ciolek, ex sacerdote de la diócesis de Metuchen, la cual envió al entonces nuncio apostólico cardenal Gabriel Montalvo. En 2009 Wuerl dispuso su traslado del seminario Redemptoris Mater a la parroquia de Santo Tomás Apóstol de Washington. En 2010 el propio Wuerl, junto con el presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Francis George, manifestó a la Secretaría de Estado que no era aconsejable felicitar a McCarrick con ocasión de su octogésimo cumpleaños. El informe cita además la correspondencia entre el nuncio Sambi y Wuerl con respecto al peligro de escándalo en torno a McCarrick. Y lo mismo se puede decir de la correspondencia del cardenal Re, prefecto de la Congregación para los Obispos, la cual confirma que Wuerl «ha favorecido constantemente a McCarrick, incluso cuando no vivía en el seminario». Por eso, resulta muy extraño que las graves sospechas que pesaban sobre el cardenal antes de mi nombramiento como nuncio, ampliamente documentadas en el informe, sean consideradas motivo de reproche contra mi persona, a pesar de que yo las notifiqué una vez más a la Secretaría de Estado, si bien no eran contra Wuerl; el cual, aun después de dimitir del cargo de arzobispo de Washington, ha mantenido sus cargos en los dicasterios romanos, incluida la Congregación para los Obispos, en la cual tiene voz y voto en el nombramiento de prelados.

Es incomprensible que los redactores del informe juzguen tan a la ligera a Juan Pablo II por haberse fiado de las palabras de su secretario en defensa de McCarrick y exoneren a Bergoglio a pesar de la tremenda pila de expedientes sobre el Tío Ted, a quien le había pedido su predecesor que procurara no llamar la atención.

Creo que ha llegado el momento de aclarar de una vez por todas la postura del cuerpo juzgante; mejor dicho, de este cuerpo juzgante con relación al acusado.

Según el derecho, un juez debe ser imparcial, y para ello no debe tener el menor interés ni el menor vínculo con el reo. En realidad, esta imparcialidad falta en uno de los procesos más sonados de la historia de la Iglesia, cuando los escándalos y delitos de que es objeto el acusado revisten tal gravedad como para ameritar la deposición del cardenalato y la reducción al estado laico.

AUSENCIA DE VERDADERA CONDENA

Es preciso destacar la extrema suavidad de la condena impuesta al reo, es más, se podría decir la falta de condena, dado que al imputado sólo se lo ha despojado su condición sacerdotal mediante procedimiento administrativo del tribunal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ratificada por Bergoglio como cosa juzgada. No obstante, habría sido posible condenarlo a una pena de arresto, como se hizo con el consejero en la nunciatura en Washington, que en 2018 fue condenado a cinco años de prisión en el Vaticano por posesión y difusión de pornografía infantil.

Lo cierto es que el hecho de despojarlo del estado clerical manifiesta la esencia del famoso clericalismo –tan deplorado de palabra– que poco menos que considera el estado laico un castigo en sí, cuando tendría que ser motivo de imposición de una sanción penal. Entre otras cosas, al no haber sido condenado a una pena de cárcel, o al menos de arresto domiciliario, McCarrick tiene una libertad de movimiento y de acción que mantiene inalterada su situación. Ello le permite cometer nuevos delitos y seguir ejerciendo sus actividades delictivas tanto en el ámbito eclesial como en el político.

Por último, hay que recordar que el proceso canónico no afecta las causas penales instruidas contra el ex purpurado en tribunales de EE.UU, los cuales, curiosamente, se eternizan en el máximo secreto, demostrando una vez más el poder político y la influencia mediática de McCarrick, no sólo en el Vaticano sino también en los Estados Unidos.

CONFLICTOS DE INTERESES Y OMISIONES

Cuesta fijarse en el juez de esta causa sin tener en cuenta que puede estar en deuda con el imputado y sus cómplices. Es decir, que se encuentre en un evidente conflicto de intereses.

Si Jorge Mario Bergoglio debe su elección a la conjura de la llamada Mafia de San Galo, integrada por cardenales ultraprogres en trato constante y asiduo con McCarrick; si el apoyo de McCarrick al candidato Bergoglio tuvo eco en los electores del cónclave y en los que tienen capacidad persuasiva en el Vaticano, por ejemplo, el famoso caballero italiano al que aludió el cardenal estadounidense en una conferencia pronunciada en la Universidad Vilanova; si la renuncia de Benedicto XVI fue de algún modo provocada o favorecida por intromisión de la iglesia profunda y el estado profundo, es lógico suponer que Bergoglio y sus colaboradores no tienen la menor intención de que salgan a la luz en el informe ni los nombres de los cómplices de McCarrick ni los de quienes lo han apoyado en su cursus honorum eclesiástico, ni tampoco sobre todo quienes ante una eventual condena podrían vengarse, por ejemplo, revelando la participación de personalidades destacadas de la Curia Romana, por no decir el propio Bergoglio.

Contradiciendo descaradamente la declarada afirmación de transparencia, el informe se abstiene de dar a conocer las actas del proceso administrativo. Cabe, por tanto, preguntarse si la defensa de McCarrick pactó la condena de su cliente a cambio de una pena irrisoria, que de hecho deja en total libertad al imputado de tan graves delitos, e impidió que las víctimas recusasen al juez y exigieran una justa compensación. Esta anomalía salta a la vista incluso para quien no está versado en el derecho.

INTERESES COMUNES ENTRE LA IGLESIA PROFUNDA Y EL ESTADO PROFUNDO

En esta red de complicidades y chantajes se evidencian los vínculos entre el juez y el imputado incluso en el terreno político, en particular con el Partido Demócrata, con la China comunista y en general con los movimientos y partidos mundialistas. Que en 2004 McCarrick, a la sazón arzobispo de Washington, se empeñara en bloquear la difusión de la carta del entonces Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, cardenal Josef Ratzinger, al episcopado estadounidense sobre la prohibición de administrar la Comunión a políticos partidarios del aborto constituye indudablemente un respaldo a los políticos demócratas que se dicen católicos, desde John Kerry a Joe Biden. Este último, convencido abortista, se ha ganado el apoyo prácticamente unánime de la jerarquía, pudiendo gracias a ello contar con votos que en caso contrario habrían estado destinados a Trump. Curiosa coincidencia, a decir verdad: por un lado, el estado profundo ha golpeado a la Iglesia y a Benedicto XVI con la intención de elegir como papa a un representante de la iglesia profunda; por otro, la iglesia profunda ha golpeado al Estado y a Trump con miras a elegir a un representante del estado profundo. Juzgue el lector si los planes de los conjurados han logrado el fin que se habrían propuesto.

Esta colusión con la izquierda internacional es la consecuencia inevitable de un proyecto más amplio, en el que las quintas columnas de la disolución en el seno de la Iglesia colaboran con el estado profundo siguiendo un mismo guión y bajo una misma dirección: los protagonistas de este drama representan papeles variados pero escenifican una misma trama en el escenario.

ANALOGÍAS CON LA PANDEMIA Y EL FRAUDE ELECTORAL

Bien mirado, también la pandemia y los pucherazos de EE.UU. muestran inquietantes analogías con el caso McCarrick y con todo lo que pasa en la Iglesia. Los encargados de decidir si hay que quedarse en casa o hay que vacunar a toda la población se valen de medios poco confiables, precisamente porque con ellos pueden falsificar los datos con la complicidad de los grandes medios de difusión. Da igual que el virus tenga un índice de mortalidad parecido al de una gripe estacional o que el número de fallecidos se ajuste al de años anteriores; alguien ha decidido que hay una pandemia y que es necesario derribar la economía mundial para sentar las bases del Gran Reinicio. Los argumentos racionales, las evaluaciones científicas y la experiencia de los científicos serios empeñados en la cura de los pacientes no valen nada al lado del guión que se exige seguir a los actores. Y lo mismo pasa con las elecciones de EE.UU.: ante las pruebas de fraude, que va adquiriendo las características de un auténtico golpe de estado tramado por unas mentes criminales, los medios informativos se obstinan en presentar a Joe Biden como el vencedor, mientras los dirigentes internacionales –la Santa Sede incluida– se apresuran a reconocer su victoria, desacreditar a sus adversarios republicanos y presentar a Trump como un prepotente solitario que está a punto de ser abandonado por los suyos y por la propia primera dama. Da igual que aparezcan en internet numerosos videos presentando las irregularidades cometidas durante el escrutinio, o que surjan centenares de testimonios de fraude; los demócratas, los medios y todo el elenco de actores repiten que Biden es el presidente electo y Trump tiene que irse. Porque en la tierra de la mentira, si la realidad no se ajusta al discurso dominante, lo que hay que corregir y censurar es la realidad. Y así, los millones de personas que se manifiestan en las calles protestando contra el confinamiento o contra los fraudes electorales no existen, simplemente porque no se los muestra en televisión y se los censura en internet, y lo que los medios denuncian como bulos hay que considerar acríticamente que en efecto lo son.

SOMETIMIENTO DE PARTE DE LA JERARQUÍA

No es de extrañar que la  Conferencia Episcopal de EE.UU., puntualmente seguida por la agencia Vatican News y por una afectuosa llamada telefónica de Bergoglio a Biden, se apresura a demostrar su fidelidad al sistema: esos eclesiásticos están metidos de lleno en el asunto y tienen que seguir meticulosamente el papel que se les ha confiado. Hicieron lo mismo a nivel mundial secundando las restricciones por el Covid: cerraron iglesias, ordenaron suspender la liturgia e invitaron además a los fieles a obedecer a las autoridades civiles. El arzobispo de Washington se ha tomado la libertad de criticar la visita oficial del Presidente y su esposa al santuario de San Juan Pablo II, y junto a otros obispos y sacerdotes se ha declarado a favor del movimiento Black Lives Matter. Tanta entrega a la causa les ha valido púrpura cardenalicia hace pocos días. Y no es casual la adhesión al plan mundialista por parte de personajes comprometidos en apoyar el movimiento LGTB, empezando por Cupich, Tobin, Wuerl, McElroy y Stowe. Es significativo, por otra parte, el estruendoso silencio por parte de la Santa Sede y de los obispos de todo el mundo ante los problemas éticos que plantean las vacunas de inminente distribución, hechas con células de fetos humanos abortados. No permita Dios que la especulación sobre la pandemia de las compañías farmacéuticas vea cómo la Iglesia es igualmente objeto de generosos donativos, como ya sucedió con el acuerdo China-Vaticano.

Los vicios y la corrupción unen la iglesia profunda y el estado profundo en una cloaca de delitos y pecados repugnantes en la que los indefensos y los niños son víctima de abusos y violencia cometidos por personajes que al mismo tiempo promueven el aborto, la ideología de género y la libertad sexual para los menores, incluida la de cambiar de sexo.

Igualmente, la inmigración clandestina –promovida para desestabilizar las naciones y anular su identidad– encuentra acuerdo entre la izquierda y la Iglesia de Bergoglio, a pesar de su estrecha relación con el tráfico de menores, el aumento de la criminalidad y la destrucción del tejido social. Es más, se promueve precisamente por ese motivo, del mismo modo que se promueve el enfrentamiento político de cara a las elecciones en EE.UU., la crisis económica debida a la gestión criminal de la pandemia y posiblemente hasta la guerra religiosa con los atentados de matriz islámica y la profanación de iglesias por toda Europa.

NECESIDAD DE UNA VISIÓN DE CONJUNTO

Causa también gran desconcierto que en este panorama perfectamente coherente haya muchos prelados –por no decir la totalidad– que se limiten a analizar los sucesos que tienen que ver con la Iglesia como si sólo tuvieran que ver con ella y no guardaran la menor relación con los acontecimientos sociales y políticos que tienen lugar en todo el mundo. Hay obispos que tímidamente toman posición ante las palabras de Bergoglio que piden la legalización de las parejas de hecho, o ante la incongruencia y las falsedades que se perciben en el informe McCarrick. Pero ninguno de ellos, ni siquiera animado por buenas intenciones, se atreve a denunciar la evidencia, es decir, la existencia de un pacto de iniquidad entre la parte desviada de la jerarquía –la propia iglesia profunda– y la parte desviada del estado, el mundo de la alta finanza y la información. Y sin embargo es tan obvia que debería ser objeto de análisis por muchos intelectuales, en su mayoría seglares.

PÉRDIDA DE CREDIBILIDAD

Es preciso denunciarlo pregonándolo a los cuatro vientos: el informe de la Secretaría de Estado es una vergonzosa y torpe tentativa de dar una semblanza de credibilidad a una pandilla de pervertidos y corruptos al servicio del Nuevo Orden Mundial. Resulta surrealista que esta operación de descarado engaño no la haya realizado el imputado, sino quienes lo debían juzgar, y paradójicamente, junto con él deberían juzgarse también a sí mismos, a sus colegas, sus amigos y todos los que les han garantizado impunidad y los han promovido en su trayectoria.

La credibilidad que merecen los redactores del informe se puede ver en la débil condena de un prelado orgánico al sistema, al que Bergoglio mismo envió como interlocutor de la Santa Sede con la dictadura comunista china y al mismo tiempo desempeñaba cargos oficiales para el Departamento de Estado estadounidense y tenía trato frecuente con los Clinton, Obama, Biden y los demócratas. Esa credibilidad se puede confirmar por el hecho de que a un corrupto homosexual, abusador de menores y corruptor de sacerdotes y seminaristas se han limitado a despojarlo de su dignidad cardenalicia y del estado clerical sin aplicarle la menor pena de arresto ni excomulgarlo por los delitos con que se ha manchado, incluida la solicitatio ad turpia en la confesión, que es uno de los delitos más odiosos que puede cometer un sacerdote. En este proceso tan sumario como lleno de omisiones brilla por su ausencia la dimensión espiritual de la culpa: no se ha excomulgado al culpable, cuando la excomunión es una sanción eminentemente medicinal en orden a la salvación eterna, y tampoco se lo ha exhortado a la penitencia, la enmienda pública y la reparación.

UNA COMISIÓN INDEPENDIENTE

Cuando después de la Segunda Guerra Mundial se celebraron los juicios de Nuremberg contra los criminales nazis, el tribunal estaba presidido por un magistrado ruso encargado de juzgar la invasión de Polonia que, como sabemos, Alemania se repartió con Rusia. No veo mucha diferencia con lo que estamos viendo ahora con la tentativa de achacar las responsabilidades del caso McCarrick a Juan Pablo II, a Benedicto XVI y al que suscribe. El único que queda libre de sospecha en el relato de la Secretaría de Estado, así como de acusaciones siquiera indirectas y de la menor sombra de encubrimiento, es el Argentino.

Sería conveniente constituir una comisión independiente, como esperaba el episcopado estadounidense en noviembre de 2018 pero fue firmemente impedido por la Congregación de los Obispos por orden de Begoglio, que investigase este caso libre de influencias externas y sin ocultar pruebas decisivas. Con todo, dudo que se hiciera caso de unas improbables esperanzas de la Conferencia Episcopal de EE.UU., dado que entre los purpurados del próximo consistorio está el arzobispo de Washington, ejecutor de las órdenes de Santa Marta, junto a los fidelísimos siervos Cupich y Tobin.

Si realmente se arrojara luz sobre todo el asunto, se derrumbaría el castillo de naipes levantado en los últimos años, y se revelaría así la complicidad de altísimos miembros de la Jerarquía, así como la relación con el Partido Demócrata y con la izquierda internacional. Se confirmaría, en suma, lo que muchos no se atreven todavía a admitir: cuál es la labor desempeñada por la iglesia profunda desde la elección de Juan XXIII, sentando las bases teológicas y el clima eclesial que permitiría subordinar la Iglesia al Nuevo Orden Mundial y sustituir al Papa por el falso profeta del Anticristo. Si no ha sucedido aún del todo, no podemos sino dar gracias a la Providencia.

HONRADEZ INTELECTUAL

Supongo que los moderados –tan callados hoy con relación al Covid 19 como para denunciar los fraudes electorales o la farsa del informe McCarrick– se horrorizarán al ver que se pone en tela de juicio el Concilio Vaticano II. También se horrorizan los demócratas cuando se critican las leyes por las que Estados Unidos ha contrariado la voluntad de los votantes. Se horrorizan igualmente los sedicentes expertos cuando se rebaten sus afirmaciones que contrastan con la verdad científica y la evidencia epidemiológica. Se horrorizan los partidarios de la acogida a los inmigrantes ilegales cuando se les hacen ver las estadísticas de homicidios, violaciones, actos violentos y robos cometidos por inmigrantes irregulares. Y se horrorizan los partidarios del lobby gay cuando se pone de manifiesto que los delitos penales de abuso cometidos por sacerdotes son obra de un elevado porcentaje de homosexuales. Ante este rasgado general de vestiduras, me gustaría recordar que bastaría un poco de honradez intelectual y un poco de juicio crítico para reconocer la evidencia por dolorosa que sea.

RELACIÓN ENTRE HEREJÍA Y SODOMÍA

Esta relación intrínseca entre desviación doctrinal y desviación moral se ha hecho evidente con motivo del enfrentamiento con los encubridores del caso McCarrick; los implicados son casi siempre los mismos, tienen los mismos vicios contra la Fe y la moral. Se defienden, se encubren y se promueven unos a otros porque forman parte de un verdadero lobby, o sea, un grupo de poder capaz de influir para su propia ventaja en la acción de los legisladores y en las decisiones del Gobierno y de los máximos órganos de administración.

En el terreno eclesiástico, el lobby se ocupa de eliminar la condena moral de la sodomía, haciéndolo ante todo en su propio provecho, ya que está compuesto en su mayoría de sodomitas. Se adapta al proyecto político de legalizar las aspiraciones de los movimientos LGTB promovidos por políticos no menos viciosos. Es también evidente el papel que ha desempeñado en las últimas décadas la Iglesia Católica –mejor dicho, su parte desviada moral y doctrinalmente– abriendo la ventana de Overton con la homosexualidad, de manera que el pecado contra natura que siempre condenó dejara de ser reconocido en los cada vez más frecuentes escándalos. Si hace cuarenta años causaba horror la noticia de los abusos cometidos por un sacerdote contra un muchacho, desde hace unos años la prensa informa de la irrupción de la policía vaticana en el apartamento del secretario del cardenal Coccopalmerio en el Palacio del Santo Oficio, donde se celebraba una orgía de sacerdotes con drogas y prostitutas. De ahí sólo habrá un paso a la legalización de la pedofilia que desean algunos políticos. El terreno se ha abonado con la teorización de presuntos derechos sexuales de los menores, la imposición de la educación sexual en la escuela primaria por recomendación de la ONU y los intentos de legislar en los parlamentos para reducir la edad de consentimiento, que van todos en una misma dirección. Algún ingenuo –suponiendo que todavía se pueda hablar de ingenuidad– dirá que la Iglesia jamás podrá estar a favor de la corrupción de menores porque ello contradiría el perenne Magisterio católico; pero me limitaré a recordar lo que hace apenas unos años se decía de los supuestos matrimonios homosexuales, la ordenación de mujeres, el celibato eclesiástico y la abolición de la pena de muerte y todo lo que hoy se dice impunemente ante el aplauso del mundo.

LA TRAMA McCARRICK

Lo que señala el informe no es tanto su contenido como lo que calla y oculta tras una montaña de documentos y testimonios, por espeluznantes que sean. Muchos periodistas, y muchísimos eclesiásticos, tenían conocimiento de la escandalosa vida del hombre del capelo rojo, y aun así lo consideraban, maquiavélicamente, útil para los intereses del Partido Demócrata, expresión del estado profundo y del progresismo católico de la iglesia profunda. En el Washingtonian se pudo leer en 2004: «Con un católico polémico en la carrera por la presidencia (John Kerry), el cardenal está considerado por muchos el hombre del Vaticano en Washington, y podría cumplir un papel importante en la selección del próximo papa» (ver aquí). Papel orgullosamente reivindicado en discurso pronunciado el 11 de octubre de 2013 en la Universidad Vilanova y que hoy, con el cardenal Farrell ascendido a camarlengo de la Santa Romana Iglesia por nombramiento de Bergoglio podría concretarse una vez más. Teniendo en cuenta las relaciones de fidelidad que se consolidan entre los miembros de la mafia rosa, es razonable pensar que McCarrick esté todavía en situación de poder intervenir en la elección del Pontífice no sólo mediante la red de amigos y cómplices, algunos de ellos cardenales electores, sino también de participar activamente en el cónclave y en su preparación.

No debemos extrañarnos de que después de constatar el fraude en la elección del presidente de los EE.UU. alguno tratara de manipular también la elección del Sumo Pontífice. No olvidemos que, como ya han señalado varias fuentes, en la cuarta votación del segundo día del último cónclave apareciera una irregularidad en el cómputo de los votos, que se solucionara con una nueva votación, anulando lo previsto en la constitución apostólica Universi Dominici gregis promulgada por Juan Pablo II en 1996.

Es significativo, sin embargo, que si por un lado McCarrick ha sido relevado de sus funciones y reside en un lugar desconocido (donde puede proseguir sin problemas sus funciones paradiplomáticas por cuenta del estado profundo y la iglesia profunda bajo las anónimas vestiduras de laico), por otro todos los que gracias a McCarrick han hecho carrera en la Iglesia siguen en su puesto y hasta han sido ascendidos. Todos estos personajes a los que ha promovido en razón de un modo de vida común y unas mismas intenciones. Todos son chantajeables y chantajistas gracias a los secretos que han llegado a conocer desde su posición. Algunos podrían tal vez ser obligados a obedecer al Sr. McCarrick si él los pone entre la espada y la pared o puede corromperlos con las ingentes cantidades de dinero que tiene a su disposición, aunque ya no sea príncipe de la Iglesia.

La trama urdida por este cardenal está como vemos en condiciones de interferir y actuar en la vida de la Iglesia y de la sociedad, con la ventaja de haber cargado sobre un conveniente chivo expiatorio todas las culpas de la mafia rosa y de que está pareja ajena a las acusaciones de abuso. Pero basta con traspasar la cancela de la Puerta Angélica para toparse con personajes impresentables, algunos de los cuales han sido llamados al Vaticano para sustraerlos a las investigaciones que pendían sobre ellos en el extranjero. Otros son, además, asiduos a la Casa Santa Marta, o cumplen funciones directivas, consolidando la trama de connivencias y complicidades bajo la mirada consentidora del Príncipe. Por otro lado, el hincapié en la labor moralizadora de Bergoglio se estrella contra la cruda realidad de que nada ha cambiado tras la Muralla Leonina en vista de la protección de que gozan entre otros Peña Parra y Zanchetta.

NO SE HA CONDENADO LA SODOMÍA

Algunos comentaristas han señalado con razón un dato desgarrador: que los delitos por los que se ha juzgado a McCarrick sólo tienen que ver con los abusos de menores, mientras que las relaciones contra natura cometidas con adultos con mutuo consentimiento se aceptan y toleran como si tal cosa, como si tan deplorables actos inmorales y sacrílegos de sodomía realizados por sacerdotes no merecieran condena, sino sólo la imprudencia de no haber sabido mantenerlo en el secreto de las cuatro paredes domésticas. A su debido tiempo también habrá que pedir cuentas a los responsables. Sobre todo teniendo en cuenta la cada vez más patente voluntad de Bergoglio de aplicar un enfoque pastoral laxista, según el método experimentado con Amoris laetitia, derogando la condena moral de la sodomía.

LOS CULPABLES Y LAS VÍCTIMAS DE LOS ESCÁNDALOS

La paradoja que surge de los escándalos del clero es que lo que menos preocupa al círculo mágico de Bergoglio es hacer justicia a las víctimas, no sólo compensándolas (cosa que tampoco hacen los culpables; lo han hecho las diócesis con el dinero de los fieles) sino también castigando de modo ejemplar a los culpables. Y no sólo habría que castigar los delitos reconocidos en el código penal por las leyes de los estados, sino también los delitos morales a causa de los cuales personas mayores de edad han sido inducidas por ministros sagrados a cometer pecados graves. ¿Quién curará las heridas del alma, quién lavará las manchas de impureza de tantos jóvenes, entre los que hay seminaristas y sacerdotes? Parece por el contrario sólo se consideran verdaderas víctimas los que han sido sorprendidos y expuestos a la vergüenza pública; se sienten afectados en sus intereses, en sus intrigas, en tanto que sólo se considera culpables a quienes han denunciado los escándalos, quienes han pedido justicia y verdad, empezando por sacerdotes que han sido alejados o privados de la cura de almas por haber tenido la osadía de informar a su obispo de las perversiones de uno de sus hermanos.

LA SANTA IGLESIA ES VÍCTIMA DE LOS DELITOS DE SUS MINISTROS

Hay, además, otra víctima completamente inocente de estos escándalos: la Santa Iglesia. La imagen de la Esposa de Cristo ha sido cubierta de fango, ultrajada, humillada y desacreditada porque quienes han cometido esos delitos disfrutaban de la confianza que despertaba el hábito que vestían, valiéndose de su posición de sacerdote o prelado para atrapar y corromper almas. De ese descrédito de la Iglesia son también culpables cuantos en el Vaticano, en las diócesis, los conventos, las escuelas católicas y las diversas organizaciones religiosas –pensemos en los Boy Scouts– no han extirpado de raíz esa plaga y la han ocultado y negado. Es ya evidente que esta invasión de homosexuales y pervertidos ha sido programada y prevista; no se trata de un hecho fortuito debido a una falta de control, sino de un plan concreto de infiltración sistemática de la Iglesia para demolerla desde dentro. De ella tendrán que responder al Señor aquellos a los cuales había confiado el gobierno de su Esposa.

Con todo, nuestros adversarios olvidan que la Iglesia no es una agrupación de personas sin rostro que obedecen ciegamente a mercenarios, sino un Cuerpo vivo con una Cabeza divina, Nuestro Señor Jesucristo. Pensar que se pueda matar a la Esposa de Cristo sin que intervenga el Esposo es una locura que sólo Satanás puede creer posible. De hecho, él mismo se dará cuenta al crucificarla y cubrirla de esputos y latigazos así como crucificó al Salvador hace dos mil años, está sellando su derrota definitiva. O mors, ero mors tua; morsus tuus ero, inferne.

+Carlo Maria Viganò, arzobispo

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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