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miércoles, 21 de agosto de 2013

Mensaje del Papa Francisco al Meeting de Rimini 2013

(RIMINI, 18 - 24 AGOSTO 2013)


Excelencia Reverentísima,
Con alegría transmito el cordial saludo del Santo Padre Francisco a Vuestra Excelencia, a los organizadores y a todos los participantes del Meeting por la Amistad de los Pueblos, que ha llegado a la XXXIV edición. El tema elegido –“Emergencia Hombre”- saca a la luz la gran urgencia de evangelización y de la que ya muchas veces el Santo Padre ha hablado, en la línea de Sus Predecesores, y ha suscitado en Él profundas consideraciones que os expongo a continuación.

El hombre es el camino de la Iglesia: así, el beato Juan Pablo II escribía en su Encíclica, Redemptor hominis (cfr n. 14). Esta verdad sigue siendo válida también y sobretodo en nuestro tiempo en el que la Iglesia, en un mundo cada vez más globalizado y virtual, en una sociedad cada vez más secularizada y ausente de puntos de referencia estables, está llamada a redescubrir la propia misión, centrándose en lo esencial y buscando nuevos caminos para la evangelización.

El hombre sigue siendo un misterio, irreducible a cualquier imagen que se quiera formar de él la sociedad y el poder mundano quiera imponer. Misterio de libertad y de gracia, de pobreza y de grandeza. Pero, ¿qué significa que el hombre es “el camino de la Iglesia”? Y, sobretodo, ¿qué quiere decir para nosotros hoy recorrer este camino?

El hombre es camino de la Iglesia porque es el camino recorrido por Dios mismo. Desde los albores de la humanidad, después del pecado original, Dios se embarca en la búsqueda del hombre. «¿Dónde estás?» -pregunta a Adán que se esconde en el jardín (Gen 3,9). Esta es la pregunta que aparece al comienzo del Libro del Génesis, y que no cesa de resonar a lo largo de toda la Biblia y en cada momento de la historia que Dios, a lo largo de los milenios, ha instituido con la humanidad, que llega, en la encarnación del Hijo a la máxima expresión. Afirma San Agustín en su comentario al Evangelio de Juan: «Quedando preso el Padre, [el Hijo] era verdad y vida; revistiéndose de nuestra carne, se ha transformado en camino» (I, 34, 9). Es, por lo tanto, Jesucristo «el camino principal de la Iglesia», pero ya que Él «es también el camino a cualquier hombre», el hombre se vuelve «el primer y fundamental camino de la Iglesia» (cfr Redemptor hominis, 13-14).

«Yo soy la puerta», afirma Jesús (Gv 10, 7): es decir, yo soy el portal de acceso a cualquier hombre y a cualquier cosa. Sin pasar a través de Cristo, sin concentrar en Él la mirada de nuestro corazón y se nuestra mente, no entenderemos nada del misterio del hombre. Y así, casi inadvertidamente, estaremos obligados a cambiar en el mundo nuestros criterios de juicio y de acción, y cada vez que nos acercaremos a nuestros hermanos seremos como aquellos “ladrones y salteadores” de los que habla Jesús en el Evangelio (cfr Gv 10, 8). El mundo, de hecho, también está interesado en el hombre, a su manera. El poder económico, político, mediático necesita al hombre para perpetuarse y engordarse a sí mismo. Y es por esto que, a menudo, intenta manipular las masas, provocarles deseos, borrar lo más precioso que posee el hombre: su relación con Dios. El poder teme a los hombres que son diálogo con Dios, ya que esto vuelve libres y no asimilables.

Aquí está, entonces, la emergencia-hombre que el Meeting por la Amistad de los Pueblos propone este año como centro de sus reflexiones: la urgencia de devolver al hombre a sí mismo, a su altísima dignidad, a la unidad y la preciosidad de cada existencia humana desde su concepción hasta su fin natural. Es necesario volver a tener en cuenta la sacralidad del hombre y, al mismo tiempo, decir con fuerza que es sólo en la relación con Dios, es decir, en el descubrimiento y la adhesión la propia vocación, cuando el hombre puede llegar a su verdadera estatura. La Iglesia, a la que Cristo ha confiado su Palabra y sus Sacramentos, custodia la mayor esperanza, la más auténtica posibilidad de realización para el hombre, en cualquier lugar y en cualquier tiempo. ¡Qué gran responsabilidad tenemos! No guardemos para nosotros este precioso tesoro que todos, conscientes o inconscientes, están buscando. Vayamos al encuentro de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo con valor, a los niños, a los ancianos, a los “doctos” y a aquellos sin ninguna instrucción, a los jóvenes y a las familias. Vayamos al encuentro de todos, sin esperar que sean los demás los que nos busquen. Imitemos en esto a nuestro divino Maestro, que ha dejado su cielo para hacerse hombre y estar cerca de cada uno de nosotros. No solo en las iglesias y en las parroquias, sino en cualquier ambiente, llevamos el perfume del amor de Cristo (cfr 2 Cor 2,15). En los colegios, en la universidad, en los lugares de trabajo, en los hospitales, en las cárceles; pero también en las plazas, en las calles, en los polideportivos, en los locales donde la gente se reúne. ¡No seamos avaros al donar lo que nosotros mismos hemos recibido sin ningún mérito! No tenemos que tener miedo de anunciar a Cristo tanto en las ocasiones oportunas como en las inoportunas (cfr 2 Tm 4,2), con respeto y franqueza.

Es esta la tarea de la Iglesia, es esta la tarea de cada cristiano: servir al hombre yendo a buscarle hasta los lugares sociales y espirituales más escondidos. La condición de credibilidad de la Iglesia en su misión de madre y maestra es su fidelidad a Cristo. La apertura al mundo viene acompañada, y en cierto modo es posible, por la obediencia a la verdad de la que la misma Iglesia no puede disponer. “Emergencia hombre” significa, por lo tanto, la emergencia de volver a Cristo, de aprender a mirar como Él la verdad de nosotros mismos y del mundo, y con Él y en Él, salir al encuentro de los hombres, sobretodo de los más pobres, los preferidos de Jesús. Y la pobreza no es sólo la material. Existe una pobreza espiritual que amenaza al hombre contemporáneo. Somos pobres en amor, sedientos de justicia, mendigos de Dios, como sabiamente el siervo de Dios Mons. Luigi Giussani siempre ha subrayado. La pobreza más grande, de hecho, es la falta de Cristo, y hasta que no llevemos a Jesús a los hombres, habremos hecho por ellos demasiado poco.

Excelencia, deseo que estos breves comentarios puedan ser de ayuda para aquellos que forman parte del Meeting. Su Santidad Francisco asegura a todos Su cercanía en la oración y Su afecto; espera que los encuentros y las reflexiones de estos días puedan encender en los corazones de todos los participantes un fuego que alimente y sostenga su testimonio del Evangelio en el mundo. Y de corazón envía a Usted, a los responsables y a los organizadores de la manifestación, así como a todos los presentes, una particular Bendición Apostólica.

Añado yo un cordial saludo,
Cardenal Tarcisio Bertone
Secretario de Estado de Su Santidad

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